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| Dibujo: Adrizz Kennedy, El viejo pervertido carga a la niña inocente |
Su cabellera, lacia y castaña, lanzaba destellos de simpatía al recibir los rayos del sol. Ella seducía a la tarde con su nobleza; a mí me tenía hipnotizado al reptar sobre el piso, adecuando la tierra, reacomodando la empalizada –formada por trozos de madera.
–¡Ay, la gente es muy mala, no tiene conciencia de nada! ─lanzando
suspiros con las cejas arqueadas, la chica continuaba su labor─.
Mira, Lauro, todas estas tablitas que ahora están regadas, la última
vez que estuve aquí, las dejé bien acomodadas. Y ahora, ve, ¡todo
revuelto!… ¡Qué fea es la gente, la verdad! Aunque, bueno, la
tierra no se dejó vencer por esos. ¡Mira, ya está brotando
vida!
Su
rostro se iluminó con una amplia sonrisa al descubrir pequeñas
hojas que asomaban de la tierra, como pequeñas manos vegetales. Con
la mirada anclada en el piso, Lupita se afanaba. Parecía acariciar
la tierra mientras colocaba los maderos en su lugar, sin poder
ocultar la emoción que le producía el contacto con el suelo –esta
agitación aparecía en su rostro más intensa que un orgasmo o un
merecido reconocimiento. Un olor a mierda de perro mezclado con
orines de humano deambulaba por el parque. Yo la observaba a prudente distancia, de pie. Su voz parecía venir de muy lejos. Por un
instante, creo que la estoy soñando. Llegado el momento, decidí
pasar de mi estado de contemplación a la acción.
–A
ver, déjame ayudarte, preciosa, no tengo ninguna experiencia en el
ramo de la agricultura, pero de algo puedo servirte. Bajo tu
dirección, claro. Aunque debo aclararte que en mi casa requerimos
el auxilio de un técnico hasta para cambiar un foco, ja. Bueno, eso
es en mi caso, porque mi mujer sí sabe maniobrar herramientas.
Me
agradaba hacerle bromas y decir barbaridades sólo por el placer de
mirar su perfecta dentadura y descubrir la indulgencia de sus
veintidós años en la comisura de sus labios. Por un instante, su
rostro abandonaba los característicos rasgos de melancolía y
adquiría brillantes tonalidades, provocando que la tarde se tornara
maravillosa. Nació con el raro don de la simpatía, pensé de
pronto, se hace querer sin proponérselo. Aquel aire de desamparo era
capaz de conmover a los corazones más perversos, como el mío.
–¿Sabes,
Lauro? Cada vez que hago esto me siento renacer, fuerte,
independiente, sana y poderosa; el contacto con la tierra me entrega
una alegría muy pocas veces percibida. Incluso, puedo decirte que
adquiere matices sexuales.
Su
silla de ruedas se encontraba al lado, como inseparable guardián.
Apenas unos momentos antes, había decidido descender de ella, de un
salto. Pudimos llegar hasta este punto no con pocos esfuerzos de mi
parte, venciendo al camino, pues el tezontle se tragaba las ruedas
del vehículo. Me sentí obligado a filmar aquel escenario. Se
ruborizó ante la cámara. Sus enguantadas manos removían la
composta depositada a pocos centímetros del pequeño huerto
–conformado en un terreno de tres metros por uno y medio. A mí me
pareció que arropaba, con extremada delicadeza, el cuerpo de un
bebé.
Al
sentirse parte de una película, Lupita clavó sus ojos en la tierra.
La masajeaba, en lugar de esparcirla. Por momentos, alzaba la vista
hacia la cámara. Sonreía. No hablaba para nadie. Parecía conversar
con la tarde y con el viento. El suelo se mostraba jubiloso. Lanzaba
pequeñas cortinas de polvo. Polvo brillante. Polvo alegre… polvo
que acariciaba el rostro de la chica. Mi vista se sintió
privilegiada al ser testigo presencial de un acto propio de los
"ecosexuales".
La
tarea que Lupita me encomendó consistía en enterrar una estaca como
de medio metro, que en uno de sus extremos presumía una gruesa
cartulina cuadrada, sobre la cual se podía leer: HUERTO JARDÍN
ALIMENTARIO SAN AGUSTÍN, ECATEPEC. CUÍDALO, POR FAVOR, ES DE
TODOS, escrito con plumón grueso, de su puño y letra. Me prometí
que, días después, le traería algo mejor elaborado, con diseño e
impreso a todo color. El asombro y admiración hacia ella desbordaban
todos mis sentidos. Al descubrirme golpeando los maderos con una
piedra y surcando la tierra con las manos, gritó:
–¡No,
profe, así no! ¡Ahí, en mi mochila traigo un martillo!
