lunes, 18 de mayo de 2026

El viaje......Maikel Sofiel Ramírez Cruz

Para mi abuelo Beto, QEPD

 
Foto: Vaicheslav, Borracho durmiendo en el suelo (depositphotos)
Vine a Vedado 6 porque me dijeron que acá vivía mi abuelo. El polvoriento y rojizo camino se me hizo eterno; para colmo, el sol se ha ensañado con mi piel. Parece que llevo días andando, pero fue esta mañana cuando salí de mi casa en El Tejar, justo antes de que los gallos comenzaran su molesto concierto matutino. No es tan lejos, decían. 
Llegué a Vedado 6 cuando la tarde agonizaba, a esa hora en que los hombres se sientan en taburetes y se  recuestan contra las paredes de sus casas de madera, mientras las mujeres cuelan café. Llegué cuando los niños terminan sus juegos y las madres los bañan en los patios, echándoles agua con un jarrito dentro de una palangana. 
Llegué bronceado y hecho talco de tanto caminar. Me senté sobre una piedra a un lado del camino, una piedra caliente todavía por el intenso sol, y me quité mis zapatos, tan estropeados y malolientes como mi ropa sucia. Miré con pena mis roñosas plantas llenas de ampollas. Rasqué suavemente mi barba densa y bebí un buen trago de ron. Eché un poco en mis manos y froté mis pies; una fresca sensación me recorrió por un instante.
Dicen que mi abuelo vive en una choza en medio  del monte, cerca del arroyo que hay por aquí. Dicen que cuando tiene hambre, caza palomas y luego las cocina a la  brasa; lo mismo hace con los peces que logra atrapar usando un cordel con un anzuelo y una lombriz como carnada. Dicen además que nunca se baña y que jamás sale al barrio ni habla con nadie, que ni siquiera busca ayuda de un médico si se siente mal, aunque jamás nadie lo ha visto enfermo. Cuentan que se roba el alcohol que se almacena en un tanque detrás de la bodega. En una ocasión lo vieron corriendo hacia el monte en medio de la noche con un botellón a cuestas, y al día siguiente notaron el faltante. 
Vine hasta aquí para conocer al viejo. Vine para verme en sus ojos, porque dicen que son exactamente iguales a los míos. Vine a observar su cara, pues dicen que es como ver mi rostro hastiado, pero añejo. Vine a ver si le noto un poco de arrepentimiento cuando sepa quién soy. Vine para ver si le remuerde la conciencia por tanto daño que hizo; para saber si lamenta haberle jodido la vida a mi abuela o si recuerda el embarazo que perdió mi madre a causa de un golpe que le dio el muy hijo de puta. 
Se comenta que eso mismo hice con mi última novia. Ni siquiera lo recuerdo. Dicen que llegué bien borracho y nos peleamos; entonces la empujé y todo se fue a la mierda al otro día. 
Una curiosidad tremenda me trajo hasta aquí. Supongo que una vez que encuentre a mi abuelo y mire en  lo profundo de sus ojos de viejo sucio, todo cambiará. Quiero saber si es cierto que es un borracho puerco y un hijo de puta. 
Vine porque necesito saber si mi abuelo y yo somos el mismo nauseabundo excremento, pues odio cuando mi  padre me mira y dice que me parezco tanto a él que siente  asco. En esos momentos, mi madre se encierra en su cuarto y llora, pero sin decir nada. 
Nadie se asoma a mis ojos grises para ver brotar mis lágrimas. Nadie sabe que cuando logro dormir, en mis sueños grito una y otra vez el nombre de mi hijo muerto, mi  nombre. 
No sé en qué momento llegó la noche y me quedé dormido al lado de la piedra; solo sé que comencé a soñar. En el sueño, estaba en el portal de mi casa con mi hijo entre los brazos, meciéndolo y cantando una canción de cuna. Ni él dejaba de llorar, a pesar de estar muerto, ni yo cedía en el afán de consolarlo. No había nadie más en mi sueño; solo yo lidiaba con su llanto conmovedor, que terminó por contagiarme. Entonces, emergieron de mis ojos unas lágrimas pesadas que se deslizaron por mi rostro y cayeron  sobre su breve cuerpo de niño prematuro muerto. 
Me despertó lo aterrador del sueño y el calor de los rayos del sol, con la ayuda de los puntapiés que me daban unos niños. “Parece que está muerto”, decían, al tiempo que  me pegaban pataditas en las costillas. 
Estaba dormido, pero pude escuchar sus voces como un lejano susurro y sentir sus golpes como mansas caricias. Me pareció también que un gallo cantaba alegremente en mi oído y que un hombre arreaba el ganado. Percibí incluso el olor de la mierda humeante de las vacas y sentí las plumas de las aves rozar mi barba. 
Abrí los ojos y la luz se metió muy adentro, cegándome por un segundo. No alcancé a ver más que las siluetas de los mocosos juguetones. “¡Está vivo!”, chillaron  mientras corrían, alzando una nube de polvo rojizo que el  viento llevó despacio hasta mí. Un perro zarrapastroso estaba echado bien cerca, viéndome fijamente con los ojos  turbios y su mirada de perro.
Busqué a mi lado la botella de ron para darme un trago, pero estaba vacía.  
El primer trago es importante; es necesario para  controlar los temblores parkinsonianos que llegan con la  sobriedad. Borracho que se respete, conoce la importancia del primer trago del día. 
¿Quién coño habrá robado mi ron? Estoy casi  seguro de que dejé un poquito anoche. ¿Será que algún vejigo travieso vació mi botella mientras dormía? ¿Quién puede actuar con tanta crueldad, con semejante malicia desmedida? 
Si por desgracia se acabó el ron, había que buscar más, pero no me quedaba dinero ni nada de valor que pudiera ofrecer a cambio. Así que me calcé los zapatos y  me puse de pie. Avancé lentamente por el camino mientras el perro me seguía dócil, como si fuera mío. 
Un poco más adelante, descubrí la bodega del  barrio. Luego de rogarle a la bodeguera, logré sacarle media botella de alcohol, un par de panes viejos y que me diera  información sobre mi abuelo. Señaló un angosto sendero que llevaba hasta el monte; me dijo que al final iba a  tropezar con el arroyo, y por ahí cerca con la choza del viejo. 
Me dispuse a salir, pero antes le ofrecí un trozo de pan al perro, porque no dejaba de menear la cola y mirarme con los ojos de quien se muere de hambre. 
Preparé el alcohol con agua de una tubería que vi chorreando. De inmediato, perdió su apariencia transparente; se puso de un color lechoso y le salió un tufo raro; aun así, bebí un trago que removió mis entrañas. 
El sol se había situado en la cumbre del cielo cuando conduje mis pasos hacia la vereda. 
Una botella del ron más infame del mundo, un perro andrajoso y la ilusión de encontrar a mi abuelo eran mi séquito.

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