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| Foto: Prisión de Playa Manteca (www.Google) |
Allá en Playa aprendí a tener, como aquél que dice, ojo de águila. Por un lado me obligó la terca necesidad, madre virtuosa que bien enseña, y en poco tiempo, lo que se ha de evitar aprender durante toda la vida, pues tiempo no hay para tales menesteres.
Sea como fuere, sí que sobrevuelan por mi magín dos o tres nombres, Ana Margarita, por ejemplo, de la Casa de Cultura de Mayarí, que me mandó a Playa algunos libros y siempre lo agradecí, pues bien que esos libros me ayudaban a nadar contracorriente cuando se terciaba y me aburría. O Zoe, mi buena amiga de Cabal, que me decía "Mira, te dejo esta novela. Cuéntame cuando la termines qué te parece. Ya sabes que mi biblioteca la tienes abierta siempre", y me iba con el libro para la parte de la playa, debajo de las uvas caletas, y ahí me pasaba mis buenos ratos, de viaje, fantaseando por los nortes y los sures del mundo, qué bueno era viajar sin moverte. Y al mismo tiempo afilaba mi lengua para cuando me tocara entrarles a las pepillas y rendirlas en menos de una hora, antes de que llegaran a la fiesta de la guagua de la música los otros buitres, vamos, que como decíamos por allá, "Oye, socio, si eres rápido entonces puedes vivir en el oeste", y esos verbos que aprendía, esas facilidades en ponerle a las palabras la música necesaria, me salvaron más de una vez, y eso no se puede pagar con nada.
