sábado, 17 de octubre de 2026

Diez minutos de parada......Jesús David Curbelo

Foto: Jordi de Miguel, Elisabeth y su mejor amiga

“Santa Clara, diez minutos”, gritó la ferromoza en un tono más bien jovial y entreabrí los párpados con el afán de saber cómo Dios había respondido a mis oraciones pidiéndole mejor compañía. Lo del capitán Martínez fue excesivo. Coincidimos en la estación de ferrocarriles de La Habana por la sencilla casualidad de pedirle fuego, y el hombre me atrapó en una evaluación sociopolítica de la crisis internacional, el gobierno de Mijaíl Gorbachov y hasta una posible invasión enemiga a nuestro país. Para mayor fatalidad, compartíamos asientos en el coche 2. Aquello me desgració la aventura de haber reservado en tren por el capricho romántico de que fuera más rural la travesía, ya que los trenes evitan cruzar el fragor urbano (del que estaba harto luego de diez días en la capital) y se limitan a rozarlo unas pocas veces en un trayecto animado por cuadros rupestres con paisajes verdecidos, vacas, caballos, garzas y caseríos similares a los de mis vacaciones infantiles, con lo cual abrigaba durante el viaje la sensación de estar regresando en el tiempo a dichos parajes en pos de la armonía que escapó de mi vida no bien cumplí los once años.
        El capitán Martínez, sin embargo, desmoronó mi arcadia con sus alusiones a la 82 división, el poderío logístico de las «Fuerzas Armadas» y una sarta de embustes sobre su desempeño rambomaníaco en tales y más cuales guerras en no sé dónde. La ferromoza me miró compadecida al chequear los boletos. Puse cara de “sálvame” y ella respondió con una de “por mí, la vida, pero no quedan sitios libres”, por lo que decidí soportar estoicamente la perorata de Martínez hasta que, al salir de Campo Florido, la chica me hizo una seña para que me sentara a su lado (el asiento posterior al mío en la fila contraria) y corté al capitán en mitad de un bombardeo diciéndole: “Cuídame el puesto, que voy a ver si ligo a la azafata”, para salir a escape con la intención de no regresar hasta no haber pasado Santa Clara, la patria chica del arrojado guerrero.
          A la entrada de Aguacate logré besar a la negrita después de una ardua controversia sobre la insensatez de mantener relaciones con un viajero casi anónimo al que jamás volvería a hallar. La frenaba, además, el romance reciente con uno de los conductores, quien podría aparecer en cualquier instante a reclamar su derecho de asiento y armar un escándalo tan grande que de seguro les costaría el empleo. De todas formas, sátiro impenitente, no cejé en mis reclamos y fui ganando terreno en el cuerpo de Rosario y obteniendo de ella unas caricias nerviosas que delataban, al unísono, sus deseos reprimidos y el miedo que le impedía ser más certera en sus manipulaciones. “Déjame, déjame, no me conviene calentarme tanto”, susurró en mi oído mientras sus manos presionaban mi pene sobre el pantalón sin atinar a sacarlo y librarme por fin de la tirantez que me contraía los testículos, provocándome un dolor sólo salvable mediante la emisión del semen. “Está bien”, acepté malhumorado y, viendo que el capitán dormía plácidamente, regresé a mi lugar en un pueril desquite contra la pudibunda muchachita. Un poco después de Los Arabos comencé a rezar por más tolerables compañeros y me adormecí bajo el arrullo metálico de las ruedas del tren contra los rieles.
        “Con su permiso”, escuché al partir de Santa Clara y —oh virtud de la plegaria— comprobé que me tocaba en suerte una de esas mujeres frecuentes en los sueños eróticos pero apenas visibles en la realidad. Lucía un ligero vestido de tirantes cuyo estampado la hacía parecer aún más joven de los veintipico que en verdad debía tener. Colocó su equipaje en el piso, se sentó y dijo: “¿A qué hora llegaremos a Camagüey?”. “Sobre las siete de la mañana”, le informé, “son unas cinco horas de camino”. Y luego, sin perder un minuto, comencé a interrogarla con malsanas pretensiones, ignorando el detalle de que el coloquio ya había expirado entre los demás pasajeros.
