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| Foto: Jordi de Miguel, Elisabeth y su mejor amiga |
“Santa Clara, diez minutos”, gritó
la ferromoza en un tono más bien jovial y entreabrí los párpados
con el afán de saber cómo Dios había respondido a mis oraciones
pidiéndole mejor compañía. Lo del capitán Martínez fue excesivo.
Coincidimos en la estación de ferrocarriles de La Habana por la
sencilla casualidad de pedirle fuego, y el hombre me atrapó en una
evaluación sociopolítica de la crisis internacional, el gobierno de
Mijaíl Gorbachov y hasta una posible invasión enemiga a nuestro
país. Para mayor fatalidad, compartíamos asientos en el coche 2.
Aquello me desgració la aventura de haber reservado en tren por el
capricho romántico de que fuera más rural la travesía, ya que los
trenes evitan cruzar el fragor urbano (del que estaba harto luego de
diez días en la capital) y se limitan a rozarlo unas pocas veces en
un trayecto animado por cuadros rupestres con paisajes verdecidos,
vacas, caballos, garzas y caseríos similares a los de mis vacaciones
infantiles, con lo cual abrigaba durante el viaje la sensación de
estar regresando en el tiempo a dichos parajes en pos de la armonía
que escapó de mi vida no bien cumplí los once años.
El capitán Martínez, sin embargo,
desmoronó mi arcadia con sus alusiones a la 82 división, el poderío
logístico de las «Fuerzas Armadas»
y una sarta de embustes
sobre su desempeño rambomaníaco en tales y más cuales guerras en
no sé dónde. La ferromoza me miró compadecida al chequear los
boletos. Puse cara de “sálvame” y ella respondió con una de
“por mí, la vida, pero no quedan sitios libres”, por lo que
decidí soportar estoicamente la perorata de Martínez hasta que, al
salir de Campo Florido, la chica me hizo una seña para que me
sentara a su lado (el asiento posterior al mío en la fila contraria)
y corté al capitán en mitad de un bombardeo diciéndole: “Cuídame
el puesto, que voy a ver si ligo a la azafata”, para salir a escape
con la intención de no regresar hasta no haber pasado Santa Clara,
la patria chica del arrojado guerrero.
A
la entrada de Aguacate logré besar a la negrita después de una
ardua controversia sobre la insensatez de mantener relaciones con un
viajero casi anónimo al que jamás volvería a hallar. La frenaba,
además, el romance reciente con uno de los conductores, quien podría
aparecer en cualquier instante a reclamar su derecho de asiento y
armar un escándalo tan grande que de seguro les costaría el empleo.
De todas formas, sátiro impenitente, no cejé en mis reclamos y fui
ganando terreno en el cuerpo de Rosario y obteniendo de ella unas
caricias nerviosas que delataban, al unísono, sus deseos reprimidos
y el miedo que le impedía ser más certera en sus manipulaciones.
“Déjame, déjame, no me conviene calentarme tanto”, susurró en
mi oído mientras sus manos presionaban mi pene sobre el pantalón
sin atinar a sacarlo y librarme por fin de la tirantez que me
contraía los testículos, provocándome un dolor sólo salvable
mediante la emisión del semen. “Está bien”, acepté malhumorado
y, viendo que el capitán dormía plácidamente, regresé a mi lugar
en un pueril desquite contra la pudibunda muchachita. Un poco después
de Los Arabos comencé a rezar por más tolerables compañeros y me
adormecí bajo el arrullo metálico de las ruedas del tren contra los
rieles.
“Con
su permiso”, escuché al partir de Santa Clara y —oh virtud de la
plegaria— comprobé que me tocaba en suerte una de esas mujeres
frecuentes en los sueños eróticos pero apenas visibles en la
realidad. Lucía un ligero vestido de tirantes cuyo estampado la
hacía parecer aún más joven de los veintipico que en verdad debía
tener. Colocó su equipaje en el piso, se sentó y dijo: “¿A qué
hora llegaremos a Camagüey?”. “Sobre las siete de la mañana”,
le informé, “son unas cinco horas de camino”. Y luego, sin
perder un minuto, comencé a interrogarla con malsanas pretensiones,
ignorando el detalle de que el coloquio ya había expirado entre los
demás pasajeros.
