Ella
caminaba sin notar que la gente discutía de los temas de siempre,
que los árboles seguían siendo los mismos y la vida transcurría
como de costumbre. Caminaba sin mirar a los lados, sin detenerse en
las esquinas, sin oír, sin hablar, sin hacer caso del sudor de las
piernas. Caminaba por La Habana. Caminaba por la calle Veintitrés.
Caminaba. Apretaba la cartera sobre el pecho y miraba adelante. Al
final de La Rampa podía ver el cartel de la agencia de viajes. En la
brisa del mar llegaba el olor de las manzanas que el francés
masticaba en las fotos.
Jean
Pierre había sido preciso. Le insistió en apartar ochocientos
dólares para el pasaje. Con el resto debía pagarse los gastos de
aeropuerto en La Habana. Eran apenas cuarenta dólares, pero Jean
Pierre aseguró que el dinero alcanzaba. Ella sacó sus cuentas mil
veces y quedó convencida. Cuarenta dólares eran suficientes para
una merienda. Podía ser también un almuerzo ligero. Una pizza
estaría bien. Una pizza y refrescos. Muchos refrescos gaseados,
jugos de fruta, zumos concentrados de toronja y limón. Todo eso se
vendía barato en la Terminal de Vuelos. En París se vendían las
pizzas también. Los franceses reían comiendo pizzas en las
fotografías del aeropuerto. Jean Pierre partía su manzana con los
dientes. La pelota grande y roja se partía con facilidad por los
dientes blancos del francés. Ella pediría una manzana y una pizza
caliente. Nada de cocteles ni suvenires con palmas, ni caracoles
marinos decorados con inscripciones y banderas para atraer la
atención de los turistas. No debía dejarse llevar por las
tentaciones, ni mirar el brillo artificial de los caracoles y las
maracas. Esas trampas solo funcionaban con los extranjeros que
llegaban por primera vez a la Isla y se dejaban atrapar por el
brillo. Se gastaban los dólares en caracoles barnizados y después
se aburrían de andar con ellos en la jaba. Los dejaban en la
habitación del hotel cuando se marchaban a su país y olvidaban que
alguna vez cayeron en las trampas de la isla caliente.
Cuarenta
dólares era todo lo que podía gastar en el aeropuerto. Comería
algo ligero y se quedaría mirando los aviones. Siempre quiso mirar
los aviones desde cerca. Un avión era un gran mundo posible. Los
vería correr por la pista, despegar y perderse en el cielo como
grandes mundos posibles. Así lo decía la gente en el barrio. Un
avión era una gran cosa. La suerte de
cualquiera podía cambiar si uno lograba hacer
los papeles, pagar el pasaje y montarse en un avión. Subir la
escalerilla significaba la alegría final después de haber sorteado
las mesas de los funcionarios, interminables filas de mesas con
ordenadores personales, estibas de papeles y gente muy seria y
ocupada que tardaba bastante en revisarlo todo y poner sus cuños y
sus firmas. La angustiosa espera terminaba cuando ya se había
logrado sortear todas las mesas. Una escalerilla larga y estrecha,
elevada sobre sus soportes hasta una altura suficiente, llevaba hasta
una puerta que se abría en los límites del cielo.
Una
vez sentada en el avión ya no debería preocuparse. Miraría por la
ventana y diría adiós en silencio. Lloraría, quizá. Pasaría un
rato escondiendo la cabeza para que nadie la viera llorar. Los
compañeros de vuelo no tenían por qué saber nada. Eran extranjeros
de regreso a sus países, o cubanos con suerte que ya estaban
acostumbrados a salir y no le daban importancia a un nuevo viaje.
Ella los miraría y escondería la cabeza. Lloraría con la cabeza
baja y se estrujaría las manos con el pañuelo. Secaría una lágrima
y diría adiós otra vez,
un adiós silencioso. Haría una señal con la mano,
soltaría un suspiro, echaría una última mirada hacia el aeropuerto
y la ciudad que desaparecían ante sus ojos. El francés estaría
esperándola en París. Estaría allá, tras los cristales del
edificio enorme, cuando el avión tocara tierra. Y estaría mucho
antes, cuando el avión fuera volando sobre el Atlántico, y cuando
entrara en el cielo de Francia.
—Estaré
esperándote en el aeropuerto —eso había dicho Jean Pierre.
Él comería sus
manzanas y miraría al cielo con sus ojos azules de francés hasta
que el avión apareciera en la distancia. La buscaría entre la gente
que bajaba por la escalerilla. Descubriría su figura y le haría
señas con la mano. Le había prometido un abrazo fuerte, unas
palabras de bienvenida en español y algunas frases en su idioma
difícil para que ella se fuera acostumbrando. Diría en español
limpio y claro Bienvenida
a París
y la besaría junto a la escalerilla para que todos vieran. Esa era
su mujer soñada, esa muchacha menuda de piel tostada por un sol de
verdad que llegaba del Caribe con una mirada de chiquilla y muchos
recortes de revistas escondidos en la mochila. La besaría otra vez y
todo sería color de rosa.
