jueves, 26 de marzo de 2026

Primeras luces sobre Chaparra......Maikel Sofiel Ramírez Cruz

Foto: Medical News TodaySexo durante el embarazo

Me gustan mucho los amaneceres, aún más cuando llueve, y qué decir si es en Chaparra. Casi siempre, cuando paso la noche bebiendo, tengo por costumbre ver la salida del sol. Y, en ocasiones, en el trabajo, si a esa hora tengo la  oportunidad, me escapo un momento, salgo del taller,  enciendo un cigarro y observo hacia el este para ver cómo se hace el día. Es algo mágico ver cómo todo se va aclarando lentamente, cómo todo se ilumina como en un sueño. Supongo que, si existe Dios, sintió lo mismo al crear el mundo y hacer la luz. Es hermoso ver la luz asomarse entre las chimeneas del Central azucarero y, poco a poco, el pueblo cobra vida; se despierta. La gente sale de sus  casas, los niños salen a jugar o a bañarse en el río o van a la  playa… 

          Me gustan mucho los amaneceres, aún más cuando llueve, y qué decir si es en Chaparra. Casi siempre, cuando paso la noche bebiendo, tengo por costumbre ver la salida del sol. Y, en ocasiones, en el trabajo, si a esa hora tengo la  oportunidad, me escapo un momento, salgo del taller,  enciendo un cigarro y observo hacia el este para ver cómo se hace el día. Es algo mágico ver cómo todo se va aclarando lentamente, cómo todo se ilumina como en un sueño. Supongo que, si existe Dios, sintió lo mismo al crear el mundo y hacer la luz. Es hermoso ver la luz asomarse entre las chimeneas del Central azucarero y, poco a poco, el pueblo cobra vida; se despierta. La gente sale de sus casas, los niños salen a jugar o a bañarse en el río o van a la  playa… 
          Una vez pude ver un amanecer en Cascarero. El mar estaba manso y humedecía una y otra vez la orilla en su ir y venir interminable, eterno. Los pescadores se hacían al mar en sus botes. Otros se quedaban pescando con tarrayas. Algunas mujeres los acompañaban o les llevaban café recién hecho. La brisa batía de mar adentro y traía consigo ese olor a mar y a peces. Yo estaba sentado en un extremo de la barra del bar que está justo cerca del muelle, con una botella de ron, y pude ver cómo el sol comenzó a iluminarlo todo suavemente. Las arenas y las pequeñas olas y la espuma en la orilla brillaban, como si todo estuviera cubierto de oro. Soy de los que prefiere los amaneceres a los atardeceres. Los atardeceres son deprimentes; el sol se va y, cuando empieza a oscurecer, todo se vuelve de un tono rojizo o naranja. Ese maldito color se me cuela por los ojos, se mete muy dentro de mis pensamientos y me entra una tristeza del carajo… 
Dicen mis compañeros de trabajo que nos van a pagar más para la zafra siguiente, que el Ministro lo dijo en la televisión. El jefe está todo el tiempo controlando, exigiendo y velando porque no se desaparezcan los materiales… es que la cosa está tan mala que uno se lleva lo que sea. Estamos reparando el ingenio; hay mucho por hacer y contamos con muy pocos recursos, y esos recursos en la calle la gente los necesita; y el que necesita, paga. Ese es el precio de vivir en un país maldito por las crisis. La gente tiene que vivir inventando, haciendo malabares, haciendo más con menos; incluso en ocasiones, haciendo más con nada.
Mi padre no está feliz del todo, a pesar de que estoy trabajando sin descanso, tratando de hacer las cosas bien para no hacerlo quedar mal. De vez en cuando, me repite lo mismo: que esta no es la vida que quiso para mí; así, lleno de mugre, haciendo un trabajo fuerte con hierros y con herramientas pesadas y toscas. Él siempre pensó que yo iba a ser médico, ingeniero o algo así. A pesar de todo, no creo que esté tan disgustado; un socio me contó que lo escuchó decir que estoy aprendiendo rápido, que va a tratar de que me incluyan en el próximo curso de torneros porque soy inteligente; además, porque un tornero trabaja mucho más cómodo y gana más que un ayudante de mierda como yo: un ayudante de mecánico de dieciocho años que espera un hijo. 
Así es, mi novia está embarazada y sus padres no quieren ni siquiera hablar de la posibilidad de interrumpir el embarazo. Dicen que eso es lo mismo que un asesinato, matar a una criatura inocente. Por lo pronto, nos ayudan en todo, y mis padres también. A mi papá le brillan los ojos cuando habla del tema y mi madre quiere venir a vivir con nosotros cuando nazca el bebé, para ayudar en lo que sea. La verdad es que nos hace ilusión tener un niño. Estamos enamorados; siento que ella es la indicada, y ella no quiere  separarse de mí ni un instante. Parecemos dos bobos, dos tórtolos, como nos decían nuestros amigos en el pre. Es cierto que somos jóvenes, pero mi madre tenía diecisiete años cuando nací, así que no hay mucha diferencia. Estoy tan ilusionado que paso horas mirándole la pancita a Yuri, aún no ha crecido mucho, pero ya la imagino creciendo y creciendo con mi hijo dentro. Estoy tan atontado que veo maravillas por todas partes: en los dichosos amaneceres, que ahora son más hermosos que nunca; incluso en los baches llenos de fango de las calles. 
