miércoles, 10 de diciembre de 2025

Al final del pasillo......Silvia Gretel Otero*

Finalista del V Concurso Internacional Litteratura de Relato  

Foto: Fuente de cerámica Ruiz de Luna (Hospital Español, Rosario)

Estamos sentados en un banco en el patio del Hospital Español, a pesar de que el día es fresco. La sala de espera de la guardia está repleta y el aire se vuelve irrespirable. En el patio, sobresale una fuente de agua. El inmueble ocupa toda la manzana. Anexado al edificio antiguo, hay una parte nueva que todavía está en construcción. Pasan las horas y todavía no le asignan una habitación a Néstor.

Cuando bajó de la ambulancia, alcanzamos a verlo, estaba despierto. 
Quedate tranquilo, viejo, que vas a estar bien, estás en el hospital —dijo José con un nudo en la garganta.
Yo alcancé a acariciarle la cabeza —los hombres de esta familia tienen una cabellera envidiable—, y le susurré en el oído: “Néstor, estamos acá para que se recupere”. Lo trato de usted desde que nos conocemos, hace unos quince años. A Tita, mi suegra, también la trato de usted.
Mis hernias comienzan a manifestarse y el dolor me despierta de la duermevela. No puedo estar mucho tiempo parada, no puedo estar mucho tiempo sentada. Lo mejor es el movimiento. Me paro y comienzo a caminar por el patio. La fuente es realmente bella, además de enorme. El mismo estilo tiene la Fuente de los Españoles que está en el Parque Independencia, de cerámica esmaltada de color azul y amarillo. La fuente del Hospital está coronada por cuatro leones, de mirada intimidante, en lo alto, en cada una de las esquinas, que parecen resguardar el lugar. No tiene agua. En este Hospital nació mi sobrino hace seis años, lo recuerdo cuando veo pasar a un bebé recién nacido en brazos del padre. Sé que es una nena porque está envuelta en una manta tejida de color rosa.  Supongo que la abuela o una tía la tejió. La madre camina despacio a su lado. Recién parida, pienso.
Felicitaciones —digo, y me asombro a mí misma. No soy de hablar mucho con extraños, pero me enternece la imagen y la asociación que acabo de hacer con el recuerdo de mi sobrino. Los dos me sonríen, orgullosos.
Busco información sobre la fuente en internet para entretenerme mientras esperamos: “La fuente está realizada con cerámica de Talavera de la Reina (Toledo, España). Se realizó en el año 1928, en el taller de cerámica de Ruiz de Luna.”  Néstor nació en 1927, un año antes de la donación de la fuente de los hermanos García al Hospital. Tal vez no saqué bien las cuentas, la fuente es, ante mis ojos, antiquísima, de un tiempo remoto, ¿de esa misma época es Néstor? Me doy cuenta de que son muchos años: la fuente puede ser imperecedera, pero Néstor no, como ninguno de nosotros.
Nos vamos una vez que llegó la cuidadora nocturna, cerca de las doce de la noche. Néstor todavía está en la guardia, en algún momento lo pasarán a la habitación. Derrotados, salimos camino al auto.
Néstor está inquieto, a pesar del accidente cerebrovascular, está lúcido, y tal vez eso, la lucidez, en este momento sería mejor perderla. Tiene sed. Le ataron la mano derecha a la cama —el ataque fue del lado izquierdo, por lo que esa mano está inutilizada— porque se arrancó la sonda gástrica.
Néstor, tiene que portarse bien, así nos vamos —le susurro y le vuelvo a acariciar el pelo.
¿Nos vamos? —me pregunta con la voz entrecortada y apenas audible.
Nos vamos cuando los médicos puedan curarlo —le digo. No se me ocurre otra cosa. Pienso que de una manera u otra nos vamos a ir del hospital. Que volverá al geriátrico donde está internado desde hace un año. Con algo más de frialdad, la resolución será la que dicten la ley de la vida, y de la muerte. Creo que está cansado, al igual que su cuerpo, que no parece estar dispuesto a reponerse del ataque.
¿Mañana? —me pregunta, y me parte el alma.
