¡Feliz Año Nuevo 2026 para tod@s!
Soy del color de tu
porvenir,
me dijo el hombre del traje
gris.
No eres mi tipo, le
contesté,
y aquella tarde aprendí
a correr…
JOAQUÍN
SABINA,
Nacidos para perder (1988)
Barcelona
apuraba los años cincuenta del siglo XXI. La ciudad había perdido
su alma entre los engranajes del control absoluto de las
corporaciones y la represión silenciosa. Las estrechas calles del
Barrio Gótico ya no eran refugio de bohemios ni cuna de resistencia,
sino corredores vigilados por cámaras omnipresentes y patrullas
robotizadas. Los adoquines centenarios apenas susurraban la historia
de una Barcelona libre, eclipsada ahora por el zumbido incesante de
drones que cruzaban el cielo a todas horas, vigilando cada rincón,
cada susurro.
Los parques eran terrenos baldíos de cemento donde nadie jugaba ni se reunía. Las
plazas eran ahora espacios vacíos, flanqueados por torres de
vigilancia. Las Ramblas, el corazón palpitante de la ciudad durante
generaciones, eran un parque temático para los turistas y su
entretenimiento, registrados por dispositivos de seguimiento
incrustados en las farolas.
Las
escuelas eran ecos lejanos de lo que alguna vez fueron. Los niños no
aprendían sobre historia, filosofía ni literatura; en su lugar,
memorizaban manuales técnicos diseñados para convertirlos en
engranajes eficientes. Las familias vivían con miedo constante a ser
denunciadas por cualquier acto que pudiera interpretarse como
insubordinación, o cosas peores. Hasta los susurros entre vecinos
eran monitoreados.
La
libertad de expresión había quedado relegada a susurros
clandestinos y mensajes codificados, pero hasta esas resistencias
eran rastreadas y desmontadas. Las redes digitales no eran más que
espejismos, espacios infestados por algoritmos de censura y
propagandas corporativas diseñadas para asfixiar cualquier voz
crítica.
Los
edificios, antes llenos de vida, estaban marcados por el desgaste de
un siglo de explotación. La vivienda digna era un recuerdo lejano.
Los apartamentos no turísticos eran diminutos cubículos donde las
familias malvivían hacinadas, con ventanas selladas para evitar la
contaminación que reinaba en el aire exterior. Las noches ya no eran
tranquilas, sino perpetuamente iluminadas por el resplandor
artificial de los anuncios holográficos y las alertas de seguridad
que proyectaban sombras amenazantes en las paredes.
En
algunos barrios periféricos todavía quedaban espacios de libertad
que escapaban de ese control, suburbios de dignidad donde se gestaban
resistencias a contracorriente. En uno de esos espacios, entre las
paredes agrietadas y el eco de un mundo que ya no escuchaba, el
cuerpo sin vida de Soledad fue encontrado. Las condiciones en que
vivía resumían la decadencia de una sociedad que había olvidado a
los suyos.
Dentro
de una vieja carpeta, oculta entre las grietas de un escritorio
desgastado, había una colección de recuerdos y unas notas
garabateadas, fragmentos de un pensamiento crítico que nunca llegó
a materializarse del todo. Su salud estaba destruida, su cuerpo
reflejaba demasiados años de trabajos mal pagados, jornadas
interminables y sacrificios nunca reconocidos. Había sido madre en
un sistema que castigaba y cosificaba a las mujeres por el simple
hecho de serlo y, a pesar de todo, su maternidad se convirtió en su
triunfo más íntimo, un gesto poderoso de amor en un entorno que
intentaba apagarla.
Los
vecinos recordaron sus últimas palabras, pronunciadas con un hilo de
voz: "No hay lugar para respirar aquí". Eran un testamento
de desesperanza, una confesión de derrota en una ciudad que había
olvidado el significado de la humanidad. Barcelona ya no soñaba.
Casi
al mismo tiempo, la historia se repetía en otro sombrío rincón de
la ciudad: junto con el cadáver de Tristán, el mismo escrito con
las mismas notas fue hallado en el interior de una caja,
perfectamente doblado dentro de un sobre, perdido entre recortes de
prensa y fotografías de aquella época en que la vida era todavía
completamente analógica. Según explicaron sus compañeros de piso,
antes de morir se le escuchó un frustrado y amargo "No
era eso, joder..."
