Tercer Premio (ex aequo) del I Concurso Litteratura de Relato
Tuve suerte de que esta historia no sucediera en París, Roma, Londres o Madrid. Ni siquiera en Berlín, la que más cerca nos quedaba. Tuve suerte de que no aconteció en ninguna de las cansadas y viejas capitales europeas, o en alguna otra de las ciudades “con encanto” como Venezia o Porto. La fortuna de lo inesperado se ha cernido siempre de maneras misteriosas y extrañas para mí; de haber estado en alguna de esas aburridas urbes me hubiera contagiado del cliché.
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| Foto: José Guadalupe Posada, La Calavera Catrina |
Fue en una ciudad al oeste de Germania donde la conocí. Lejos habían quedado aquellos tiempos en los que un estudiante extranjero se alojaba en la buhardilla más sucia del barrio bohemio, emulando a sus héroes de la pluma que descansaban junto a la oxidada cabecera de la cama. La modernidad y sus huestes habían cambiado ya el panorama, de nada servía intentar resucitar lo ya vivido. Encontré un cuarto feo y viejo cerca del lago, y me vino bien. Era primavera; a través del escaso follaje del árbol frente a mi ventana, podía observar la plateada mancha del agua y sus reflejos destellantes de impertinente luz. Y fue justamente ahí, en ese lago, donde por primera vez la vi a ella; a Doña Macabra. Escucho ahora mismo sus ojos, mirándome desde el borde y certificando que cada palabra sea la mentira precisa que le dé forma a un relato de otra forma demasiado perfecto para la gris realidad.