Ciertamente, no todo es felicidad; hay una escasez tremenda. Cosas tan simples como el arroz o la sal para cocinar no aparecen y, cuando lo hacen, son bien caras, casi impagables. La ropa y los zapatos también escasean; los medicamentos, el jabón para lavar o bañarse... en fin, todo, hasta el agua. En un pueblo con un río no hay agua potable; es increíble. Hay que inventar de verdad para resolver y salir adelante. Lo bueno es que en el trabajo siempre se me pega algo: unas varillas de soldar, un disco de corte... algo. Y ese algo lo vendo y voy aliviando poco a poco las carencias. Compro carne de vaca por la izquierda, escondido de la policía y de los informantes, porque si me cogen en eso, me guardan unos cuantos años tras las rejas. Nunca entenderé cómo es posible que sea más grave matar a una vaca para comer cuando hay tantas penurias que matar a una persona para robarle. Tengo un primo que se mueve extraño y casi siempre me avisa cuando tiene carne; incluso me la vende a menor precio y, si no tengo dinero, me deja que le pague después. A cambio, le ayudo en la venta: busco compradores confiables que no vayan a irse de la lengua y joderlo todo. Esto es así: una mano lava a la otra y, entre las dos, lavan la cara. Es la ley de la calle, la ley de la vida. 
Mi novia no podrá estudiar por ahora. Ya le han dicho que en la universidad no hay condiciones para  alguien en su estado. En el fondo me alegro, porque así no se alejará de mí, al menos por ahora. Pero ella está haciendo gestiones para conseguir una prórroga para incorporarse luego, más adelante; quizá cuando pueda dejar al bebé al cuidado de mi suegra. Mi suegra… esa mujer que me mira con descaro… Espero que nadie lo note, especialmente mi novia. Lo cierto es que siento sus miradas; me doy cuenta de que le atrae mi presencia. Quizá sean ideas mías, quizá sea sólo mi imaginación; debo andar con pies de plomo. Siento que Yuri es la mujer de mi vida y no quiero perderla, como estamos viviendo en su casa, debo ser cuidadoso y evitar a mi suegra. Cuando quisimos vivir juntos, estuve de acuerdo en venir a su casa, porque la mía está demasiado lejos y entrar o salir es un verdadero problema; sobre todo, cuando llueve: entonces el camino se convierte en un extenso e interminable pantano y los camiones y las guaguas se atascan. En cambio, la casa de Yuri está en El Batey, cerca de todo: del hospital, del estadio, del cine, de la pizzería y del Central; es cierto que las calles ya no son las de antes, pero están mucho mejores que el camino que conduce hasta El Tejar. 
Hoy en la mañana, al salir del trabajo, me encontré con Ana Bella, nuestra antigua profesora de Español Literatura del pre. Me preguntó por mi novia, por el embarazo, y también quiso saber si estaba escribiendo. Me comentó del taller literario de la Casa de la Cultura. Dijo que escribiera sobre mis vivencias y que fuera al taller, por favor, que al menos hiciera eso, ya que no quise seguir estudiando. Le dije que hacía un par de meses estaba emborronando cuartillas en una especie de diario y le prometí que iría al dichoso taller, aunque la verdad es que no suena como algo que quiera hacer. Prefiero escribir cuando me dé la gana y no someter mis textos al juicio de otros aspirantes a escritores que, en ocasiones, no tienen idea de nada y no hacen más que joder. Me gustaría que Yuri leyera lo que hago y me dijera qué le parece, porque ella ha leído muchísimo, igual que yo, y uno, de tanto leer, termina adquiriendo ojo clínico; uno sabe cuándo algo sirve y cuándo no. Pero creo que no es buena idea que sepa todo lo que pienso o lo que hago, pues sobre eso estoy escribiendo. 
De todos modos, esto no es nada serio; es tan solo la crónica de un escritor en ciernes, las experiencias de un muchacho inmaduro con gusto por la lectura. Con honestidad, no creo que sirva para nada; esto que estoy escribiendo es más bien un ejercicio, algo para mantener viva la llama del amor por la palabra escrita. Además, la cosa está muy jodida para andar comiendo mierda con la literatura. Hay que buscar comida. Hay que buscar dinero para comprar comida y escribir no paga nada de eso, que yo sepa. 
Yuri tiene que alimentarse bien; mi bebé debe nacer fuerte y saludable. Tengo que pensar como un papá y actuar con prudencia, aunque de vez en cuando me vaya a un bar y me beba unos cuantos tragos. Cuando llegue a casa un poco bebido y con olor a perfume de otra mujer, mi novia peleará por un rato y se disgustará. Aunque los suegros me pongan mala cara y me miren con los ojos torcidos, como diciendo: “Este es un desgraciado, un hijo de puta”. Entonces, mientras me bañe, los escucharé decirle a mi novia que me bote, que un hombre así no sirve para nada; que no soy más que un borracho de mierda. Y cuando amanezca, me mirarán normal, como si nada hubiera pasado, con esa caradura, como si no supiera lo que piensan de mí los dos: mi suegro, que es un tarrú; y mi suegra, esa puta que estoy seguro de que se acuesta con los vecinos y con el bodeguero; pero también parece querer templarme. Sólo trato de hacer bien las cosas o, al menos, hacer lo mejor que puedo: dar lo mejor de mí. En ocasiones olvidan que soy joven; apenas he vivido y tengo derecho a distraerme, a pasar un buen rato. ¡Vaya, que no todo es trabajo! 
Seguiré trabajando; seguiré consiguiendo lo que pueda para venderlo en el mercado negro y compraré  comida y ropita para el bebé. Le pediré perdón a mi novia por las cosas que haga mal y luego haremos el amor. Escribiré un poquito cada vez que pueda; quién sabe si logro algo. 
             Eso es todo.

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