Para mi primo Miguelito, QEPD
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| Foto: Tatiana |
Pero
hay una niña gordita y fea —la de la falda desteñida y sucia—
que dibuja pajaritos en tus cuadernos. Lo sabes porque sus trazos son
frágiles, lo sabes porque la viste hacerlo, aunque trató de
disimular cuando entraste al aula. Entonces, un día a la hora del
recreo te quitas el short y se la enseñas detrás del baño, cerca
del refugio. Quieres que te ayude a volar. En vez de eso, llora y
corre a quejarse con el director.
Al
día siguiente, tus padres te azotaron frente a todos en el portal de
la escuela. Todos rieron; todos menos tú, que solo lloraste y te
tragaste los mocos.
El
verano te huele a mierda bajo las uñas. Las vacaciones, esa época
del año en que los primos invaden tu casa en El Tejar. Cinco primos,
siete, ¿quién cuenta los cuerpos cuando se amontonan como animales
en colchonetas manchadas de orín? En la casa se respira esa mezcla
de hedores mientras juegan a la guerra con arcos de palo bronco o a
medirse las pingas, para ver quién la tiene más grande y gorda;
pero siempre pierdes porque eres el menor y porque siempre estás
asustado, entonces la tuya no crece como las de los demás. Mary, la
mayor de tus primas, tiene quince años y parece un ángel. Ella es
la jueza. Tú tienes trece recién cumplidos.
Saliste
a pescar una nublada mañana de noviembre con tu primo Miguelito.
Utilizaron lombrices de tierra como carnada, de esas que abundan en
el fango bajo los fregaderos de las casas de campo. Comenzaron cerca
de la represa y bordearon la ribera del río Chaparra sin éxito,
pero en el Paso de las Piedras, él atrapó una tilapia enorme que
colocaron en la ensarta. Más adelante, donde el río traza una gran
curva y confluye con una cañada, tampoco picó nada, así que
decidieron avanzar río arriba.
Llegaron
hasta el añejo cedro que, caprichosamente, se erguía en la orilla,
desafiando crecidas y huracanes. El árbol servía de poste para una
cerca de matacallos. Tras lanzar las cañas de pescar al otro lado,
cruzaste primero agarrándote del tronco. Sin embargo, cuando tu
primo intentó seguirte, sufrió un ataque de epilepsia y cayó al
agua. Te quedaste inmóvil, viéndolo hundirse hasta desaparecer en
las profundidades. Dudaste en ayudarlo, no sólo por miedo a ahogarte,
sino porque sabías que durante esos ataques, él se aferraba a todo
con fuerza inhumana. Por fin gritaste y corriste a casa en busca de
ayuda.
Al
llegar, todos salieron corriendo hacia el río y se lanzaron al agua.
“¿Fue aquí, Maikel?”, preguntaban, pero tú permanecías mudo.
Solo observaste desde la orilla, incapaz de actuar, mientras se
sumergían una y otra vez. “¡Lo encontré! ¡Coño… lo
encontré!”, gritó después de un rato alguien cuyo rostro ya no
recuerdas. Tu primo se había aferrado a las raíces del cedro, ya
sin vida, como si sus manos fueran parte del árbol. Forcejearon un
buen rato para sacarlo. Cuando por fin lo consiguieron, viste su
cuerpo delgado, inerte, helado y rígido; entonces, temblando por el
frío y el miedo, sentiste correr por tus piernas la orina caliente.
Miraste hacia el cielo: las nubes parecían formar un enorme pez que
te observaba. Entre tanto, familiares y vecinos se alejaban con el
cadáver a cuestas.
Esa
noche una multitud se reunió en el velorio. Había tanta gente que
muchos no tuvieron más opción que agruparse fuera de la casa, bajo
la incesante llovizna que caía desde el amanecer. Unos lloraban;
otros hablaban en susurros, como si temieran despertar al difunto.
En
algún momento, alguien te ofreció un cigarrillo y un trago de
aguardiente. Bebiste un poco y fumaste como un adicto en abstinencia.
Tu prima Mary consiguió un poco de vino y lo compartió contigo en
un oscuro rincón del traspatio. Luego, te arrastró hacia el baño,
esa habitación infernal donde el sudor se mezclaba con el moho.
“Mira esto, pájaro de mierda”, susurró, mientras fumaba y te
pasaba un cigarrillo para que también fumaras. Se levantó la blusa
y mostró sus senos incipientes. Abrió el cierre del short y se lo
quitó lentamente. Te quedaste paralizado cuando tomó tu mano y la
guió entre sus piernas. “Esto es lo que hacen los hombres de
verdad”, dijo. Sus pechos eran diminutos. Te obligó a chuparle un
pezón, a introducir tus dedos en su vagina y a rozarla con tu pinga,
que se había puesto bien dura y había crecido muchísimo. Mojó su
mano con saliva y te la acarició. Un escalofrío te recorrió, como
un calambre riquísimo. Aprendiste a eyacular ese día: el placer es
un piñazo en la panza que te dejó jadeando en el piso. Mientras los
adultos lloraban en el patio y tú te tragabas el miedo, ella se
bebió tu semen.
Te
fuiste medio asustado y te arrinconaste en la sala, cerraste los
ojos, temblando: la escena del río se repetía en un bucle
interminable. Al abrir los ojos, miraste hacia el féretro. Te
acercaste despacio. Un hedor a formol y flores inundaba la
habitación. Creíste ver una leve sonrisa en el rostro de tu primo.
