jueves, 30 de abril de 2026

Dolores de parto......Maikel Sofiel Ramírez Cruz

Foto: Oleksandr ShyshkoAntigua
ambulancia soviética en la calle (Drohobych)

Yuri amaneció con dolores en la panza; dice mi suegra que son dolores de parto. No entiendo muy bien qué pasa, porque todavía no cumple los nueve meses. Tiene las piernas entumecidas, dice que no puede caminar y que también le duele mucho la cabeza. Me pongo la ropa con prisa y no me lavo ni la cara ni la boca. Echo dentro de un maletín unas cuantas cosas, agarro además un cubo y un calentador de agua criollo, y con mucho cuidado logramos subirla a un coche de caballos para llegar al hospital. De inmediato, una enfermera la acompaña a una consulta y, mientras un doctor la examina, llaman a una ambulancia para trasladarla con urgencia al hospital de Puerto Padre. Sin embargo, como no me dicen nada y demora un poco en aparecer, salgo a fumarme un cigarro. Justo cuando boto la colilla, veo acercarse el vehículo a toda velocidad; es un viejo aparato soviético que realmente luce arruinado, como si se fuera a desarmar en cualquier momento.

           Los médicos traen a Yuri y la recuestan en la camilla. Me siento a su lado y sostengo una de sus manos; tiene la cara enrojecida y hace miles de muecas a causa del dolor. Está maldiciendo y quejándose de todo: de los baches, del aire frío que se cuela por la ventanilla y de mí, por haberla embarazado. Entre sus piernas, la bata está manchada de sangre; se toca la panza y se queja. La enfermera que viaja con nosotros le dice que tiene que calmarse, poner de su parte y portarse bien, porque a los médicos no les gustan las madres que se ponen groseras durante el parto. Pero mi novia parece no escucharla y continúa maldiciendo a Dios, a los santos, a todo, incluso al país.
        A pesar de estar vieja y destartalada, la ambulancia llega rápido a su destino. Entran por una puerta enorme con la camilla; trato de seguirlos, pero alguien me detiene y dice que debo esperar afuera. Salgo y enciendo un cigarro, fumo mientras miro a todas partes. No entiendo por qué me han dejado ahí; quisiera estar con ella, acompañarla y ayudar en lo que necesite. Ya amaneció, pero el sol no sale con toda su energía; desde hace un par de días, entró un frente frío y la temperatura se ha mantenido así: baja y agradable. La mañana está particularmente gris, un poco triste.
          Enciendo otro cigarro, miro mis pies, mis zapatos, y entonces me doy cuenta de que voy vestido con la ropa de trabajo: un pantalón horrible, desgastado y con manchas de grasa, y una camisa de mezclilla azul claro, también desteñida. Hoy no tenía que ir a trabajar; parece que, con el apuro, no me di cuenta de lo que hacía…
         Mi padre aparece con mi madre y mis suegros. Caminan hacia mí con prisa y me preguntan cómo va todo. Me encojo de hombros, enciendo otro cigarro, señalo la puerta y les digo que no me dejaron pasar, que no sé nada. Mi madre va hasta allá. Puedo ver cómo agita las manos; se nota que está molesta. Aunque no oigo bien lo que dice, alcanzo a escuchar que le grita hijo de puta y comepinga a un custodio que permanece inmutable frente a ella, con los brazos cruzados. Mi padre va de inmediato a averiguar qué pasa, pero termina contagiado por el calor de la discusión que parece no acabar. Bajo la cabeza, les doy la espalda y enciendo otro cigarro…
          Por fin nos dejan entrar a un pequeño salón que está al otro extremo de un sinfín de pasillos idénticos. El único mueble que hay es un viejo banco de madera despintado y roto, en el que es imposible sentarse. El banco está tan destruido como el hospital, tan roto como los cristales de las ventanas y las puertas, tan decadente como la ciudad y el país. Supongo que transcurren horas mientras recorro una y otra vez los pocos metros que separan las paredes. Tengo deseos de fumarme un cigarro, pero ya me sorprendió un enfermero y me sermoneó exaltado y molesto. No me gusta que me regañen como si fuera un niño, así que mejor me aguanto las ganas.
          Una puerta se abre y de ella sale un hombre con cara de quien es portador de malas noticias. Me acerco y presto atención; todos nos acercamos. Dice que debemos estar preparados; aunque están haciendo todo lo posible por salvarla, por desgracia, el bebé no pudo sobrevivir a la falta de oxígeno debido al desprendimiento de la placenta… Escucho la voz del doctor como un eco lejano; me parece que dice algo sobre la presión arterial y una preclamsia o algo así. No sé qué más dice; a pesar de que gesticula y sus labios se siguen moviendo, ya no oigo nada.
            Cojone, todo se jodió, se fue a la mierda.
            Mi madre llora y me abraza.
            Mi padre se queda boquiabierto frente a nosotros.
        Las paredes comienzan a moverse, junto con el banco de madera y el techo. Todo da vueltas a mi alrededor sin detenerse, y alguien apaga las luces o de repente se hace de noche... De pronto, estoy durmiendo profundamente en mi cama en El Tejar. Lo que no entiendo es cómo puedo estar dormido y al mismo tiempo verme sobre la cama. Tampoco entiendo por qué las sábanas no están húmedas a pesar de que me estoy meando. Puedo sentir lo cálido de mi orín corriendo entre mis muslos, mojándolo todo; incluso puedo ver cómo sonrío mientras lo hago.
         Mi padre me despierta sacudiéndome por los hombros. Abro los ojos; puedo ver que luce disgustado, está vestido con ropa de trabajo y es bien temprano, porque los gallos no paran de cantar. Me observa tercamente con ojos inquisidores, llenos de enojo; luego se seca unas lágrimas del rostro y se va. 

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