Los
ojos de Soledad y Tristán, y un extraño gesto facial tras su
muerte, sugerían una mezcla de alivio y tristeza.
Lágrimas
en los ojos de Laura, temblor en su corazón, mariposas en el
estómago...
Soledad
y Tristán se habían conocido bastantes décadas antes. Habían
tenido muchas vidas. Primero en las calles del barrio, después en el
instituto y la universidad, y más tarde en el entorno laboral. Su
mundo tenía sentido desde la voluntad de pervivir y sobrevivir, de
ser ellos mismos y, como en el poema de Mario Benedetti que cantaba
Serrat en aquellos años, también de defender
la alegría como una trinchera, defenderla del escándalo y la
rutina, de la miseria y los miserables.
Entre
las luchas cotidianas y las canciones de Serrat, Sabina, Manu Chao e
Ismael Serrano, construyeron su historia de amor y compartieron
esperanzas, alegría, melancolía y dolor. El mundo cambió y con él,
ellos también, hasta el punto de
que no lo reconocían,
ni se reconocían. Se acabó la fiesta, tomaron caminos separados,
con encuentros y desencuentros. Les quedaban muchas más guerras.
Unas
existencias, las de Soledad y Tristán, donde siempre era posible
estar peor y no ver el fondo del pozo. Además de luchar, había que
vender la fuerza de trabajo, el cuerpo y el alma para sobrevivir.
Cada vez era más difícil poner límites entre el tiempo laboral y
el personal, sin preguntas, sin participar de las decisiones; cumplir
objetivos sin entenderlos... Tiempos oscuros de desorientación,
precariedad, deshumanización, insatisfacción y angustia vital.
Estaban
jodidos, terriblemente jodidos, aunque ya habían sido advertidos en
una de las letras de Joaquín Sabina, un visionario: Ellos
que juraban comerse la vida, fue
la vida y se los merendó.
A veces los mensajes no llegan, no se entienden, llegan tarde o
reaparecen cuando menos te lo esperas. La vida tiene estas cosas y,
después de morir, se volvieron a encontrar…
Las
dos notas, compartidas décadas atrás por Soledad y Tristán, eran
muy parecidas: cortas, sintéticas, contundentes y muy claras. Ideas
bregadas de luchas y resistencias compartidas frente a un mundo
extraño, cosificado y hostil. Ideas manchadas y machacadas por el
tiempo, pero legibles y llenas de sentido, aunque ya nadie las
entendiera. Hablaban de la solidaridad en tiempos de adversidad, de
la acción colectiva como recurso para lograr cosas como la dignidad
y la felicidad.
Nadie
entendía absolutamente nada de aquellas palabras escritas,
convertidas en una especie de cantinela exótica, un galimatías
incomprensible para una sociedad donde los códigos eran la
homogeneidad, la satisfacción inmediata, y el culto a la dopamina y
al consumo, sin espacio ni tiempo para la reflexión y, menos
todavía, sentido colectivo.
Soledad
y Tristán se conocieron en las calles de "La Prospe", su
barrio barcelonés. Eran los años ochenta del siglo XX. En aquel
entonces, la vida parecía tener una chispa de esperanza. Compartían
una pasión común por la justicia social. Pasión era poco, era
coherencia militante pura y dura. Pasaban horas y horas hablando de
sus esperanzas y sueños, de cómo cambiar el mundo y no había
frontera entre el pensamiento y la acción.
—¿Sabes,
Sole? A veces pienso que lo que estamos haciendo es como gritarle a
un edificio para que se caiga —dijo Tristán, pateando un trozo de
adoquín mientras una luz de neón teñía la calle de rojo y azul.
Soledad,
caminando un paso por delante, giró la cabeza con una ceja alzada.
—¿Y?
Hasta los edificios más altos se vienen abajo, Tristán. Solo hace
falta saber dónde golpear.
Él
resopló, metiéndose las manos en los bolsillos de su chaqueta
remendada.
—Sí,
pero mientras tanto, el edificio sigue ahí. Nos aplasta, ¿sabes?