Nayla
resultó ser suspiradora y tierna. Católica de cuna, se dejó llevar
por mi apariencia de exseminarista y confesó sus pecadillos de niña
buena desvirgada, contra su voluntad, por un novio semieterno que a
la postre no la desposó y prefirió irse tras la putica del barrio,
quien ahora lo engañaba hasta con su sombra, pero le hacía feliz,
al parecer. “Castigo divino”, sentencié, y le hice la historia
de un viejo amigo que, luego de dos o tres malos intentos, iba a
casarse con una coterránea de mi acompañante, la cual, según vox
populi, era candela viva, mas él, enamorado y sin escarmentar,
seguía creyendo en las bondades del matrimonio y se aprestaba a
recibirla en su casa haciendo oídos sordos a rumores y consejos de
toda laya. “El pobre”, comentó, “aunque en el fondo se lo
merece, porque ustedes los hombres son...” “Lo mismo que las
mujeres”, la atajé, “sobre todo las villaclareñas” y, ante su
sorpresa, le reciproqué la confianza con ciertas anécdotas de mis
estudios en la Universidad de Las Villas y el vasto índice de
féminas con las cuáles fornicara en ese lustro. “Hasta que me
casé con una, me la llevé a Camagüey y nos hicimos tierra la
existencia.” “Eso pasa”, asintió compungida, y me devolvió la
pelota con el final de su epopeya: un marido machista y mujeriego que
nunca le perdonó el no ser virgen y estuvo a punto de crucificarla
en tantas ocasiones que ella no halló mejor remedio que huir. “¿Y
entonces?”, pregunté, absorto en el melodrama. “Voy en busca de
una tía que es cuanto me queda”, lloró, y me coló de lleno en
aquel folletín de padres muertos —“quién sabe si de disgusto”—
e hija única sujeta a la voluntad de un vándalo que, seguramente,
de volverla a encontrar la mataría.
Para
estos casos, mi tipo de consuelo es infalible: le acaricié con
suavidad el pelo de las sienes, esperé unos segundos por su reacción
y, viendo que aceptaba tal familiaridad, hundí los dedos en sus
cabellos y los dejé correr al libre albedrío, mientras con el
pulgar le enjugaba las lágrimas que no cesaban de brotar. Mi mano
izquierda, en tanto, se posó sobre el dorso de una de las suyas,
quieta en el regazo, al tiempo que la otra aprisionaba la mía en un
cálido gesto de complicidad. Me miró fijamente, expectante. Sus
labios gordezuelos se entreabrieron para recibir mi lengua y la
fragancia de su aliento me subió por la sangre como un disparo. A
partir de ahí nos enzarzamos en un besuqueo febril condimentado por
el sonsonete de Nayla al repetir: “Dios mío, qué es esto, no sé
lo que hago”, pero sí lo sabía y me iba enardeciendo con
inteligentes lengüetazos en la boca, en las orejas, el cuello,
rápidos mordiscos en el belfo inferior, exactos gemidos de entrega y
justos quites en el momento de máxima tensión, como para dejar
sentada la fineza de su linaje y el convencimiento de que aquella
barbaridad no pasaría de dichos escarceos. “Por favor”, imploró
y, levemente, me empujó por el pecho marcando la distancia, hurgó
en su maletín y extrajo una sábana con la cual se cubrió diciendo:
“Mejor dormimos un rato, ¿no te parece?”.
La
hubiese estrangulado con similar entusiasmo al del marido, pero volví
las espaldas y me dediqué a rumiar la erección, mientras trataba de
atisbar, en la oscuridad de la noche, algún trozo de mis nostálgicas
visiones campesinas a través de la ventanilla. Entonces noté sus
inútiles esfuerzos por acomodarse. Tantas posiciones adoptó que,
finalmente, al recoger ambas piernas sobre el asiento, sus nalgas se
encimaron sin misericordia contra mi muslo izquierdo. Era muy fuerte
la tentación. No entré a considerar si fue casualidad o desafío.
