 |
| Foto: www.freepik.es |
Quisiera
llevar
a
Maida lejos del barrio. Lejos, donde podamos hacernos viejos y nadie
esté hablando de lo mismo. Necesito un sitio así para demostrarle
que las cosas no son como ella piensa. Lo ves, Maida, el mundo no es
como crees. Hay más cosas que vale la pena conocer. Cosas sencillas,
como el amor. Tú seguro no sabes lo que es el amor. Si me dejas, te
lo puedo enseñar. Te enseñaré a mirar adentro, al corazón. A
mirar bajo la ropa y descubrir la verdad. Pudiera pararme en tu
ventana cuando te quitas la toalla. Ser un ladrón, y estar allí.
Ser un ladrón no estaría mal.
O
mejor ser una mosca y colarme dentro del cuarto. Eso es. Quiero ser
ahora mismo una mosca joven y ágil. Un moscón callado para verte
bien. Quiero ser una mosca hambrienta y silenciosa posada en tu
ventana. Tengo el hambre de la mosca joven. Los ojos rápidos de la
mosca. Dientes de mosca y patas fuertes. Puedo estar en tu ventana
todo el tiempo, zumbando bajito para no molestar, y pasar la noche
ahí, mirándote, hasta que me dé la gana. Camino por la calle
oscura, levanto el polvo con los pies y pienso que soy una mosca
hambrienta y silenciosa.
La
mujer de Wilberto me hace recordar que no soy una mosca. Negrita
feíta en bata de casa, de pie junto a la cerca, esperando por
alguien. Tan joven, con el cuerpo a contraluz. Se acabó de bañar y
la piel le huele a agua, a jabón, a carne.