para Soledad Astromujoff. TQM
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| Foto: Jonathan Paye-Layleh, Kpolokpai, Liberia |
Me asomé y ya
no quedaba nada. Kenia también se había ido para siempre. La echaba de menos.
Allá, lejos, entreveía algo que parecía una cometa, ¿un espejismo? Todo estaba
solitario, el esqueleto de la soledad se había materializado en todo aquello y
a mis ojos les costaba resistir tanta desolación. Sentí que algo muy opresivo
dentro de mí me asfixiaba, como si fuesen las garras de un saurio que desde una
borrosa lejanía tiranizaba mi vida, y me decía que después de aquel vacío ya nada
sería posible, que debía renunciar, que debía irme, que eso que creía parecerme
el vuelo de una cometa no era más que una misteriosa señal, una invitación a
marcharme muy lejos. Me sentí en el peor de los abandonos. Entré y cerré la
ventana. Creí que así me protegía de algo, pero no sabía bien de qué, ni por qué
me pareció que cerrar la ventana era un acto importante en ese momento. Intenté
sintonizar la radio pero no pude. Aquella noche soñé con la cometa que me
pareció medio ver en el horizonte. ¿Un espejismo? ¿Una forzosa invitación a
marcharme también para siempre? Antes de acostarme, me leí todas las cartas que
Kenia me había enviado en los últimos cuatro años. En algunas de ellas noté
mucho miedo, pero al mismo tiempo la monolítica convicción de que prefería
quedarse allí en Liberia hasta que todo terminara. ¿Hasta que la guerra se
quedara sin ojos, sin armas, sin contendientes?