martes, 8 de septiembre de 2026

Pasaporte, visa y pasaje pagado......Emerio Medina

Foto: Paco Luna, Retratos, La Habana (Cuba)

Ella caminaba sin notar que la gente discutía de los temas de siempre, que los árboles seguían siendo los mismos y la vida transcurría como de costumbre. Caminaba sin mirar a los lados, sin detenerse en las esquinas, sin oír, sin hablar, sin hacer caso del sudor de las piernas. Caminaba por La Habana. Caminaba por la calle Veintitrés. Caminaba. Apretaba la cartera sobre el pecho y miraba adelante. Al final de La Rampa podía ver el cartel de la agencia de viajes. En la brisa del mar llegaba el olor de las manzanas que el francés masticaba en las fotos.


Jean Pierre había sido preciso. Le insistió en apartar ochocientos dólares para el pasaje. Con el resto debía pagarse los gastos de aeropuerto en La Habana. Eran apenas cuarenta dólares, pero Jean Pierre aseguró que el dinero alcanzaba. Ella sacó sus cuentas mil veces y quedó convencida. Cuarenta dólares eran suficientes para una merienda. Podía ser también un almuerzo ligero. Una pizza estaría bien. Una pizza y refrescos. Muchos refrescos gaseados, jugos de fruta, zumos concentrados de toronja y limón. Todo eso se vendía barato en la Terminal de Vuelos. En París se vendían las pizzas también. Los franceses reían comiendo pizzas en las fotografías del aeropuerto. Jean Pierre partía su manzana con los dientes. La pelota grande y roja se partía con facilidad por los dientes blancos del francés. Ella pediría una manzana y una pizza caliente. Nada de cocteles ni suvenires con palmas, ni caracoles marinos decorados con inscripciones y banderas para atraer la atención de los turistas.  No debía dejarse llevar por las tentaciones,  ni mirar el brillo artificial de los caracoles y las maracas. Esas trampas solo funcionaban con los extranjeros que llegaban por primera vez a la Isla y se dejaban atrapar por el brillo. Se gastaban los dólares en caracoles barnizados y después se aburrían de andar con ellos en la jaba. Los dejaban en la habitación del hotel cuando se marchaban a su país y olvidaban que alguna vez cayeron en las trampas de la isla caliente.
       Cuarenta dólares era todo lo que podía gastar en el aeropuerto. Comería algo ligero y se quedaría mirando los aviones. Siempre quiso mirar los aviones desde cerca. Un avión era un gran mundo posible. Los vería correr por la pista, despegar y perderse en el cielo como grandes mundos posibles. Así lo decía la gente en el barrio. Un avión era una gran cosa. La suerte de cualquiera podía cambiar si uno lograba hacer los papeles, pagar el pasaje y montarse en un avión. Subir la escalerilla significaba la alegría final después de haber sorteado las mesas de los funcionarios, interminables filas de mesas con ordenadores personales, estibas de papeles y gente muy seria y ocupada que tardaba bastante en revisarlo todo y poner sus cuños y sus firmas. La angustiosa espera terminaba cuando ya se había logrado sortear todas las mesas. Una escalerilla larga y estrecha, elevada sobre sus soportes hasta una altura suficiente, llevaba hasta una puerta que se abría en los límites del cielo.
          Una vez sentada en el avión ya no debería preocuparse. Miraría por la ventana y diría adiós en silencio. Lloraría, quizá. Pasaría un rato escondiendo la cabeza para que nadie la viera llorar. Los compañeros de vuelo no tenían por qué saber nada. Eran extranjeros de regreso a sus países, o cubanos con suerte que ya estaban acostumbrados a salir y no le daban importancia a un nuevo viaje. Ella los miraría y escondería la cabeza. Lloraría con la cabeza baja y se estrujaría las manos con el pañuelo. Secaría una lágrima y diría adiós otra vez, un adiós silencioso. Haría una señal con la mano, soltaría un suspiro, echaría una última mirada hacia el aeropuerto y la ciudad que desaparecían ante sus ojos. El francés estaría esperándola en París. Estaría allá, tras los cristales del edificio enorme, cuando el avión tocara tierra. Y estaría mucho antes, cuando el avión fuera volando sobre el Atlántico, y cuando entrara en el cielo de Francia.
          —Estaré esperándote en el aeropuerto —eso había dicho Jean Pierre.
          Él comería sus manzanas y miraría al cielo con sus ojos azules de francés hasta que el avión apareciera en la distancia. La buscaría entre la gente que bajaba por la escalerilla. Descubriría su figura y le haría señas con la mano. Le había prometido un abrazo fuerte, unas palabras de bienvenida en español y algunas frases en su idioma difícil para que ella se fuera acostumbrando. Diría en español limpio y claro Bienvenida a París y la besaría junto a la escalerilla para que todos vieran. Esa era su mujer soñada, esa muchacha menuda de piel tostada por un sol de verdad que llegaba del Caribe con una mirada de chiquilla y muchos recortes de revistas escondidos en la mochila. La besaría otra vez y todo sería color de rosa.
