miércoles, 29 de julio de 2026

Un pequeño huerto......Lauro Cruz Sánchez

Dibujo: Adrizz Kennedy, El viejo pervertido carga a la niña inocente

Su cabellera, lacia y castaña, lanzaba destellos de simpatía al recibir los rayos del sol. Ella seducía a la tarde con su nobleza; a mí me tenía hipnotizado al reptar sobre el piso, adecuando la tierra, reacomodando la empalizada –formada por trozos de madera.

          –¡Ay, la gente es muy mala, no tiene conciencia de nada! ─lanzando suspiros con las cejas arqueadas, la chica continuaba su labor─. Mira, Lauro, todas estas tablitas que ahora están regadas, la última vez que estuve aquí, las dejé bien acomodadas. Y ahora, ve, ¡todo revuelto!… ¡Qué fea es la gente, la verdad! Aunque, bueno, la tierra no se dejó vencer por esos. ¡Mira, ya está brotando vida!
           Su rostro se iluminó con una amplia sonrisa al descubrir pequeñas hojas que asomaban de la tierra, como pequeñas manos vegetales. Con la mirada anclada en el piso, Lupita se afanaba. Parecía acariciar la tierra mientras colocaba los maderos en su lugar, sin poder ocultar la emoción que le producía el contacto con el suelo –esta agitación aparecía en su rostro más intensa que un orgasmo o un merecido reconocimiento. Un olor a mierda de perro mezclado con orines de humano deambulaba por el parque. Yo la observaba a prudente distancia, de pie. Su voz parecía venir de muy lejos. Por un instante, creo que la estoy soñando. Llegado el momento, decidí pasar de mi estado de contemplación a la acción.
          –A ver, déjame ayudarte, preciosa, no tengo ninguna experiencia en el ramo de la agricultura, pero de algo puedo servirte. Bajo tu dirección, claro. Aunque debo aclararte que en mi casa requerimos el auxilio de un técnico hasta para cambiar un foco, ja. Bueno, eso es en mi caso, porque mi mujer sí sabe maniobrar herramientas.
          Me agradaba hacerle bromas y decir barbaridades sólo por el placer de mirar su perfecta dentadura y descubrir la indulgencia de sus veintidós años en la comisura de sus labios. Por un instante, su rostro abandonaba los característicos rasgos de melancolía y adquiría brillantes tonalidades, provocando que la tarde se tornara maravillosa. Nació con el raro don de la simpatía, pensé de pronto, se hace querer sin proponérselo. Aquel aire de desamparo era capaz de conmover a los corazones más perversos, como el mío.
          –¿Sabes, Lauro? Cada vez que hago esto me siento renacer, fuerte, independiente, sana y poderosa; el contacto con la tierra me entrega una alegría muy pocas veces percibida. Incluso, puedo decirte que adquiere matices sexuales.
          Su silla de ruedas se encontraba al lado, como inseparable guardián. Apenas unos momentos antes, había decidido descender de ella, de un salto. Pudimos llegar hasta este punto no con pocos esfuerzos de mi parte, venciendo al camino, pues el tezontle se tragaba las ruedas del vehículo. Me sentí obligado a filmar aquel escenario. Se ruborizó ante la cámara. Sus enguantadas manos removían la composta depositada a pocos centímetros del pequeño huerto –conformado en un terreno de tres metros por uno y medio. A mí me pareció que arropaba, con extremada delicadeza, el cuerpo de un bebé.
          Al sentirse parte de una película, Lupita clavó sus ojos en la tierra. La masajeaba, en lugar de esparcirla. Por momentos, alzaba la vista hacia la cámara. Sonreía. No hablaba para nadie. Parecía conversar con la tarde y con el viento. El suelo se mostraba jubiloso. Lanzaba pequeñas cortinas de polvo. Polvo brillante. Polvo alegre… polvo que acariciaba el rostro de la chica. Mi vista se sintió privilegiada al ser testigo presencial de un acto propio de los "ecosexuales".
          La tarea que Lupita me encomendó consistía en enterrar una estaca como de medio metro, que en uno de sus extremos presumía una gruesa cartulina cuadrada, sobre la cual se podía leer: HUERTO JARDÍN ALIMENTARIO SAN AGUSTÍN, ECATEPEC. CUÍDALO, POR FAVOR, ES DE TODOS, escrito con plumón grueso, de su puño y letra. Me prometí que, días después, le traería algo mejor elaborado, con diseño e impreso a todo color. El asombro y admiración hacia ella desbordaban todos mis sentidos. Al descubrirme golpeando los maderos con una piedra y surcando la tierra con las manos, gritó:
