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| Foto: Medical News Today, Sexo durante el embarazo |
Me
gustan mucho los amaneceres, aún más cuando llueve, y qué
decir si es en Chaparra. Casi siempre, cuando paso la noche
bebiendo, tengo por costumbre ver la salida del sol. Y, en ocasiones,
en el trabajo, si a esa hora tengo la oportunidad, me escapo un
momento, salgo del taller, enciendo un cigarro y observo hacia
el este para ver cómo se hace el día. Es algo mágico ver cómo
todo se va aclarando lentamente, cómo todo se ilumina como en
un sueño. Supongo que, si existe Dios, sintió lo mismo al
crear el mundo y hacer la luz. Es hermoso ver la luz
asomarse entre las chimeneas del Central azucarero y, poco a
poco, el pueblo cobra vida; se despierta. La gente sale de sus
casas, los niños salen a jugar o a bañarse en el río o van a la
playa…
Me
gustan mucho los amaneceres, aún más cuando llueve, y qué
decir si es en Chaparra. Casi siempre, cuando paso la noche
bebiendo, tengo por costumbre ver la salida del sol. Y, en ocasiones,
en el trabajo, si a esa hora tengo la oportunidad, me escapo un
momento, salgo del taller, enciendo un cigarro y observo hacia
el este para ver cómo se hace el día. Es algo mágico ver cómo
todo se va aclarando lentamente, cómo todo se ilumina como en
un sueño. Supongo que, si existe Dios, sintió lo mismo al
crear el mundo y hacer la luz. Es hermoso ver la luz
asomarse entre las chimeneas del Central azucarero y, poco a
poco, el pueblo cobra vida; se despierta. La gente sale de sus casas, los niños salen a jugar o a bañarse en el río o van a la
playa…
Una
vez pude ver un amanecer en Cascarero. El mar estaba manso y
humedecía una y otra vez la orilla en su ir y venir
interminable, eterno. Los pescadores se hacían al mar en sus botes.
Otros se quedaban pescando con tarrayas. Algunas mujeres los
acompañaban o les llevaban café recién hecho. La brisa batía
de mar adentro y traía consigo ese olor a mar y a peces. Yo
estaba sentado en un extremo de la barra del bar que está justo
cerca del muelle, con una botella de ron, y pude ver cómo el
sol comenzó a iluminarlo todo suavemente. Las arenas y las
pequeñas olas y la espuma en la orilla brillaban, como si todo
estuviera cubierto de oro. Soy de los que prefiere los
amaneceres a los atardeceres. Los atardeceres son deprimentes;
el sol se va y, cuando empieza a oscurecer, todo se vuelve de un
tono rojizo o naranja. Ese maldito color se me cuela por los
ojos, se mete muy dentro de mis pensamientos y me entra
una tristeza del carajo…
Dicen
mis compañeros de trabajo que nos van a pagar más para la zafra siguiente, que el Ministro lo dijo en la televisión. El
jefe está todo el tiempo controlando, exigiendo y velando
porque no se desaparezcan los materiales… es que la cosa está
tan mala que uno se lleva lo que sea. Estamos reparando el ingenio; hay mucho por hacer y contamos con muy pocos recursos,
y esos recursos en la calle la gente los necesita; y el que
necesita, paga. Ese es el precio de vivir en un país maldito por las
crisis. La gente tiene que vivir inventando, haciendo malabares,
haciendo más con menos; incluso en ocasiones, haciendo más
con nada.
Mi
padre no está feliz del todo, a pesar de que estoy trabajando
sin descanso, tratando de hacer las cosas bien para no hacerlo
quedar mal. De vez en cuando, me repite lo mismo: que esta no
es la vida que quiso para mí; así, lleno de mugre, haciendo un
trabajo fuerte con hierros y con herramientas pesadas y toscas.
Él siempre pensó que yo iba a ser médico, ingeniero o algo así. A
pesar de todo, no creo que esté tan disgustado; un socio me
contó que lo escuchó decir que estoy aprendiendo rápido, que
va a tratar de que me incluyan en el próximo curso de torneros porque soy inteligente; además, porque un tornero trabaja mucho
más cómodo y gana más que un ayudante de mierda como yo: un ayudante de mecánico de dieciocho años que espera un hijo.
Así
es, mi novia está embarazada y sus padres no quieren ni
siquiera hablar de la posibilidad de interrumpir el embarazo.
Dicen que eso es lo mismo que un asesinato, matar a una criatura
inocente. Por lo pronto, nos ayudan en todo, y mis padres
también. A mi papá le brillan los ojos cuando habla del tema y
mi madre quiere venir a vivir con nosotros cuando nazca el bebé,
para ayudar en lo que sea. La verdad es que nos hace ilusión tener
un niño. Estamos enamorados; siento que ella es la indicada, y
ella no quiere separarse de mí ni un instante. Parecemos dos
bobos, dos tórtolos, como nos decían nuestros amigos en el pre.
Es cierto que somos jóvenes, pero mi madre tenía diecisiete años cuando nací, así que no hay mucha diferencia. Estoy tan
ilusionado que paso horas mirándole la pancita a Yuri, aún no ha
crecido mucho, pero ya la imagino creciendo y creciendo con mi
hijo dentro. Estoy tan atontado que veo maravillas por todas
partes: en los dichosos amaneceres, que ahora son más hermosos
que nunca; incluso en los baches llenos de fango de las
calles.