       La última cuadra hasta la agencia Sol y Son se le antojó el paseo de una reina. La gente le hizo reverencias. Paseó una mirada de triunfo sobre los habaneros sin suerte y los sorteó con un movimiento gracioso de sus piernas cansadas. Solo podía pensar en todo como en una victoria final. Una victoria pequeña. Así lo había dicho el francés. Salir del país sería una pequeña victoria. Reunirse en el aeropuerto de París bajo un sol pálido, con gente mirando y grandes puertas de cristal que se abrirían sin tocarlas, sería un triunfo más grande. Estarían los dos juntos en el salón de llegadas comiendo manzanas, partiéndolas con los dientes como hacían los franceses en las fotografías. Jean Pierre le enseñaría cómo hundir los dientes en la cáscara tan suave y reír al mismo tiempo. Ella practicó la forma de hacerlo en el alquiler pero no tenía una manzana. Probó con un mango y no era lo mismo. Quedó demostrado que un mango no era igual que una manzana. Un mango chorreaba su jugo amarillo por la cara y la ropa y no tenía la cáscara tan suave. Así lo había dicho el francés. Así parecía decirlo en las fotos. Ella lo entendió de esa forma. Caminaba por la acera de la última cuadra y sentía partirse la fruta entre los dientes. La cáscara se mezclaba con la masa y dejaba oír un crujido. Ella disfrutaba del crujido y del sabor de la manzana. Era algo para disfrutar sin decírselo a nadie, y ella lo disfrutaba callada. No tenía con quién hablar, ni nadie quería oír sus argumentos, sus cosas de chiquilla menuda que miraba con asombro las fotografías a color, las instalaciones del aeropuerto, la alegría de los franceses, sus dientes partiendo manzanas sin la molestia del jugo en la piel y la ropa.
           No podía hablar con los habaneros. No debía decirles que se casaba con un francés de veinte años y se iba del país. Nadie podía sospechar que Jean Pierre la esperaba en París y se comía las uñas en el aeropuerto. Pero los habaneros lo sabían. De alguna forma lo supieron todo. La miraban de lejos y envidiaban su cadena de oro, su anillo, su reloj, su pasaporte y su reservación en la compañía aérea. Y ella no podía conversar con ningún amigo, ni podía hablar con nadie cercano. Todos los conocidos estaban lejos. A novecientos kilómetros de La Habana estaban los amigos, la gente del barrio, los vecinos chismosos y los vecinos serios. A novecientos kilómetros todos esperaban que se fuera del país y tuviera la suerte que no tuvieron ellos. Se alegraron al enterarse e hicieron una fiesta en el barrio. Ahora todos sabían que las cosas iban bien. Una muchacha simple del campo podía casarse con un francés joven de París y viajar en avión sin molestias excesivas.
          Era una reina cuando atravesaba las puertas de la agencia. Se sentía como una reina se debe sentir, como alguien que lo puede todo y se toma su tiempo para responder porque tiene ese derecho, porque lo mereció de alguna manera, o porque nació con esa suerte específica. Le gustaba leer ese tipo de historias. Leía cuentos en el alquiler sobre gente muy simple con vidas agradables y finales felices. Príncipes y campesinas se encontraban por casualidad junto a la fuente y terminaban enamorándose. Reyes futuros aprendían el valor de una sonrisa cuando el hada madrina tocaba a las muchachas con su vara mágica. Así le pasó con Jean Pierre. La relación con el francés la hacía sentir como una reina. Era una reina celebrada cuando entró al salón casi vacío y quedó mirando a las empleadas elegantes y las computadoras alineadas a un costado. Con ademanes de princesa arrancó el turno de espera en el aparato de la pared, caminó por el salón hasta la computadora, extendió la reservación a la mujer y la vio teclear algo en la máquina.
          —Mirielis Oliveros Molina —dijo de pronto la mujer—. Sí, aquí estás. Dame el pasaporte.
