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miércoles, 12 de noviembre de 2025

Aldebarán para los aldebaranios......Jordi Cuevas Gemar*

Finalista del V Concurso Internacional “Litteratura” de Relato  

Foto: Jane Badler en V Invasión
extraterrestre
, de Kenneth Johnson

Teníamos que volver a casa cagando leches. Es lo que tienen los viajes interestelares: las ventanas de oportunidad para fijar unas coordenadas precisas en el hiperespacio son tan estrechas que, si no las aprovechas en el momento, pueden pasar un porrón de años hasta que se abra la siguiente. Y no nos pagan para hacernos viejos en la otra punta del Universo. Además de que podía armarse un buen pitote: si alargábamos la estancia en aquel planeta, por más que alegáramos motivos científicos, algún espabilado habría que nos denunciara ante el Consejo Galáctico como infractores de la 5ª Directiva de Exploración del Espacio, la que prohíbe terminantemente colonizar o establecer bases permanentes en planetas habitados por formas de vida pluricelulares, eucariotas o complejas, basadas o no en el carbono: Aldebarán para los aldebaranios, era la consigna inviolable. Aunque los aldebaranios de marras no fuesen más que gusanos platelmintos.

Así que no quedaba otra: ya no había tiempo para revisar los cálculos, volver a hacer las secuenciaciones y los cultivos de células madre y ver en qué cojones de cadena de ADN nos habíamos equivocado. Hay que joderse, con la de recursos que se habían dedicado a aquello.

viernes, 21 de junio de 2024

La Señora de las Alturas......Jordi Cuevas Gemar

Aguafuerte de Lorenzo Goñi, el Sordico, que ilustra La
insólita y gloriosa hazaña del Cipote de Archidona, de CJC

Mi pueblo es un pueblo blanco encaramado en una sierra, con una ermita en lo alto, rodeada de murallas. Y, en la ermita, la imagen de una Virgen con un niño en las rodillas –rodillas como peñas; rodillas, ellas mismas, imagen de la sierra que la ermita corona– y manto de azul nocturno, cuajado de flores de oro que titilan si las miras. Una Virgen que no es de los curas ni de los frailes sino de la gente del pueblo, que la tenemos en nuestras casas, en el zaguán, en el comedor o en el dormitorio, y que la metemos en la maleta cuando nos tenemos que ir a otra parte, cuando nos echa del pueblo el hambre o el desespero o las guerras que nunca se ganan. Una Virgen que es de todos, hasta de los que no vamos nunca a misa ni dejamos que nos engañen con los cuentos del Infierno.
          Dicen que esa Virgen la trajeron los cristianos cuando le quitaron el pueblo a los moros, en la época en que los moros andaban aún por Granada. Pero nosotros sabemos que Ella ha estado allí siempre, desde antes de los moros y desde antes de los que hubiera antes que los moros, ha estado desde que el mundo es mundo. A nuestro pueblo los fenicios lo llamaron Oscua y los romanos Arx Domina, que quiere decir Señora de las Alturas. ¿Cómo iban a traer a la Virgen los cristianos que venían en sus caballos echando a los moros, si los romanos ya sabían que Ella estaba en lo alto de la montaña cuando no había ni moros ni cristianos? Seguro que ese cuento lo inventaron para quedarse con las tierras y dárselas a los señoritos, al Duque de Osuna y toda esa gente, ¿lo veis, lo apañaos que somos? Os quitamos la tierra y se la damos a estos pamplinas con sus títulos y sus armaduras y sus caballos, pero a cambio os traemos la Virgen, ya lo veis que salís ganando. Pero una mierda pa ellos, que la Virgen ya la teníamos aunque se llamara de otra forma y llevara puesto otro manto, o no llevara ninguno y estuviera en pelotas, como las diosas  antiguas  esas  de  los