Nos quita las ganas, los días, hasta el aire…
Ella
se detuvo en seco, girándose para enfrentarlo, con el walkman
colgándole del cinturón y un mechón de pelo tapándole media cara.
Soledad le agarró el culo de forma brusca, haciendo que Tristán
diera un paso atrás, desconcertado. Antes de que pudiera reaccionar,
ella lo comprimió contra su cuerpo, clavándole las caderas como si
quisieran fundirse con las suyas.
Tristán,
paralizado y excitado, sintió el aliento de Soledad rozándole la
cara, cálido y eléctrico. Los ojos de ella, oscuros y ardientes,
parecían derretir los suyos. Era una mirada que no pedía permiso,
una mezcla de rabia y deseo que lo dejó sin palabras.
—¿Me
lo dices ahora? —murmuró ella, con una sonrisa que le subió el
calor al pecho—. ¿Ahora, después de toda la mierda que hemos
pasado?
Lo
soltó de golpe, dándole un empujón que casi le
hizo perder el equilibrio.
—Mira,
si te quieres rendir, adelante. Te dejo en esta puta esquina, pero no
me vengas con estas mierdas derrotistas ahora. Tristán, las cosas no
cambian porque sí. Hay que partirse las manos, el alma y lo que haga
falta.
Tristán
parpadeó, recuperando el aliento y tratando de ordenar sus
pensamientos. Alzó las manos, como en un gesto de paz.
—Eh,
tranquila. No he dicho que me rinda. Solo que, a veces, siento que
somos unos críos jugando a derribar gigantes.
Soledad
dejó escapar una carcajada seca, esa que usaba cuando algo le daba
igual miedo y rabia.
—Pues
claro que somos unos críos. ¿Qué ostias esperabas? ¿Un
ejército?... Lo que tenemos es esto: un par de botes de spray,
octavillas y mala hostia. Y con eso vamos a hacer que se caguen en
sus despachos.
Un
rugido de motor rompió el aire, y ambos se escondieron entre el
tronco de un viejo roble centenario y una pared llena de carteles
descoloridos y grafitis recientes. Un coche de los maderos pasó
despacio, con los faros barriendo la calle y un reflector girando
como si buscara algo. Cuando desapareció tras la esquina, Tristán
volvió a respirar.
—Joder,
Sole, si nos pillan...
—Nos
pillan. ¿Y qué?... —dijo ella, encendiéndose un cigarro con la
calma de quien ya no tiene nada que perder—. Otros seguirán. Pero
mientras sigamos nosotros, esto no se acaba.
Tristán
sonrió de lado, sacudiendo la cabeza.
—Eres
más cabezota que nadie, lo sabes, ¿no?
—Y
tú más quejica —respondió ella, soltando el humo en dirección
al cielo, donde las luces de la ciudad ocultaban las estrellas.
Se
acomodaron, apoyados en el tronco centenario del árbol (un
superviviente, como ellos) y guardaron silencio un rato, con el eco
de la radio de un coche que dejaba escapar los restos de una vieja
canción de Silvio Rodríguez versionada por Miguel Ríos,
distorsionada y nostálgica: Allí
nuestra canción se hizo pequeña entre
la multitud desesperada: un poderoso canto de la tierra era quien más
cantaba…
—Sole
—dijo Tristán al cabo de un rato—, si todo esto es un juego
perdido... ¿por qué seguimos?
Ella
lo miró con un punto de ternura y con esa mezcla de burla y desafío
que le era tan típica, y respondió:
—Porque
si no jugamos, ya hemos perdido, amor...
Después,
su lengua invadió la boca de Tristán y no le dejó responder… Y
ahí quedaron la frase y el primer beso, flotando en el aire mientras
ellos se alejaban en busca de una habitación contingente en una
pensión de guardia, con los cuerpos llenos de deseo y las mochilas
cargadas de octavillas y sueños. En algún lugar, una sirena aullaba
como un lobo, pero ellos seguían adelante.
En
los años ochenta, las calles del barrio vibraban con colores, música
y esperanza. Los bares eran refugios de debates interminables, donde
Soledad y Tristán se sumergían en discusiones apasionadas sobre
cómo construir el mundo. A veces, la noche terminaba con sus
gargantas rotas, cantando a pulmón Cadillac
Solitario,
completamente borrachos al pie del viejo árbol. Nada era imposible.