La última cuadra
hasta la agencia Sol
y Son
se le antojó el paseo de una reina. La gente le hizo reverencias.
Paseó una mirada de triunfo sobre los habaneros sin suerte y los
sorteó con un movimiento gracioso de sus piernas cansadas. Solo
podía pensar en todo como en una victoria final. Una victoria
pequeña. Así lo había dicho el francés. Salir del país sería
una pequeña victoria. Reunirse en el aeropuerto de París bajo un
sol pálido, con gente mirando y grandes puertas de cristal que se
abrirían sin tocarlas, sería un triunfo más grande. Estarían los
dos juntos en el salón de llegadas comiendo manzanas, partiéndolas
con los dientes como hacían los franceses en las fotografías. Jean
Pierre le enseñaría cómo hundir los dientes en la cáscara tan
suave y reír al mismo tiempo. Ella practicó la forma de hacerlo en
el alquiler pero no tenía una manzana. Probó con un mango y no era
lo mismo. Quedó demostrado que un mango no era igual que una
manzana. Un mango chorreaba su jugo amarillo por la cara y la ropa y
no tenía la cáscara tan suave. Así lo había dicho el francés.
Así parecía decirlo en las fotos. Ella lo entendió de esa forma.
Caminaba por la acera de la última cuadra y sentía partirse la
fruta entre los dientes. La cáscara se mezclaba con la masa y dejaba
oír un crujido. Ella disfrutaba del crujido y del sabor de la
manzana. Era algo para disfrutar sin decírselo a nadie, y ella lo
disfrutaba callada. No tenía con quién hablar, ni nadie quería oír
sus argumentos, sus cosas de chiquilla menuda que miraba con asombro
las fotografías a color, las instalaciones del aeropuerto, la
alegría de los franceses, sus dientes partiendo manzanas sin la
molestia del jugo en la piel y la ropa.
No
podía hablar con los habaneros. No debía decirles que se casaba con
un francés de veinte años y se iba del país. Nadie podía
sospechar que Jean Pierre la esperaba en París y se comía las uñas
en el aeropuerto. Pero los habaneros lo sabían. De alguna forma lo
supieron todo. La miraban de lejos y envidiaban su cadena de oro, su
anillo, su reloj, su pasaporte y su reservación en la compañía
aérea. Y ella no podía conversar con ningún amigo, ni podía
hablar con nadie cercano. Todos los conocidos estaban lejos. A
novecientos kilómetros de La Habana estaban los amigos, la gente del
barrio, los vecinos chismosos y los vecinos serios. A novecientos
kilómetros todos esperaban que se fuera del país y tuviera la
suerte que no tuvieron ellos. Se alegraron al enterarse e hicieron
una fiesta en el barrio. Ahora todos sabían que las cosas iban bien.
Una muchacha simple del campo podía casarse con un francés joven de
París y viajar en avión sin molestias excesivas.
Era
una reina cuando atravesaba las puertas de la agencia. Se sentía
como una reina se debe sentir, como alguien que lo puede todo y se
toma su tiempo para responder porque tiene ese derecho, porque lo
mereció de alguna manera, o porque nació con esa suerte específica.
Le gustaba leer ese tipo de historias. Leía cuentos en el alquiler
sobre gente muy simple con vidas agradables y finales felices.
Príncipes y campesinas se encontraban por casualidad junto a la
fuente y terminaban enamorándose. Reyes futuros aprendían el valor
de una sonrisa cuando el hada madrina tocaba a las muchachas con su
vara mágica. Así le pasó con Jean Pierre. La relación con el
francés la hacía sentir como una reina. Era una reina celebrada
cuando entró al salón casi vacío y quedó mirando a las empleadas
elegantes y las computadoras alineadas a un costado. Con ademanes de
princesa arrancó el turno de espera en el aparato de la pared,
caminó por el salón hasta la computadora, extendió la reservación
a la mujer y la vio teclear algo en la máquina.
—Mirielis
Oliveros Molina —dijo de pronto la mujer—. Sí, aquí estás.
Dame el pasaporte.
La espera duró
unos segundos, pero le pareció un tiempo muy largo. Dio vueltas a
los ojos mirando los afiches del salón y los logotipos dorados de
las líneas de vuelo. Los impresos grandes remedaban blasones de
caballeros impecables y príncipes dispuestos a casarse de inmediato.
La pared se cubría con vistas de ciudades y calles extranjeras. Ella
trataba de leer nombres complicados en alemán y en inglés.
Descubrió algo en francés también. La frase corta y sonora se
podía articular sin esfuerzo. Bon
voyage.
