Finalista del V Concurso Internacional “Litteratura” de Relato
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| Foto: Moisés Arias, Antiguo Cementerio Municipal de Santo Domingo |
Al pie de la pequeña colina, el hombre se recolocó el alzacuellos hasta fijarlo de un modo adecuado. Le invadió la sensación de que necesitaría aferrarse a él aquella tarde. Empezó a subir después de haberse permitido resoplar a modo de tímida queja. Aquello también formaba parte de la misión encomendada por el altísimo. A partir de la mitad del ascenso, le entorpecieron el camino unas cruces blancas clavadas al suelo. Era imposible evitarlas porque rodeaban la cima donde se encontraba la casa que iba a visitar. La gran mayoría del final del trayecto lo tuvo que caminar de perfil para esquivar las aspas de las cruces.
Antes
de llamar a la puerta, se santiguó. Sin ningún tipo de duda,
acababa de pisar sobre un montón de tumbas y lo debería hacer de
nuevo a su regreso. Esa fue la manera de disculparse y presentar
respetos. Alisó la camisa negra y los pantalones a juego, estirando
la tela con las palmas de las manos y, cuando se disponía a tocar el
timbre, una mujer de mediana edad abrió la puerta.
