domingo, 16 de agosto de 2026

Reminiscencias......Maikel Sofiel Ramírez Cruz

Para mi primo Miguelito, QEPD

Foto: Tatiana
En la escuela primaria te dicen “Maikelita”. Casi todas las mañanas es lo mismo: te arrebatan la merienda, te esconden la bicicleta, te despojan de la ropa en el baño, te escupen y te empujan. Un maestro sonríe. Nadie detiene la mano que escribe “MARICÓN” en tu espalda con tiza morada, letra por letra, mientras memorizas cada grieta del piso.
          Pero hay una niña gordita y fea —la de la falda desteñida y sucia— que dibuja pajaritos en tus cuadernos. Lo sabes porque sus trazos son frágiles, lo sabes porque la viste hacerlo, aunque trató de disimular cuando entraste al aula. Entonces, un día a la hora del recreo te quitas el short y se la enseñas detrás del baño, cerca del refugio. Quieres que te ayude a volar. En vez de eso, llora y corre a quejarse con el director.
          Al día siguiente, tus padres te azotaron frente a todos en el portal de la escuela. Todos rieron; todos menos tú, que solo lloraste y te tragaste los mocos.


El verano te huele a mierda bajo las uñas. Las vacaciones, esa época del año en que los primos invaden tu casa en El Tejar. Cinco primos, siete, ¿quién cuenta los cuerpos cuando se amontonan como animales en colchonetas manchadas de orín? En la casa se respira esa mezcla de hedores mientras juegan a la guerra con arcos de palo bronco o a medirse las pingas, para ver quién la tiene más grande y gorda; pero siempre pierdes porque eres el menor y porque siempre estás asustado, entonces la tuya no crece como las de los demás. Mary, la mayor de tus primas, tiene quince años y parece un ángel. Ella es la jueza. Tú tienes trece recién cumplidos.


Saliste a pescar una nublada mañana de noviembre con tu primo Miguelito. Utilizaron lombrices de tierra como carnada, de esas que abundan en el fango bajo los fregaderos de las casas de campo. Comenzaron cerca de la represa y bordearon la ribera del río Chaparra sin éxito, pero en el Paso de las Piedras, él atrapó una tilapia enorme que colocaron en la ensarta. Más adelante, donde el río traza una gran curva y confluye con una cañada, tampoco picó nada, así que decidieron avanzar río arriba.
          Llegaron hasta el añejo cedro que, caprichosamente, se erguía en la orilla, desafiando crecidas y huracanes. El árbol servía de poste para una cerca de matacallos. Tras lanzar las cañas de pescar al otro lado, cruzaste primero agarrándote del tronco. Sin embargo, cuando tu primo intentó seguirte, sufrió un ataque de epilepsia y cayó al agua. Te quedaste inmóvil, viéndolo hundirse hasta desaparecer en las profundidades. Dudaste en ayudarlo, no sólo por miedo a ahogarte, sino porque sabías que durante esos ataques, él se aferraba a todo con fuerza inhumana. Por fin gritaste y corriste a casa en busca de ayuda.
          Al llegar, todos salieron corriendo hacia el río y se lanzaron al agua. “¿Fue aquí, Maikel?”, preguntaban, pero tú permanecías mudo. Solo observaste desde la orilla, incapaz de actuar, mientras se sumergían una y otra vez. “¡Lo encontré! ¡Coño… lo encontré!”, gritó después de un rato alguien cuyo rostro ya no recuerdas. Tu primo se había aferrado a las raíces del cedro, ya sin vida, como si sus manos fueran parte del árbol. Forcejearon un buen rato para sacarlo. Cuando por fin lo consiguieron, viste su cuerpo delgado, inerte, helado y rígido; entonces, temblando por el frío y el miedo, sentiste correr por tus piernas la orina caliente. Miraste hacia el cielo: las nubes parecían formar un enorme pez que te observaba. Entre tanto, familiares y vecinos se alejaban con el cadáver a cuestas.
          Esa noche una multitud se reunió en el velorio. Había tanta gente que muchos no tuvieron más opción que agruparse fuera de la casa, bajo la incesante llovizna que caía desde el amanecer. Unos lloraban; otros hablaban en susurros, como si temieran despertar al difunto.
          En algún momento, alguien te ofreció un cigarrillo y un trago de aguardiente. Bebiste un poco y fumaste como un adicto en abstinencia. Tu prima Mary consiguió un poco de vino y lo compartió contigo en un oscuro rincón del traspatio. Luego, te arrastró hacia el baño, esa habitación infernal donde el sudor se mezclaba con el moho. “Mira esto, pájaro de mierda”, susurró, mientras fumaba y te pasaba un cigarrillo para que también fumaras. Se levantó la blusa y mostró sus senos incipientes. Abrió el cierre del short y se lo quitó lentamente. Te quedaste paralizado cuando tomó tu mano y la guió entre sus piernas. “Esto es lo que hacen los hombres de verdad”, dijo. Sus pechos eran diminutos. Te obligó a chuparle un pezón, a introducir tus dedos en su vagina y a rozarla con tu pinga, que se había puesto bien dura y había crecido muchísimo. Mojó su mano con saliva y te la acarició. Un escalofrío te recorrió, como un calambre riquísimo. Aprendiste a eyacular ese día: el placer es un piñazo en la panza que te dejó jadeando en el piso. Mientras los adultos lloraban en el patio y tú te tragabas el miedo, ella se bebió tu semen.
          Te fuiste medio asustado y te arrinconaste en la sala, cerraste los ojos, temblando: la escena del río se repetía en un bucle interminable. Al abrir los ojos, miraste hacia el féretro. Te acercaste despacio. Un hedor a formol y flores inundaba la habitación. Creíste ver una leve sonrisa en el rostro de tu primo. Lo observaste en silencio, sin fuerzas para llorar. Entonces, te pareció escuchar su voz desde algún lugar: “No eres más que un cobarde, Maikel… Un cobarde, cojones”.