          La espera duró unos segundos, pero le pareció un tiempo muy largo. Dio vueltas a los ojos mirando los afiches del salón y los logotipos dorados de las líneas de vuelo. Los impresos grandes remedaban blasones de caballeros impecables y príncipes dispuestos a casarse de inmediato. La pared se cubría con vistas de ciudades y calles extranjeras. Ella trataba de leer nombres complicados en alemán y en inglés. Descubrió algo en francés también. La frase corta y sonora se podía articular sin esfuerzo. Bon voyage. La pronunció en voz baja y se alegró por dentro. Recordó una película con título similar, una historia de amor y guerra con Gerard Depardieu y otros actores menos conocidos. La vio de manera casual en la casa de alguien que ya no recordaba y desde entonces asoció la voz de Jean Pierre con la voz de Gerard. Jean Pierre debía hablar exactamente así, con ese mismo tono bajo del actor de cine, esa suerte de murmullo agradable que le hacía erizar la piel. Y el título mismo sugería una despedida amistosa. Alguien le decía al oído Bon voyage para desearle un buen viaje a Francia y un encuentro feliz con Jean Pierre en el aeropuerto de París. Volvió a mirar los anuncios con fotografías de aeropuertos y parques, gente que reía y enseñaba los dientes, precios, tablillas y tarifas de descuento por demoras prolongadas o mal servicio. Lo evaluó todo y movió la cabeza como lo habría hecho una reina. Era una reina esperando su victoria final. Disfrutaba del momento con una picazón en los labios. Tenía ganas de compartir el momento con alguien, de decírselo a cualquiera y mirar la reacción en la cara de la gente. Imaginó las reacciones posibles de la gente del barrio y apretó el rollo de dólares sin atreverse a sacarlo del bolsillo.
          —Muy bien —dijo la mujer—. Todo está en orden. Son novecientos cincuenta dólares.
        ¿Dijo novecientos cincuenta? Ella no entendió. No podía ser. No eran esos los precios que esperaba. Jean Pierre le había dicho otra cosa. Él se lo aseguró y la obligó a anotar los precios posibles. Ella no tenía esa cantidad. No podía creer que Jean Pierre la engañara. Estaba allí mirando a la mujer a los ojos sin entender nada. No podía pensar que el francés le dijo un precio falso y le hizo creer que el dinero alcanzaba. Quiso explicarlo en una frase entrecortada y nerviosa, pero la mujer apartó la mirada y hundió los ojos en la pantalla de la computadora. Ella entendió que estaba perdiendo su tiempo.
          Así eran las cosas. Había un cambio de tarifas y precios, o una equivocación. Era algo que el francés no tuvo en cuenta. Podía pasar que Jean Pierre se equivocara y le hiciera anotar unos precios específicos. Esos precios cambiaron a última hora. Pero la compañía de vuelos era la misma. El destino era el mismo. Quizá hasta el piloto fuera el mismo también. La mujer de la computadora dijo algo sobre una escala técnica en Madrid. Ella había leído sobre escalas técnicas en los aeropuertos. Los aviones se posaban en el suelo algunas horas para reabastecer el combustible. Una escala técnica en Madrid era algo de lo más común. Nadie podía quejarse de algo así. Ni siquiera los franceses se quejaban. Aprovechaban el tiempo y leían algo. Novelas de aeropuerto, quizá. Romanzas crueles y cumbres borrascosas. Jean Pierre le había dicho eso. Los pasajeros se entretenían leyendo los libros a su alcance en las mesitas, novelas cortas y libros de cuentos en inglés o francés encuadernados con tapas negras y doradas. O conocían a otra gente que llegó en otro avión y hablaba el mismo idioma. Se podía hacer amigos así. Muchos amigos de aeropuerto intercambiaban direcciones y teléfonos y prometían llamarse después. No era nada poco común detenerse por una escala técnica, y el hecho servía para conocer más gente sin costo adicional. Pero ella no quería conocer a nadie. No quería enredarse en una conversación hasta llegar a París. Aprovecharía el tiempo para caminar por el salón del aeropuerto español y estirar las piernas. Compraría un perfume barato en las tiendas libres de impuestos. Había Chanel y Dior en los estantes, y los precios no eran malos. En las fotografías se veían los frascos aplastados sobre anaqueles brillantes, bolsos de cuero y muselina con agarraderas largas, zapatos finos a buen precio, y relojes, muchos relojes con pulseras cromadas. Con el dinero sobrante podía comprar un perfume, algo tenue y volátil con fijador de almizcle para que Jean Pierre no se llevara una mala impresión en el encuentro y notara que se había cuidado bien y había hecho el mejor uso del dinero. Pero la escala técnica en Madrid le costaba unos miserables ciento cincuenta dólares más.
          —Ciento cincuenta dólares.
        De pronto ya no era una reina. Temía hacer el ridículo. Temía llorar, y que la vieran. Los pasajeros se fijarían en la campesina asustada que veía cerrarse los portones del palacio y se quedaba afuera. Trató de mantener la calma, de pensar un poco, de buscar una solución. Logró sonreír y reponerse. La sonrisa apareció a flor de labios, sin querer, como si hubiera estado allí todo ese tiempo esperando el momento preciso. Nadie podía acusarla por una sonrisa. El movimiento simple de los labios debía resolver la tensión y calmar los nervios hasta que pudiera pensar y buscar una respuesta adecuada. Los nervios la traicionaron y ella tuvo que llorar. Gimió bajito pensando en las trampas del destino. Bajó los ojos y secó las lágrimas con el pañuelo. Las personas del salón la miraban. Los extranjeros la observaron con interés, como si en sus países no fuera posible ver llorar a nadie. Se avisaron entre sí con una señal de los dedos y voltearon la cabeza para mirarla otra vez.
