Finalista del IV Concurso Litteratura de Relato
«La
vid». Así se llamaba un restaurante de carretera de una pequeña
localidad de la costa. Y allí fuimos a parar por casualidad cuatro
amigas un domingo de aquel agosto que agonizaba sin piedad.
Apurábamos el verano de un sorbo con avidez, como quien se bebe la
última copa en un garito al filo del amanecer. Risas. Bromas.
Confidencias. Durante el estío los problemas son menos problemas, y
en ese viaje relámpago de fin de semana, nos habíamos propuesto que
nuestras preocupaciones se desvanecieran. Nos sentamos en la terraza
de aquel pintoresco mesón a almorzar. Nos debatíamos hambrientas
entre pedir raciones o el menú del día cuando, de repente,
apareciste de la nada para tomarnos nota, rezumando hombría. Me
quedé sin respiración. Moreno. Alto. Guapo. Atlético. Simpático.
Y con una sonrisa que derretía los hielos del tinto de verano que en
ese momento yo sostenía en la mano. Cuando me tocó el turno para
decir lo que quería comer, me sentí palidecer.