Finalista del V Concurso Internacional “Litteratura” de Relato
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| Foto: Fuente de cerámica Ruiz de Luna (Hospital Español, Rosario) |
Estamos sentados en un banco en el patio del Hospital Español, a pesar de que el día es fresco. La sala de espera de la guardia está repleta y el aire se vuelve irrespirable. En el patio, sobresale una fuente de agua. El inmueble ocupa toda la manzana. Anexado al edificio antiguo, hay una parte nueva que todavía está en construcción. Pasan las horas y todavía no le asignan una habitación a Néstor.
Cuando
bajó de la ambulancia, alcanzamos a verlo, estaba despierto.
—Quedate
tranquilo, viejo, que vas a estar bien, estás en el hospital —dijo
José con un nudo en la garganta.
Yo
alcancé a acariciarle la cabeza —los hombres de esta familia
tienen una cabellera envidiable—, y le susurré en el oído:
“Néstor, estamos acá para que se recupere”. Lo trato de usted
desde que nos conocemos, hace unos quince años. A Tita, mi suegra,
también la trato de usted.
Mis
hernias comienzan a manifestarse y el dolor me despierta de la
duermevela. No puedo estar mucho tiempo parada, no puedo estar mucho
tiempo sentada. Lo mejor es el movimiento. Me paro y comienzo a
caminar por el patio. La fuente es realmente bella, además de
enorme. El mismo estilo tiene la Fuente de los Españoles que está
en el Parque Independencia, de cerámica esmaltada de color azul y
amarillo. La fuente del Hospital está coronada por cuatro leones, de
mirada intimidante, en lo alto, en cada una de las esquinas, que
parecen resguardar el lugar. No tiene agua. En este Hospital nació
mi sobrino hace seis años, lo recuerdo cuando veo pasar a un bebé
recién nacido en brazos del padre. Sé que es una nena porque está
envuelta en una manta tejida de color rosa. Supongo que la
abuela o una tía la tejió. La madre camina despacio a su lado.
Recién
parida,
pienso.
—Felicitaciones
—digo, y me asombro a mí misma. No soy de hablar mucho con
extraños, pero me enternece la imagen y la asociación que acabo de
hacer con el recuerdo de mi sobrino. Los dos me sonríen, orgullosos.
Busco
información sobre la fuente en internet para entretenerme mientras
esperamos: “La fuente está realizada con cerámica de Talavera de
la Reina (Toledo, España). Se realizó en el año 1928, en el taller
de cerámica de Ruiz de Luna.” Néstor nació en 1927, un año
antes de la donación de la fuente de los hermanos García al
Hospital. Tal vez no saqué bien las cuentas, la fuente es, ante mis
ojos, antiquísima, de un tiempo remoto, ¿de esa misma época es
Néstor? Me doy cuenta de que son muchos años: la fuente puede ser
imperecedera, pero Néstor no, como ninguno de nosotros.
Nos
vamos una vez que llegó la cuidadora nocturna, cerca de las doce de
la noche. Néstor todavía está en la guardia, en algún momento lo
pasarán a la habitación. Derrotados, salimos camino al auto.
Néstor
está inquieto, a pesar del accidente cerebrovascular, está lúcido,
y tal vez eso, la lucidez, en este momento sería mejor perderla.
Tiene sed. Le ataron la mano derecha a la cama —el ataque fue del
lado izquierdo, por lo que esa mano está inutilizada— porque se
arrancó la sonda gástrica.
—Néstor,
tiene que portarse bien, así nos vamos —le susurro y le vuelvo a
acariciar el pelo.
—¿Nos
vamos? —me pregunta con la voz entrecortada y apenas audible.
—Nos
vamos cuando los médicos puedan curarlo —le digo. No se me ocurre
otra cosa. Pienso que de una manera u otra nos vamos a ir del
hospital. Que volverá al geriátrico donde está internado desde
hace
un año. Con algo más de frialdad, la resolución será la que
dicten la ley de la vida, y de la muerte. Creo que está cansado, al
igual que su cuerpo, que no parece estar dispuesto a reponerse del
ataque.