           La mujer de la computadora levantó la cabeza y se quedó mirándola. Carraspeó y le dio aliento con una voz tranquila de funcionaria experimentada.
          —Busca el resto. Búscalo.
         Ella contó el dinero otra vez. Buscó en los bolsillos. Podía aparecer un billete olvidado. Conocía de casos así, dinero de emergencia para casos imprevistos, sumas minúsculas guardadas por seguridad en un intersticio de la ropa y olvidadas después porque nunca se llegó a necesitarlas. Hasta con los franceses podía pasar que olvidaran el dinero escondido. Se extrañaban del billete que aparecía de pronto, como sin querer. No había nada extraño en un billete así. Pero en los bolsillos no apareció nada más. En la cartera tenía los cuarenta dólares para gastos de aeropuerto y algo de moneda nacional. Deshizo otra vez entre los dedos el rollo de dólares. Los contó y movió la cabeza. Se tocó la cadena y el reloj. Miró el anillo. Salió a La Rampa.
         No podía buscar ayuda. Eso estaba descartado. No podía llamar por teléfono y esperar que alguien le trajera el dinero faltante. Toda la familia estaba muy lejos. Todos los amigos estaban lejos también. Pensó en el dueño del alquiler, el viejo gordo que la miraba todo el tiempo y sonreía con malicia. El dueño del alquiler no era alguien en quien pudiera confiar. Todas las personas confiables estaban a novecientos kilómetros de La Habana. La única solución era encontrar un vendedor de divisas y comprar los dólares necesarios. No quedaba tiempo para buscar ayuda ni hacer nada más. Tenía que hacerlo todo sola.
          En ese momento recordó el peligro. Había oído muchas historias sobre los dólares falsos. Eran historias de atracos y bandidos. La Habana estaba llena de maleantes, de gente que aparentaba una cosa y andaba por la ciudad buscando sus víctimas. Se disfrazaban de ángeles y corderos y tendían sus trampas en los parques y en la calle. La Habana era peligrosa. Una ciudad tan grande tenía que ser peligrosa. Seguro París era peligroso también. París debía ser tan peligroso como La Habana, o acaso peor porque era más grande. Era una ciudad enorme con su torre de metal y sus maleantes. Había oído hablar de los traficantes de blancas y viejos jefes de clanes familiares con patrimonios inalcanzables y reliquias escondidas durante siglos en los sótanos de sus castillos rodeados de murallas. Los millonarios podían controlarlo todo por teléfono. Capos gordos y grasientos vivían una vida retirada y oscura. Sólo daban una orden y en una esquina de París se moría cualquiera de un balazo. Ella sabía cómo era todo aunque Jean Pierre nunca le hablara de esas cosas. Nunca le dijo nada de los maleantes que dominaban las calles, ni de los atracos, ni de las muchachas como ella, que llegaban confiadas porque nadie les habló del peligro y terminaban descubriéndolo por sí mismas. Pero ella no tenía nada que temer en París ni en el aeropuerto encristalado. Allá estaría Jean Pierre. Después del abrazo junto a la escalerilla del avión se irían en un taxi al corazón de la ciudad peligrosa, hacia un apartamento confortable donde estarían a resguardo de los maleantes y los capos. En La Habana no era lo mismo. No tenía con quién conversar, sólo el dueño del alquiler, pero del dueño era mejor mantenerse lejos.
        Recordó el barrio. Allá la gente era menos atrevida. Miraban con ojos más francos y actuaban sin malicia. Los habaneros, no. Esos solo podían envidiarla y prepararle una trampa. Ya en el alquiler le había pasado. El dueño le robó dinero y le hizo propuestas indecentes. Seguro la consideraba una puta, una prostituta que pretendía hacerse la fina y pasaba el día entero en el alquiler leyendo cuentos de hadas y revistas para viajeros. Al dueño no le importaban los cuentos. No quería oír historias de príncipes y campesinas, ni cuentos sobre chicos rubios de Europa que podían enamorarse de una muchacha tan simple. Para el dueño, ella era una locona de Oriente que atrapó a un extranjero, a un francés viejo y gordo con olor a cebollas que buscaba sexo barato en el Caribe. Por eso la miraba con malicia. Amenazó con llamar a la policía si no le pagaba a tiempo y trató de tocarla. Ella siempre tuvo miedo, pero no podía buscar otro alquiler. El viaje a París dependía del dinero ahorrado. Así lo había dicho el francés. Así parecía decirlo en las fotos. Ella no podía cambiar de alquiler. Estaba segura de que el dueño la miraba por un hueco en el baño. Imaginaba sus ojos detrás de la pared y le daba vergüenza y miedo, pero se quedaba callada. No tenía con quién conversar sobre esas manías raras. Se encerraba en el cuarto y pasaba el tiempo recortando las fotografías a color de las revistas y leyendo libros de cuentos. Leía historias de príncipes y campesinas. Eran muchachas como ella. Enfrentaban pruebas difíciles y veían cambiar el destino por un encuentro casual junto a una fuente.
