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Foto: Oleksandr Shyshko, Antigua ambulancia soviética en la calle (Drohobych) |
Yuri amaneció con dolores en la
panza; dice mi suegra que son dolores de parto. No entiendo muy bien
qué pasa, porque todavía no cumple los nueve meses. Tiene las
piernas entumecidas, dice que no puede caminar y que también le
duele mucho la cabeza. Me pongo la ropa con prisa y no me lavo ni la
cara ni la boca. Echo dentro de un maletín unas cuantas cosas,
agarro además un cubo y un calentador de agua criollo, y con mucho
cuidado logramos subirla a un coche de caballos para llegar al
hospital. De inmediato, una enfermera la acompaña a una consulta y,
mientras un doctor la examina, llaman a una ambulancia para
trasladarla con urgencia al hospital de Puerto Padre. Sin embargo,
como no me dicen nada y demora un poco en aparecer, salgo a fumarme
un cigarro. Justo cuando boto la colilla, veo acercarse el vehículo
a toda velocidad; es un viejo aparato soviético que realmente luce
arruinado, como si se fuera a desarmar en cualquier momento.
Los
médicos traen a Yuri y la recuestan en la camilla. Me siento a su
lado y sostengo una de sus manos; tiene la cara enrojecida y hace
miles de muecas a causa del dolor. Está maldiciendo y quejándose de
todo: de los baches, del aire frío que se cuela por la ventanilla y
de mí, por haberla embarazado. Entre sus piernas, la bata está
manchada de sangre; se toca la panza y se queja. La enfermera que
viaja con nosotros le dice que tiene que calmarse, poner de su parte
y portarse bien, porque a los médicos no les gustan las madres que
se ponen groseras durante el parto. Pero mi novia parece no
escucharla y continúa maldiciendo a Dios, a los santos, a todo,
incluso al país.
A
pesar de estar vieja y destartalada, la ambulancia llega rápido a su
destino. Entran por una puerta enorme con la camilla; trato de
seguirlos, pero alguien me detiene y dice que debo esperar afuera.
Salgo y enciendo un cigarro, fumo mientras miro a todas partes. No
entiendo por qué me han dejado ahí; quisiera estar con ella,
acompañarla y ayudar en lo que necesite. Ya amaneció, pero el sol
no sale con toda su energía; desde hace un par de días, entró un
frente frío y la temperatura se ha mantenido así: baja y agradable.
La mañana está particularmente gris, un poco triste.
Enciendo
otro cigarro, miro mis pies, mis zapatos, y entonces me doy cuenta de
que voy vestido con la ropa de trabajo: un pantalón horrible,
desgastado y con manchas de grasa, y una camisa de mezclilla azul
claro, también desteñida. Hoy no tenía que ir a trabajar; parece
que, con el apuro, no me di cuenta de lo que hacía…
Mi
padre aparece con mi madre y mis suegros. Caminan hacia mí con prisa
y me preguntan cómo va todo. Me encojo de hombros, enciendo otro
cigarro, señalo la puerta y les digo que no me dejaron pasar, que no
sé nada. Mi madre va hasta allá. Puedo ver cómo agita las manos;
se nota que está molesta. Aunque no oigo bien lo que dice, alcanzo a
escuchar que le grita hijo de puta y comepinga a un custodio que
permanece inmutable frente a ella, con los brazos cruzados. Mi padre
va de inmediato a averiguar qué pasa, pero termina contagiado por el
calor de la discusión que parece no acabar. Bajo la cabeza, les doy
la espalda y enciendo otro cigarro…
Por
fin nos dejan entrar a un pequeño salón que está al otro extremo
de un sinfín de pasillos idénticos. El único mueble que hay es un
viejo banco de madera despintado y roto, en el que es imposible
sentarse. El banco está tan destruido como el hospital, tan roto
como los cristales de las ventanas y las puertas, tan decadente como
la ciudad y el país. Supongo que transcurren horas mientras recorro
una y otra vez los pocos metros que separan las paredes. Tengo deseos
de fumarme un cigarro, pero ya me sorprendió un enfermero y me
sermoneó exaltado y molesto. No me gusta que me regañen como si
fuera un niño, así que mejor me aguanto las ganas.
Una
puerta se abre y de ella sale un hombre con cara de quien es portador
de malas noticias. Me acerco y presto atención; todos nos acercamos.
Dice que debemos estar preparados; aunque están haciendo todo lo
posible por salvarla, por desgracia, el bebé no pudo sobrevivir a la
falta de oxígeno debido al desprendimiento de la placenta… Escucho
la voz del doctor como un eco lejano; me parece que dice algo sobre
la presión arterial y una preclamsia o algo así. No sé qué más
dice; a pesar de que gesticula y sus labios se siguen moviendo, ya no
oigo nada.
Cojone,
todo se jodió, se fue a la mierda.
Mi
madre llora y me abraza.
Mi
padre se queda boquiabierto frente a nosotros.
Las
paredes comienzan a moverse, junto con el banco de madera y el techo.
Todo da vueltas a mi alrededor sin detenerse, y alguien apaga las
luces o de repente se hace de noche... De pronto, estoy durmiendo
profundamente en mi cama en El Tejar. Lo que no entiendo es cómo
puedo estar dormido y al mismo tiempo verme sobre la cama. Tampoco
entiendo por qué las sábanas no están húmedas a pesar de que me
estoy meando. Puedo sentir lo cálido de mi orín corriendo entre mis
muslos, mojándolo todo; incluso puedo ver cómo sonrío mientras lo
hago.
Mi
padre me despierta sacudiéndome por los hombros. Abro los ojos;
puedo ver que luce disgustado, está vestido con ropa de trabajo y es
bien temprano, porque los gallos no paran de cantar. Me observa
tercamente con ojos inquisidores, llenos de enojo; luego se seca unas
lágrimas del rostro y se va.
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