El
tiempo pasó, y sus vidas siguieron caminos paralelos. En el
instituto, se unieron a grupos estudiantiles, organizando
manifestaciones y huelgas. En la universidad, sus ideales se
consolidaron, y empezaron a involucrarse más activamente en
movimientos sociales. Su amor floreció entre libros, canciones y
noches de poesía, sexo, amor y debates interminables. Así vivieron
el cambio de siglo. No tenían ni idea de lo que
estaba por venir.
En
el año 2027, la ultraderecha ganó en la mayor parte de la Unión
Europea, incluyendo el Estado español. El Este de Europa se vio
envuelto en guerras, y las libertades y el estado de bienestar
quedaron reducidos a su mínima expresión. La Unión Europea perdió
peso político frente a las tres grandes áreas de influencia: China,
Rusia y Estados Unidos. Este cambio derivó en una serie de leyes
represivas en la mayor parte de Europa que marcaron un periodo
histórico muy oscuro.
La
Ley de Partidos de 2029 prohibió a las formaciones políticas más
críticas con la situación social. La Ley de Regulación Sindical de
2031 ilegalizó tanto el derecho de huelga como a
las organizaciones sindicales de clase, afectando directamente a
sindicatos como CC.OO., UGT, CGT y la CNT.
La
represión continuó con la conocida como “Ley de Doble Mordaza”
de 2036, que recortó derechos individuales y colectivos
fundamentales, como el derecho a la información, normalizando una
censura de facto, o el derecho de asociación
y manifestación,
castigando severamente a la mayoría de los movimientos sociales.
En
la Década Ominosa, entre 2029 y 2039, diversas legislaciones
penalizaron y mutilaron tanto los derechos individuales como la
diversidad en el Estado español, centralizando la gestión y los
recursos e ignorando por completo la realidad que se gobernaba.
Incluso se eliminó el concepto de nacionalidades históricas de la
constitución y la oficialidad de lenguas como el catalán, el
gallego y el euskera.
Las
nuevas leyes eran una herramienta de tortura y maltrato cívico que
trajeron consigo un periodo de autoritarismo y dolor social. Las
manifestaciones eran fuertemente reprimidas, y la deshumanización se
hacía sentir en cada rincón del país. Soledad y Tristán se
encontraron en medio de esta tormenta, luchando por sobrevivir en un
mundo que se volvía cada vez más hostil.
—¡Ostia!, no puedo creer que hayamos llegado a esta mierda —dijo Tristán en una reunión clandestina—. Nos han quitado todo.
—No nos han quitado la esperanza —respondió Soledad—. Seguimos
aquí, seguimos…
En
Barcelona, las asambleas ilegales contra la guerra, por la democracia
y por los derechos sociales y políticos se celebraban en la Plaza de
Catalunya, la Via Laietana, Ciutat Vella, El Poblenou, Nou Barris,
Gràcia… En Madrid: Cibeles, Gran Vía, Lavapiés, Vallecas…
Lo mismo en Lisboa, Porto, Sevilla, Bilbao, Zaragoza y toda la
geografía peninsular…
—No
podemos seguir viviendo así, joder. Y si tenemos que rompernos la
cabeza una y otra vez contra la pared, pues lo hacemos y punto. No
nos dan miedo las ruinas porque llevamos un mundo nuevo en nuestros
corazones —gritaba Tristán, encendido y fuera de sí, desde el
escenario improvisado en la Plaza Catalunya.
Las
fuerzas de seguridad cargaban contra los manifestantes con violencia
desmedida. Gases lacrimógenos, balas de goma y detenciones
arbitrarias se convirtieron en la norma. Las asambleas ilegales eran
el último bastión de la resistencia. En sótanos oscuros y
edificios abandonados, la gente se reunía para planificar acciones y
mantener viva la esperanza. En estos encuentros, se compartían
historias de resistencia y se fortalecía el espíritu de lucha.
—Cada
vez que nos reunimos, desafiamos al poder —dijo Soledad en una de
las habituales asambleas en un desvencijado local de Lavapiés—.
Cada vez que alzamos la voz, estamos diciendo que no aceptamos vivir
en un mundo sin justicia.
