Finalista del V Concurso Internacional “Litteratura” de Relato
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Foto: www.shutterstock.com |
Hace
ya varios días que, al otro lado de la ventana desde la que ahora
miro, llueve con la rabia del fin del mundo. Las nubes, hinchadas y
oscuras como las promesas que no se cumplen, aún cubren todo el
barrio hasta perderse más allá de la arboleda de la colina, y el
agua acumulada ha terminado por convertir la piel de hormigón de la
calle en un monstruo resbaladizo de apetito inagotable. Hace unos
minutos, por ejemplo, un ciclomotor y una camioneta destartalada se
han precipitado el uno hacia la otra como dos amantes primerizos que
se reencuentran tras una separación. Al chocar, el ciclomotor se ha
partido en dos y la camioneta ha dado un pequeño vuelo, dibujando en
el aire una especie de tirabuzón en el que ha perdido una rueda. Las
otras tres, al aterrizar, se han quedado girando boca arriba, como si
fueran dueñas de su propio camino, como si, de algún modo,
quisieran continuar su viaje ajenas a las vidas que en este instante
se escapan sobre la carretera.