        Nayla resultó ser suspiradora y tierna. Católica de cuna, se dejó llevar por mi apariencia de exseminarista y confesó sus pecadillos de niña buena desvirgada, contra su voluntad, por un novio semieterno que a la postre no la desposó y prefirió irse tras la putica del barrio, quien ahora lo engañaba hasta con su sombra, pero le hacía feliz, al parecer. “Castigo divino”, sentencié, y le hice la historia de un viejo amigo que, luego de dos o tres malos intentos, iba a casarse con una coterránea de mi acompañante, la cual, según vox populi, era candela viva, mas él, enamorado y sin escarmentar, seguía creyendo en las bondades del matrimonio y se aprestaba a recibirla en su casa haciendo oídos sordos a rumores y consejos de toda laya. “El pobre”, comentó, “aunque en el fondo se lo merece, porque ustedes los hombres son...” “Lo mismo que las mujeres”, la atajé, “sobre todo las villaclareñas” y, ante su sorpresa, le reciproqué la confianza con ciertas anécdotas de mis estudios en la Universidad de Las Villas y el vasto índice de féminas con las cuáles fornicara en ese lustro. “Hasta que me casé con una, me la llevé a Camagüey y nos hicimos tierra la existencia.” “Eso pasa”, asintió compungida, y me devolvió la pelota con el final de su epopeya: un marido machista y mujeriego que nunca le perdonó el no ser virgen y estuvo a punto de crucificarla en tantas ocasiones que ella no halló mejor remedio que huir. “¿Y entonces?”, pregunté, absorto en el melodrama. “Voy en busca de una tía que es cuanto me queda”, lloró, y me coló de lleno en aquel folletín de padres muertos —“quién sabe si de disgusto”— e hija única sujeta a la voluntad de un vándalo que, seguramente, de volverla a encontrar la mataría.
         Para estos casos, mi tipo de consuelo es infalible: le acaricié con suavidad el pelo de las sienes, esperé unos segundos por su reacción y, viendo que aceptaba tal familiaridad, hundí los dedos en sus cabellos y los dejé correr al libre albedrío, mientras con el pulgar le enjugaba las lágrimas que no cesaban de brotar. Mi mano izquierda, en tanto, se posó sobre el dorso de una de las suyas, quieta en el regazo, al tiempo que la otra aprisionaba la mía en un cálido gesto de complicidad. Me miró fijamente, expectante. Sus labios gordezuelos se entreabrieron para recibir mi lengua y la fragancia de su aliento me subió por la sangre como un disparo. A partir de ahí nos enzarzamos en un besuqueo febril condimentado por el sonsonete de Nayla al repetir: “Dios mío, qué es esto, no sé lo que hago”, pero sí lo sabía y me iba enardeciendo con inteligentes lengüetazos en la boca, en las orejas, el cuello, rápidos mordiscos en el belfo inferior, exactos gemidos de entrega y justos quites en el momento de máxima tensión, como para dejar sentada la fineza de su linaje y el convencimiento de que aquella barbaridad no pasaría de dichos escarceos. “Por favor”, imploró y, levemente, me empujó por el pecho marcando la distancia, hurgó en su maletín y extrajo una sábana con la cual se cubrió diciendo: “Mejor dormimos un rato, ¿no te parece?”.
