lunes, 9 de noviembre de 2020

Estigma......Lauro Cruz Sánchez

Foto: Jessica Lange en El cartero siempre
llama dos veces, de 
Bob Rafelson
Aquella rancia cicatriz era como un río muerto, condenado a reptar por el resto de sus días en el dorso de su brazo, con una misión específica: evocar los acontecimientos pasados, escupirle en el rostro que los errores cometidos a lo largo de sus interminables borracheras se pagan. Durante la época navideña, Jorge se sumergía en esas caudalosas aguas de los recuerdos. Nunca pudo apartar de su mente la ocasión en que el orden y la tranquilidad de la noche, como tantas otras veces, se veían trastornados: cuando el olor a ponche combinado con tequila incitó a Diana, su mujer, a destruir sus documentos personales, pasaporte incluido. 
Se sentó frente a él, lanzándole una mirada vacía:
–Jamás podrás irte sin mí… a ninguna parte… ni tus putas te alejarán de esta boca. 
            Su manera de hablar, rápida y entrecortada, lo intimidaba. Acto seguido, tomó un cuchillo de la mesa y lo colocó en la yugular de su marido. En un intento por tranquilizarla, Jorge habló suave y pausado:
–Esos amoríos los tuve hace varios años, cuando tenía dinero, igual que el viaje a Nueva York… Hoy, sólo estoy contigo, vendiendo tacos en la calle y refugiado en este PUTO cuartucho con techo de cartón...
Ahora, los ojos ardientes de su esposa eran dos alfileres que traspasaban su garganta; luego, destruía los papeles frente a él, lentamente, retándolo con la mirada. El marido –adoptando la cara de Jack Nicholson en El resplandor− clavó los ojos en los de su esposa con una mezcla de odio y estupor, sumido en un profundo silencio, sorbiendo su bebida, apoyado en la mesa sobre sus codos. El puñal cortó las pastas gruesas del pasaporte. Luego, las de la Cartilla del Servicio Militar. Le arrojó los trozos a la cara y soltó una carcajada. Instantes después, cejó en su intento por degollarlo para sujetar con fuerza su mano izquierda y dibujar sobre su brazo aquel río, desde la altura del codo hasta la muñeca. Negras gotas de sangre se confundieron con la tierra del piso. Exhibiendo un infausto brillo, parecían emerger del suelo, en lugar de caer a éste. Jorge soportaba, estoico, el dolor. Si jalaba la mano, la lesión podría ensancharse. Si la golpeaba con el brazo libre, sería tanto como provocar a una hiena hambrienta.
–Ya me diste en toda la madre, qué ojete –balbuceó él; ella sonreía con maldad, sin dejar de cortar.
Momentos después, al sentirse libre de las garras de su mujer, Jorge se ocupó de curar su herida en silencio, como fiera lastimada, la cabeza gacha, los ojos como platos. Con la rabia contenida, vertió alcohol en el brazo dañado. Lo ató con un trapo, sentado sobre el camastro. Se sintió de pronto en el fondo de un abismo, un abismo donde la vida se tambaleaba sobre su impotencia. Colocó la mano en alto, en un intento por detener la hemorragia. Diana se desprendió de la dentadura. Le acercó el rostro y mostró al marido los restos de algunos dientes, con una risa que pareció un latigazo. Bajo la luz mortecina, la baba brilló con dramatismo. Las esferas del pequeño pino navideño entregaban dos siluetas deformes, patéticas. Jorge tragó saliva con una repugnancia casi maníaca, refrenando su asco. La mujer se puso en cuclillas frente a él ─ya lo veía como un dibujo casi borrado─; le abrió la bragueta, con la dentadura en una mano; el arma, en la otra. Afuera, la gente, como sombras, invadía el patio de la vecindad. Aún flotaba en el ambiente el delicioso aroma a ponche con tequila. Dos vecinas barrían los residuos de las piñatas. Hacía una hora que la posada había finalizado. La luna se ocultaba entre las nubes. Una eternidad maléfica, mezclada con el sordo rumor de los autos y lejanos ladridos de perros, se confundía con el ámbito confuso y ensordecedor de la inmensidad de la noche. El herido amagó con levantarse, encabronado, pero la punta del puñal en su costado lo obligó a permanecer en su sitio, amurallado en un ruin silencio, sometiéndose a aquella interminable tortura. Diana, con las mejillas ardiendo, ya era un demonio que parecía no contener rasgos humanos.
Rozó la verga con su lengua bien amaestrada, sedienta de perdón, los ojos cerrados y caricias uniformes –ahora, ella le respondía con el rostro sádico de Jessica Lange en El cartero siempre llama dos veces–. El marido, conteniendo el aliento, al fin dejó escapar un suspiro, pues pensó que utilizaría el cuchillo contra sus genitales. En este momento la tenía a su merced. El alcohol ingerido había escapado de su cuerpo por la vertiente de la lesión. Una ráfaga de sobriedad refrescó su cerebro o, tal vez, fue el dolor agudo lo que avivó su mente.
Mientras la miraba, le temblaban las piernas. Un escalofrío resbalaba por su espalda. Sería muy fácil doblegarla de un severo madrazo en la sien, pero algo en su interior se lo impedía, tal vez el conocimiento de que, en estos momentos tan aciagos de su existencia, cuando hasta su familia le había vuelto la espalda, ella era la única compañía. Al eyacular, Jorge sintió punzadas en la mano dañada.
El placer fue doble.
De manera caprichosa, a su mente acudió el estallido de las risas infantiles al romperse la piñata, momentos antes: “Ya le diste una, ya le diste dos… Dale, dale, dale, no pierdas el tino”.
Al final, una densa calma siguió a esos infaustos momentos.
La mujer tragó el semen, como tantas otras veces.
Con exquisita ternura por parte del marido, la dentadura fue colocada en su lugar.

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