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| Foto: Paco Luna, Retratos, La Habana (Cuba) |
Esa
mujer que está fregando en la cocina, bebiéndose los mocos para que
no caigan sobre las vasijas, no es mi madre.
“Levántate
y anda, hijo mío”, me dijo hace un rato.
Ni
que yo fuera Lázaro y ella Jesús. Como si estuviera tullido, como
si fuera a superar esta resaca del ron más infame que existe sólo con decirlo.
Esa
mujer dice ser mi madre y llora cada día al amanecer.
Supongo
que extraña a mi padre. El viejo se largó hace meses cuando supo lo
que todos sabían, excepto él y yo. No sé a dónde ni con quién,
pero se fue. Poco después de que me dieron el alta del hospital, dejé
de tomarme las pastillas y no fui más a las consultas; entonces, una mañana
desperté bajo los efectos del ron barato y se había ido. Mi madre estaba
llorando con la cabeza recostada sobre la mesa del comedor. Berreaba
como si alguien hubiera muerto, pero no me dejó consolarla ni quiso
decirme qué le pasaba.
Los
vecinos, de chismosos que son, dijeron que ella había hecho como las
perras cuando están ruinas: se van con el primer perro que les huela
el fondillo. Te entretienes, miras a otro lado y, cuando volteas, ves
a la muy sata ahí enganchá, jadeando y gruñendo, pero de placer.