¿Neta?
¿Cargaba un martillo? Lo consideré una broma. Tardé unos instantes
en asimilar el eco de sus palabras. Me dirigí a revisar el lugar
señalado por su dedo índice.
En
la parte trasera de su silla, encontré, colgada en el respaldo, una
desvencijada mochila negra que mostraba al sol sus deterioros en
algunos lugares de la parte baja. El cierre que la atravesaba de lado
a lado se encontraba en estado lamentable. Lupita había encargado la
seguridad de sus pertenencias a dos pinzas de plástico.
En
el fondo de aquella mochila, dentro de un morral de franela sucia, se
encontraba el martillo, acompañado de una pinza para mecánico, un
lazo, dos desarmadores, una cinta canela y una bolsa de plástico que
contenía clavos de diferentes tamaños –oxidados, todos ellos–
junto a varios libros, papeles y folders que parecían rescatados de
un basurero. Con las herramientas adecuadas, pude ahondar en la
tierra y enterrar debidamente aquella pancarta. Sin embargo, mientras
martillaba de hinojos, durante los largos instantes de silencio, se
me atropellaban las perversiones. La observaba con el rabillo del
ojo... El monstruo que habita en mí me incitaba a poner en práctica
las lecturas del Marqués de Sade... Coger con una muchachita de
veintidós años sería un verdadero agasajo… Presumirle mis
técnicas amatorias… Enseñarle de qué manera sí y por dónde
como que no… Saciar mi sed en aquel núbil abrevadero… Restregar
mi marchita piel contra el resplandor de la suya… Aspirar la
lozanía de su carne viva… Penetrar mis pulmones con su fragancia
de verano… Y si me aceptara dinero a cambio, la faena sería
redonda, absoluta... Mostrar el placentero camino de la prostitución
a una joven, en sus endebles condiciones –de acuerdo con el
Marqués–, sería la corona para mi vejez. La posesión de esa joya
podría convertirme en una rara especie de monarca inteligente.
No
obstante, al finalizar la tarea e intentar ponerme de pie, algunos
mareos repentinos, aquella vieja dolencia que me había condenado a
portar una faja elástica por el resto de mis días y ciertos
calambres muy cerca del culo –síntomas inequívocos de la próstata
inflamada–, me regresaron a mi avejentada realidad de los sesenta y ocho años.
Todos mis pensamientos, junto a Justine,
Juliette y Los 120 días de Sodoma, se
fueron por el caño de la demencia senil, acallando así a los
grillos sádicos que se habían despertado en mi cerebro. De espaldas
a ella, me puse una mano sobre los genitales. Cerré los ojos. Me
concentré.
En
mi mano encontré algo absolutamente flácido.
Mi
cuerpo me entregó un puñado de órganos estériles rodeados por tinieblas, plomo impenetrable. Procuré calmarme y aceptar aquella
sequía que me atrapaba por entero, mientras me asaltaban imágenes
del pasado.
–¿Te
sientes bien, Lau?
–Eeeh,
sí, preciosa, no es nada… sólo intentaba descubrir a las aves
entre las ramas –mentí.
Al
finalizar nuestra labor agropecuaria, la cargué –soportando
estoicamente mis molestias─ para colocarla en su transporte; sus
brazos me regalaron un cálido abrazo; sus manos frotaron mi espalda
con indecible gratitud. Su sonrisa adquirió un matiz mucho más
brillante. Aquellos frescos labios dejaron un rasgo de humedad sobre
mi mejilla –que el viento se encargó de refrescar–, doblegando
así al sádico que habitaba en mí desde la juventud pero que ya se
encontraba sin vida, para dar paso a un romántico y estúpido
vejestorio, que ahora sólo tenía en mente arrimar el hombro a la
joven –ya que no podía arrimarle otra cosa. Haría
viral su video en redes sociales. Debo solicitar ayuda económica a
mis amistades para apoyarla, pensé en ese momento. Yo mismo
proporcionaría alguna cantidad mensual. En fin, el anciano bonachón
salió victorioso en su lucha contra el sádico escritor.
La
tarde yacía a nuestro alrededor, sin percatarnos. A pesar de
habernos conocido apenas unas horas antes –gracias a un amigo, que
tuvo que retirarse–, Lupita y yo conversábamos a la sombra de un
abeto, en un espacio sin tiempo donde ambos nos habíamos instalado,
como camaradas.
