Finalista del I Concurso Litteratura de Relato
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| Foto: Fritz Haber |
Con las bombas de Hiroshima y Nagasaki volvieron las pesadillas; como si él hubiera piloteado los bombarderos, como si al pie del memorándum que ordenó aquella atrocidad hubiera quedado el inconfundible trazo de su firma. Entonces, los juicios de Nuremberg comenzaron a revelar la matanza en las cámaras de gas, los hornos repletos de cráneos y huesos, los cadáveres amontonados en las fosas que el fin de la guerra dejó abiertas. En una sala de cine tuvo que cerrar los ojos ante el lento recorrido del noticiero por las almas y los cuerpos rotos de los sobrevivientes. De pronto, han llegado un par de cartas dando cuenta, ya con toda certeza, de familiares y amigos muertos en los campos de exterminio. Él no sabe, una vez más, cómo merecer la vida que ha continuado en los Estados Unidos, junto a su esposa y tres hijos, luego de abandonar Alemania a tiempo.
Las noches se llenan de fantasmas. Corren los soldados aliados por los campos de Langermarck, huyendo de la nube venenosa que estira el viento, vomitando sangre, torturados por las llagas que devoran ojos, bocas y gargantas. Los que mueren lo hacen después de horribles agonías, o vagando a tropezones, o entrampados en las alambradas, ciegos en tierra de nadie, bajo el fuego de las ametralladoras. De un tiempo para acá, un tren atraviesa de pronto sus sueños, arrastrando vagones donde se apretujan, desorientados y asustados y confiados, los judíos que desaparecerán en los campos de Auschwitz y Oranienburg. Tiene un olor dulzón el humo que sale por las chimeneas y es tanta la ceniza que alguien en Varsovia cree que nieva en abril.