Me limité a agarrarle los glúteos, por encima del vestido primero
y, más tarde, a flor de una piel que respondió al ataque erizándose
en toda la extensión dejada a mi merced por la nimiedad de las
tanguitas. Demostró aquiescencia elevando la grupa y pude oler el
aroma de su sexo cuando los muslos se entreabrieron y arranqué a
jugar con sus vellosidades hasta que violé las bragas y caí en el
pantano de la vulva. Instintivamente, me ofreció cobija bajo la
sábana. Desde ese refugio arrecié la ofensiva. Al inicio, mis dedos
se enredaron en su monte de Venus y la palma de mi mano cayó sobre
la humedad de sus valvas con prestancia de dueño; después le
presioné el clítoris entre el índice y el pulgar, introduje el
medio en el introito vaginal hasta la primera falange y con el anular
busqué la tozudez de su ano, para sumirla en una suerte de
intermitentes arpegios guitarrísticos que la pusieran a punto de
caramelo. Nayla movía su pubis sabiamente al compás de mi
ejecución. Terminó, clavando las uñas en el rojo vinil del asiento
tras musitar no sé qué oscuras maldiciones.
“¿Y
yo cómo resuelvo?”, clamé acto seguido. Nayla se volvió, me bajó
la cremallera con pericia de artífice y ya en posesión del miembro,
lo estrujó con tal soltura que estuve a un tris de echarlo todo a
perder viniéndome como un crío. Desplazó sus deditos al borde
inferior del glande y comprimió. Pensé en el teorema de Pitágoras
y le rogué: “Chúpamela”. “Aquí no. Hay demasiada gente.”
“Nadie va a percatarse”, riposté. “Machi, por favor, no seas
terco.” Pero lo soy. Insistí descorriendo la sábana y enseñándole
la verga como un menhir. “¿Soportarás esta instigación?” “De
veras es tentadora”, razonó pícaramente y aceleró los
movimientos de la muñeca, conjugándolos con esporádicos apretones
que demolieron mi aguante y me trajeron a la mente los besos de
Rosario, los muslos de Nayla y un aluvión de imágenes antiguas
apenas entrevistas después del fogonazo con que emergió mi esperma
a la luz pública. La muchacha, cortés, protegía mi ropa con la
sábana. Le di las gracias con una solemnidad innecesaria. Ella pasó
una mano por su entrepierna y me la puso en la nariz, conminándome:
“Huele”. Asfixiaba el almizcle de sus jugos. “¿No quieres
probarlo?”, convidó. Asentí. “Pues sígueme”, resolvió y,
cual si sólo esperara mi aprobación, se irguió arreglándose el
vestido y partió hacia el retrete. Al pasar junto a Rosario se
encorvó y le dijo algo en secreto. Entonces me percaté de la
inquietud que corroía a la ferromoza. Había asistido de observadora
(cómplice) a aquella ceremonia —para ella un suplicio—, donde el
presunto corruptor se convertía en juguete de una esposa fugitiva
más ducha en dar placer que cualquier hetaira del siglo de Pericles.
Puso cara de “se están pasando”, pero solamente dibujó con los
labios una sílaba: “Ve”.
Fui.
El baño de mujeres consistía en un compartimiento minúsculo con
una taza y un lavamanos metálicos por toda comodidad. Nada de
espejos, bombillas o bidés. Ventajas del servicio de segunda que
ahora cooperaban con nosotros. La única iluminación la daba la luna
entrando por una claraboya sin cristal. Nayla cumplió su promesa.
Sentada en el inodoro (harto oliente, y mal por cierto) animó mi
excitación con una fellatio digna de odas e himnos. Cuando ya no
había dudas sobre la consistencia de mi virilidad, Nayla se quitó
las bragas, las guardó en un bolsillo de mi pantalón, diose la
vuelta en redondo y, asiendo el lavabo con ambas manitas, flexionó
el tronco hacia delante y me ofreció dos blancas colinas abriéndose
en un valle que no tardé en hender. El vaivén del vagón me ayudó
sobremanera. La inusitada presencia de un ritmo ajeno al nuestro
inauguró una variante inesperada: no se podía prever ningún
estímulo y éramos sorprendidos por las reacciones de los cuerpos
luchando contra la inercia en pos del goce. “Dámela por el culo”,
pidió Nayla. La complací y se quejó extasiada, mía. “Toda”,
gruñó, y volvió a gemir mientras soltaba la mano derecha y rompía
a masturbarse cual una colegiala. Creo que acabamos juntos entre el
estrépito de los frenos y la sacudida del tren al detenerse.
