Segundo Premio del III Concurso Litteratura de Relato
Un
golpe de mar enmudeció a través de la ventanilla y me sacó de un sueño lúcido.
Mi madre hacía ascender con maestría el ajado Polo de mi hermano por la
carretera empinada. Desde el asiento del copiloto, un entramado de pinos
obstruía la vista al mar. No obstante, el hogar tiene una cadencia que se
intuye con los huesos.
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| Foto: Rocío Carranz |
Me hubiese gustado abrir la ventana para sentir el garbí y
el eterno ulular de las palomas, que habían de llorar aquella tarde; pero me
ardían las sienes y semejante capricho nostálgico sólo empeoraría el dolor.
Mi madre conducía fingiendo prestar atención a un camino
que nos pertenecía, como los atardeceres de invierno y el óxido de
las hamacas abandonadas. Reparé entonces en que mis padres tendrían también que
dejarme un día y, entonces, sería heredera de una fortaleza de sal y ausencias.
Casi simultánea fue la revelación de que todas las
experiencias de los meses anteriores no tenían ya ninguna importancia. Los
viajes hediondos en autobuses interminables, las ampollas en los pies y los
platos invariablemente llenos de arroz y papas eran ahora parte de un pasado
del que sólo hablaría a mis hijos a escondidas de sus abuelos.