          En la cafetería de la calle O encontró a un vendedor. Era un negro alto y elegante. Vestía bien, la miraba desde arriba y podía ser cualquier cosa. Ella le inventó una historia sobre una tía enferma en el hospital. Le dijo que necesitaba comprar unos dólares.
          —Veinte dólares —dijo, y él la miró sonriendo.
       Podía sonreír mientras calculaba la mejor forma de robarle. Si ella se descuidaba, perdería el dinero. Sería un problema si le robaban el pasaporte. El negro podía decirle espérame aquí y aparecer después con otros delincuentes peores. No sería difícil rodearla y arrancarle la cartera, como había pasado con otras. Los maleantes sabían que las muchachas tenían dinero y acechaban en la calle. Las veían pasar de la mano por la calle con su francés o su alemán y ya sabían. Calculaban el dinero probable, los cientos de dólares o los miles posibles, y preparaban su trastada.
        Pero hicieron el cambio y el vendedor no intentó nada malo. No preguntó ni quiso saber más de la cuenta. No miró hacia los lados, ni se puso a dar rodeos, ni tardó contando los billetes. Ella se sintió más confiada y preguntó si quería comprar la cadena, el reloj, el anillo. Se los daba los tres en cien dólares. Y el negro sonrió otra vez. Ella imaginó que sonreía para dar cordel, porque entrevió otras oportunidades y estaba seguro de que no se le podía escapar. Él le pidió apartarse de la calle. Le mostró los baños de la cafetería, un lugar oscuro en los bajos, un sitio alejado del mundo y la gente. Ella tuvo miedo otra vez. Recordó al francés que la esperaba en París. Jean Pierre la esperaba sin saber que había una escala técnica en Madrid y el dinero del pasaje no alcanzaba. Recordó a la gente del barrio también. Seguro estaban diciéndose que ya estaba lejos y a salvo en los brazos de un francés de veinte años. Ella pensó en eso y se sintió perdida cuando se vio sola con el vendedor. No había escapatoria posible en los baños desiertos de la cafetería. Podía ser asaltada y violada y el maldito francés nunca lo sabría. No tendría cómo saber que ella hizo todo lo posible y vino a caer en las manos de un traficante de divisas que podía ser cualquier cosa. Pero el vendedor solo quería examinar las prendas con calma. Se tomó su tiempo examinándolo todo y le entregó los cien dólares.
          Veinte minutos más tarde ya había pagado el importe del viaje. Se sintió como una reina en el salón casi vacío. Miró los afiches y los logotipos dorados de las líneas de vuelo y apretó el libro tricolor del pasaje. Lo besó. La mujer de la computadora la miraba. Sonreía mirándola. Apoyaba la barbilla en una mano y se complacía con la visión del rostro luminoso de la muchacha.
          —Ahora tienes que ir hasta la embajada y confirmar la visa —dijo la mujer con aspereza—. Vete ahora. Rápido.
          El tiempo era corto. Con el dinero sobrante podía tomar un taxi hacia Miramar, pero no alcanzaba para pagarse el viaje de regreso. Tendría que hacer señas en la avenida, las señas desesperadas que una mujer joven hace a los carros cuando se apura a un destino específico. No se podía detener ni cerrar los ojos, ni esperar que las cosas pasaran solas como en los cuentos de hadas.
          Bajó hasta Malecón. Pagó los últimos veinte pesos al chofer de un Oldsmobile que cubría la ruta desde La Habana Vieja hasta las barriadas residenciales de Playa, y media hora más tarde caminaba por la acera de la Quinta Avenida. Caminaba sin mirar los árboles, sin contarlos, sin saber si eran álamos o robles. Bajó hasta Tercera, caminó una cuadra más. Por un momento volvió a ser una reina. Los árboles se lo confirmaron. Mecieron las ramas para dar a entender que la reconocían. La gente, no. Para la gente ella era sólo una oriental cualquiera que atravesaba el portón de la embajada de Francia, una puta con suerte que logró enredar a un francés con sus artes y sus mañas de prostituta barata. Era bonita, sí, pero guajira y puta. Era una puta joven y bonita de las que se buscaban la vida en las discotecas de La Habana y hacían cualquier cosa por un puñado de dólares. Para la gente de La Habana, ella era una prostituta oriental y debía vivir escondida en su alquiler. La miraban con el desprecio que se mira a las putas. Con envidia también, pero lo ocultaban.