—No
estamos solos —reafirmó Tristán en una conferencia internacional
de activistas en Berlín—. Nuestra lucha es global, y juntos
podemos cambiar el curso de la historia.
La
resistencia no se limitó a España y Portugal. La situación en
otros países de la Unión Europea era similar, con la población
sufriendo bajo políticas neoliberales que favorecían a las élites.
La conexión entre los movimientos de resistencia en diferentes
países se fortaleció, creando una red de solidaridad y apoyo mutuo.
A diferencia de las personas, los conflictos no envejecen, ni las
luchas...
Después
de la Década Ominosa (2029-2039), Leonor I, tras la abdicación de
Felipe VI, fue nombrada Reina de España, heredando el negocio
familiar, absolutamente quebrado. Naturalmente, nadie la votó. Es lo
que tienen las monarquías y, en realidad, tampoco era muy difícil
hacerlo mejor que el incompetente de su padre o el corrupto de su
abuelo.
En
aquella sociedad rota, una noche, en uno de sus muchos encuentros,
Soledad y Tristán recordaban cómo solían imaginar un futuro
diferente. Sentados en un pequeño bareto del barrio, compartían sus
sueños y miedos.
—¿Te
acuerdas de cuando creíamos que podíamos cambiar el mundo?
—preguntó Tristán, mirando fijamente su taza de café.
—Claro
que sí —respondió Soledad, sonriendo con tristeza—. Pensábamos
que podríamos hacer cualquier cosa e hicimos lo que teníamos que
hacer.
—¿Qué
nos pasó, Sole?... ¿En qué jodido momento perdimos?
Soledad
soltó una risita seca y amarga, casi como si no pudiera evitarlo,
pero su mirada se fijó en el horizonte, donde los focos de los
drones se movían como ojos curiosos.
—Tristán,
no nos pusieron fácil. Estos cabrones no sueltan el poder así
porque sí. Ni antes, ni ahora, ni mañana… Nos quieren jodidos,
calladitos y bien obedientes. Pero qué va, no pienso darles ese
gusto.
—A
veces me pregunto si no hicimos el tonto —dijo él, resoplando con
los ojos húmedos—. Mira esto, Sole, mira como estamos: nos
quitaron todo, las plazas, los libros, hasta las canciones. Hablar de
justicia ahora es como pedirle a un perro que lea poesía.
—¿Y
qué? —soltó Soledad, con los ojos encendidos—. Precisamente por
eso seguimos. Porque nos queda lo único que no pueden robarnos,
Tristán: las ganas de mandarles todo al carajo.
Compartieron
un silencio cargado de melancolía, recordando aquellos tiempos en
que la vida era una promesa y no una carga. Al final, como siempre,
se impuso la biología, y Soledad y Tristán no vieron realizadas sus
esperanzas, no cumplieron sus sueños y su mensaje perduró como un
naufragio.
Dolor
y vacío en el corazón de Laura…
Los
años pasaron y, aunque la represión continuaba, también lo hacía
la resistencia. Las historias de Soledad y Tristán se volvieron
inteligibles y, en los años sesenta
del siglo XXI, se convirtieron en símbolos de esperanza y lucha para
las nuevas generaciones. Su legado inspiró a muchos a seguir
luchando por un mundo más habitable.
Al
calor de los potentes movimientos sociales de 2068, el barrio de “La
Prospe” se llenó de vida y actividades comunitarias. Los niños
jugaban bajo un viejo roble, y los adultos se reunían para compartir
historias y planificar nuevas acciones. Laura miraba al horizonte con
una mezcla de nostalgia y esperanza.
—Abuela,
¿por qué te emocionas tanto al ver ese árbol? —preguntó la
niña, frunciendo el ceño, mientras observaba cómo Laura se
detenía, inmóvil, frente a aquel viejo roble, ahora apenas visible
entre las sombras de los altos edificios grises que lo rodeaban.
Laura
exhaló lentamente, como si el peso de los años y los recuerdos se
condensara en ese instante. Sus ojos, opacos por la edad, parecieron
iluminarse brevemente.