La pronunció en voz baja y se alegró por dentro. Recordó una
película con título similar, una historia de amor y guerra con
Gerard Depardieu y otros actores menos conocidos. La vio de manera
casual en la casa de alguien que ya no recordaba y desde entonces
asoció la voz de Jean Pierre con la voz de Gerard. Jean Pierre debía
hablar exactamente así, con ese mismo tono bajo del actor de cine,
esa suerte de murmullo agradable que le hacía erizar la piel. Y el
título mismo sugería una despedida amistosa. Alguien le decía al
oído Bon
voyage
para desearle un buen viaje a Francia y un encuentro feliz con Jean
Pierre en el aeropuerto de París. Volvió a mirar los anuncios con
fotografías de aeropuertos y parques, gente que reía y enseñaba
los dientes, precios, tablillas y tarifas de descuento por demoras
prolongadas o mal servicio. Lo evaluó todo y movió la cabeza como
lo habría hecho una reina. Era una reina esperando su victoria
final. Disfrutaba del momento con una picazón en los labios. Tenía
ganas de compartir el momento con alguien, de decírselo a cualquiera
y mirar la reacción en la cara de la gente. Imaginó las reacciones
posibles de la gente del barrio y apretó el rollo de dólares sin
atreverse a sacarlo del bolsillo.
—Muy
bien —dijo la mujer—. Todo está en orden. Son novecientos
cincuenta dólares.
¿Dijo
novecientos cincuenta? Ella no entendió. No podía ser. No eran esos
los precios que esperaba. Jean Pierre le había dicho otra cosa. Él
se lo aseguró y la obligó a anotar los precios posibles. Ella no
tenía esa cantidad. No podía creer que Jean Pierre la engañara.
Estaba allí mirando a la mujer a los ojos sin entender nada. No
podía pensar que el francés le dijo un precio falso y le hizo creer
que el dinero alcanzaba. Quiso explicarlo en una frase entrecortada y
nerviosa, pero la mujer apartó la mirada y hundió los ojos en la
pantalla de la computadora. Ella entendió que estaba perdiendo su
tiempo.
Así
eran las cosas. Había un cambio de tarifas y precios, o una
equivocación. Era algo que el francés no tuvo en cuenta. Podía
pasar que Jean Pierre se equivocara y le hiciera anotar unos precios
específicos. Esos precios cambiaron a última hora. Pero la compañía
de vuelos era la misma. El destino era el mismo. Quizá hasta el
piloto fuera el mismo también. La mujer de la computadora dijo algo
sobre una escala técnica en Madrid. Ella había leído sobre escalas
técnicas en los aeropuertos. Los aviones se posaban en el suelo
algunas horas para reabastecer el combustible. Una escala técnica en
Madrid era algo de lo más común. Nadie podía quejarse de algo así.
Ni siquiera los franceses se quejaban. Aprovechaban el tiempo y leían
algo. Novelas de aeropuerto, quizá. Romanzas crueles y cumbres
borrascosas. Jean Pierre le había dicho eso. Los pasajeros se
entretenían leyendo los libros a su alcance en las mesitas, novelas
cortas y libros de cuentos en inglés o francés encuadernados con
tapas negras y doradas. O conocían a otra gente que llegó en otro
avión y hablaba el mismo idioma. Se podía hacer amigos así. Muchos
amigos de aeropuerto intercambiaban direcciones y teléfonos y
prometían llamarse después. No era nada poco común detenerse por
una escala técnica, y el hecho servía para conocer más gente sin
costo adicional. Pero ella no quería conocer a nadie. No quería
enredarse en una conversación hasta llegar a París. Aprovecharía
el tiempo para caminar por el salón del aeropuerto español y
estirar las piernas. Compraría un perfume barato en las tiendas
libres de impuestos. Había Chanel y Dior en los estantes, y los
precios no eran malos. En las fotografías se veían los frascos
aplastados sobre anaqueles brillantes, bolsos de cuero y muselina con
agarraderas largas, zapatos finos a buen precio, y relojes, muchos
relojes con pulseras cromadas. Con el dinero sobrante podía comprar
un perfume, algo tenue y volátil con fijador de almizcle para que
Jean Pierre no se llevara una mala impresión en el encuentro y
notara que se había cuidado bien y había hecho el mejor uso del
dinero. Pero la escala técnica en Madrid le costaba unos miserables
ciento cincuenta dólares más.
—Ciento
cincuenta dólares.
De
pronto ya no era una reina. Temía hacer el ridículo. Temía llorar,
y que la vieran. Los pasajeros se fijarían en la campesina asustada
que veía cerrarse los portones del palacio y se quedaba afuera.
Trató de mantener la calma, de pensar un poco, de buscar una
solución. Logró sonreír y reponerse. La sonrisa apareció a flor
de labios, sin querer, como si hubiera estado allí todo ese tiempo
esperando el momento preciso. Nadie podía acusarla por una sonrisa.
El movimiento simple de los labios debía resolver la tensión y
calmar los nervios hasta que pudiera pensar y buscar una respuesta
adecuada. Los nervios la traicionaron y ella tuvo que llorar. Gimió
bajito pensando en las trampas del destino. Bajó los ojos y secó
las lágrimas con el pañuelo. Las personas del salón la miraban.
