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| Foto: Parc Güell (www.traveler.es) |
Al
despertarme aquella mañana, me llevo tiempo ubicarme espacialmente, no sólo
porque estaba en una cama desconocida, sino también por el horario, en
Barcelona hay seis horas de diferencia con Buenos Aires y el cuerpo tarda en
adaptarse. Estaba en la ciudad para recibir un premio al que recientemente me
habían acreditado, era una entrega de diplomas y medallas. Afortunadamente mi
amigo Jordi me había facilitado alojamiento en su casa, ya que si no, me
hubiera sido imposible pagar un cuarto de hotel teniendo en cuenta lo que ya
había gastado en el pasaje. Era un jueves y la ciudad atravesaba una no tan
inusual ola de calor abrasador, y ya a las ocho de la mañana hacía cerca de
treinta grados. El departamento estaba ubicado en un barrio de edificios bajos,
de no más de cuatro o cinco pisos, todavía las inmensas torres futuristas no
habían llegado hasta aquel sector. La zona era de lo más tranquila, con grandes
árboles en las veredas, y mucha gente andando en bicicleta o trotando.
Desayunamos y, con mi improvisado guía turístico, salimos a recorrer la ciudad.