       La hubiese estrangulado con similar entusiasmo al del marido, pero volví las espaldas y me dediqué a rumiar la erección, mientras trataba de atisbar, en la oscuridad de la noche, algún trozo de mis nostálgicas visiones campesinas a través de la ventanilla. Entonces noté sus inútiles esfuerzos por acomodarse. Tantas posiciones adoptó que, finalmente, al recoger ambas piernas sobre el asiento, sus nalgas se encimaron sin misericordia contra mi muslo izquierdo. Era muy fuerte la tentación. No entré a considerar si fue casualidad o desafío. Me limité a agarrarle los glúteos, por encima del vestido primero y, más tarde, a flor de una piel que respondió al ataque erizándose en toda la extensión dejada a mi merced por la nimiedad de las tanguitas. Demostró aquiescencia elevando la grupa y pude oler el aroma de su sexo cuando los muslos se entreabrieron y arranqué a jugar con sus vellosidades hasta que violé las bragas y caí en el pantano de la vulva. Instintivamente, me ofreció cobija bajo la sábana. Desde ese refugio arrecié la ofensiva. Al inicio, mis dedos se enredaron en su monte de Venus y la palma de mi mano cayó sobre la humedad de sus valvas con prestancia de dueño; después le presioné el clítoris entre el índice y el pulgar, introduje el medio en el introito vaginal hasta la primera falange y con el anular busqué la tozudez de su ano, para sumirla en una suerte de intermitentes arpegios guitarrísticos que la pusieran a punto de caramelo. Nayla movía su pubis sabiamente al compás de mi ejecución. Terminó, clavando las uñas en el rojo vinil del asiento tras musitar no sé qué oscuras maldiciones.
         “¿Y yo cómo resuelvo?”, clamé acto seguido. Nayla se volvió, me bajó la cremallera con pericia de artífice y ya en posesión del miembro, lo estrujó con tal soltura que estuve a un tris de echarlo todo a perder viniéndome como un crío. Desplazó sus deditos al borde inferior del glande y comprimió. Pensé en el teorema de Pitágoras y le rogué: “Chúpamela”. “Aquí no. Hay demasiada gente.” “Nadie va a percatarse”, riposté. “Machi, por favor, no seas terco.” Pero lo soy. Insistí descorriendo la sábana y enseñándole la verga como un menhir. “¿Soportarás esta instigación?” “De veras es tentadora”, razonó pícaramente y aceleró los movimientos de la muñeca, conjugándolos con esporádicos apretones que demolieron mi aguante y me trajeron a la mente los besos de Rosario, los muslos de Nayla y un aluvión de imágenes antiguas apenas entrevistas después del fogonazo con que emergió mi esperma a la luz pública. La muchacha, cortés, protegía mi ropa con la sábana. Le di las gracias con una solemnidad innecesaria. Ella pasó una mano por su entrepierna y me la puso en la nariz, conminándome: “Huele”. Asfixiaba el almizcle de sus jugos. “¿No quieres probarlo?”, convidó. Asentí. “Pues sígueme”, resolvió y, cual si sólo esperara mi aprobación, se irguió arreglándose el vestido y partió hacia el retrete. Al pasar junto a Rosario se encorvó y le dijo algo en secreto. Entonces me percaté de la inquietud que corroía a la ferromoza. Había asistido de observadora (cómplice) a aquella ceremonia —para ella un suplicio—, donde el presunto corruptor se convertía en juguete de una esposa fugitiva más ducha en dar placer que cualquier hetaira del siglo de Pericles. Puso cara de “se están pasando”, pero solamente dibujó con los labios una sílaba: “Ve”.
        Fui. El baño de mujeres consistía en un compartimiento minúsculo con una taza y un lavamanos metálicos por toda comodidad. Nada de espejos, bombillas o bidés. Ventajas del servicio de segunda que ahora cooperaban con nosotros. La única iluminación la daba la luna entrando por una claraboya sin cristal. Nayla cumplió su promesa. Sentada en el inodoro (harto oliente, y mal por cierto) animó mi excitación con una fellatio digna de odas e himnos. Cuando ya no había dudas sobre la consistencia de mi virilidad, Nayla se quitó las bragas, las guardó en un bolsillo de mi pantalón, diose la vuelta en redondo y, asiendo el lavabo con ambas manitas, flexionó el tronco hacia delante y me ofreció dos blancas colinas abriéndose en un valle que no tardé en hender. El vaivén del vagón me ayudó sobremanera. La inusitada presencia de un ritmo ajeno al nuestro inauguró una variante inesperada: no se podía prever ningún estímulo y éramos sorprendidos por las reacciones de los cuerpos luchando contra la inercia en pos del goce. “Dámela por el culo”, pidió Nayla. La complací y se quejó extasiada, mía. “Toda”, gruñó, y volvió a gemir mientras soltaba la mano derecha y rompía a masturbarse cual una colegiala. Creo que acabamos juntos entre el estrépito de los frenos y la sacudida del tren al detenerse.