Los extranjeros la observaron con interés, como si en sus países no
fuera posible ver llorar a nadie. Se avisaron entre sí con una señal
de los dedos y voltearon la cabeza para mirarla otra vez.
La
mujer de la computadora levantó la cabeza y se quedó mirándola.
Carraspeó y le dio aliento con una voz tranquila de funcionaria
experimentada.
—Busca
el resto. Búscalo.
Ella
contó el dinero otra vez. Buscó en los bolsillos. Podía aparecer
un billete olvidado. Conocía de casos así, dinero de emergencia
para casos imprevistos, sumas minúsculas guardadas por seguridad en
un intersticio de la ropa y olvidadas después porque nunca se llegó
a necesitarlas. Hasta con los franceses podía pasar que olvidaran el
dinero escondido. Se extrañaban del billete que aparecía de pronto,
como sin querer. No había nada extraño en un billete así. Pero en
los bolsillos no apareció nada más. En la cartera tenía los
cuarenta dólares para gastos de aeropuerto y algo de moneda
nacional. Deshizo otra vez entre los dedos el rollo de dólares. Los
contó y movió la cabeza. Se tocó la cadena y el reloj. Miró el
anillo. Salió a La Rampa.
No
podía buscar ayuda. Eso estaba descartado. No podía llamar por
teléfono y esperar que alguien le trajera el dinero faltante. Toda
la familia estaba muy lejos. Todos los amigos estaban lejos también.
Pensó en el dueño del alquiler, el viejo gordo que la miraba todo
el tiempo y sonreía con malicia. El dueño del alquiler no era
alguien en quien pudiera confiar. Todas las personas confiables
estaban a novecientos kilómetros de La Habana. La única solución
era encontrar un vendedor de divisas y comprar los dólares
necesarios. No quedaba tiempo para buscar ayuda ni hacer nada más.
Tenía que hacerlo todo sola.
En
ese momento recordó el peligro. Había oído muchas historias sobre
los dólares falsos. Eran historias de atracos y bandidos. La Habana
estaba llena de maleantes, de gente que aparentaba una cosa y andaba
por la ciudad buscando sus víctimas. Se disfrazaban de ángeles y
corderos y tendían sus trampas en los parques y en la calle. La
Habana era peligrosa. Una ciudad tan grande tenía que ser peligrosa.
Seguro París era peligroso también. París debía ser tan peligroso
como La Habana, o acaso peor porque era más grande. Era una ciudad
enorme con su torre de metal y sus maleantes. Había oído hablar de
los traficantes de blancas y viejos jefes de clanes familiares con
patrimonios inalcanzables y reliquias escondidas durante siglos en
los sótanos de sus castillos rodeados de murallas. Los millonarios
podían controlarlo todo por teléfono. Capos gordos y grasientos
vivían una vida retirada y oscura. Sólo daban una orden y en una
esquina de París se moría cualquiera de un balazo. Ella sabía cómo
era todo aunque Jean Pierre nunca le hablara de esas cosas. Nunca le
dijo nada de los maleantes que dominaban las calles, ni de los
atracos, ni de las muchachas como ella, que llegaban confiadas porque
nadie les habló del peligro y terminaban descubriéndolo por sí
mismas. Pero ella no tenía nada que temer en París ni en el
aeropuerto encristalado. Allá estaría Jean Pierre. Después del
abrazo junto a la escalerilla del avión se irían en un taxi al
corazón de la ciudad peligrosa, hacia un apartamento confortable
donde estarían a resguardo de los maleantes y los capos. En La
Habana no era lo mismo. No tenía con quién conversar, sólo el
dueño del alquiler, pero del dueño era mejor mantenerse lejos.
Recordó
el barrio. Allá la gente era menos atrevida. Miraban con ojos más
francos y actuaban sin malicia. Los habaneros, no. Esos solo podían
envidiarla y prepararle una trampa. Ya en el alquiler le había
pasado. El dueño le robó dinero y le hizo propuestas indecentes.
Seguro la consideraba una puta, una prostituta que pretendía hacerse
la fina y pasaba el día entero en el alquiler leyendo cuentos de
hadas y revistas para viajeros. Al dueño no le importaban los
cuentos. No quería oír historias de príncipes y campesinas, ni
cuentos sobre chicos rubios de Europa que podían enamorarse de una
muchacha tan simple. Para el dueño,
ella era una locona de Oriente que atrapó a un
extranjero, a un francés viejo y gordo con olor a cebollas que
buscaba sexo barato en el Caribe. Por eso la miraba con malicia.