          –¡No, profe, así no! ¡Ahí, en mi mochila traigo un martillo!
         ¿Neta? ¿Cargaba un martillo? Lo consideré una broma. Tardé unos instantes en asimilar el eco de sus palabras. Me dirigí a revisar el lugar señalado por su dedo índice.
         En la parte trasera de su silla, encontré, colgada en el respaldo, una desvencijada mochila negra que mostraba al sol sus deterioros en algunos lugares de la parte baja. El cierre que la atravesaba de lado a lado se encontraba en estado lamentable. Lupita había encargado la seguridad de sus pertenencias a dos pinzas de plástico.
       En el fondo de aquella mochila, dentro de un morral de franela sucia, se encontraba el martillo, acompañado de una pinza para mecánico, un lazo, dos desarmadores, una cinta canela y una bolsa de plástico que contenía clavos de diferentes tamaños –oxidados, todos ellos– junto a varios libros, papeles y folders que parecían rescatados de un basurero. Con las herramientas adecuadas, pude ahondar en la tierra y enterrar debidamente aquella pancarta. Sin embargo, mientras martillaba de hinojos, durante los largos instantes de silencio, se me atropellaban las perversiones. La observaba con el rabillo del ojo... El monstruo que habita en mí me incitaba a poner en práctica las lecturas del Marqués de Sade... Coger con una muchachita de veintidós años sería un verdadero agasajo… Presumirle mis técnicas amatorias… Enseñarle de qué manera sí y por dónde como que no… Saciar mi sed en aquel núbil abrevadero… Restregar mi marchita piel contra el resplandor de la suya… Aspirar la lozanía de su carne viva… Penetrar mis pulmones con su fragancia de verano… Y si me aceptara dinero a cambio, la faena sería redonda, absoluta... Mostrar el placentero camino de la prostitución a una joven, en sus endebles condiciones –de acuerdo con el Marqués–, sería la corona para mi vejez. La posesión de esa joya podría convertirme en una rara especie de monarca inteligente.
         No obstante, al finalizar la tarea e intentar ponerme de pie, algunos mareos repentinos, aquella vieja dolencia que me había condenado a portar una faja elástica por el resto de mis días y ciertos calambres muy cerca del culo –síntomas inequívocos de la próstata inflamada–, me regresaron a mi avejentada realidad de los sesenta y ocho años. Todos mis pensamientos, junto a Justine, Juliette y Los 120 días de Sodoma, se fueron por el caño de la demencia senil, acallando así a los grillos sádicos que se habían despertado en mi cerebro. De espaldas a ella, me puse una mano sobre los genitales. Cerré los ojos. Me concentré.
            En mi mano encontré algo absolutamente flácido.
       Mi cuerpo me entregó un puñado de órganos estériles rodeados por tinieblas, plomo impenetrable. Procuré calmarme y aceptar aquella sequía que me atrapaba por entero, mientras me asaltaban imágenes del pasado.
             –¿Te sientes bien, Lau?
             –Eeeh, sí, preciosa, no es nada… sólo intentaba descubrir a las aves entre las ramas –mentí.
        Al finalizar nuestra labor agropecuaria, la cargué –soportando estoicamente mis molestias─ para colocarla en su transporte; sus brazos me regalaron un cálido abrazo; sus manos frotaron mi espalda con indecible gratitud. Su sonrisa adquirió un matiz mucho más brillante. Aquellos frescos labios dejaron un rasgo de humedad sobre mi mejilla –que el viento se encargó de refrescar–, doblegando así al sádico que habitaba en mí desde la juventud pero que ya se encontraba sin vida, para dar paso a un romántico y estúpido vejestorio, que ahora sólo tenía en mente arrimar el hombro a la joven –ya que no podía arrimarle otra cosa. Haría viral su video en redes sociales. Debo solicitar ayuda económica a mis amistades para apoyarla, pensé en ese momento. Yo mismo proporcionaría alguna cantidad mensual. En fin, el anciano bonachón salió victorioso en su lucha contra el sádico escritor.
          La tarde yacía a nuestro alrededor, sin percatarnos. A pesar de habernos conocido apenas unas horas antes –gracias a un amigo, que tuvo que retirarse–, Lupita y yo conversábamos a la sombra de un abeto, en un espacio sin tiempo donde ambos nos habíamos instalado, como camaradas.
