Fragmentos de un diario del dolor existencial (XII y último)
Cagliari, Primavera 1998
Nada más. No sé
si él aprovechó para volver a usarme, pero pudo hacerlo todas las
veces que se le antojó, y de la manera que le viniera en gana, sin
problemas: yo estaba inconsciente y él, loco de atar.
(De hecho, cuando me desperté, cuarenta y ocho horas más tarde, con el cuerpo plagado de moretones y magulladuras, las marcas de sus dientes aún martirizándome pechos y nalgas, estaba desnuda por completo, sin bragas ni sujetador, y cuando me levanté, sentí cómo me resbalaba por la pierna un denso líquido pegajoso, semitraslúcido, que parecía proceder de mi dolorido trasero.)
(De hecho, cuando me desperté, cuarenta y ocho horas más tarde, con el cuerpo plagado de moretones y magulladuras, las marcas de sus dientes aún martirizándome pechos y nalgas, estaba desnuda por completo, sin bragas ni sujetador, y cuando me levanté, sentí cómo me resbalaba por la pierna un denso líquido pegajoso, semitraslúcido, que parecía proceder de mi dolorido trasero.)
Y
entonces sucedió algo curioso. En mi casa se hizo el silencio, un
silencio de muerte —sólo lo interrumpía la respiración de mi
hermano pequeño, el letargo profundo de un niño de siete años—,
cuando recobré el conocimiento y, a la vez, dejé de tener miedo.