Amenazó con llamar a la policía si no le pagaba a tiempo y trató
de tocarla. Ella siempre tuvo miedo, pero no podía buscar otro
alquiler. El viaje a París dependía del dinero ahorrado. Así lo
había dicho el francés. Así parecía decirlo en las fotos. Ella no
podía cambiar de alquiler. Estaba segura de que el dueño la miraba
por un hueco en el baño. Imaginaba sus ojos detrás de la pared y le
daba vergüenza y miedo, pero se quedaba callada. No tenía con quién
conversar sobre esas manías raras. Se encerraba en el cuarto y
pasaba el tiempo recortando las fotografías a color de las revistas
y leyendo libros de cuentos. Leía historias de príncipes y
campesinas. Eran muchachas como ella. Enfrentaban pruebas difíciles
y veían cambiar el destino por un encuentro casual junto a una
fuente.
En
la cafetería de la calle O encontró a un vendedor. Era un negro
alto y elegante. Vestía bien, la miraba desde arriba y podía ser
cualquier cosa. Ella le inventó una historia sobre una tía enferma
en el hospital. Le dijo que necesitaba comprar unos dólares.
—Veinte
dólares —dijo, y él la miró sonriendo.
Podía
sonreír mientras calculaba la mejor forma de robarle. Si ella se
descuidaba, perdería el dinero. Sería un problema si le robaban el
pasaporte. El negro podía decirle espérame aquí y aparecer después
con otros delincuentes peores. No sería difícil rodearla y
arrancarle la cartera, como había pasado con otras. Los maleantes
sabían que las muchachas tenían dinero y acechaban en la calle. Las
veían pasar de la mano por la calle con su francés o su alemán y
ya sabían. Calculaban el dinero probable, los cientos de dólares o
los miles posibles, y preparaban su trastada.
Pero
hicieron el cambio y el vendedor no intentó nada malo. No preguntó
ni quiso saber más de la cuenta. No miró hacia los lados, ni se
puso a dar rodeos, ni tardó contando los billetes. Ella se sintió
más confiada y preguntó si quería comprar la cadena, el reloj, el
anillo. Se los daba los tres en cien dólares. Y el negro sonrió
otra vez. Ella imaginó que sonreía para dar cordel, porque entrevió
otras oportunidades y estaba seguro de que no se le podía escapar.
Él le pidió apartarse de la calle. Le mostró los baños de la
cafetería, un lugar oscuro en los bajos, un sitio alejado del mundo
y la gente. Ella tuvo miedo otra vez. Recordó al francés que la
esperaba en París. Jean Pierre la esperaba sin saber que había una
escala técnica en Madrid y el dinero del pasaje no alcanzaba.
Recordó a la gente del barrio también. Seguro estaban diciéndose
que ya estaba lejos y a salvo en los brazos de un francés de veinte
años. Ella pensó en eso y se sintió perdida cuando se vio sola con
el vendedor. No había escapatoria posible en los baños desiertos de
la cafetería. Podía ser asaltada y violada y el maldito francés
nunca lo sabría. No tendría cómo saber que ella hizo todo lo
posible y vino a caer en las manos de un traficante de divisas que
podía ser cualquier cosa. Pero el vendedor solo quería examinar las
prendas con calma. Se tomó su tiempo examinándolo todo y le entregó
los cien dólares.
Veinte
minutos más tarde ya había pagado el importe del viaje. Se sintió
como una reina en el salón casi vacío. Miró los afiches y los
logotipos dorados de las líneas de vuelo y apretó el libro tricolor
del pasaje. Lo besó. La mujer de la computadora la miraba. Sonreía
mirándola. Apoyaba la barbilla en una mano y se complacía con la
visión del rostro luminoso de la muchacha.
—Ahora
tienes que ir hasta la embajada y confirmar la visa —dijo la mujer
con aspereza—. Vete ahora. Rápido.
El
tiempo era corto. Con el dinero sobrante podía tomar un taxi hacia
Miramar, pero no alcanzaba para pagarse el viaje de regreso. Tendría
que hacer señas en la avenida, las señas desesperadas que una mujer
joven hace a los carros cuando se apura a un destino específico. No
se podía detener ni cerrar los ojos, ni esperar que las cosas
pasaran solas como en los cuentos de hadas.
Bajó
hasta Malecón. Pagó los últimos veinte pesos al chofer de un
Oldsmobile que cubría la ruta desde La Habana Vieja hasta las
barriadas residenciales de Playa, y media hora más tarde caminaba
por la acera de la Quinta Avenida. Caminaba sin mirar los árboles,
sin contarlos, sin saber si eran álamos o robles. Bajó hasta
Tercera, caminó una cuadra más. Por un momento
volvió a ser una reina. Los árboles se lo confirmaron.
Mecieron las ramas para dar a entender que la reconocían. La gente,
no. Para la gente ella era sólo una oriental cualquiera que
atravesaba el portón de la embajada de Francia, una puta con suerte
que logró enredar a un francés con sus artes y sus mañas de
prostituta barata. Era bonita, sí, pero guajira y puta. Era una puta
joven y bonita de las que se buscaban la vida en las discotecas de La
Habana y hacían cualquier cosa por un puñado de dólares. Para la
gente de La Habana, ella era una
prostituta oriental y debía vivir escondida en su alquiler. La
miraban con el desprecio que se mira a las putas. Con envidia
también, pero lo ocultaban.
