¡Feliz Diada de Sant Jordi y Día Internacional del Libro para tod@s!
![]() |
| Foto: Emilio Beauchy Cano, Lavanderas del Corral del Conde de Sevilla (1900) |
Salió y, al apartar la sábana tendida, se encontró a los de la Benemérita allí plantados.
No
pasaréis, dijo el Jaimico con los brazos abiertos.
Uno
de los Guardias Civiles se echó la capa a un lado, apartó al niño
tirándolo detrás de él y dio un paso hacia Adelina. Se peinó el
frondoso mostacho y preguntó con voz grave:
Adelina
frunció el ceño, corrió hacia él y le arreó con la bolsa de pan.
¡¿Qué
le han hecho a mi padrecico?! ¡Qué le han hecho!
Las
mujeres salieron al tranco de la puerta, mientras los viejos y
tullidos agachaban la cabeza y fingían concentrarse en el fondo del
vaso que sostenían, como si en la superficie del vino o mistela que
les quedaba vieran sin sorpresa lo que iba a suceder.
Él
solo se ha buscado la ruina, niña, dijo el Capitán sin moverse.
Adelina
paró. Dejó caer la bolsa con el pan ya molido.
Cerró
las manos.
¡Lo
han matado!, dijo, y golpeó con los puños el pecho del hombre. ¡Han
matado a mi padrecico!
¿Dónde
está el dinero, niña?
Adelina
siguió aporreando al Guardia Civil hasta que éste se cansó, le
cruzó la cara con el dorso de la mano y Adelina fue al suelo.
Saboreó las notas metálicas de la sangre que fluía dentro de su
boca, se hizo un ovillo, soltó un quejío, y se quedó llorando y
embarrando el suelo donde las lágrimas caían.
El
de la Benemérita hizo un gesto con la cabeza a sus subordinados y
entraron, y lo poco que había en el interior lo iban tirando al
patio, y mientras llovían los bártulos hacia la calle, el capitán
sacó una pitillera y extrajo de ella un cigarro manufacturado. Sacó
del bolsillo una cerilla, la prendió con la uña y encendió el
cigarrillo. Dio una generosa calada y expulsó el aire con una sonora
exhalación que se superpuso al replique metálico del pobre menaje y
al llanto de Adelina.
El
Señor te va a castigar, dijo el Jaimico.
El
Capitán se giró con
indiferencia.
Eres
un hombre malo.
El
hombre lo miró. Dio una calada.
¡Aquí
no hay nada, señor!, gritaron desde dentro.
¡Buscad
bien, que no haya nada enterrado!, ordenó, sin apartar la vista del
niño. No existe Dios, ni bien ni mal.
Fumó.
Fue
hacia el Jaimico, haciendo crepitar las piedras bajo sus botas con
cada paso.
Adelina
se calló. Un relámpago le atravesó el pecho. Se secó el llanto.
Se aclocó y fue hasta el macetero con gitanillas junto a la puerta.
Lo levantó. Debajo estaba la navaja que le había regalado su padre.
Abrió la hoja y leyó la inscripción:
No
me abras sin razón ni me cierres sin honor,
y
pensó que no había razón más grande en el mundo para abrir la
hoja que la muerte de su padrecico.
La
empuñó con rabia. Se irguió y echó a andar.
El
de la Benemérita desenfundó la pistola y se la dio al muchacho por
la culata. Se agachó frente a él y siguió fumando.
¿Quieres
disparar?... Dispara, le dijo al niño.
El
Jaimicó se orinó encima.
Adelina
tensó todo su cuerpo, y en el fibroso brazo diestro se le marcaron
los tendones y ligamentos y venas que agarraban con ira la navaja,
que dibujó un arco en el aire y penetró por debajo de la paletilla
del Capitán, y fue abriéndose paso por el pulmón hasta que la
guarda chocó contra las costillas. El Guardia Civil soltó un bufido
y el cigarrillo le cayó al suelo. Apareció un rodal granate
alrededor de la hoja. Adelina extrajo el arma y la herida le escupió
gotas que le salpicaron la cara. El Capitán se giró confuso.
Adelina cargó de nuevo la navaja y le ensartó el ojo, y el hombre
agarró la hoja antes de que le atravesara el cerebro.
María
la tejedora alzó las agujas de tejer, Carmen la costurera se sacó
las tijeras del delantal, Joaquinica la bailaora se descalzó y
agarró los zapatos, Doña Angustias abrió la manaza, tan grande
como una sartén, Macarenica la Rosales, que la llamaban así porque
siempre llevaba una rosa en el pelo, salió escopeteá, cayéndosele
el adorno que llevaba en el cabello, y antes de que la preciosa flor
tocara el suelo y sus pétalos levantaran el polvo del patio, las
mujeres ya se habían echado sobre el hombre en aquella macabra y
silenciosa danza, arreándole con lo que tenían a mano mientras
Adelina se mantenía firme, sin apartar la mirada de la navaja
ensartada en el ojo que lloraba sangre y que caía por la cara hasta
bifurcarse en el mostacho y caer salteada en el suelo.
El
Guardia Civil vio el fuego en su mirada con el ojo que le quedaba.
Adelina
arrugó la nariz. Apretó bien los dientes, teñidos de sangre, apoyó
la mano izquierda en el pomo y, como una buena puntillera, remató la
faena hundiendo la hoja.
Un
sonido blando.
La
cabeza caída.
Se
hizo un silencio.
Las
mujeres se apartaron.
El
de la Benemérita se quedó de rodillas, con agujas de tejer
claveteándole la espalda, unas tijeras hundidas en la clavícula
derecha, la navaja ensartada en el ojo con un reguero rojo saliendo
de él, y pese a todo, conservaba el tricornio con una sordidez
épica.
No
hay ná de ná, Capitán, anunció un Cabo de la Guardia Civil
saliendo de la vivienda. La madre que... ¡El capitán! ¡Han herío
al capitán!
Gritó,
izó la cachiporra y los otros tras él, y se liaron a golpear las
cabezas que se abrían como melones maduros, y las mujeres fueron
cayendo una a una al suelo, también Adelina, y mientras dos Guardia
Civiles arrancaban las armas con las que ensartaron al Capitán y
trataban de detener las hemorragias, el resto seguían propiciando
una lluvia de palos que en aquel corral se recordaría durante muchos
años con un tanguillo de una niña de la Alpujarra, que tenía los
ojos de fuego porque de fuego era su pena, que a su padrecico lo
mataron y con el filo de su navaja ella quiso vengarlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario