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| Foto: Mihaela Noroc, El atlas de la belleza, La Habana (Cuba) |
Para entonces habían vuelto a crecer
las cañas. El agua de las últimas lluvias de diciembre se empeñó
en arrastrar todas las sales de la tierra, y en la brisa flotaba el
olor dulzón que los cañaverales maduros dejaban caer sobre las
guardarrayas. Los hombres eran escuálidas aves amarillas saltando
entre los camellones del camino húmedo. Acompañaban el tabaco y el
morral con el tintineo de las cantimploras de aluminio. Pronto el
humo de los tabacos terminó por barrer los olores de hierbas que
subían en remolinos invisibles, y el aire se fue llenando con las
imprecaciones y el griterío de los macheteros. Pancho Cervera aspiró
el aire sobre el tallo más próximo y suspiró con fastidio.