La
funcionaria de la embajada fue muy amable. Sonreía cuando la invitó
a sentarse. Ofreció un café y un refresco arrastrando la erre. Se
deshizo en frases cariñosas, breves frases de aliento pronunciadas
en su español afrancesado. Sonreía cuando le llenaba los papeles y
explicaba las normas de trabajo y atención al público. Sonreía, en
general, para dar a entender que no le molestaba en lo absoluto
cumplir con su trabajo diario. Sonreía cuando le dijo que ya eran
las once y diez.
—Debes
confirmar el pasaje en la agencia antes de las doce. De no hacerlo,
se te cancelará la visa.
Ella
era una reina en apuros. Reina sin servidores ni carruaje, pero
reina. Los robles y álamos de la Quinta Avenida se lo dieron a
entender. Nunca sabría si eran robles y álamos. No les puso
atención. No tenía tiempo. No debía detenerse a examinar una
cuestión secundaria. Los franceses tampoco se detenían en asuntos
triviales. Vivían sus vidas apuradas por la presión de la ciudad,
la rapidez y la agitación de sus mundos sofisticados. En las
revistas se veían contentos, pero no parecían detenerse en las
cosas comunes porque su tiempo estaba cronometrado hasta el detalle
mínimo. Era una buena forma de aprender que la civilización tiene
su precio. Para ella era una forma rápida. Tenía que hacerlo todo
bien, sin perder tiempo, como lo habrían hecho los franceses. Así
lo habría hecho Jean Pierre si hubiera estado con ella. La habría
arrastrado de la mano hasta la agencia de viajes porque el tiempo no
alcanzaba. Ella estaba obligada a andar rápido. No podía fijarse en
los árboles de la avenida y saber si eran en verdad álamos y
robles.
Hizo
señas desesperadas a los carros que pasaban en dirección al Vedado.
Calculaba el tiempo y trataba de no respirar. La suerte dependía de
la buena voluntad de un chofer que anduviera despacio por la avenida
y se fijara en su figura escueta de muchacha campesina.
Diez minutos
después,
un
automóvil con matrícula estatal se detuvo cerca. Ella corrió hacia
la ventanilla y trató de explicar que no tenía dinero, el tiempo se
le terminaba y un francés de veinte años y ojos azules la esperaba
en el aeropuerto de París. Trató de explicar todo eso, pero no
pudo. En lugar de esas palabras solo pudo articular un Por
favor
escueto y rápido. La frase casi gutural escapó de la garganta para
dar a entender que necesitaba ayuda. Toda la ayuda posible. Todo lo
que un chofer estatal pudiera hacer por una chica en apuros. Y el
chofer la miró de la misma forma que miraban los cocheros de los
cuentos a la campesina asustada por las luces y las torres del
Palacio.
—Sube
—dijo con una voz tranquila de cochero antiguo—. Voy hasta la
Alianza Francesa.
Ella se mantuvo
callada todo el trayecto. Cuando bajó del automóvil ya eran las
once y cuarenta. Otra vez debía volar hasta Sol
y Son.
No podía saber si llegaría a tiempo. Los árboles de la calle
Veintitrés decían que sí. Los habaneros decían que no. Los ojos
azules del francés la esperaban en París. Jean Pierre estaba junto
al cristal. Veía posarse los aviones y miraba a la gente descender
por las escalerillas. Estaría contando los minutos y las horas. El
olor de las manzanas se hizo más intenso.
No
podía decir el tiempo que llevaba caminando. No podía mirar el
reloj, ni recordaba que lo había vendido. Seguro fue un buen negocio
para el vendedor de divisas. La Habana estaba llena de gente así, de
individuos que esperaban su oportunidad para hacer dinero fácil.
Pero el vendedor la trató bien y pagó los cien dólares sin
regatear. No sabía que ella era la novia de un francés de veinte
años y estaba casi a punto de irse del país. Otro habría sido el
trato si hubiera sabido la verdad. No podía imaginar que ella era
una guajira con suerte y lo tenía todo listo para irse. Ella tenía
el pasaporte, la visa y el pasaje pagado. Todo estaba a punto y en
tiempo, como en el cuento del príncipe y la campesina. Pero aquella
lo tenía todo listo también y al final vio derrumbarse los planes
por las maquinaciones de una madrastra ambiciosa. Ella prefería no
pensar en esa posibilidad, pero pensaba. Se le llenaba la cabeza
conjeturando un desenlace. Imaginó golpes y patadas en el baño de
la cafetería. Cualquier cosa pudo haber pasado, pero ya no debía
recordar ese momento. Ya estaba a punto de lograr su sueño. En un
rato más, todo estaría bien.
Apuró el paso, franqueó la última calle y llegó a la altura de
los cristales de la agencia.
Algo andaba mal.
