![]() |
| Foto: Vaicheslav, Borracho durmiendo en el suelo (depositphotos) |
Llegué
a Vedado 6 cuando la tarde agonizaba, a esa hora en que los hombres
se sientan en taburetes y se recuestan contra las paredes de
sus casas de madera, mientras las mujeres cuelan café. Llegué
cuando los niños terminan sus juegos y las madres los bañan en
los patios, echándoles agua con un jarrito dentro de una palangana.
Llegué
bronceado y hecho talco de tanto caminar. Me senté sobre una
piedra a un lado del camino, una piedra caliente todavía por el
intenso sol, y me quité mis zapatos, tan estropeados y malolientes
como mi ropa sucia. Miré con pena mis roñosas plantas llenas
de ampollas. Rasqué suavemente mi barba densa y bebí un buen
trago de ron. Eché un poco en mis manos y froté mis pies; una
fresca sensación me recorrió por un instante.
Dicen
que mi abuelo vive en una choza en medio del monte, cerca del
arroyo que hay por aquí. Dicen que cuando tiene hambre, caza
palomas y luego las cocina a la brasa; lo mismo hace con los
peces que logra atrapar usando un cordel con un anzuelo y una
lombriz como carnada. Dicen además que nunca se baña y que
jamás sale al barrio ni habla con nadie, que ni siquiera busca ayuda
de un médico si se siente mal, aunque jamás nadie lo ha
visto enfermo. Cuentan que se roba el alcohol que se almacena en
un tanque detrás de la bodega. En una ocasión lo vieron corriendo
hacia el monte en medio de la noche con un botellón a cuestas,
y al día siguiente notaron el faltante.
Vine
hasta aquí para conocer al viejo. Vine para verme en sus ojos,
porque dicen que son exactamente iguales a los míos. Vine a
observar su cara, pues dicen que es como ver mi rostro hastiado, pero
añejo. Vine a ver si le noto un poco de arrepentimiento cuando
sepa quién soy. Vine para ver si le remuerde la conciencia por tanto
daño que hizo; para saber si lamenta haberle jodido la vida a
mi abuela o si recuerda el embarazo que perdió mi madre a causa
de un golpe que le dio el muy hijo de puta.
Se
comenta que eso mismo hice con mi última novia. Ni siquiera lo
recuerdo. Dicen que llegué bien borracho y nos peleamos;
entonces la empujé y todo se fue a la mierda al otro día.
Una
curiosidad tremenda me trajo hasta aquí. Supongo que una vez
que encuentre a mi abuelo y mire en lo profundo de sus ojos de
viejo sucio, todo cambiará. Quiero saber si es cierto que es un
borracho puerco y un hijo de puta.
Vine
porque necesito saber si mi abuelo y yo somos el mismo
nauseabundo excremento, pues odio cuando mi padre me mira y
dice que me parezco tanto a él que siente asco. En esos
momentos, mi madre se encierra en su cuarto y llora, pero sin
decir nada.
Nadie
se asoma a mis ojos grises para ver brotar mis lágrimas. Nadie sabe
que cuando logro dormir, en mis sueños grito una y otra vez el
nombre de mi hijo muerto, mi nombre.
No
sé en qué momento llegó la noche y me quedé dormido al lado
de la piedra; solo sé que comencé a soñar. En el sueño,
estaba en el portal de mi casa con mi hijo entre los brazos,
meciéndolo y cantando una canción de cuna. Ni él dejaba de
llorar, a pesar de estar muerto, ni yo cedía en el afán de
consolarlo. No había nadie más en mi sueño; solo yo lidiaba
con su llanto conmovedor, que terminó por contagiarme.
Entonces, emergieron de mis ojos unas lágrimas pesadas que se
deslizaron por mi rostro y cayeron sobre su breve cuerpo de
niño prematuro muerto.
Me
despertó lo aterrador del sueño y el calor de los rayos del
sol, con la ayuda de los puntapiés que me daban unos niños.
“Parece que está muerto”, decían, al tiempo que me
pegaban pataditas en las costillas.
Estaba
dormido, pero pude escuchar sus voces como un lejano susurro y sentir
sus golpes como mansas caricias. Me pareció también que un
gallo cantaba alegremente en mi oído y que un hombre arreaba el
ganado. Percibí incluso el olor de la mierda humeante de las
vacas y sentí las plumas de las aves rozar mi barba.
Abrí
los ojos y la luz se metió muy adentro, cegándome por un segundo.
No alcancé a ver más que las siluetas de los mocosos
juguetones. “¡Está vivo!”, chillaron mientras corrían,
alzando una nube de polvo rojizo que el viento llevó despacio
hasta mí. Un perro zarrapastroso estaba echado bien cerca,
viéndome fijamente con los ojos turbios y su mirada de perro.
Busqué
a mi lado la botella de ron para darme un trago, pero estaba
vacía.
El
primer trago es importante; es necesario para controlar los temblores parkinsonianos que llegan con la sobriedad. Borracho
que se respete, conoce la importancia del primer trago del día.
¿Quién
coño habrá robado mi ron? Estoy casi seguro de que dejé un
poquito anoche. ¿Será que algún vejigo travieso vació mi botella
mientras dormía? ¿Quién puede actuar con tanta crueldad, con
semejante malicia desmedida?
Si
por desgracia se acabó el ron, había que buscar más, pero no
me quedaba dinero ni nada de valor que pudiera ofrecer a cambio.
Así que me calcé los zapatos y me puse de pie. Avancé
lentamente por el camino mientras el perro me seguía dócil,
como si fuera mío.
Un
poco más adelante, descubrí la bodega del barrio. Luego de
rogarle a la bodeguera, logré sacarle media botella de alcohol,
un par de panes viejos y que me diera información sobre mi
abuelo. Señaló un angosto sendero que llevaba hasta el monte;
me dijo que al final iba a tropezar con el arroyo, y por ahí
cerca con la choza del viejo.
Me
dispuse a salir, pero antes le ofrecí un trozo de pan al perro,
porque no dejaba de menear la cola y mirarme con los ojos de
quien se muere de hambre.
Preparé
el alcohol con agua de una tubería que vi chorreando. De inmediato,
perdió su apariencia transparente; se puso de un color lechoso
y le salió un tufo raro; aun así, bebí un trago que removió mis
entrañas.
El
sol se había situado en la cumbre del cielo cuando conduje mis
pasos hacia la vereda.
Una
botella del ron más infame del mundo, un perro andrajoso y la
ilusión de encontrar a mi abuelo eran mi séquito.

No hay comentarios:
Publicar un comentario