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| Foto: Sandra Barcelona |
Hoy será mi noche, definitivamente lo es. A mis cincuenta años, aún soy una mujer atractiva y deseable. Ahí en el espejo vive la otra, la positiva, la que me ama más que yo a mí misma, la que siempre me mira con buenos ojos, la que nunca ve mis defectos. Ella me devuelve una mirada alegre, chispeante, que me recuerda que soy hermosa. Escribo sobre mi rostro reflejado en el espejo: “linda”, y me premia con una sonrisa esplendorosa.
Mis
cabellos esparcidos hasta la
cintura, llameantes y ondulados;
mis ojos verdes, azules o grises, dependiendo de las lentillas con
las que juegue, enmarcados por unas gafas de pasta azules, pequeñas
y rectangulares que me dan un aire de inteligente profesora de
Harvard; mi nariz recta, es un poco grande pero le da carácter a mi
rostro; mis labios llenos, rojos, bien delineados, acompañados de
esos dos dientes centrales, levemente echados hacia delante, que le
aportan un toque de lascivia; una boca voluptuosa, esa boca que todos
desean besar, especialmente cuando, como ahora, la delineo con un
lápiz rojo y la lleno de color y brillo. Aprovecho y también dibujo
una línea por encima de mis párpados y otra por debajo de mis ojos,
en este caso color turquesa. Y escribo con letras invisibles “mirada
seductora”.
El
resto de mi cuerpo aún despierta en muchos los instintos más
primitivos del apareamiento, como
mínimo,
aparento diez años menos. El cuello terso, el escote liso; los
pechos en su sitio, de momento la gravedad los ha perdonado, y mis
pezones apuntan al frente, erguidos y deseosos de encontrar unas
manos ajenas a este cuerpo que los acaricien,
o unos labios que los succionen…; mi vientre liso; el pubis
perfectamente dibujado, con la cantidad de vello preciso para
resultar atractivo… Escribo sobre él “ven”;
las piernas largas y fuertes, soy alta y practico yoga. Las manos y
los pies bellamente decorados, por casualidad fui ayer a hacerme la
manicura, un regalo inesperado.
Ahora
sólo me queda vestirme, me pondré uno de esos vestidos de finos
tirantes que en internet te cuestan ocho euros y en las tiendas de
lencería, ochenta. Elijo uno negro con detalles dorados y un escote
de vértigo, atado por unas cintas al cuello, con la espalda
descubierta, uno de esos vestidos ligeros, suaves, casi
transparentes, que se adhieren al cuerpo como una segunda piel,
resaltando sus montañas y valles, definiendo sus contornos. Debajo
del vestido no llevo nada, me encanta ver esa mirada en el otro, esa
mirada del niño que abre los regalos el día de Navidad y se
encuentra con una sorpresa inesperada.
Le
añado unos zapatos negros de tacón, escotados, con tiras en los
tobillos que permiten mostrar los dedos, unos grandes aros de plata
en las orejas y un toque de colonia infantil, que siempre despierta
sonrisas en todo aquel que se acerca lo suficiente para percibirla.
Detrás de mis orejas, además de la colonia, añado mi mensaje
“pasión”.
Los
comunes mortales no son capaces de ver las palabras de mi cuerpo,
pero todos las perciben aunque no quieran. Son palabras mágicas,
runas antiguas, escritas con tinta invisible… Quizás podría
recogerme el cabello en un moño suelto, dejando que caigan dos
mechones a cada lado de mi cara, así se apreciarán mejor las líneas
del
cuello, porque tengo un cuello bello, esbelto y elegante que suele
atraer las miradas.
Esta
noche escogeré a uno de esos hombres que van por primera vez al
club. Hermoso, joven y con una preciosa sonrisa. Uno de esos chicos
que se siente seguro de su atractivo y tímido por la situación.
Sonreiré, dejaré que me invite a una copa y bailaré con él de una
forma que lo dejará sin aliento y acelerará sin remedio su ritmo
cardiaco…
O
quizás elija a una de esas parejas que parecen modelos, que caminan
por
el local muy juntos, agarrados fuertemente de la mano, buscando
protección el uno en el otro. Una de esas parejas que se han
aventurado a entrar en un club swinger por hacer algo diferente, por
probar experiencias nuevas. Dos bellos especímenes acostumbrados al
éxito y a conquistar sin problemas en otros ambientes, pero
despistados en éste donde el sexo se expone sin tapujos,
inhibiciones o vergüenza, donde no se juzga, sólo se disfruta,
dejando a un lado la conciencia y lo socialmente aceptable. Dos niños
perdidos, como Caperucita en el bosque.
Ahí
estaré, observándolos, dispuesta a rescatarlos. En especial, estaré
interesada en rescatarla a ella y seducirla, mientras él mira,
permitiendo que quizás se nos una al final… En ese momento de
trinidad, podrán percibir de forma fugaz todas mis palabras: linda,
mirada seductora,
ven, pasión… y
la unión será perfecta, luminosa y catártica. Nos encontraremos en
un nivel superior inexplorado, que nos transportará a un placer que
dejará una indeleble huella en todos nosotros, y quizás también
alguna estela en aquellos que nos vean gozar...
Será
mi noche especial, estoy lista, la oscuridad me espera.

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