Me
habló de algunas batallas que había librado contra las autoridades,
que se oponían a la existencia de su pequeño huerto. También
mencionó la serie de atrocidades que le dispensan las empleadas del
Centro Cultural Hermanos Revueltas –donde dirige un grupo de
lectura para personas adultas.
–Hay
veces que la gente llega a buscarme, pero las secretarias me niegan.
Prácticamente los corren, con sus insolencias… en fin, debo
acostumbrarme… es lo que hay…
–Todos
ellos, los burócratas –le respondí, solidario–, son mierda de
la misma cloaca, pequeña. Procura ignorarlos. No te enganches, que
no te dañen. Esas reacciones forman parte de su vida miserable
–concluí. Ella me premió apenas con una sonrisa vaga, aunque
aquella mueca no logró borrar el regocijo ni el entusiasmo de sus
ojos.
Momentos
después, seducíamos al viento y a los árboles del parque con una
imagen que impactaba a los transeúntes. Algunos se detenían a
fotografiarnos. Ella, sentada en su silla; yo, leyendo con mucho
agrado para su mirada viva, en voz alta, de pie, con lentes obscuros
y mi sombrero negro de pachuco. Sentía el aire regodearse en mi
cuello. Mi larga cabellera ondeaba sobre los hombros.
–Tus
relatos me recordaron a Edgar Allan Poe –me dijo, lanzando un
alegre suspiro, al término de la lectura.
No
pude menos que sentirme halagado. Le devolví el abrazo de gratitud.
A ella, a su gusto por la vida y a su loable labor como activista en territorio agreste, como lo es el barrio de Ecatepec.
Nuevamente
sentí ligeros restos de saliva en mi mejilla. Es probable que si
tuviera sanas sus piernas, no haría ni diría cosas tan bellas,
pensé.
─Oye,
Lupita, cuando es preciso viajar en metro, ¿cómo le haces?
Algunas
tortolitas bajaron de los árboles en busca de alimento, muy cerca de
nosotros.
–¡Ah!,
je, je, siempre existen almas solidarias. Así como hay gente mala en
el parque, también encuentro personas que me ayudan. Aquí, en este
sector, hay mucha gente que me ha cargado, je, je.
La
sonrisa descansando sobre la comisura de aquellos labios gruesos…
sus grandes ojos que te abrazan cálidamente… el timbre de su voz,
que te paraliza el entendimiento, al posarse en las ramas de los
árboles…
─Sí,
ya me di cuenta que eres tan popular como Beatriz Gutiérrez Müller,
nuestra primera dama. –Su carcajada espantó a los pájaros, que
huyeron con gran algarabía.
Al
despedirnos, su figura se fue perdiendo entre los coches. Se
encontraba a cuarenta minutos de su casa. Toda una proeza diaria. Con
la mirada clavada en sus encantos, la vi alejarse.
La vetusta mochila, con su balanceo –acompañada por mi congoja─, parecía correr tras ella, importándole un carajo los grandes
esfuerzos de las pinzas plásticas por mantener unidos ambos
extremos.
─Que
te vaya bien, pequeña... –dije en voz alta.
Mi
voz se perdió entre el rugir de los autos. Mi zozobra respiraba a
bocanadas, como un pez fuera del agua. La vida me pesaba. Un tambor
sordo resonaba en mi pecho. Estaba seguro que la presencia de aquella
chica me acompañaría durante mucho tiempo. Su recorrido hasta su
domicilio me parecía interminable. De pronto, percibí el silencio y
las sombras de la noche, que ya se acercaban a toda carrera.
La
bruma del crepúsculo fue borrando, de a poco, la línea intermitente
que su enjundia dibujaba, al impulsar la silla de ruedas.
Deambulo
solitario, de regreso a la Ciudad, absorbiendo el silencio solemne de
aquel barrio, templo a la inseguridad. Aspiro, sin remedio, el aire
contaminado, preguntándome dónde carajos estará ubicado el río
con aguas negras, que nos comparte su aroma a mierda, helada y húmeda
de fango. Se me tuercen los pies en la alfombra de baches y piedras
sueltas, sobre la que transito. El olor de la inmundicia me penetra
como una espada.
No
obstante, más adelante, las paredes me oyen caminar presuntuoso,
sintiendo timbales de rumba en el pecho.
Tres
calles antes de llegar al metro Olímpica, enciendo un cigarrillo,
hablo con la noche.
Tal
vez, el estupendo ánimo que ahora cargo, me lo contagiaron las
nacientes vidas del pequeño huerto... o quizás, es la actitud de
aquella extraordinaria joven, que no puede caminar, pero sabe volar…

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