¡Feliz Diada de Sant Jordi y Día Internacional del Libro!
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| Foto: Linda |
Después se alejó hacia la puerta. Se detuvo en el vano y la miró desde allá. Evaluó la figura grácil que aparecía recortada contra el fondo blanco de la pared. Movió la cabeza en un gesto de aprobación y salió del cuarto.
La
muchacha se sintió mejor al quedarse sola. Se sentó en la cama y
apoyó las manos en el colchón. Se quedó mirando la pared recién
pintada. La luz intensa de los bombillos ahorradores permitía ver
cada detalle. Podían ser brochazos dados con apuro. Lagunas que
delataban el mal trabajo del pintor. La muchacha entendió que el
viejo había pintado la pared por mano propia. Lo imaginó subiéndose
a una silla, sosteniéndose con dificultad, con miedo a perder el
equilibrio y partirse las caderas y los brazos. Sabía de personas en
edad avanzada que se caen de una silla y se parten los huesos. Había
oído de gente vieja que resbala en el baño, o tropieza sin querer,
o se deja arrastrar por un impulso y en un descuido cae al suelo y termina sentada en una silla para siempre. Sonrió pensando que el
viejo era demasiado viejo.