miércoles, 28 de febrero de 2024

La falacia del pato y el campesino......Jordi Cuevas Gemar

Sobre sostenibilidad, “competencias desleales” y políticas agrarias europeas*

Foto: CRN Noticias

Hace ya unos cuantos años (más en concreto, a finales de los 80), y al calor de la fiebre especulativa que se desató en torno a la Expo de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona del 92, el por entonces presidente del Gobierno español Felipe González pronunció una de aquellas frases contundentes y lapidarias con las que tanto le gustaba dejar “pasmados” a su legión de fans y corifeos: refiriéndose a la polémica que había generado la recalificación, por parte del Ayuntamiento de Almonte, de 285 hectáreas de frente marítimo del Parque Nacional de Doñana como “terreno urbanizable” con la finalidad de levantar en ellas un gigantesco complejo urbanístico de 32.000 plazas hoteleras, 1.000 chalets y 2.000 apartamentos, acompañados de varios campos de golf, acuaparks, hipódromos e instalaciones recreativas diversas, el inefable Isidoro de la olvidada chaqueta de pana sentenció, con aquel aplomo del que siempre hacía gala: “Hombre, es que si tengo que elegir entre el campesino y el pato, me quedo con el campesino”.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Final de línea......Jordi Cuevas Gemar

Foto: Estación de Horta (Archivo TMB)
Cuando era pequeño, vivía en Horta con mis padres; Horta era, por aquel entonces, el final de la línea cinco del metro. Aunque no solíamos viajar mucho en metro –si nos movíamos del barrio era para pasar el día en el campo, y eso lo hacíamos con el coche de mi padre–, en ocasiones lo cogía con mi madre, para hacer alguna gestión en el centro de Barcelona. Y a la vuelta, las estaciones se iban sucediendo: Sagrera, Viviendas del Congreso, Maragall, Virrey Amat, Vilapiscina (los nombres todavía estaban en castellano), hasta que llegábamos a Horta, que era la última de todas. “Venga, nene, tenemos que bajarnos, que ya no hay más estaciones”, me decía entonces mi madre.
Pero yo me quedaba siempre extrañado: si no había más estaciones, ¿por qué el tren continuaba su recorrido, en lugar de hacer sencillamente marcha atrás y volver por donde había venido? ¿Hacia dónde llevaba aquella boca negra y siniestra, más negra y más siniestra que la más negra y siniestra noche imaginable, que se tragaba los vagones uno tras otro hasta que desaparecían todos, pitando en la oscuridad? La respuesta de mi madre no hacía sino aumentar mi desconcierto: “El tren ahora se va a las cocheras, y luego vuelve”. Las cocheras, decía mi madre… Pero, las cocheras, ¿no es donde aparcan los coches? ¿Qué tenían que ver los coches con los trenes? Sin duda mi madre estaba tratando de confundirme; quizá me estaba ocultando, protectora como era, algún escalofriante secreto que mi inocente mente de niño no podría soportar.

lunes, 12 de octubre de 2020

El corazón del museo (Segunda parte)......Jordi Cuevas Gemar

Foto: Enrique Simonet, ¡Y tenía corazón!...
En pocos pasos alcanzó su destino: allí, en la misma esquina de la calle Compañía, y materialmente encajado entre la iglesia del Santo Cristo y el neoclasicista Palacio del Consulado (sede de la Sociedad Económica de Amigos del País, desde donde se editaba El Popular de Málaga, que los milicianos leían a diario en el frente casi como una obligación de fe), se levantaba el mínimo caserón barroco de la Escuela Náutica de San Telmo o antiguo Noviciado de San Sebastián, sede casi inverosímil, por su pequeñez, de la Academia de Bellas Artes, de la Escuela de Artes y Oficios y del propio Museo Provincial.

lunes, 28 de septiembre de 2020

El corazón del museo (Primera parte)......Jordi Cuevas Gemar

Foto: Hazen Size, La Desbandá de Málaga
Joaquín hacía rato que oía en sueños las campanas de la Encarnación. Dang, dang, dang… Se veía de vuelta en el pueblo, rodeado de una multitud gozosa, embriagada de felicidad, ascendiendo por el sendero que llevaba hasta la ermita. Era domingo de Carnaval; sus paisanos tocaban flautines y panderos, cantaban a voz en cuello, y se pasaban unos a otros las chorreantes botas de vino, hasta que las blancas camisas, limpias y recién planchadas, quedaban rojas, empapadas y pegadas a la piel.
Pero cuando Joaquín Berrocal abrió los ojos, el tañido insistente de la campana de la iglesia ya no invitaba a la fiesta. Y su cuerpo enseguida lo supo: a pesar del frío de febrero, que se colaba como un ladrón por la ventana mal ajustada, la almohada bajo su cabeza estaba empapada de sudor. Se levantó de un salto, con los ojos como platos: a lo que llamaban las campanas, con su furioso repique, era a huir de las bombas que, de un momento a otro, amenazaban con caer sobre la ciudad.
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