Cuando salió de Sol
y Son
el lugar estaba casi vacío. Ahora había decenas de personas
agrupadas en la acera. Eran turistas. Tu-ris-tas. Confirmaban el
pasaje de regreso a su país de origen, o el vuelo a un tercer país.
No podía reconocer el idioma. No era el susurro acompasado y
agradable de Gerard Depardieu, ni los labios se movían de la misma
forma, ni las voces sonaban como el murmullo angelical de los
franceses. Pero eran europeos, eso estaba claro. Era gente muy
blanca. Conversaban y bebían agua mineral a la sombra de los
árboles. El salón de la agencia estaba lleno de mochilas y bultos,
maletines pesados a la vista, jabas llenas de suvenires, caracoles
brillantes y trampas para extranjeros inexpertos. Mala suerte. Ella
no contaba con eso. Ni siquiera se molestó en pedir permiso para
entrar. Quedó en la acera apretando la cartera sobre el pecho. El
olor de las manzanas se diluyó en el aire hasta convertirse en un
efluvio lejano, en la evocación de un final feliz y en un recuerdo
triste de lo que pudo ser.
Pensó en eso y se
asustó por dentro. Recordó el cartel del salón y el título de la
película. ¿No
se llamaba Bon
voyage?
¿Acaso
no significaba Buen
viaje?
¿No
auguraba un desenlace feliz? Con pesar, descubrió que no. El
desenlace resultó imprevisto e hiriente, y ella se sintió
derrotada. El tiempo se acababa. Unos minutos más y serían las
doce. Recordó las palabras de la funcionaria. En unos minutos el
viaje a Francia se iría al diablo. Ahora no era una reina. No miraba
como una reina debe mirar. No tenía fuerzas para seguir mirando. Los
habaneros pasaban y reían. La señalaban con el dedo y se alejaban
riendo. Esta vez los árboles no dijeron nada. No movieron las ramas
ni se inclinaron al suelo. La miraron callados con su tristeza
infinita de árboles vencidos.
Los
álamos y los robles no tenían nada que decir y la miraron como a la
Cenicienta de los cuentos. Ella era la Cenicienta. Vestía ropas de
criada y miraba las torres del palacio desde la triste ventana de su
cocina estrecha. Podía sentir el olor de las manzanas y el tintineo
de las vajillas, el suave roce de las sedas, el calor de los vinos,
los valses que ejecutaba la orquesta, el golpeteo de las botas de los
caballeros sobre el piso pulido, la conversación de las cortesanas
criticando los vestidos brillantes de los invitados. Era la
Cenicienta en versión tropical.
Pensó en Jean Pierre. El maldito
francés no previó la escala en Madrid. No previó tampoco a los
turistas que llegaron en el momento final. No tuvo en cuenta el
tiempo ni las normas de atención al público. Y entonces lloró.
Lloró. Primero lloró por todo el esfuerzo vano, la larga caminata
hasta la embajada, las tantas cuadras recorridas dos veces. Tendría
que esperar otra oportunidad o buscar la forma de cambiar el pasaje.
Algo haría. Algo. En el peor de los casos, algo se podría hacer. O
quizá sería mejor olvidarlo todo y devolver el pasaje. Olvidaría
que alguna vez pudo salir del país, montarse en un avión y decir
adiós a la ciudad desde el cielo. Sí. Era mejor olvidarlo todo,
regresar a la casa y al barrio y explicar lo que pasó. La gente
entendería que no fue su culpa. Ella hizo todo lo posible y no pudo
hacer nada más. Volvería con los dólares del pasaje en el bolsillo
y la gente entendería. Novecientos dólares era mucho dinero. En el
barrio nadie tenía novecientos dólares.
Compraría un
dividí.
En el barrio nadie tenía un dividí.
En el barrio nadie tenía nada. Un dividí
serviría para ayudarse a olvidar la presión de los preparativos del
viaje y la mala suerte del momento final. La ayudaría a olvidar al
dueño del alquiler y al negro que le compró las prendas y preparaba
su trastada. Un dividí
le serviría también para ver películas francesas, todas las
películas posibles, y de esa forma aprendería a pronunciar Bon
voyage
de la misma forma que lo habría pronunciado Jean Pierre.
A la familia le
diría que el francés la engañó y todos se pondrían de su parte.
Contaría la versión triste del cuento y todos comprenderían. El
príncipe se casó con la princesa verdadera y olvidó a la
campesina. La familia lo sentiría de verdad. Habrían estado
esperando el desenlace con reservas. En la vida las cosas pasan así.
No se sabe nunca el final hasta que ocurre, y cuando ocurre no
siempre es el final que se espera. Y a los amigos del barrio les
contaría una versión diferente. Seguro no preguntarían nada cuando
la vieran con el dividí.
Se alegrarían por tener al fin un dividí
en el barrio.
¿Y
a Jean Pierre?
