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| Foto: William Holden en El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder |
Más
de uno daría un huevo y parte del otro por estar en mi situación.
Un casoplón en mitad del Montseny, piscinita, solecito y demás
maravillas del monte. Ahí estaba, tumbao a la bartola en una hamaca,
tostándome al sol. Despreocupao, sabiendo que la gente como yo no
puede costearse una vida así. Pero no es oro todo
lo que reluce, claro. Las chicharras me taladraban la cabeza de lo
lindo con sus putos zumbidos. Su puta madre, qué calor hacía. Y yo
disfrazao de subnormal con todos los colores del arcoiris. Ya me
dirás qué
pinto yo en medio de la montaña con una americana roja, pantalones
de vestir blancos y mocasines marrones, ¡putos mocasines! El peor
invento de la humanidad, lo sé, pero como Pol me pagaba una buena
guita por dejarme vestir como él dijera, acepté, claro. También
por otras cosas más raras. Por ejemplo, me pagaba por hacerse una
paja mientras me ponía a lanzar jabs
y
ganchos al aire. Yo no le miraba, me centraba en lo mío y él en lo
suyo. Era dinero fácil, aunque ya me se me estaban hinchando los
cojones con sus mariconadas de esnob.
El
caso es que tenía los gayumbos encharcaos y, al poco, empecé a oler
lo que me subía de ahí abajo. Si hubiera tenido alguien al lao,
hubiera quedao K.O. na más sonar la campana. El olor a cloro de piscina nunca me ha gustao, y que se juntara con el pestazo del río
podrío que pasaba por debajo de la casa de Pol creaba una atmósfera
insufrible. En serio, esa mierda tenía que ser peor que esnifar la
farlopa cortada con matarratas que les vendía a los chavalines.
Sentí
una punzá en el pecho, como si me hubieran clavao un alfiler. Me
llevé la mano al corazón y lo sentí retumbar en la palma.
Saqué
un cigarrillo y lo encendí. Le di una buena calada, y al echar el
humo me mareé. Algo me pasaba, claro, aquello no era normal. Por un
momento, no escuchaba ni olía nada, ni tenía calor ni frío. Me
levanté asustao. Cuando boxeaba y me pegaban un golpe mal dao, me
centraba en un punto y abría mucho los ojos. No sé, me lo dijo un
viejo que me llevaba en mis primeros combates y siempre me había
funcionao. Me espabilé. Putas chicharras. Puto calor. Miré el
cigarrillo y lo tiré cabreao. Puta mierda. Fui hasta la piscina a
ver si Pol seguía allí. Con el rato que llevaba nadando, pensé que
estaría como una puta pasa, pero no fue así. No, señor. Cuando
llego a la piscina, veo a un pavo que no es Pol. Soy yo. Pero no soy
yo. Soy yo de adolescente. Pensé que se me había acabado de ir la
perola del todo. Estoy allí buceando, sin mover apenas el agua. Mi
yo nadador hace una piscina. Lo sé, es imposible, claro, y más con
lo que me gusta a mí el agua. Y menos desde que pasó lo que me
pasó. Y yo lo miro preocupao porque no sé nadar, y no paro de
nadar.
¡Qué
calor hacía!
Y
hago otra piscina. Y yo mirando, y cuanto más miro, más me quedo
sin aire. Es raro, me sentía como un pez fuera del agua. ¿Qué
pollas hacía allí? Yo soy boxeador, una puta bestia. Un toro. Un
buscavidas. Un superviviente, no un puto animal de circo. Putos
ricachones pijos. Puto Pol.
A
la mierda sus putos amigos degenerados puteros y amantes de Warjol,
o
como coño se diga, y de su puta madre, que se ríen y se aprovechan
de las necesidades de la carne de cañón como yo. Putas chicharras y
puto calor de mierda y puto yo. Me quité la americana. Miré a la
piscina. Abrí mucho los ojos. Mi yo nadador seguía a lo suyo. Se
acabó, el chavalín y yo nos íbamos a largar de allí
para siempre. Me arrodillé sobre el borde de la piscina, me agarré
del pelo, tiré hacia arriba..., y me topé con los ojos acojonados de
Pol.
Miré
en derredor, pero allí no había ningún chavalín.
—¿Qué
coño haces? —preguntó.
No
dudé. Lo metí bajo el agua con todas mis fuerzas. Me agarró del
brazo. Yo encallé las muelas. Chapoteó. Sus manos en el bordillo.
Me saqué un mocasín con la izquierda y le amartillé los dedos,
como si fuera un puto carpintero. Más chapoteo. Burbujas grandes
emergían como si el agua estuviera hirviendo y estallaban y formaban
una espuma, lo perdí de vista y, después, silencio. Paz. Abrí la
mano y me quedé mirando cómo
aquel pobre desgraciado se iba poco a poco al fondo de la piscina. Me
enjugué la frente con el dorso de la mano. Saqué un cigarrillo y lo
encendí. Di una calada que me tragué con gusto. No dije nada. No
había na
que decir. Hasta las chicharras se callaron. Me quedé tranquilo.
También sin trabajo. Di una calada. Soy un hijoputa. Un cabrón,
pero no un asesino y, sin embargo, había matado a
aquel
altanero y no sentía na.
No
es normal, algo me pasaba, claro.

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