          La funcionaria de la embajada fue muy amable. Sonreía cuando la invitó a sentarse. Ofreció un café y un refresco arrastrando la erre. Se deshizo en frases cariñosas, breves frases de aliento pronunciadas en su español afrancesado. Sonreía cuando le llenaba los papeles y explicaba las normas de trabajo y atención al público. Sonreía, en general, para dar a entender que no le molestaba en lo absoluto cumplir con su trabajo diario. Sonreía cuando le dijo que ya eran las once y diez.
          —Debes confirmar el pasaje en la agencia antes de las doce. De no hacerlo, se te cancelará la visa.
        Ella era una reina en apuros. Reina sin servidores ni carruaje, pero reina. Los robles y álamos de la Quinta Avenida se lo dieron a entender. Nunca sabría si eran robles y álamos. No les puso atención. No tenía tiempo. No debía detenerse a examinar una cuestión secundaria. Los franceses tampoco se detenían en asuntos triviales. Vivían sus vidas apuradas por la presión de la ciudad, la rapidez y la agitación de sus mundos sofisticados. En las revistas se veían contentos, pero no parecían detenerse en las cosas comunes porque su tiempo estaba cronometrado hasta el detalle mínimo. Era una buena forma de aprender que la civilización tiene su precio. Para ella era una forma rápida. Tenía que hacerlo todo bien, sin perder tiempo, como lo habrían hecho los franceses. Así lo habría hecho Jean Pierre si hubiera estado con ella. La habría arrastrado de la mano hasta la agencia de viajes porque el tiempo no alcanzaba. Ella estaba obligada a andar rápido. No podía fijarse en los árboles de la avenida y saber si eran en verdad álamos y robles.
         Hizo señas desesperadas a los carros que pasaban en dirección al Vedado. Calculaba el tiempo y trataba de no respirar. La suerte dependía de la buena voluntad de un chofer que anduviera despacio por la avenida y se fijara en su figura escueta de muchacha campesina.
          Diez minutos después, un automóvil con matrícula estatal se detuvo cerca. Ella corrió hacia la ventanilla y trató de explicar que no tenía dinero, el tiempo se le terminaba y un francés de veinte años y ojos azules la esperaba en el aeropuerto de París. Trató de explicar todo eso, pero no pudo. En lugar de esas palabras solo pudo articular un Por favor escueto y rápido. La frase casi gutural escapó de la garganta para dar a entender que necesitaba ayuda. Toda la ayuda posible. Todo lo que un chofer estatal pudiera hacer por una chica en apuros. Y el chofer la miró de la misma forma que miraban los cocheros de los cuentos a la campesina asustada por las luces y las torres del Palacio.
         —Sube —dijo con una voz tranquila de cochero antiguo—. Voy hasta la Alianza Francesa.
        Ella se mantuvo callada todo el trayecto. Cuando bajó del automóvil ya eran las once y cuarenta. Otra vez debía volar hasta Sol y Son. No podía saber si llegaría a tiempo. Los árboles de la calle Veintitrés decían que sí. Los habaneros decían que no. Los ojos azules del francés la esperaban en París. Jean Pierre estaba junto al cristal. Veía posarse los aviones y miraba a la gente descender por las escalerillas. Estaría contando los minutos y las horas. El olor de las manzanas se hizo más intenso.
        No podía decir el tiempo que llevaba caminando. No podía mirar el reloj, ni recordaba que lo había vendido. Seguro fue un buen negocio para el vendedor de divisas. La Habana estaba llena de gente así, de individuos que esperaban su oportunidad para hacer dinero fácil. Pero el vendedor la trató bien y pagó los cien dólares sin regatear. No sabía que ella era la novia de un francés de veinte años y estaba casi a punto de irse del país. Otro habría sido el trato si hubiera sabido la verdad. No podía imaginar que ella era una guajira con suerte y lo tenía todo listo para irse. Ella tenía el pasaporte, la visa y el pasaje pagado. Todo estaba a punto y en tiempo, como en el cuento del príncipe y la campesina. Pero aquella lo tenía todo listo también y al final vio derrumbarse los planes por las maquinaciones de una madrastra ambiciosa. Ella prefería no pensar en esa posibilidad, pero pensaba. Se le llenaba la cabeza conjeturando un desenlace. Imaginó golpes y patadas en el baño de la cafetería. Cualquier cosa pudo haber pasado, pero ya no debía recordar ese momento. Ya estaba a punto de lograr su sueño. En un rato más, todo estaría bien. Apuró el paso, franqueó la última calle y llegó a la altura de los cristales de la agencia.