¿Qué
le diría a Jean Pierre? Los
ojos azules del francés la esperaban en París. Estarían tras los
cristales del aeropuerto enorme cuando el avión tocara tierra. Lo
verían descender y posarse sobre la pista blanda. Se volverían
locos buscándola entre la gente que llegaba en el vuelo. Recorrerían
una y otra vez los rostros y los cuerpos, y volverían a mirar, y se
quedarían fijos en el avión cuando quedara vacío. Sí. Tras los
cristales del aeropuerto de París estarían los ojos de Jean Pierre.
Jean
Pierre no tenía los dos ojos azules. El derecho era azul. Un azul de
mar o un azul de cielo. Un azul de ojos de gato podía ser. El
izquierdo, no. El izquierdo era verde, un verde intenso con un
cuartico de hora marrón. El francés se la ganó con los ojos. Era
un maldito francés de veinte años. Partía su manzana con los
dientes en las fotografías a color y la hizo caer en una trampa de
verde y azul.
Podía
imaginar los ojos de Jean Pierre. Imaginaba sus ojos, sus manos y su
boca. Su sexo también, pero sobre todo imaginaba sus ojos. Los veía
fulgurar tras los cristales del aeropuerto de París. Brillaban en
los cristales con destellos de verde y azul. Ahora debía conformarse
con las fotos que guardaba en la cartera. El maldito francés de
veinte años se estaba riendo en las fotos. Devoraba una manzana y le
mostraba sus dientes blancos de francés, los anaqueles brillantes de
las tiendas libres de impuestos, los perfumes almizclados y los
bolsos de cuero. Y ella quiso llorar. Y lloró. Lloró. Lloró otra
vez por Jean Pierre.
Nadie
le puso atención, ni siquiera los árboles. Los habaneros la miraron
con desprecio. Era una puta de Oriente y recibió su castigo. La
prostituta mala tuvo el final de cualquier prostituta. La reina
pretenciosa fue destronada porque alguien descubrió que su sangre no
era noble. Ella decidió retirarse. No podía ni pensar en acercarse
a la computadora. Era imposible hacerlo con tantos extranjeros en el
salón y la acera. Volvería al alquiler. Recortaría láminas a
color de las revistas para viajeros. Leería cuentos de hadas para
saber el final de la historia del príncipe y la campesina. Pasaría
horas en el baño para que el dueño la mirara, a ver si se le
gastaban los ojos y la dejaba tranquila. Pensaría que eran los ojos
de Jean Pierre. El maldito francés la esperaba en el aeropuerto de
París. Eran las doce menos cinco. Todo terminaba.
Dio
dos pasos. No quiso mirar a los habaneros ni a los árboles. Le daba
lo mismo que fueran álamos o robles. Ya todo le daba lo mismo. No
vio acercarse a la mujer ni la mano que se alargó para tocarla en el
hombro.
—¿Mirielis?
Se
volvió. El rostro le parecía familiar. No la reconocía. O sí. Sí.
La había visto antes, dos horas antes, dentro del salón casi vacío.
Era la mujer de la computadora.
—¿Qué
pasó? Te vi llorando por el cristal.
No
tuvo que hablar mucho del tiempo y la visa cancelada, ni del montón
de extranjeros que ocupaba la agencia. La mujer comprendió.
—Sí.
Son alemanes. Algo inusual. Pero, en fin, el tiempo se te acaba.
Tendrás que empezar otra vez. Son las normas de atención al
público. Los extranjeros tienen prioridad. Tú sabes.
Sí.
Ella sabía. Lo sabía todo. Las normas y las prioridades. Las
ventajas de ser extranjero. La imposibilidad de atravesar las puertas
de la agencia. La sorpresa aplastante y fatal. Sabía todo eso, y
lloró otra vez. Los árboles se inclinaron para verla. La mujer
pensó. Pensó. Pensó y resolvió.
—Entra
conmigo al salón. Acércate a mi computadora como puedas. Déjame el
pasaporte y el pasaje encima de la máquina.
Así
terminaban los cuentos de hadas. Ella había leído muchos en el
alquiler y todos terminaban de la misma forma. El príncipe de los
ojos azules esperaba en el aeropuerto de París. El cochero bueno
fustigaba sus caballos y ayudaba a vencer la distancia más grande.
El hada madrina salía de la nada en el momento preciso y hacía con
su varita ese último pase necesario. En diez minutos ella sería
reina otra vez. Saldría a La Rampa con la mirada alegre de las
reinas y sonreiría para que todos supieran de su victoria final. Los
álamos y los robles, atentos al desenlace feliz de la historia,
moverían las ramas en una suerte de largo aplauso merecido y se
inclinarían hasta tocar el suelo.
En
la brisa del mar llegaba, inconfundible, el olor de las manzanas
maduras. Y en la cafetería de la calle O un negro elegante miró a
la muchacha desde arriba. Sonrió al mirarle las manos y el cuello.
Era un vendedor de divisas, y en realidad lo parecía, o podía ser
cualquier otra cosa.
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