          “Ciego de Avila, diez minutos”, gritó la ferromoza en un tono más bien jovial y los viajeros, en su prisa por subir o bajar, llevaron el bullicio hasta el límite. Imprecaciones, chistes, malas palabras, solicitudes de permisos y perdones colmaron el ambiente del pasillo. Nayla y yo, desde nuestra distensión post coitum, nos miramos aterrados. Sólo faltaría que alguien —¿cómo no haberlo pensado antes?— se antojara de usar el excusado. Con un dedo en los labios indicando silencio abracé a Nayla con la intención de trasmitirle seguridad. Algo inútil: mis rodillas temblaban ante el absurdo de la situación. En eso escuchamos los forcejeos con el picaporte. “Un momento, está ocupado”, voceó Nayla en un vano intento de ganar tiempo. “Es Rosario, abran.” Nayla me interrogó con la vista. “La ferromoza”, le aclaré. Afuera se había calmado el ajetreo y el tren arrancaba suavemente. Hubo un repiquetear de uñas en la puerta. “Abran, por Dios”, bisbiseó Rosario. Nayla, resignada, consintió: “Abre”.
          Abrí esperando lo peor. Con presteza de ofidio, Rosario se adentró por la abertura. Ni corta ni perezosa volvió a cerrar y echó el seguro. Quise consultar a Nayla pero ya no podía ver su rostro una vez dejado atrás el alumbrado de la estación. Nadie habló. La ferromoza se mezcló en el juego con el simple recurso de imponer su voluntad. Yo lo acepté por pura aritmética: dos mujeres me gustan más que una. Nayla no sé por qué aceptó. Comenzaron a besarme el rostro, los brazos, las tetillas, el abdomen, hasta que, a la altura de mi falo, se encontraron sus lenguas. Entonces se besaron. Acariciaron cada parte del cuerpo de la otra con el modoso encanto de quien bruñe una vajilla. Nayla se quitó el vestido y ofrendó su blancura a una Rosario que la torturó cuanto quiso antes de, obligándola a sentarse encima del lavatorio y a cruzarle las piernas sobre los hombros, ir a registrarle las ingles con precisión de orfebre. Por no estar inactivo, aproveché la inclinación de Rosario y le saqué la blusa para lamer su espalda perlada de sudor y las pelusillas que le subían hacia el cuello cerrando el triángulo isósceles que se abría en las caderas. Le enrollé los jeans en las corvas y seguí lamiendo nalgas, ano, vagina y clítoris con un desenfreno impropio de su dulzura al tratar a Nayla. Poniéndome en pie, la penetré con saña. Concluí un par de minutos después, lleno de rencor al saberme excluido de aquel pacto. Nayla atrajo a Rosario y la salvó de mi prisa sirviéndose de los dedos, mientras sorbía sus pezones con delectación. Rosario, besándola en la nuca, hizo lo propio. Permanecieron un rato abrazadas y jadeantes. Luego, insaciables, intercambiaron los roles y fue Rosario quien recibió el bálsamo desde el improvisado trono del lavabo. Su pie derecho, misteriosamente descalzo, se extravió en la pelvis de Nayla. Increíblemente, se me paró de nuevo. Quise probar fortuna con Nayla pero me rechazó con discreción. Ascendí hasta los pechos de Rosario a entretener mi abandono. Ninguna de las dos se ocupó de mí. Estaban demasiado absortas en su mutuo descubrimiento. Me aparté buscando escapar y el terror a ser sorprendidos paralizó mis acciones. Invariablemente creo que han de pillarme en falta. Llego incluso a soñar con frecuencia que voy a la cárcel por algo irrisorio y nunca puedo salir. Suelo despertar muy deprimido. Así me sentía allí. De pronto, Rosario entrevio una claridad urbana por el tragaluz, se asomó y dijo: “Dios mío, tengo que irme”. Y lo cumplió a una velocidad de espanto. En un santiamén compuso su uniforme, se arregló el pelo y salió del retrete gritando: “Terminal de Florida, diez minutos”.
