Finalista del V Concurso Internacional “Litteratura” de Relato
![]() |
| Foto: Esmaylin Mercedes Pérez |
Aquel día, Lucrecia no llegó a las siete. Laura, las noches que duerme sola, despierta antes de lo habitual. Lucrecia toca la guitarra y canta con su banda, Los huesos del patrón, en el bar Leteo, el último bar de la playa en cerrar. Laura sueña con serpientes que se ahogan en un río y le piden ayuda, pero ella les arroja piedras intentando hundirlas, despierta cuando un gallo canta su primer ¿grito? matutino, que se interrumpe bruscamente. Presiente que algo ha ocurrido y algo está por ocurrir. Se prepara un café y mientras espera (no le gusta desayunar sola), decide limpiar los vidrios, hace días que viene postergando la tarea.
Lucrecia
sube las escaleras, guitarra en mano, hacia el monoambiente que
alquilan juntas hace medio año y divisa el rostro de su novia a
medida que los círculos trazados por el brazo de Laura van quitando
la espuma sobre el vidrio, descubriendo su cara.
No
hay reclamos, ni preguntas, ambas tienen acordado decirse lo que
sienten y piensan, de esa manera la confianza es la base de su
pacífica convivencia. Llega con el semblante cansado, su mirada acá
y allá, allá y acá, una leve sonrisa ingenua asoma a sus labios
con timidez, como si no supiera si está en el lugar correcto. Se
acerca a Laura y la saluda con un beso.
—¡Qué
noche! —dice
Lucrecia, mientras deja su abrigo en el espaldar de la silla.