“Ciego
de Avila, diez minutos”, gritó la ferromoza en un tono más bien
jovial y los viajeros, en su prisa por subir o bajar, llevaron el
bullicio hasta el límite. Imprecaciones, chistes, malas palabras,
solicitudes de permisos y perdones colmaron el ambiente del pasillo.
Nayla y yo, desde nuestra distensión post coitum, nos miramos
aterrados. Sólo faltaría que alguien —¿cómo no haberlo pensado
antes?— se antojara de usar el excusado. Con un dedo en los labios
indicando silencio abracé a Nayla con la intención de trasmitirle
seguridad. Algo inútil: mis rodillas temblaban ante el absurdo de la
situación. En eso escuchamos los forcejeos con el picaporte. “Un
momento, está ocupado”, voceó Nayla en un vano intento de ganar
tiempo. “Es Rosario, abran.” Nayla me interrogó con la vista.
“La ferromoza”, le aclaré. Afuera se había calmado el ajetreo y
el tren arrancaba suavemente. Hubo un repiquetear de uñas en la
puerta. “Abran, por Dios”, bisbiseó Rosario. Nayla, resignada,
consintió: “Abre”.
Abrí
esperando lo peor. Con presteza de ofidio, Rosario se adentró por la
abertura. Ni corta ni perezosa volvió a cerrar y echó el seguro.
Quise consultar a Nayla pero ya no podía ver su rostro una vez
dejado atrás el alumbrado de la estación. Nadie habló. La
ferromoza se mezcló en el juego con el simple recurso de imponer su
voluntad. Yo lo acepté por pura aritmética: dos mujeres me gustan
más que una. Nayla no sé por qué aceptó. Comenzaron a besarme el
rostro, los brazos, las tetillas, el abdomen, hasta que, a la altura
de mi falo, se encontraron sus lenguas. Entonces se besaron.
Acariciaron cada parte del cuerpo de la otra con el modoso encanto de
quien bruñe una vajilla. Nayla se quitó el vestido y ofrendó su
blancura a una Rosario que la torturó cuanto quiso antes de,
obligándola a sentarse encima del lavatorio y a cruzarle las piernas
sobre los hombros, ir a registrarle las ingles con precisión de
orfebre. Por no estar inactivo, aproveché la inclinación de Rosario
y le saqué la blusa para lamer su espalda perlada de sudor y las
pelusillas que le subían hacia el cuello cerrando el triángulo
isósceles que se abría en las caderas. Le enrollé los jeans en las
corvas y seguí lamiendo nalgas, ano, vagina y clítoris con un
desenfreno impropio de su dulzura al tratar a Nayla. Poniéndome en
pie, la penetré con saña. Concluí un par de minutos después,
lleno de rencor al saberme excluido de aquel pacto. Nayla atrajo a
Rosario y la salvó de mi prisa sirviéndose de los dedos, mientras
sorbía sus pezones con delectación. Rosario, besándola en la nuca,
hizo lo propio. Permanecieron un rato abrazadas y jadeantes. Luego,
insaciables, intercambiaron los roles y fue Rosario quien recibió el
bálsamo desde el improvisado trono del lavabo. Su pie derecho,
misteriosamente descalzo, se extravió en la pelvis de Nayla. Increíblemente, se me paró de nuevo. Quise probar fortuna con Nayla
pero me rechazó con discreción. Ascendí hasta los pechos de
Rosario a entretener mi abandono. Ninguna de las dos se ocupó de mí.
Estaban demasiado absortas en su mutuo descubrimiento. Me aparté
buscando escapar y el terror a ser sorprendidos paralizó mis
acciones. Invariablemente creo que han de pillarme en falta. Llego
incluso a soñar con frecuencia que voy a la cárcel por algo
irrisorio y nunca puedo salir. Suelo despertar muy deprimido. Así me
sentía allí. De pronto, Rosario entrevio una claridad urbana por el
tragaluz, se asomó y dijo: “Dios mío, tengo que irme”. Y lo
cumplió a una velocidad de espanto. En un santiamén compuso su
uniforme, se arregló el pelo y salió del retrete gritando:
“Terminal de Florida, diez minutos”.
Cuando
llegué al asiento ya Nayla miraba distraídamente por la ventanilla.