—¿Mañana?
—me pregunta, y me parte el alma.
—Mañana
no, tal vez pasado mañana —sentencio.
—Me
quiero ir, tengo sed —alcanza a decir con una claridad cruel.
Entiende todo, no hay que explicarle nada.
Paso
mucho tiempo en el pasillo central, en el ingreso del pasillo que
conduce a las habitaciones. Casi el límite entre el edificio antiguo
—muy bien mantenido— y el nuevo. Como en forma de espejo, hay
otro patio del otro lado. Estoy sentada en el medio, a la izquierda
el patio con la fuente y hacia la derecha el patio en la zona en
construcción. Han decidido hacer de vidrio la pared que da al patio
y la luz exterior pasa a través del vidrio e ilumina el piso y las
paredes blancas. Desde donde estoy sentada, veo el patio y el banco
donde estuvimos sentados ayer en el ingreso a la guardia. Hacia ese
lado, la luminosidad es más nítida. Hago ejercicios de estiramiento
en el pasillo del hospital y camino, con algo de temor –solo veo
albañiles en ese sector—, hacia la parte en construcción. No hay
una fuente en ese patio, han sabido fusionar lo antiguo con lo
moderno con muy buen gusto. Las luces están apagadas, todo lo
ilumina la luz natural. Ahora entiendo por qué tanto vidrio.
Mientras
camino por ese sector desolado, no puedo dejar de pensar en Néstor y
en la crueldad de los últimos años de vida del ser humano. El
médico, cuando nos da los informes, usa en repetidas ocasiones la
frase “pacientes añosos”, como si hubiera entre todos los
pacientes síntomas en común que son datos para tener en cuenta,
advertencias sobre el desarrollo de los procedimientos en estos
casos. Reparto mi tiempo de espera sentada en el banco o deambulando
en el sector en construcción.
Al
mediodía, el ajetreo es impresionante: camilleros, enfermeros,
personal de limpieza, familiares. Entran y salen del pasillo que da a
las habitaciones.
Pasan
mujeres con bolsos y abrigos en la mano, familiares con flores,
cuidadoras que han pasado la noche acá: las delatan los neceseres.
Cruza
un enfermero joven tarareando una canción. Es viernes, tal vez hoy a
la noche sale. Sólo
logro entender la palabra fiesta.
En
el banco de enfrente, conversan dos cuidadoras. Por momentos sus
voces me adormecen. Entrecierro los ojos, este ir y venir de casa al
hospital, del hospital al trabajo, del trabajo al hospital y de nuevo
a casa va agotando nuestras fuerzas. Esperamos lo inevitable, y la
espera es demasiado larga, para Néstor y para nosotros, que vamos
perdiendo las esperanzas.
No
sé qué hay al final del pasillo –pienso en la vida—, más allá
del patio sin fuente. Es una incógnita más, como el resto de las
incertidumbres que nos rodean estos días. Decido revelar el misterio
y me encamino hacia el final, donde la luz se vuelve apenas
perceptible.
*
Nació
en Villa Libertador San Martín (Entre Ríos, Argentina)
en 1975. Al año su familia se mudó a Rosario, donde reside
actualmente. Estudió Letras en la Universidad
Nacional
de Rosario.
Trabaja hace más de veinte
años en una editorial de la ciudad, organizando eventos culturales,
congresos y capacitaciones dirigidas a docentes de todos los niveles
educativos. Por encima
de
todas las cosas, se
considera
lectora. Durante la pandemia, colaboró en el diario Rosario
12 (Suplemento
local de Página
12)
con recomendaciones de libros. Durante dos años, participó
en
el
taller literario virtual de Mariano
Quirós.
A
pesar de escribir desde hace muchos años, nunca publicó
sus propios textos, y
nosotros queremos animarla a que lo haga.
Finalista del
V
Concurso Internacional “Litteratura” de Relato.

Un relato que transmite con realismo la espera de lo inevitable. Muy buen relato.
ResponderEliminarSAludos.
¡¡Muchas gracias de parte de la autora, Manuela!!!
EliminarSaludos cordiales