A
Mari Loli, incondicional
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| Foto: Puerta de entrada al Parque Antiguo en otoño (es.123rf.com) |
Lola
fue quien me hizo reparar en el hombre que cierra los parques al
llegar la noche. Era un tipo bajito, calvo y rechoncho, que iba
siempre vestido con un mono de trabajo verde y amarillo, y aparecía
montado en un ciclomotor antiguo. Sobre las diez de la noche, se
apostaba junto a la caseta del jardinero, se encendía un cigarrillo
y nos miraba fijamente. Esperaba a que recogiéramos y nos
marcháramos para cerrar, con una gruesa cadena, la cancela de
hierro. Nunca se acercó a meternos prisa. Simplemente llegaba y
aguardaba.
En
aquel tiempo adquirimos la costumbre de bajar sobre las ocho, después
de estudiar. Fumábamos y conversábamos sobre nuestras
preocupaciones. En plena adolescencia, todos teníamos un punto de
egoístas. Sin embargo, Lola demostró estar un paso por delante
cuando nos advirtió: «Ese hombre viene todas las noches a cerrar el
parque a las diez. No deberíamos hacerle esperar». Y así actuamos
desde entonces.