martes, 11 de mayo de 2021

Final de línea......Jordi Cuevas Gemar

Foto: Estación de Horta (Archivo TMB)
Cuando era pequeño, vivía en Horta con mis padres; Horta era, por aquel entonces, el final de la línea cinco del metro. Aunque no solíamos viajar mucho en metro –si nos movíamos del barrio era para pasar el día en el campo, y eso lo hacíamos con el coche de mi padre–, en ocasiones lo cogía con mi madre, para hacer alguna gestión en el centro de Barcelona. Y a la vuelta, las estaciones se iban sucediendo: Sagrera, Viviendas del Congreso, Maragall, Virrey Amat, Vilapiscina (los nombres todavía estaban en castellano), hasta que llegábamos a Horta, que era la última de todas. “Venga, nene, tenemos que bajarnos, que ya no hay más estaciones”, me decía entonces mi madre.
Pero yo me quedaba siempre extrañado: si no había más estaciones, ¿por qué el tren continuaba su recorrido, en lugar de hacer sencillamente marcha atrás y volver por donde había venido? ¿Hacia dónde llevaba aquella boca negra y siniestra, más negra y más siniestra que la más negra y siniestra noche imaginable, que se tragaba los vagones uno tras otro hasta que desaparecían todos, pitando en la oscuridad? La respuesta de mi madre no hacía sino aumentar mi desconcierto: “El tren ahora se va a las cocheras, y luego vuelve”. Las cocheras, decía mi madre… Pero, las cocheras, ¿no es donde aparcan los coches? ¿Qué tenían que ver los coches con los trenes? Sin duda mi madre estaba tratando de confundirme; quizá me estaba ocultando, protectora como era, algún escalofriante secreto que mi inocente mente de niño no podría soportar.
Así, en mi imaginación calenturienta, aquel túnel misterioso y sin destino aparente comenzó a prolongarse kilómetros y kilómetros, en un recorrido interminable, como si llevara hacia el mismísimo centro de la Tierra, o como si se sumergiera en algún cósmico e inimaginable agujero de gusano, hasta que volvía a salir, por fin, a la luz del día, pero en algún desolado y abrasador desierto desconocido, quizá ya fuera de nuestro propio Universo, en alguna inquietante dimensión paralela. Y después, el tren proseguía aún su viaje sin llegar a parte alguna, sin estaciones ni apeaderos, condenado a vagar por siempre sobre vías sin fin ni principio y hasta el mismo final de las Eras, por toda la Eternidad.
Años más tarde, cuando empecé a ir a la Universidad, el metro se convirtió para mí casi en una segunda casa. Cada día tenía que atravesar la ciudad de un extremo al otro, desde la antigua villa campesina de Horta –convertida en barriada popular, obrera y mayoritariamente inmigrante, en el extrarradio de Barcelona– hasta el muy señorial, exclusivo y, en todos los sentidos, distante barrio de Pedralbes: de Horta a Sants Estació, transbordo a la línea verde, y luego hasta Palau Reial, donde descendían de los vagones bandadas enteras de estudiantes con sus carpetas bajo el brazo, intercaladas con pequeños grupitos de mucamas andaluzas, parlanchinas y entradas en años –tan parecidas en todo a mi madre, que tenía demasiado orgullo para limpiar en casa de otros, pero que se había pasado la vida entera trabajando–, o con otros de muchachas más jóvenes, silenciosas y de rasgos vagamente orientales, oliendo todas ellas a lejía o a perfumados productos desinfectantes. En total, tres cuartos de hora de ida y tres cuartos de hora de vuelta, una hora y media diaria en el metro.
Tanto rato me pasaba cada día allá dentro que cogí la sana costumbre de ir siempre leyendo, para aprovechar mejor el viaje. Aunque no leía –por supuesto– los áridos y pesados libros de la Facultad, que sólo me daban ganas de bostezar y de quedarme dormido sobre ellos, y que tan caros les costaban a mis padres, sino novelas y libros de cuentos de mis autores preferidos: Borges, Cortázar, Poe, Lovecraft, Calders, Pedrolo... El metro, de simple medio de transporte, pasó a ser para mí una apasionante, traqueteante y acogedora sala de lectura.
Hasta que un día, de golpe y porrazo, revivieron en un instante las pesadillas de mi infancia. Tan embelesado iba con mi libro –vete a saber qué andaría yo leyendo por aquel entonces– que no me di cuenta de que llegábamos a la estación, hasta que, al apartar los ojos un momento, vi pasar en una exhalación el letrero con el nombre “Horta”, apenas un segundo antes de volver a entrar en el túnel. Me levanté de un salto, pero ya no había nada que hacer: el tren se iba a cocheras.
Sentí que me invadía la angustia; el túnel del metro, de repente, ya no era una infraestructura viaria sino un agujero insano, ominoso y amenazante; una trampa mortífera y nauseabunda, repleto de cadáveres en diverso estado de descomposición, como los que recibían a José Luis López Vázquez en aquel otro túnel, también escalofriante e interminable, de la última escena de “La cabina”, de Antonio Mercero; una puerta a lo desconocido, insondable y abominable, como los túneles perforados en la Antártida por monstruosos gusanos alienígenas, millones de años antes de la aparición del ser humano, que describía H. P. Lovecraft en “Las Montañas de la Locura”; un negro abismo hacia la muerte, hacia la desesperación y el olvido, hacia todo aquello de lo que no hay regreso y de lo que no se puede huir... y empecé a golpear las ventanas del vagón como un loco, pidiendo socorro, sin que nadie acudiese en mi ayuda.
Finalmente, el tren llegó a cocheras, permaneció allí unos momentos –quizá no llegó a dos minutos, pero a mí me parecieron horas–, y enseguida dio marcha atrás, de vuelta hacia la estación. Sólo un empleado, que debía de estar haciendo trabajos de mantenimiento y que ahora me miraba desde fuera del vagón, con cara desaprobadora, había tenido la ocasión de contemplar mi lamentable espectáculo.
Horta, ahora, ya no es final de la línea V. La han alargado hacia el Carmel –donde vivían mis abuelos, en la calle Cifuentes, justo entre las actuales salidas de la Calle Llobregós y la Plaza Pastrana–, hacia el Coll-Teixonera –donde trabajé mucho tiempo como cartero ante la decepción de mi madre, que lo que esperaba de su hijo es que llegara a ser un abogado de prestigio, después de los esfuerzos que habían hecho ella y mi padre para que pudiese ir a la Universidad; especialmente ella, que no había podido ir a la escuela y que apenas sabía juntar cuatro letras–, y hasta la Vall d’Hebron, hasta el Hospital, donde mi madre ahora agoniza, rodeada de tubos y de cables y de aparatos electrónicos, como si fuera un astronauta de los que mandan a la luna –ella también se prepara para emprender un largo viaje–. Y ya no le importa que su hijo no sea abogado: tan solo querría ver a su nieto llegar también a la Universidad, como hizo su padre, aunque luego trabaje de cartero o de camarero, que todos los trabajos son buenos si se gana uno con ellos la vida, y si uno es una persona decente; pero ya no podrá hacerlo, pobrecita, ya no se dará ese gusto.
Muy pronto entrará en un túnel por el que tenemos que entrar todos, más tarde o más temprano, y por el que no ha vuelto nadie, por lo menos que se sepa. Ella llega al final de línea, pero no se baja del tren sino que se interna en lo oscuro, y nosotros nos quedamos, impotentes, llamándola desde el andén, mientras vemos cómo se aleja. Cómo se va para siempre.
          Dicen que se ve luz, al final del túnel. Pero no sabemos qué hay al otro lado. 

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