        Cuando llegué al asiento ya Nayla miraba distraídamente por la ventanilla. A pesar de la depresión admiré su perfil a la incipiente luz del alba. En veinte minutos más o menos entraríamos a Camagüey y antes yo debía decirlo todo. Mi estado no era usual. Generalmente, ninguna pasión me cogía desprevenido. Ahora, no obstante, estaba desorientado: mi experiencia de bínubo, mi familia, mi profesión, podía tirarlas por la borda con sólo un monosílabo de esa hembra que despertara en mí aquel amor a primer orgasmo. Recordé cierto poema de John Donne sobre el pecado donde el autor pide perdón continuamente pero siempre tiene más yerros que ofrecerle a Dios, como si tal acumulación de faltas archisabidas no cumpliera mejor función que desafiar la misericordia del Altísimo. Es mi caso. Por mucho que me afane en la continencia, pierdo el seso ante cualquier falda —máxime si permite la desnudez de un cuerpo— y me cuesta oxígeno zafarme del enredo al que sucumbo por salaz. Esta vez, a diferencia de otras, intuía que la elasticidad mental de Nayla sólamente aguardaba una propuesta coherente para cambiarme la vida. El resto de las mujeres que conocía eran tan corruptas que —pasados el esplendor de lo morboso y la novedad de la conquista— repugnaban, o tan conservadoras que jamás se atreverían a saciar sus más recónditos apetitos por temor a los rigores de la moral, la fe o la conciencia. A Nayla la habían hecho a mi medida, con la proporción exacta de candor y desenfado que precisaba mi contraparte platónica. Principié el discurso con el ofrecimiento de una relación formal. “No, ¡qué va! Necesito estar un tiempo sola”, respondió Nayla y no hubo fuerza capaz de conmoverla. Súplicas, argumentos y amenazas no funcionaron. “¿Lo ves?”, arguyó, “apenas cinco horas y ya te crees el dueño del mundo”. “No es eso, Nayla”, me defendí buscando algún arbusto al que aferrarme en la caída. “Lo sé”, repuso, “el problema es que estoy muy lastimada y tengo miedo”. Después, tomó los números telefónicos de mi casa y del trabajo y, por consolarme, juró: “En cuanto pueda te llamo, no te preocupes. No sabes cuán importante ha sido para mí este viaje”.´
       Salté al andén con la convicción de ser un hombre feliz. El encuentro con Pepe echó a perder esa emoción. Luego de años sin vernos, de tener noticias del otro a través de terceros y de haber limado penosamente los resquemores que cercenaran nuestra adhesión, mi viejo amigo fue bastante efusivo: abrazos, palmadas en los hombros, suaves cachetadas de euforia, comentarios halagüeños sobre mi peso y mi semblante. “Alguien me contó que te casas, ¿es cierto?”, comenté por cubrir las apariencias. “¡Claro! Precisamente estoy esperando a la futura. Por supuesto, quedas invitado... Miladys, Miladys”, vociferó para hacerse escuchar entre el tumulto. Dio un par de pasos hacia la chica y los oí besarse a espaldas mías. “Mira, Dámaso, esta es mi prometida”, decía en tanto me volví para ver a mi Nayla que, impertérrita, extendía su manecita rosa diciendo: “Miladys Clavelo, para servirle”. Palidecí tanto que Pepe se alarmó: “¿Pasa algo?” “Nada, nada. Sólo una alucinación. Tu novia me recuerda endemoniadamente un antiguo amor.” “Pero no será ella, ¿verdad?”, soltó Pepe en broma, guiñándome un ojo. “Ni por asomo, esta joven es una dama y aquella... bueno, ¿para qué contarles?” “Es que Dámaso es una fiera, ¿sabes?”, le explicó Pepe a Nayla-Miladys. Me despedí enseguida con la promesa de no faltar a la boda el fin de semana. Los vi alejarse sin demora a tomar un taxi. También vi partir el tren hacia Santiago llevándose a Rosario con la tercera parte de una figura que quizás nunca volviera a completarse. Quedé varado frente a un muro de angustia y de silencio, el mismo que comenzó a erigirse imperceptiblemente entre los tres, cuando la ferromoza, sin despedirse siquiera, gritó en un tono más bien jovial: “Camagüey, diez minutos de parada”.

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