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| Foto: Robin Thom, Refinería de níquel, Nicaro |
Hay
que emplear el tiempo en cosas útiles, le dije cuando estuvo por la tarde. “En
qué, abuelo, si este pueblo perdido es un aburrimiento”, va y me dice. Que los
que ahora en estos tiempos llaman de misión y demás es porque supieron sacrificarse,
aprendieron las armas para defenderse fuera si los llamaban, demostraron que
podían hacerlo bien si los seleccionaban para una tarea, o para otra, que la
gente que fuera decide esas cosas no son bobos y saben leer entre líneas, que
no escogen a cualquiera porque les caiga en gracia, o algo parecido, hay otros
pendientes de trabajos y con ganas de pinchar y también con mil necesidades, y
que tienen familias a las que ayudar desde afuera, que se fije bien lo que le
digo. Mira a tu hermano, aunque ahora no tenga un trabajo fijo, él trata de
hacerse camino y se orienta con buenas lecturas, y que a lo mejor se nos hace
famoso con algún cuadro de esos, que nunca se sabe. “Mi hermano es un aburrido,
abuelo, quiere ser un artista pero es un aburrido, abuelo, nadie le hace caso a
esos trastos que pinta, ni habrá ningún interesado que le compre esas cheadas
sin pies ni cabeza que hace.” No tenía ganas de discutir con ella, que por qué
no veía una buena película, por ejemplo, y el fin de semana se lee un buen
libro, un libro que la instruya, que aprenda cosas, que la eleve. “Que me eleve
a dónde, abuelo.” A un mejor conocimiento de las cosas, chica, no seas tan tercona. Los libros enseñan casi todo, son buenos amigos, y esos nunca
traicionan, ni viene nadie de fuera para engatusarte con pastillitas ni dinero para engañarte. Me
