domingo, 12 de abril de 2026

Restas y sumas del ser-aquí......Gustavo Acosta Vinasco

Para Irene

Foto: David Jay, The SCAR Project ("Proyecto Cicatriz")

Perdemos un ojo o un oído, la vista o la audición,
perdemos una uña, uno o varios dedos, una mano,
un brazo,  
una pierna, las dos o hasta las cuatro extremidades
y quedamos más reducidos que media lagartija;
nos extirpan la matriz, un seno o el conjunto,
una porción de recto, de hígado o estómago;
perdemos los dientes desde niños, el tabique, la 
nariz,  
perdemos una oreja –por mano ajena o propia–,
perdemos la tiroides o un fragmento,
perdemos, o nos roban, un riñón o hasta los dos,
las amígdalas, los adenoides, un testículo o el par
y el falo mismo;
las neuronas, las dendritas y sinapsis
y en ocasiones una porción considerable de masa encefálica;
se nos mueren las células, la memoria y el recuerdo
es decir: la identidad, si es que la había–.

Nos ponemos pelo, ojos de vidrio, oídos de titanio,
plásticas narices y tabiques,
nos implantan dientes y coronas con injertos de hueso de vaca,
de cerdo u otro humano;
corazones de hule, mallas en las tripas, válvulas, stents,
riñones heredados, comprados o robados,
piernas de acero, brazos ibídem,
tendones, ligamentos, balones gástricos, tornillos, tuercas y arandelas,
injertos de nuestra propia piel, músculos y huesos,
células de nuestras células, virus de nuestros virus,
hijos de los virus de los niños portadores en sus cuerpos
traídos en barcos como vacunas humanas hace siglos;
nos inoculan la sangre de otros
y hay quienes reciben la nuestra en transfusiones
a veces fracasadas, a veces exitosas.

Aunque nos creamos únicos y auténticos, originales, individuales,
yo soy carne de tu carne, tú eres sangre de mi sangre,
la raíz de tu moco está en mis pulmones,
en nuestros hijos y nietos habita la excrecencia prostática de muchos;
las bacterias de otras especies crecen y se reproducen en nosotros,
nos quitamos la sed con excrementos ajenos y hay quien se alimenta de los nuestros;
estamos unidos como las ínsulas de la corteza terrestre por su entraña de magma
y una sola atmósfera común.

Y entre el dolor finito y el ahora inacotable olvidamos
que cada órgano y porción de nuestra envoltura merece un duelo
y que cada injerto, reparo o prótesis justifica una fiesta.

Desagradecidos como larvas:
que el escrúpulo o la amargura no embarguen nuestra moral provisional y fútil,
no somos perdurables,
no habrá transmigración. 

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