Finalista del II Concurso Litteratura de Relato
«¿Qué me queda de ti?», se preguntaba Virginia.
Sentada en el interior del compartimento, observaba el discurrir de las pálidas
montañas al otro lado de la ventana, asfixiadas bajo la calima amarillenta del
verano. Espantados por el traqueteo del tren, los árboles sacudían sus copas
puntiagudas. Los campos habían sido aniquilados por el sol y los cubría ahora
una hierba erizada, pajiza. «¿Qué me queda, salvo estas letras?»
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Con
qué fruición había esperado cada mañana la voz áspera del cartero anunciando el
correo y, sujetándose las faldas, había corrido escaleras abajo con el pecho
incendiado y una sonrisa por todo rostro. Las cartas eran siempre escuetas pero
elegantes, vestidas de una belleza sucinta. Leía las palabras como
saboreándolas en el paladar y en cada giro de cada vocablo presentía el aroma
del escritor; en los puntos y las interrogaciones, encontraba los hoyuelos de
sus mejillas. «Queridísimo Frank. Amado prometido.»
Cuando
la guerra y sus falacias vinieron a llevárselo de su lado, sujetó firmemente Virginia
sus manos de niño grande y, mirándole a los ojos, le suplicó que escribiera. «Cada
día», juró él, «No lo dudes, mi amor; cada día».