Mañana no, tal vez pasado mañana —sentencio.
Me quiero ir, tengo sed —alcanza a decir con una claridad cruel. Entiende todo, no hay que explicarle nada.
Paso mucho tiempo en el pasillo central, en el ingreso del pasillo que conduce a las habitaciones. Casi el límite entre el edificio antiguo —muy bien mantenido— y el nuevo. Como en forma de espejo, hay otro patio del otro lado. Estoy sentada en el medio, a la izquierda el patio con la fuente y hacia la derecha el patio en la zona en construcción. Han decidido hacer de vidrio la pared que da al patio y la luz exterior pasa a través del vidrio e ilumina el piso y las paredes blancas. Desde donde estoy sentada, veo el patio y el banco donde estuvimos sentados ayer en el ingreso a la guardia. Hacia ese lado, la luminosidad es más nítida. Hago ejercicios de estiramiento en el pasillo del hospital y camino, con algo de temor –solo veo albañiles en ese sector—, hacia la parte en construcción. No hay una fuente en ese patio, han sabido fusionar lo antiguo con lo moderno con muy buen gusto. Las luces están apagadas, todo lo ilumina la luz natural. Ahora entiendo por qué tanto vidrio.
Mientras camino por ese sector desolado, no puedo dejar de pensar en Néstor y en la crueldad de los últimos años de vida del ser humano. El médico, cuando nos da los informes, usa en repetidas ocasiones la frase “pacientes añosos”, como si hubiera entre todos los pacientes síntomas en común que son datos para tener en cuenta, advertencias sobre el desarrollo de los procedimientos en estos casos. Reparto mi tiempo de espera sentada en el banco o deambulando en el sector en construcción.
Al mediodía, el ajetreo es impresionante: camilleros, enfermeros, personal de limpieza, familiares. Entran y salen del pasillo que da a las habitaciones. Pasan mujeres con bolsos y abrigos en la mano, familiares con flores, cuidadoras que han pasado la noche acá: las delatan los neceseres. Cruza un enfermero joven tarareando una canción. Es viernes, tal vez hoy a la noche sale. Sólo logro entender la palabra fiesta.
En el banco de enfrente, conversan dos cuidadoras. Por momentos sus voces me adormecen. Entrecierro los ojos, este ir y venir de casa al hospital, del hospital al trabajo, del trabajo al hospital y de nuevo a casa va agotando nuestras fuerzas. Esperamos lo inevitable, y la espera es demasiado larga, para Néstor y para nosotros, que vamos perdiendo las esperanzas. 
No sé qué hay al final del pasillo –pienso en la vida—, más allá del patio sin fuente. Es una incógnita más, como el resto de las incertidumbres que nos rodean estos días. Decido revelar el misterio y me encamino hacia el final, donde la luz se vuelve apenas perceptible.


* Nació en Villa Libertador San Martín (Entre RíosArgentina) en 1975. Al año su familia se mudó a Rosario, donde reside actualmente. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Trabaja hace más de veinte años en una editorial de la ciudad, organizando eventos culturales, congresos y capacitaciones dirigidas a docentes de todos los niveles educativos. Por encima de todas las cosas, se considera lectora. Durante la pandemia, colaboró en el diario Rosario 12 (Suplemento local de Página 12) con recomendaciones de libros. Durante dos años, participó en el taller literario virtual de Mariano Quirós. A pesar de escribir desde hace muchos años, nunca publicó sus propios textos, y nosotros queremos animarla a que lo haga. Finalista del V Concurso Internacional “Litteratura” de Relato. 

2 comentarios:

  1. Un relato que transmite con realismo la espera de lo inevitable. Muy buen relato.
    SAludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡¡Muchas gracias de parte de la autora, Manuela!!!
      Saludos cordiales

      Eliminar

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...