A pesar de la depresión admiré su perfil a la incipiente luz del
alba. En veinte minutos más o menos entraríamos a Camagüey y antes
yo debía decirlo todo. Mi estado no era usual. Generalmente, ninguna
pasión me cogía desprevenido. Ahora, no obstante, estaba
desorientado: mi experiencia de bínubo, mi familia, mi profesión,
podía tirarlas por la borda con sólo un monosílabo de esa hembra
que despertara en mí aquel amor a primer orgasmo. Recordé cierto
poema de John Donne sobre el pecado donde el autor pide perdón
continuamente pero siempre tiene más yerros que ofrecerle a Dios,
como si tal acumulación de faltas archisabidas no cumpliera mejor
función que desafiar la misericordia del Altísimo. Es mi caso. Por
mucho que me afane en la continencia, pierdo el seso ante cualquier
falda —máxime si permite la desnudez de un cuerpo— y me cuesta
oxígeno zafarme del enredo al que sucumbo por salaz. Esta vez, a
diferencia de otras, intuía que la elasticidad mental de Nayla
sólamente aguardaba una propuesta coherente para cambiarme la vida.
El resto de las mujeres que conocía eran tan corruptas que —pasados
el esplendor de lo morboso y la novedad de la conquista—
repugnaban, o tan conservadoras que jamás se atreverían a saciar
sus más recónditos apetitos por temor a los rigores de la moral, la
fe o la conciencia. A Nayla la habían hecho a mi medida, con la
proporción exacta de candor y desenfado que precisaba mi contraparte
platónica. Principié el discurso con el ofrecimiento de una
relación formal. “No, ¡qué va! Necesito estar un tiempo sola”,
respondió Nayla y no hubo fuerza capaz de conmoverla. Súplicas,
argumentos y amenazas no funcionaron. “¿Lo ves?”, arguyó,
“apenas cinco horas y ya te crees el dueño del mundo”. “No es
eso, Nayla”, me defendí buscando algún arbusto al que aferrarme
en la caída. “Lo sé”, repuso, “el problema es que estoy muy
lastimada y tengo miedo”. Después, tomó los números telefónicos
de mi casa y del trabajo y, por consolarme, juró: “En cuanto pueda
te llamo, no te preocupes. No sabes cuán importante ha sido para mí
este viaje”.´
Salté al andén con la convicción
de ser un hombre feliz. El encuentro con Pepe echó a perder esa
emoción. Luego de años sin vernos, de tener noticias del otro a
través de terceros y de haber limado penosamente los resquemores que
cercenaran nuestra adhesión, mi viejo amigo fue bastante efusivo:
abrazos, palmadas en los hombros, suaves cachetadas de euforia,
comentarios halagüeños sobre mi peso y mi semblante. “Alguien me
contó que te casas, ¿es cierto?”, comenté por cubrir las
apariencias. “¡Claro! Precisamente estoy esperando a la futura.
Por supuesto, quedas invitado... Miladys, Miladys”, vociferó para
hacerse escuchar entre el tumulto. Dio un par de pasos hacia la chica
y los oí besarse a espaldas mías. “Mira, Dámaso, esta es mi
prometida”, decía en tanto me volví para ver a mi Nayla que,
impertérrita, extendía su manecita rosa diciendo: “Miladys
Clavelo, para servirle”. Palidecí tanto que Pepe se alarmó:
“¿Pasa algo?” “Nada, nada. Sólo una alucinación. Tu novia me
recuerda endemoniadamente un antiguo amor.” “Pero no será ella,
¿verdad?”, soltó Pepe en broma, guiñándome un ojo. “Ni por
asomo, esta joven es una dama y aquella... bueno, ¿para qué
contarles?” “Es que Dámaso es una fiera, ¿sabes?”, le explicó
Pepe a Nayla-Miladys. Me despedí enseguida con la promesa de no
faltar a la boda el fin de semana. Los vi alejarse sin demora a tomar
un taxi. También vi partir el tren hacia Santiago llevándose a
Rosario con la tercera parte de una figura que quizás nunca volviera
a completarse. Quedé varado frente a un muro de angustia y de
silencio, el mismo que comenzó a erigirse imperceptiblemente entre
los tres, cuando la ferromoza, sin despedirse siquiera, gritó en un
tono más bien jovial: “Camagüey, diez minutos de parada”.

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