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| Foto: Iris Notario |
Sofía no paraba de hacer cosas. Quería dejar la
casa recogida antes del viaje. Se anudó
un fular encima de una sudadera deportiva. Su belleza consistía en la esbeltez
de una mujer preparada, lista y decidida que sabe vestir para cualquier
ocasión… como era ese viaje: botas, medias, falda y cazadora de cuero. El maquillaje, el justo. Los pendientes,
acertados. El perfume, apropiado. Tenía
el pelo rizado y bien cuidado por productos anunciados en televisión. Sabía
lucir bien sus piernas y sus pechos gordos, lechosos y con lunares.
Bruno
cerró las dos maletas y las dos mochilas y se fue a la terraza a esperar que
Sofía terminara. Vestía informal y como con dejadez: chaqueta grandona de pana, camisa de cuadros,
camiseta de rayas y botas con gore-tex. Era una especie de osito bonachón y tontorrón con grandes mofletes que
pellizcar. Un bollito de pesada crema pastelera. El modelo perfecto de la línea Basic de
cualquier firma de ropa. Un yerno entrañable, un yerno para inflar a comidas
caseras y después rebanarle el pescuezo cuando menos se lo esperase.
