martes, 21 de abril de 2026

Tanguillo de la niña de la Alpujarra......Antonio Sensada Bautista


Foto: Emilio Beauchy Cano, Lavanderas del Corral del Conde de Sevilla (1900) 
Adelina recorrió el angosto pasillo deadobe hasta una habitación sin puerta ni ventana que era la más fresca y hacía de despensa. Era una vivienda igual a las otras del corral. Palpó la fría estantería hecha con el propio adobe y reconoció la bolsa de tela, sacó dos mendrugos de pan y la cerró. Fue a salir, pero se dio la vuelta y cogió la bolsa. Le daba pena el Jaimico, tan delgaíco, con las piernas y los bracicos tan raquíticos como los de un esqueleto y siempre con hambre.
       Salió  y,  al  apartar  la  sábana tendida, se encontró a los de la Benemérita allí plantados.
No pasaréis, dijo el Jaimico con los brazos abiertos.
Uno de los Guardias Civiles se echó la capa a un lado, apartó al niño tirándolo detrás de él y dio un paso hacia Adelina. Se peinó el frondoso mostacho y preguntó con voz grave:
¿Dónde guarda el dinero tu padre, niña?
Adelina frunció el ceño, corrió hacia él y le arreó con la bolsa de pan.
¡¿Qué le han hecho a mi padrecico?! ¡Qué le han hecho!
Las mujeres salieron al tranco de la puerta, mientras los viejos y tullidos agachaban la cabeza y fingían concentrarse en el fondo del vaso que sostenían, como si en la superficie del vino o mistela que les quedaba vieran sin sorpresa lo que iba a suceder. 
Él solo se ha buscado la ruina, niña, dijo el Capitán sin moverse.
Adelina paró. Dejó caer la bolsa con el pan ya molido.
Cerró las manos.
¡Lo han matado!, dijo, y golpeó con los puños el pecho del hombre. ¡Han matado a mi padrecico!
¿Dónde está el dinero, niña?
Adelina siguió aporreando al Guardia Civil hasta que éste se cansó, le cruzó la cara con el dorso de la mano y Adelina fue al suelo. Saboreó las notas metálicas de la sangre que fluía dentro de su boca, se hizo un ovillo, soltó un quejío, y se quedó llorando y embarrando el suelo donde las lágrimas caían.
El de la Benemérita hizo un gesto con la cabeza a sus subordinados y entraron, y lo poco que había en el interior lo iban tirando al patio, y mientras llovían los bártulos hacia la calle, el capitán sacó una pitillera y extrajo de ella un cigarro manufacturado. Sacó del bolsillo una cerilla, la prendió con la uña y encendió el cigarrillo. Dio una generosa calada y expulsó el aire con una sonora exhalación que se superpuso al replique metálico del pobre menaje y al llanto de Adelina.
El Señor te va a castigar, dijo el Jaimico.
El Capitán se giró con indiferencia.                                                                          
Eres un hombre malo.
El hombre lo miró. Dio una calada.
¡Aquí no hay nada, señor!, gritaron desde dentro.
¡Buscad bien, que no haya nada enterrado!, ordenó, sin apartar la vista del niño. No existe Dios, ni bien ni mal. 
Fumó.                                               
Fue hacia el Jaimico, haciendo crepitar las piedras bajo sus botas con cada paso.
Adelina se calló. Un relámpago le atravesó el pecho. Se secó el llanto. Se aclocó y fue hasta el macetero con gitanillas junto a la puerta. Lo levantó. Debajo estaba la navaja que le había regalado su padre. Abrió la hoja y leyó la inscripción: No me abras sin razón ni me cierres sin honor, y pensó que no había razón más grande en el mundo para abrir la hoja que la muerte de su padrecico.
La empuñó con rabia. Se irguió y echó a andar.
El de la Benemérita desenfundó la pistola y se la dio al muchacho por la culata. Se agachó frente a él y siguió fumando.
¿Quieres disparar?... Dispara, le dijo al niño.
El Jaimicó se orinó encima.
Adelina tensó todo su cuerpo, y en el fibroso brazo diestro se le marcaron los tendones y ligamentos y venas que agarraban con ira la navaja, que dibujó un arco en el aire y penetró por debajo de la paletilla del Capitán, y fue abriéndose paso por el pulmón hasta que la guarda chocó contra las costillas. El Guardia Civil soltó un bufido y el cigarrillo le cayó al suelo. Apareció un rodal granate alrededor de la hoja. Adelina extrajo el arma y la herida le escupió gotas que le salpicaron la cara. El Capitán se giró confuso. Adelina cargó de nuevo la navaja y le ensartó el ojo, y el hombre agarró la hoja antes de que le atravesara el cerebro.
María la tejedora alzó las agujas de tejer, Carmen la costurera se sacó las tijeras del delantal, Joaquinica la bailaora se descalzó y agarró los zapatos, Doña Angustias abrió la manaza, tan grande como una sartén, Macarenica la Rosales, que la llamaban así porque siempre llevaba una rosa en el pelo, salió escopeteá, cayéndosele el adorno que llevaba en el cabello, y antes de que la preciosa flor tocara el suelo y sus pétalos levantaran el polvo del patio, las mujeres ya se habían echado sobre el hombre en aquella macabra y silenciosa danza, arreándole con lo que tenían a mano mientras Adelina se mantenía firme, sin apartar la mirada de la navaja ensartada en el ojo que lloraba sangre y que caía por la cara hasta bifurcarse en el mostacho y caer salteada en el suelo. 
El Guardia Civil vio el fuego en su mirada con el ojo que le quedaba.
Adelina arrugó la nariz. Apretó bien los dientes, teñidos de sangre, apoyó la mano izquierda en el pomo y, como una buena puntillera, remató la faena hundiendo la hoja. 
Un sonido blando.
La cabeza caída.
Se hizo un silencio.
Las mujeres se apartaron.
El de la Benemérita se quedó de rodillas, con agujas de tejer claveteándole la espalda, unas tijeras hundidas en la clavícula derecha, la navaja ensartada en el ojo con un reguero rojo saliendo de él, y pese a todo, conservaba el tricornio con una sordidez épica.
No hay ná de ná, Capitán, anunció un Cabo de la Guardia Civil saliendo de la vivienda. La madre que... ¡El capitán! ¡Han herío al capitán!
          Gritó, izó la cachiporra y los otros tras él, y se liaron a golpear las cabezas que se abrían como melones maduros, y las mujeres fueron cayendo una a una al suelo, también Adelina, y mientras dos Guardia Civiles arrancaban las armas con las que ensartaron al Capitán y trataban de detener las hemorragias, el resto seguían propiciando una lluvia de palos que en aquel corral se recordaría durante muchos años con un tanguillo de una niña de la Alpujarra, que tenía los ojos de fuego porque de fuego era su pena, que a su padrecico lo mataron y con el filo de su navaja ella quiso vengarlo. 

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