         Algo andaba mal. Cuando salió de Sol y Son el lugar estaba casi vacío. Ahora había decenas de personas agrupadas en la acera. Eran turistas. Tu-ris-tas. Confirmaban el pasaje de regreso a su país de origen, o el vuelo a un tercer país. No podía reconocer el idioma. No era el susurro acompasado y agradable de Gerard Depardieu, ni los labios se movían de la misma forma, ni las voces sonaban como el murmullo angelical de los franceses. Pero eran europeos, eso estaba claro. Era gente muy blanca. Conversaban y bebían agua mineral a la sombra de los árboles. El salón de la agencia estaba lleno de mochilas y bultos, maletines pesados a la vista, jabas llenas de suvenires, caracoles brillantes y trampas para extranjeros inexpertos. Mala suerte. Ella no contaba con eso. Ni siquiera se molestó en pedir permiso para entrar. Quedó en la acera apretando la cartera sobre el pecho. El olor de las manzanas se diluyó en el aire hasta convertirse en un efluvio lejano, en la evocación de un final feliz y en un recuerdo triste de lo que pudo ser.
          Pensó en eso y se asustó por dentro. Recordó el cartel del salón y el título de la película. ¿No se llamaba Bon voyage? ¿Acaso no significaba Buen viaje? ¿No auguraba un desenlace feliz? Con pesar, descubrió que no. El desenlace resultó imprevisto e hiriente, y ella se sintió derrotada. El tiempo se acababa. Unos minutos más y serían las doce. Recordó las palabras de la funcionaria. En unos minutos el viaje a Francia se iría al diablo. Ahora no era una reina. No miraba como una reina debe mirar. No tenía fuerzas para seguir mirando. Los habaneros pasaban y reían. La señalaban con el dedo y se alejaban riendo. Esta vez los árboles no dijeron nada. No movieron las ramas ni se inclinaron al suelo. La miraron callados con su tristeza infinita de árboles vencidos.
          Los álamos y los robles no tenían nada que decir y la miraron como a la Cenicienta de los cuentos. Ella era la Cenicienta. Vestía ropas de criada y miraba las torres del palacio desde la triste ventana de su cocina estrecha. Podía sentir el olor de las manzanas y el tintineo de las vajillas, el suave roce de las sedas, el calor de los vinos, los valses que ejecutaba la orquesta, el golpeteo de las botas de los caballeros sobre el piso pulido, la conversación de las cortesanas criticando los vestidos brillantes de los invitados. Era la Cenicienta en versión tropical.
          Pensó en Jean Pierre. El maldito francés no previó la escala en Madrid. No previó tampoco a los turistas que llegaron en el momento final. No tuvo en cuenta el tiempo ni las normas de atención al público. Y entonces lloró. Lloró. Primero lloró por todo el esfuerzo vano, la larga caminata hasta la embajada, las tantas cuadras recorridas dos veces. Tendría que esperar otra oportunidad o buscar la forma de cambiar el pasaje. Algo haría. Algo. En el peor de los casos, algo se podría hacer. O quizá sería mejor olvidarlo todo y devolver el pasaje. Olvidaría que alguna vez pudo salir del país, montarse en un avión y decir adiós a la ciudad desde el cielo. Sí. Era mejor olvidarlo todo, regresar a la casa y al barrio y explicar lo que pasó. La gente entendería que no fue su culpa. Ella hizo todo lo posible y no pudo hacer nada más. Volvería con los dólares del pasaje en el bolsillo y la gente entendería. Novecientos dólares era mucho dinero. En el barrio nadie tenía novecientos dólares.
          Compraría un dividí. En el barrio nadie tenía un dividí. En el barrio nadie tenía nada. Un dividí serviría para ayudarse a olvidar la presión de los preparativos del viaje y la mala suerte del momento final. La ayudaría a olvidar al dueño del alquiler y al negro que le compró las prendas y preparaba su trastada. Un dividí le serviría también para ver películas francesas, todas las películas posibles, y de esa forma aprendería a pronunciar Bon voyage de la misma forma que lo habría pronunciado Jean Pierre.
         A la familia le diría que el francés la engañó y todos se pondrían de su parte. Contaría la versión triste del cuento y todos comprenderían. El príncipe se casó con la princesa verdadera y olvidó a la campesina. La familia lo sentiría de verdad. Habrían estado esperando el desenlace con reservas. En la vida las cosas pasan así. No se sabe nunca el final hasta que ocurre, y cuando ocurre no siempre es el final que se espera. Y a los amigos del barrio les contaría una versión diferente. Seguro no preguntarían nada cuando la vieran con el dividí. Se alegrarían por tener al fin un dividí en el barrio.