—Este
árbol tiene una historia muy especial —respondió, con una sonrisa
tenue que contrastaba con la tristeza en su voz—. Bajo sus ramas,
hace mucho tiempo, dos personas compartieron algo que ya no se ve en
nuestro mundo: esperanza.
La
nieta ladeó la cabeza, curiosa.
—¿Qué
hicieron?
Laura
alzó la mirada hacia el árbol, sus hojas marchitas temblando al
compás de un viento áspero y contaminado.
—Compartieron
su primer beso aquí —dijo con suavidad—, pero eso no fue lo más
importante. Aquel beso marcó el inicio de algo más grande.
Dedicaron sus vidas a luchar contra un sistema que había olvidado lo
que significaba ser humano. Amaban la justicia, la libertad… cosas
que ahora son apenas palabras en los libros que ya nadie lee.
La
niña miró alrededor, confundida, como si buscara algo tangible en
el relato de su abuela.
—¿Ganaron? —preguntó por fin.
Laura
tardó en responder. Se tomó su tiempo, acariciando el tronco áspero
del árbol, como si buscara consuelo en él.
—No
de la manera que hubieran querido. Pero su lucha sirvió para plantar
semillas, no solo aquí, sino en los corazones de quienes los
conocieron. Este árbol sigue de pie porque simboliza lo que nunca
pudieron arrancarles: la dignidad.
La
nieta frunció el ceño otra vez, aunque esta vez no por curiosidad,
sino por una punzada de tristeza que no sabía cómo expresar.
—¿Eso
significa que todavía podemos cambiar las cosas?
Laura
sonrió, aunque en sus ojos brillaba una mezcla de nostalgia y
resignación.
—Siempre
hay una posibilidad, Osito, pero un árbol como este necesita raíces
fuertes para resistir la tormenta. Y esas raíces son las personas
que creen en algo más grande que ellas mismas.
Ambas
se quedaron en silencio, el ruido de las sirenas y las máquinas
llenaba
el aire. A su alrededor, el mundo parecía un lugar hostil, un lugar
que había olvidado las historias que guardaba cada rincón. Pero
allí, bajo aquel árbol, por un instante, se sintió algo diferente.
Algo antiguo y poderoso, como si los ecos del pasado se negaran a
morir del todo.
Esa
noche, Laura asistió a una gran asamblea en el centro comunitario de
su barrio. El lugar estaba lleno de jóvenes y mayores, todos
reunidos para discutir nuevas iniciativas y proyectos que
beneficiaran a la comunidad. El espíritu de solidaridad y
colaboración era palpable.
—Hoy,
celebramos no solo el legado de mis padres, Soledad y Tristán, sino
también el de toda esa gente que ha luchado por un mundo más justo
—dijo Laura al iniciar su discurso—. Cada pequeño acto de
resistencia, cada gesto de bondad y solidaridad, cuenta. Juntos,
hemos demostrado que el cambio es posible.
La
sala estalló en aplausos, y Laura sintió una profunda conexión con
cada persona allí presente. Sabía que la lucha por la justicia
nunca terminaba, pero también sabía que no estaba sola.
El
futuro seguía siendo incierto, con desafíos constantes y nuevas
(viejas) luchas. La historia de Soledad y Tristán, y la chispa de
resistencia que habían encendido, continuaban brillando. Las nuevas
generaciones estaban listas para tomar el relevo y seguir adelante,
manteniendo viva la esperanza y el compromiso con un mundo mejor.
Laura
miró a su alrededor, a los rostros llenos de determinación y supo
que el espíritu de Soledad y Tristán estaba vivo. Con una sonrisa
de gratitud se unió a la asamblea, confiada en que el futuro, aunque
lleno de desafíos, también estaba lleno de sueños por cumplir.
Años
después, cuando tras los movimientos sociales de 2068, la ciudadanía
comenzó a recuperar las calles, el viejo roble se convirtió en un
símbolo. El árbol de "La Prospe" había sobrevivido a
décadas de abandono y contaminación. Sus raíces rompían el
pavimento, como si la naturaleza quisiera recordarle al mundo que no
todo podía ser controlado. Bajo sus ramas, se recordaban las
historias de quienes habían luchado antes. "Aquí empezó todo
y aquí seguimos, porque no pudieron arrancar las raíces."
Próxima
Estación: Esperanza…

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