Tercer Premio (ex aequo) del III Concurso Litteratura de Relato
Durante
un tiempo viví obsesionado con el color de esta ciudad. Todos los
cuadros que hice en los primeros meses de mi estancia aquí tienen
ese color. Incluso los que no representan paisajes, donde no aparecen
casas, ni calles, ni el río: cuadros en los que sólo quise destacar
la mirada de una muchacha, la japonesa que vivía en la otra puerta y
que me esquivaba los ojos siempre que nos encontrábamos en el
pasillo; cuadros íntimos donde la ciudad no existía; hasta las
manzanas podridas que dispuse una tarde sobre la alacena con un rayo
de sol de otoño cayendo casi horizontal, todo me salía sin darme
cuenta con esa tonalidad que yo terminé por llamar color Camboria.
No podía desprenderme de esa sensación que era más que visual y
que aún hoy, de alguna manera, conservo. Sólo que ya no me obsesiona
porque he aprendido a ver los otros colores que esta ciudad esconde,
colores menos lujosos, menos exquisitos, los que sólo se descubren
con el tiempo de vivir en ella, de frecuentar lo bajo, la costra y
los despojos que el Camboria de postal oculta cada día a los
visitantes que vienen de todas partes.
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Foto: James D. Morgan, Tormenta de polvo rojo, Sídney |