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Foto: Jessica Lange en El cartero siempre llama dos veces, de Bob Rafelson |
Aquella
rancia cicatriz era como un río muerto, condenado a reptar por el resto de sus
días en el dorso de su brazo, con una misión específica: evocar los
acontecimientos pasados, escupirle en el rostro que los errores cometidos a lo
largo de sus interminables borracheras se pagan. Durante la época navideña, Jorge
se sumergía en esas caudalosas aguas de los recuerdos. Nunca pudo apartar de su
mente la ocasión en que el orden y la tranquilidad de la noche, como tantas
otras veces, se veían trastornados: cuando el olor a ponche combinado con
tequila incitó a Diana, su mujer, a destruir sus documentos personales,
pasaporte incluido.
Se
sentó frente a él, lanzándole una mirada vacía:
—Jamás
podrás irte sin mí… a ninguna parte… ni tus putas te alejarán de esta boca.