lunes, 2 de febrero de 2026

Debajo de la alfombra......Juan Carlos Jiménez

Foto: Casa Amatller y Casa Batlló, Passeig de Gràcia (Barcelona)

Un día cualquiera de mi trabajo me lleva a subir cada mañana por Passeig de Gràcia a las seis y media, para cumplir con mi jornada en un lujoso hotel del mismo passeig.

          Al salir del transporte público,  les  deseo  un buen día a dos compañeros del metal, una compañera de la limpieza, dos administrativas, un cocinero y, si no le han cambiado el turno, a un guardia de seguridad. 

          Ya en el exterior, en pleno Passeig de Gràcia, me mojan los pies con su manguera unos trabajadores de Barcelona neta, que limpian el paseo con cuidado de no ensuciar los cristales que está dejando relucientes el chico de las trenzas, con escalera y sin arnés. 
          Un  poco  más  arriba,  una señora saca unas mesas a la terraza y le pide al chico que descarga un camión con género para una lujosa boutique que tenga cuidado y no resbale, que ha mojado la acera con el agua de fregar.  
          Un par de boutiques tienen unos espacios adaptados para unos pobres que piden y que no se parecen en nada a mis amigos pobres de l'Hospitalet. Son como mendigos de portada de Men’s Health, todos son hombres, con ingeniosos mensajes en inglés y una escenografía digna de la mejor selfie. 
          Antes de llegar a mi destino, me pido un café para llevar en una de esas cadenas de cafeterías que no tienen la barra gastada ni cáscaras de cacahuetes por el suelo. Les deseo un buen día a las dos chicas que producen bocadillos en serie. Me  llama la atención que les pasen una brocha, como si barnizasen el marco de un cuadro. Cuando una de ellas me devuelve el cambio, la moneda de cincuenta céntimos está manchada de tomate y descubro el misterio de la brocha. 
          "Qué culpa tiene el tomate, que está tranquilo en la mata…" 
          Llego a mi destino y entro por una puerta escondida del lujoso hotel. Como la que tiene el Imaginarium para la gente pequeña. Entro por la puerta, me registran dos elegantes guardias de seguridad, y las siguientes ocho horas sin ver la luz del sol no os las voy a contar porque sería otro relato. 
          Queda un minuto para acabar mi jornada y estoy preparado. El móvil en la mano para fichar, la mochila abierta para que los elegantes guardias comprueben que sigo sin ser un ladrón, y las gafas de sol en posición diadema. Muchas horas sin ver el sol de julio en Barcelona, y las tres y media de la tarde. Hay que preparar la pupila.
          Como un esquiador esperando la cuenta atrás para descender la pista negra, espero yo en el torno de salida. 
          ¡YA! ¡Boom! Luz, mucha luz, sol, mucho sol, gente, mucha gente. Furgones con los  cristales oscuros, muchos furgones, camisetas del Barça, cámaras de fotos, helados, gente con grandes bolsas llenas de pequeñas cosas, familias de la mano, morenos de conservatorio, perfumes que agreden, perfumes que atraen, olor de Erasmus, olor a policía escondido... Mi camino hacia el transporte público de vuelta a casa es como un paseo por Port Aventura.  
        Un mundo de aluminio y cristal que ya miro desde la resignación y la conciencia de mi lugar en la inacabable carpa de este circo.  
          Camino de vuelta, nadie me moja los pies, nadie limpia los cristales, nadie descarga camiones, nadie tira agua de fregar en la acera y los pobres que piden mantienen la dignidad. 
          El transporte público me devuelve a mi barrio y, por fin, llego a casa. Como algo y me duermo hasta media tarde, meriendo y preparo la mochila para mañana. 
          Sé que me levantará el despertador, cogeré el transporte público y al bajar, les desearé un buen día a dos compañeros del metal, una compañera de la limpieza, dos administrativas, un cocinero y, si no le han cambiado el turno, a un guardia de seguridad. 

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