Descubro la pornografía en el reproductor VHS de un tío abuelo que vive en Chaparra y alguna vez viajó a los Estados Unidos. Mujeres que chillan como gatas ruinas, hombres de pechos peludos partiendo vaginas y culos como calabazas maduras. En El Tejar practico con una ternera, luego con una yegua; incluso con una gallina que encerré en el baño, porque ninguna muchacha se fijaba en mí con mi cara repleta de granos que parecía un guayo. Mi madre me sorprendió en una ocasión con la gallina medio muerta, pegó un grito y corrió como loca.
          Colecciono cuchillos oxidados bajo el colchón. Sueño con degollar al profesor de matemáticas mientras habla y habla como un papagayo y nadie le presta atención; fantaseo con violar a la directora encima de su buró lleno de papeleo y expedientes, violarla ahí mismo en su oficina ante la mirada de los héroes y los mártires de la independencia nacional que cuelgan en las paredes. Pero cada mañana me trago las fantasías de camino al aula con las manos en los bolsillos, tocándome a través de la tela en busca del éxtasis.
          Me han sorprendido masturbándome en el baño de la escuela; espiando por un agujero hacia el sanitario de las muchachitas; observando cómo se quitan la falda y escuchando el sonido del orine cuando cae en la taza. Citan a mis padres y algunos alumnos murmuran en los pasillos: “Miren, ese es el pajizo”. Puedo escucharlos, no sé cómo, pero lo sé porque todos me observan con esa mirada de asco. Sobre mi piel hay una constelación de vergüenza: aquí me oriné en tercer grado; aquí me vine viendo a una de mis primas dormir; aquí me masturbé mirando por un hueco en la secundaria…


El frío de la madrugada se te mete en los huesos. Tu amiga está ahí, tiesa como la estatua de un ángel, pero metida en un sarcófago de mierda. Tu única amiga de la escuela primaria y de la secundaria. No puedes dejar de pensar que es tan solo una niña de catorce años. Una virgen que Dios se llevó por culpa de un puto cáncer que no logras comprender. La miras a través del vidrio que cubre la caja fúnebre, queriendo memorizar su cara, esa cara perfecta y esos labios que tú mismo cubriste de creyón carmesí. Este es el segundo velorio de tus infelices quince años, pero juras que será el último.
          Sus padres no se despegan del ataúd, como si con su presencia pudieran evitar que alguien le joda el sueño a su única hija. Ni siquiera lloran, esos hijos de puta. Llevan horas así: petrificados al lado del cadáver. Tú te tragas el llanto mientras casi todos alrededor berrean como perros apaleados.
          Sales de la casa porque ya no aguantas más, y en el patio alguien te muestra una botella del ron más infame del mundo y te ofrece un cigarrillo. Le das una chupada al cigarro hasta que te quema los pulmones, ahí se te escapa el llanto que llevabas guardado. Te empinas otra vez y bebes hasta que te arde la garganta, y la botella queda tan vacía como supones que debe estar tu corazón. Toses, escupes y enciendes con dificultad otro cigarro, porque no paras de temblar, como si estuvieras muriendo de frío. A las nueve de la mañana es el entierro, eso dicen, pero los gallos ya comienzan a cantar, felices, como si la vida no fuera una mierda. Quieres degollarlos, reventarlos a patadas, prenderles fuego a sus plumas para que nunca más jodan con su latoso concierto matutino. Quisieras viajar en el tiempo, coño, regresar a cuando ella reía y cantaba esa canción de Selena que te partía en mil fragmentos imposibles de recomponer: “Como la flor, con tanto amor, me diste tú”. Cierras los ojos y puedes escucharla; cojones, hasta crees sentir sus brazos abrazándote mientras bailan. Y te perdona, claro; te perdona porque esa niña buena siempre te perdonaría… aunque tú no tuviste los cojones suficientes para ir a verla, para mirarla a los ojos cuando se moría en el hospital.


Regreso a casa después de haber bebido un poco de ron barato que logré conseguir en Chaparra. Las paredes lucen enfermas de cáncer y me parece que el techo se deshace como un pedazo de pan viejo. En la vieja radio soviética gruñe “November Rain” de Guns N' Roses. Me acuesto en mi cama, que es un desastre: mis sábanas sucias, mi almohada rota, un desteñido libro de Rilke y sus ángeles, otro de José Martí y sus “Versos sencillos”. Enciendo un cigarrillo y lanzo los libros a un rincón donde reposa el resto en absoluto desorden; también mis cuadernos de Español-Literatura y mi manuscrito, esta intentona literaria de mierda. Mientras me susurro promesas, observo la llama en la fosforera: “Hoy sí, hoy sí le prendo candela a toda esta pinga”. En cambio termino desnudo, besando el piso de cemento mientras me hago pequeños cortes en los muslos, donde nadie pueda verlos. Quiero saber cuánta sangre se necesita para pintar un pájaro que de verdad pueda volar.
          Luego lo escribo todo en el puto manuscrito, este añejo cuaderno de la escuela primaria. Un cuaderno lleno de pajaritos y cubierto del mismo color que tienen esos vinos de quinta que se beben en los velorios, tratando de ignorar el hedor de la mezcla del formol y las flores. 


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