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| Foto: elblogdelescribano.blogspot.com |
Lord Average fue ordenado caballero cuando su padre, su abuelo, sus tíos, sus hermanos mayores y los colegas del instituto le retaron a beberse de un trago la cerveza, a probar el coñac o el whisky por primera vez, a fumarse un puro en una boda o un cigarro cuando se saltaba las clases de contabilidad. Le ordenaron caballero cuando le empujaron a "atacar" a aquella tía en la discoteca, con un leve codazo en el antebrazo, cuando le dijeron "no seas llorica" al recibir un balonazo en el estómago en aquel partido de fútbol, cuando se sacó el carné de conducir, cuando probó su fuerza en un pulso y, por fin, ganó.
Desde entonces, Lord Average se ha enfrentado a los peligros de la vida con la seguridad de saberse acreedor del honor de la caballería, pues había superado todas aquellas pruebas con la audacia y los resultados requeridos. Así se lo habían reconocido sus mayores, sus pares y sus súbditos. Adquirió bienes y consorte, no sin haber catado antes las mieles de las aventuras más variopintas, rodando por estos mundos de Dios, conociendo doncellas (o no) hasta aburrirse, hasta que encontró a su Ginebra, su dama, su compañera fiel si no se cruzaba algún Lanzarote soplagaitas al que, sin duda, daría muerte en singular duelo si fuera menester. Con toda seguridad, no se daría el caso, solía pensar, tan seguro estaba de la devoción de su amada.
