![]() |
| Foto: William Holden en El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder |
Más
de uno daría un huevo y parte del otro por estar en mi situación.
Un casoplón en mitad del Montseny, piscinita, solecito y demás
maravillas del monte. Ahí estaba, tumbao a la bartola en una hamaca,
tostándome al sol. Despreocupao, sabiendo que la gente como yo no
puede costearse una vida así. Pero no es oro todo
lo que reluce, claro. Las chicharras me taladraban la cabeza de lo
lindo con sus putos zumbidos. Su puta madre, qué calor hacía. Y yo
disfrazao de subnormal con todos los colores del arcoiris. Ya me
dirás qué
pinto yo en medio de la montaña con una americana roja, pantalones
de vestir blancos y mocasines marrones, ¡putos mocasines! El peor
invento de la humanidad, lo sé, pero como Pol me pagaba una buena
guita por dejarme vestir como él dijera, acepté, claro. También
por otras cosas más raras. Por ejemplo, me pagaba por hacerse una
paja mientras me ponía a lanzar jabs
y
ganchos al aire. Yo no le miraba, me centraba en lo mío y él en lo
suyo. Era dinero fácil, aunque ya me se me estaban hinchando los
cojones con sus mariconadas de esnob.
