viernes, 5 de junio de 2026

Algo me pasaba......Antonio Sensada Bautista

Foto: William Holden en El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder

Más de uno daría un huevo y parte del otro por estar en mi situación. Un casoplón en mitad del Montseny, piscinita, solecito y demás maravillas del monte. Ahí estaba, tumbao a la bartola en una hamaca, tostándome al sol. Despreocupao, sabiendo que la gente como yo no puede costearse una vida así. Pero no es oro todo lo que reluce, claro. Las chicharras me taladraban la cabeza de lo lindo con sus putos zumbidos. Su puta madre, qué calor hacía. Y yo disfrazao de subnormal con todos los colores del arcoiris. Ya me dirás qué pinto yo en medio de la montaña con una americana roja, pantalones de vestir blancos y mocasines marrones, ¡putos mocasines! El peor invento de la humanidad, lo sé, pero como Pol me pagaba una buena guita por dejarme vestir como él dijera, acepté, claro. También por otras cosas más raras. Por ejemplo, me pagaba por hacerse una paja mientras me ponía a lanzar jabs y ganchos al aire. Yo no le miraba, me centraba en lo mío y él en lo suyo. Era dinero fácil, aunque ya me se me estaban hinchando los cojones con sus mariconadas de esnob
            El caso es que tenía los gayumbos encharcaos y, al poco, empecé a oler lo que me subía de ahí abajo. Si hubiera tenido alguien al lao, hubiera quedao K.O. na más sonar la campana. El olor a cloro de piscina nunca me ha gustao, y que se juntara con el pestazo del río podrío que pasaba por debajo de la casa de Pol creaba una atmósfera insufrible. En serio, esa mierda tenía que ser peor que esnifar la farlopa cortada con matarratas que les vendía a los chavalines. 
Sentí una punzá en el pecho, como si me hubieran clavao un alfiler. Me llevé la mano al corazón y lo sentí retumbar en la palma. 
Saqué un cigarrillo y lo encendí. Le di una buena calada, y al echar el humo me mareé. Algo me pasaba, claro, aquello no era normal. Por un momento, no escuchaba ni olía nada, ni tenía calor ni frío. Me levanté asustao. Cuando boxeaba y me pegaban un golpe mal dao, me centraba en un punto y abría mucho los ojos. No sé, me lo dijo un viejo que me llevaba en mis primeros combates y siempre me había funcionao. Me espabilé. Putas chicharras. Puto calor. Miré el cigarrillo y lo tiré cabreao. Puta mierda. Fui hasta la piscina a ver si Pol seguía allí. Con el rato que llevaba nadando, pensé que estaría como una puta pasa, pero no fue así. No, señor. Cuando llego a la piscina, veo a un pavo que no es Pol. Soy yo. Pero no soy yo. Soy yo de adolescente. Pensé que se me había acabado de ir la perola del todo. Estoy allí buceando, sin mover apenas el agua. Mi yo nadador hace una piscina. Lo sé, es imposible, claro, y más con lo que me gusta a mí el agua. Y menos desde que pasó lo que me pasó. Y yo lo miro preocupao porque no sé nadar, y no paro de nadar. 
            ¡Qué calor hacía!  
            Y hago otra piscina. Y yo mirando, y cuanto más miro, más me quedo sin aire. Es raro, me sentía como un pez fuera del agua. ¿Qué pollas hacía allí? Yo soy boxeador, una puta bestia. Un toro. Un buscavidas. Un superviviente, no un puto animal de circo. Putos ricachones pijos. Puto Pol.
            A la mierda sus putos amigos degenerados puteros y amantes de Warjol, o como coño se diga, y de su puta madre, que se ríen y se aprovechan de las necesidades de la carne de cañón como yo. Putas chicharras y puto calor de mierda y puto yo. Me quité la americana. Miré a la piscina. Abrí mucho los ojos. Mi yo nadador seguía a lo suyo. Se acabó, el chavalín y yo nos íbamos a largar de allí para siempre. Me arrodillé sobre el borde de la piscina, me agarré del pelo, tiré hacia arriba..., y me topé con los ojos acojonados de Pol. 
            Miré en derredor, pero allí no había ningún chavalín. 
            —¿Qué coño haces? —preguntó. 
        No dudé. Lo metí bajo el agua con todas mis fuerzas. Me agarró del brazo. Yo encallé las muelas. Chapoteó. Sus manos en el bordillo. Me saqué un mocasín con la izquierda y le amartillé los dedos, como si fuera un puto carpintero. Más chapoteo. Burbujas grandes emergían como si el agua estuviera hirviendo y estallaban y formaban una espuma, lo perdí de vista y, después, silencio. Paz. Abrí la mano y me quedé mirando cómo aquel pobre desgraciado se iba poco a poco al fondo de la piscina. Me enjugué la frente con el dorso de la mano. Saqué un cigarrillo y lo encendí. Di una calada que me tragué con gusto. No dije nada. No había na que decir. Hasta las chicharras se callaron. Me quedé tranquilo. También sin trabajo. Di una calada. Soy un hijoputa. Un cabrón, pero no un asesino y, sin embargo, había matado a aquel altanero y no sentía na. 
            No es normal, algo me pasaba, claro. 

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