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| Foto: Casa Amatller y Casa Batlló, Passeig de Gràcia (Barcelona) |
Un día cualquiera de mi trabajo me lleva a subir cada mañana por Passeig de Gràcia a las seis y media, para cumplir con mi jornada en un lujoso hotel del mismo passeig.
Al salir del transporte público, les deseo un buen día a dos compañeros del metal, una compañera de la limpieza, dos administrativas, un cocinero y, si no le han cambiado el turno, a un guardia de seguridad.
Ya
en el exterior, en pleno Passeig de Gràcia, me mojan los pies con su
manguera unos trabajadores de Barcelona neta, que limpian el paseo
con cuidado de no ensuciar los cristales que está dejando
relucientes el chico de las trenzas, con escalera y sin arnés.
Un poco más arriba, una señora saca unas mesas a la terraza y le pide
al chico que descarga un camión con género para una lujosa boutique
que tenga cuidado y no resbale, que ha mojado la acera con el
agua de fregar.
Un
par de boutiques tienen unos espacios adaptados para unos pobres que
piden y que no se parecen en nada a mis amigos pobres de
l'Hospitalet. Son como mendigos de portada de Men’s Health,
todos son hombres, con ingeniosos mensajes en inglés y una
escenografía digna de la mejor selfie.
Antes de llegar a mi destino, me pido un café para llevar en una de esas
cadenas de cafeterías que no tienen la barra gastada ni cáscaras de
cacahuetes por el suelo. Les deseo un buen día a las dos chicas
que producen bocadillos en serie. Me llama la atención que les
pasen una brocha, como si barnizasen el marco de un cuadro.
Cuando una de ellas me devuelve el cambio, la moneda de
cincuenta céntimos está manchada de tomate y descubro el
misterio de la brocha.
"Qué
culpa tiene
el tomate, que está
tranquilo en la
mata…"
Llego
a mi destino y entro por una puerta escondida del lujoso hotel. Como
la que tiene el Imaginarium para la gente pequeña. Entro por la
puerta, me registran dos elegantes guardias de seguridad, y las
siguientes ocho horas sin ver la luz del sol no os las voy a
contar porque sería otro relato.
Queda
un minuto para acabar mi jornada y estoy preparado. El móvil en la
mano para fichar, la mochila abierta para que los elegantes guardias
comprueben que sigo sin ser un ladrón, y las gafas de sol en
posición diadema. Muchas horas sin ver el sol de julio en
Barcelona, y las tres y media de la tarde. Hay que preparar
la pupila.
Como
un esquiador esperando la cuenta atrás para descender la pista
negra, espero yo en el torno de salida.
¡YA!
¡Boom! Luz, mucha luz, sol, mucho sol, gente, mucha gente. Furgones
con los cristales oscuros, muchos furgones, camisetas del
Barça, cámaras de fotos, helados, gente con grandes bolsas
llenas de pequeñas cosas, familias de la mano, morenos de
conservatorio, perfumes que agreden, perfumes que atraen, olor de
Erasmus, olor a policía escondido... Mi camino hacia el transporte
público de vuelta a casa es como un paseo por Port Aventura.
Un
mundo de aluminio y cristal que ya miro desde la resignación y la
conciencia de mi lugar en la inacabable carpa de este circo.
Camino
de vuelta, nadie me moja los pies, nadie limpia los cristales, nadie
descarga camiones, nadie tira agua de fregar en la acera y los pobres
que piden mantienen la dignidad.
El
transporte público me devuelve a mi barrio y, por fin, llego a casa.
Como algo y me duermo hasta media tarde, meriendo y preparo la
mochila para mañana.
Sé
que me levantará el despertador, cogeré el transporte público y al
bajar, les desearé un buen día a dos compañeros del metal, una
compañera de la limpieza, dos administrativas, un cocinero y,
si no le han cambiado el turno, a un guardia de seguridad.

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