Ciertamente,
no todo es felicidad; hay una escasez tremenda. Cosas tan
simples como el arroz o la sal para cocinar no aparecen y,
cuando lo hacen, son bien caras, casi impagables. La ropa y los
zapatos también escasean; los medicamentos, el jabón para
lavar o bañarse... en fin, todo, hasta el agua. En un pueblo
con un río no hay agua potable; es increíble. Hay que inventar
de verdad para resolver y salir adelante. Lo bueno es que en el
trabajo siempre se me pega algo: unas varillas de soldar, un
disco de corte... algo. Y ese algo lo vendo y voy aliviando poco a
poco las carencias. Compro carne de vaca por la
izquierda, escondido de la policía y de los informantes, porque
si me cogen en eso, me guardan unos cuantos años tras las
rejas. Nunca entenderé cómo es posible que sea más grave
matar a una vaca para comer cuando hay tantas penurias que matar
a una persona para robarle. Tengo un primo que se mueve extraño y
casi siempre me avisa cuando tiene carne; incluso me la vende a
menor precio y, si no tengo dinero, me deja que le pague
después. A cambio, le ayudo en la venta: busco compradores
confiables que no vayan a irse de la lengua y joderlo todo. Esto
es así: una mano lava a la otra y, entre las dos, lavan la
cara. Es la ley de la calle, la ley de la vida.
Mi
novia no podrá estudiar por ahora. Ya le han dicho que en la
universidad no hay condiciones para alguien en su estado. En el
fondo me alegro, porque así no se alejará de mí, al menos por
ahora. Pero ella está haciendo gestiones para conseguir una
prórroga para incorporarse luego, más adelante; quizá cuando
pueda dejar al bebé al cuidado de mi suegra. Mi suegra… esa mujer
que me mira con descaro… Espero que nadie lo note,
especialmente mi novia. Lo cierto es que siento sus miradas; me
doy cuenta de que le atrae mi presencia. Quizá sean ideas mías,
quizá sea sólo mi imaginación; debo andar con pies de
plomo. Siento que Yuri es la mujer de mi vida y no quiero
perderla, como estamos viviendo en su casa, debo ser cuidadoso y
evitar a mi suegra. Cuando quisimos vivir juntos, estuve de acuerdo en venir a su casa, porque la mía está demasiado lejos
y entrar o salir es un verdadero problema; sobre todo, cuando
llueve: entonces el camino se convierte en un extenso e
interminable pantano y los camiones y las guaguas se atascan.
En cambio, la casa de Yuri está en El Batey, cerca de todo: del
hospital, del estadio, del cine, de la pizzería y del Central;
es cierto que las calles ya no son las de antes, pero están
mucho mejores que el camino que conduce hasta El Tejar.
Hoy
en la mañana, al salir del trabajo, me encontré con Ana Bella,
nuestra antigua profesora de Español Literatura del pre. Me preguntó
por mi novia, por el embarazo, y también quiso saber si estaba
escribiendo. Me comentó del taller literario de la Casa de la
Cultura. Dijo que escribiera sobre mis vivencias y que fuera al
taller, por favor, que al menos hiciera eso, ya que no quise
seguir estudiando. Le dije que hacía un par de meses estaba emborronando cuartillas en una especie de diario y le prometí
que iría al dichoso taller, aunque la verdad es que no suena como
algo que quiera hacer. Prefiero escribir cuando me dé la gana
y no someter mis textos al juicio de otros aspirantes a
escritores que, en ocasiones, no tienen idea de nada y no hacen
más que joder. Me gustaría que Yuri leyera lo que hago y me
dijera qué le parece, porque ella ha leído muchísimo, igual que
yo, y uno, de tanto leer, termina adquiriendo ojo clínico; uno
sabe cuándo algo sirve y cuándo no. Pero creo que no es buena
idea que sepa todo lo que pienso o lo que hago, pues sobre eso
estoy escribiendo.
De
todos modos, esto no es nada serio; es tan solo la crónica de
un escritor en ciernes, las experiencias de un muchacho inmaduro con
gusto por la lectura. Con honestidad, no creo que sirva para nada;
esto que estoy escribiendo es más bien un ejercicio, algo para
mantener viva la llama del amor por la palabra escrita. Además,
la cosa está muy jodida para andar comiendo mierda con la literatura. Hay que buscar comida. Hay que buscar dinero para
comprar comida y escribir no paga nada de eso, que yo sepa.
Yuri
tiene que alimentarse bien; mi bebé debe nacer fuerte y
saludable. Tengo que pensar como un papá y actuar con
prudencia, aunque de vez en cuando me vaya a un bar y me beba
unos cuantos tragos. Cuando llegue a casa un poco bebido y con
olor a perfume de otra mujer, mi novia peleará por un rato y se
disgustará. Aunque los suegros me pongan mala cara y me miren
con los ojos torcidos, como diciendo: “Este es un
desgraciado, un hijo de puta”. Entonces, mientras me bañe,
los escucharé decirle a mi novia que me bote, que un hombre
así no sirve para nada; que no soy más que un borracho de mierda. Y
cuando amanezca, me mirarán normal, como si nada hubiera pasado, con esa caradura, como si no supiera lo que piensan de
mí los dos: mi suegro, que es un tarrú; y mi suegra, esa puta
que estoy seguro de que se acuesta con los vecinos y con el
bodeguero; pero también parece querer templarme. Sólo trato de
hacer bien las cosas o, al menos, hacer lo mejor que puedo: dar
lo mejor de mí. En ocasiones olvidan que soy joven; apenas he vivido
y tengo derecho a distraerme, a pasar un buen rato. ¡Vaya, que
no todo es trabajo!
Seguiré
trabajando; seguiré consiguiendo lo que pueda para venderlo en el mercado negro y compraré comida y ropita para el bebé. Le
pediré perdón a mi novia por las cosas que haga mal y luego haremos
el amor. Escribiré un poquito cada vez que pueda; quién sabe
si logro algo.
Eso
es todo.
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