          Me habló de algunas batallas que había librado contra las autoridades, que se oponían a la existencia de su pequeño huerto. También mencionó la serie de atrocidades que le dispensan las empleadas del Centro Cultural Hermanos Revueltas –donde dirige un grupo de lectura para personas adultas.
          –Hay veces que la gente llega a buscarme, pero las secretarias me niegan. Prácticamente los corren, con sus insolencias… en fin, debo acostumbrarme… es lo que hay…
          –Todos ellos, los burócratas –le respondí, solidario–, son mierda de la misma cloaca, pequeña. Procura ignorarlos. No te enganches, que no te dañen. Esas reacciones forman parte de su vida miserable –concluí. Ella me premió apenas con una sonrisa vaga, aunque aquella mueca no logró borrar el regocijo ni el entusiasmo de sus ojos.
          Momentos después, seducíamos al viento y a los árboles del parque con una imagen que impactaba a los transeúntes. Algunos se detenían a fotografiarnos. Ella, sentada en su silla; yo, leyendo con mucho agrado para su mirada viva, en voz alta, de pie, con lentes obscuros y mi sombrero negro de pachuco. Sentía el aire regodearse en mi cuello. Mi larga cabellera ondeaba sobre los hombros.
          –Tus relatos me recordaron a Edgar Allan Poe –me dijo, lanzando un alegre suspiro, al término de la lectura.
          No pude menos que sentirme halagado. Le devolví el abrazo de gratitud. A ella, a su gusto por la vida y a su loable labor como activista en territorio agreste, como lo es el barrio de Ecatepec.
         Nuevamente sentí ligeros restos de saliva en mi mejilla. Es probable que si tuviera sanas sus piernas, no haría ni diría cosas tan bellas, pensé.
          ─Oye, Lupita, cuando es preciso viajar en metro, ¿cómo le haces?
          Algunas tortolitas bajaron de los árboles en busca de alimento, muy cerca de nosotros.
         –¡Ah!, je, je, siempre existen almas solidarias. Así como hay gente mala en el parque, también encuentro personas que me ayudan. Aquí, en este sector, hay mucha gente que me ha cargado, je, je.
        La sonrisa descansando sobre la comisura de aquellos labios gruesos… sus grandes ojos que te abrazan cálidamente… el timbre de su voz, que te paraliza el entendimiento, al posarse en las ramas de los árboles…
          ─Sí, ya me di cuenta que eres tan popular como Beatriz Gutiérrez Müller, nuestra primera dama. –Su carcajada espantó a los pájaros, que huyeron con gran algarabía.
          Al despedirnos, su figura se fue perdiendo entre los coches. Se encontraba a cuarenta minutos de su casa. Toda una proeza diaria. Con la mirada clavada en sus encantos, la vi alejarse.
        La  vetusta  mochila,  con  su  balanceo  –acompañada  por  mi  congoja─,  parecía correr tras ella, importándole un carajo los grandes esfuerzos de las pinzas plásticas por mantener unidos ambos extremos.
          ─Que te vaya bien, pequeña... –dije en voz alta.
          Mi voz se perdió entre el rugir de los autos. Mi zozobra respiraba a bocanadas, como un pez fuera del agua. La vida me pesaba. Un tambor sordo resonaba en mi pecho. Estaba seguro que la presencia de aquella chica me acompañaría durante mucho tiempo. Su recorrido hasta su domicilio me parecía interminable. De pronto, percibí el silencio y las sombras de la noche, que ya se acercaban a toda carrera.
       La bruma del crepúsculo fue borrando, de a poco, la línea intermitente que su enjundia dibujaba, al impulsar la silla de ruedas.
          Deambulo solitario, de regreso a la Ciudad, absorbiendo el silencio solemne de aquel barrio, templo a la inseguridad. Aspiro, sin remedio, el aire contaminado, preguntándome dónde carajos estará ubicado el río con aguas negras, que nos comparte su aroma a mierda, helada y húmeda de fango. Se me tuercen los pies en la alfombra de baches y piedras sueltas, sobre la que transito. El olor de la inmundicia me penetra como una espada.
          No obstante, más adelante, las paredes me oyen caminar presuntuoso, sintiendo timbales de rumba en el pecho.
          Tres calles antes de llegar al metro Olímpica, enciendo un cigarrillo, hablo con la noche.
        Tal vez, el estupendo ánimo que ahora cargo, me lo contagiaron las nacientes vidas del pequeño huerto... o quizás, es la actitud de aquella extraordinaria joven, que no puede caminar, pero sabe volar… 

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