        ¿Y a Jean Pierre? ¿Qué le diría a Jean Pierre? Los ojos azules del francés la esperaban en París. Estarían tras los cristales del aeropuerto enorme cuando el avión tocara tierra. Lo verían descender y posarse sobre la pista blanda. Se volverían locos buscándola entre la gente que llegaba en el vuelo. Recorrerían una y otra vez los rostros y los cuerpos, y volverían a mirar, y se quedarían fijos en el avión cuando quedara vacío. Sí. Tras los cristales del aeropuerto de París estarían los ojos de Jean Pierre.
Jean Pierre no tenía los dos ojos azules. El derecho era azul. Un azul de mar o un azul de cielo. Un azul de ojos de gato podía ser. El izquierdo, no. El izquierdo era verde, un verde intenso con un cuartico de hora marrón. El francés se la ganó con los ojos. Era un maldito francés de veinte años. Partía su manzana con los dientes en las fotografías a color y la hizo caer en una trampa de verde y azul.
         Podía imaginar los ojos de Jean Pierre. Imaginaba sus ojos, sus manos y su boca. Su sexo también, pero sobre todo imaginaba sus ojos. Los veía fulgurar tras los cristales del aeropuerto de París. Brillaban en los cristales con destellos de verde y azul. Ahora debía conformarse con las fotos que guardaba en la cartera. El maldito francés de veinte años se estaba riendo en las fotos. Devoraba una manzana y le mostraba sus dientes blancos de francés, los anaqueles brillantes de las tiendas libres de impuestos, los perfumes almizclados y los bolsos de cuero. Y ella quiso llorar. Y lloró. Lloró. Lloró otra vez por Jean Pierre.
          Nadie le puso atención, ni siquiera los árboles. Los habaneros la miraron con desprecio. Era una puta de Oriente y recibió su castigo. La prostituta mala tuvo el final de cualquier prostituta. La reina pretenciosa fue destronada porque alguien descubrió que su sangre no era noble. Ella decidió retirarse. No podía ni pensar en acercarse a la computadora. Era imposible hacerlo con tantos extranjeros en el salón y la acera. Volvería al alquiler. Recortaría láminas a color de las revistas para viajeros. Leería cuentos de hadas para saber el final de la historia del príncipe y la campesina. Pasaría horas en el baño para que el dueño la mirara, a ver si se le gastaban los ojos y la dejaba tranquila. Pensaría que eran los ojos de Jean Pierre. El maldito francés la esperaba en el aeropuerto de París. Eran las doce menos cinco. Todo terminaba.
          Dio dos pasos. No quiso mirar a los habaneros ni a los árboles. Le daba lo mismo que fueran álamos o robles. Ya todo le daba lo mismo. No vio acercarse a la mujer ni la mano que se alargó para tocarla en el hombro.
          —¿Mirielis?
        Se volvió. El rostro le parecía familiar. No la reconocía. O sí. Sí. La había visto antes, dos horas antes, dentro del salón casi vacío. Era la mujer de la computadora.
          —¿Qué pasó? Te vi llorando por el cristal.
         No tuvo que hablar mucho del tiempo y la visa cancelada, ni del montón de extranjeros que ocupaba la agencia. La mujer comprendió.
         —Sí. Son alemanes. Algo inusual. Pero, en fin, el tiempo se te acaba. Tendrás que empezar otra vez. Son las normas de atención al público. Los extranjeros tienen prioridad. Tú sabes.
       Sí. Ella sabía. Lo sabía todo. Las normas y las prioridades. Las ventajas de ser extranjero. La imposibilidad de atravesar las puertas de la agencia. La sorpresa aplastante y fatal. Sabía todo eso, y lloró otra vez. Los árboles se inclinaron para verla. La mujer pensó. Pensó. Pensó y resolvió.
          —Entra conmigo al salón. Acércate a mi computadora como puedas. Déjame el pasaporte y el pasaje encima de la máquina.
          Así terminaban los cuentos de hadas. Ella había leído muchos en el alquiler y todos terminaban de la misma forma. El príncipe de los ojos azules esperaba en el aeropuerto de París. El cochero bueno fustigaba sus caballos y ayudaba a vencer la distancia más grande. El hada madrina salía de la nada en el momento preciso y hacía con su varita ese último pase necesario. En diez minutos ella sería reina otra vez. Saldría a La Rampa con la mirada alegre de las reinas y sonreiría para que todos supieran de su victoria final. Los álamos y los robles, atentos al desenlace feliz de la historia, moverían las ramas en una suerte de largo aplauso merecido y se inclinarían hasta tocar el suelo.

En la brisa del mar llegaba, inconfundible, el olor de las manzanas maduras. Y en la cafetería de la calle O un negro elegante miró a la muchacha desde arriba. Sonrió al mirarle las manos y el cuello. Era un vendedor de divisas, y en realidad lo parecía, o podía ser cualquier otra cosa. 

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