Lo observaste en silencio, sin fuerzas para llorar. Entonces, te
pareció escuchar su voz desde algún lugar: “No eres más que un
cobarde, Maikel… Un cobarde, cojones”.
Descubro
la pornografía en el reproductor VHS de un tío abuelo que vive en
Chaparra y alguna vez viajó a los Estados Unidos. Mujeres que
chillan como gatas ruinas, hombres de pechos peludos partiendo
vaginas y culos como calabazas maduras. En El Tejar practico con una
ternera, luego con una yegua; incluso con una gallina que encerré en
el baño, porque ninguna muchacha se fijaba en mí con mi cara
repleta de granos que parecía un guayo. Mi madre me sorprendió
en una ocasión con la gallina medio muerta, pegó un grito y corrió
como loca.
Colecciono
cuchillos oxidados bajo el colchón. Sueño con degollar al profesor
de matemáticas mientras habla y habla como un papagayo y nadie le
presta atención; fantaseo con violar a la directora encima de su
buró lleno de papeleo y expedientes, violarla ahí mismo en su
oficina ante la mirada de los héroes y los mártires de la
independencia nacional que cuelgan en las paredes. Pero cada mañana
me trago las fantasías de camino al aula con las manos en los
bolsillos, tocándome a través de la tela en busca del éxtasis.
Me
han sorprendido masturbándome en el baño de la escuela; espiando
por un agujero hacia el sanitario de las muchachitas; observando cómo
se quitan la falda y escuchando el sonido del orine cuando cae en la
taza. Citan a mis padres y algunos alumnos murmuran en los pasillos:
“Miren, ese es el pajizo”. Puedo escucharlos, no sé cómo, pero
lo sé porque todos me observan con esa mirada de asco. Sobre mi piel
hay una constelación de vergüenza: aquí me oriné en tercer grado;
aquí me vine viendo a una de mis primas dormir; aquí me masturbé
mirando por un hueco en la secundaria…
El
frío de la madrugada se te mete en los huesos. Tu amiga está ahí,
tiesa como la estatua de un ángel, pero metida en un sarcófago de
mierda. Tu única amiga de la escuela primaria y de la secundaria. No
puedes dejar de pensar que es tan solo una niña de catorce años.
Una virgen que Dios se llevó por culpa de un puto cáncer que no
logras comprender. La miras a través del vidrio que cubre la caja
fúnebre, queriendo memorizar su cara, esa cara perfecta y esos
labios que tú mismo cubriste de creyón carmesí. Este es el segundo
velorio de tus infelices quince años, pero juras que será el
último.
Sus
padres no se despegan del ataúd, como si con su presencia pudieran
evitar que alguien le joda el sueño a su única hija. Ni siquiera
lloran, esos hijos de puta. Llevan horas así: petrificados al lado
del cadáver. Tú te tragas el llanto mientras casi todos alrededor
berrean como perros apaleados.
Sales
de la casa porque ya no aguantas más, y en el patio alguien te
muestra una botella del ron más infame del mundo y te ofrece un
cigarrillo. Le das una chupada al cigarro hasta que te quema los
pulmones, ahí se te escapa el llanto que llevabas guardado. Te
empinas otra vez y bebes hasta que te arde la garganta, y la botella
queda tan vacía como supones que debe estar tu corazón. Toses,
escupes y enciendes con dificultad otro cigarro, porque no paras de
temblar, como si estuvieras muriendo de frío. A las nueve de la
mañana es el entierro, eso dicen, pero los gallos ya comienzan a
cantar, felices, como si la vida no fuera una mierda. Quieres
degollarlos, reventarlos a patadas, prenderles fuego a sus plumas
para que nunca más jodan con su latoso concierto matutino. Quisieras
viajar en el tiempo, coño, regresar a cuando ella reía y cantaba
esa canción de Selena que te partía en mil fragmentos imposibles de
recomponer: “Como la flor, con tanto amor, me diste tú”. Cierras
los ojos y puedes escucharla; cojones, hasta crees sentir sus brazos
abrazándote mientras bailan. Y te perdona, claro; te perdona porque
esa niña buena siempre te perdonaría… aunque tú no tuviste los
cojones suficientes para ir a verla, para mirarla a los ojos cuando
se moría en el hospital.
Regreso
a casa después de haber bebido un poco de ron barato que logré
conseguir en Chaparra. Las paredes lucen enfermas de cáncer y me
parece que el techo se deshace como un pedazo de pan viejo. En la
vieja radio soviética gruñe “November Rain” de Guns N' Roses.
Me acuesto en mi cama, que es un desastre: mis sábanas sucias, mi
almohada rota, un desteñido libro de Rilke y sus ángeles, otro de
José Martí y sus “Versos sencillos”. Enciendo un cigarrillo y
lanzo los libros a un rincón donde reposa el resto en absoluto
desorden; también mis cuadernos de Español-Literatura y mi
manuscrito, esta intentona literaria de mierda. Mientras me susurro
promesas, observo la llama en la fosforera: “Hoy sí, hoy sí le
prendo candela a toda esta pinga”. En cambio termino desnudo,
besando el piso de cemento mientras me hago pequeños cortes en los
muslos, donde nadie pueda verlos. Quiero saber cuánta sangre se
necesita para pintar un pájaro que de verdad pueda volar.
Luego
lo escribo todo en el puto manuscrito, este añejo cuaderno de la
escuela primaria. Un cuaderno lleno de pajaritos y cubierto del mismo
color que tienen esos vinos de quinta que se beben en los velorios,
tratando de ignorar el hedor de la mezcla del formol y las flores.

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