¡Feliz Diada de Sant Jordi y Día Internacional del Libro para tod@s!
¡La gran familia de Litteratura estamos de enhorabuena! Hoy conmemoramos el X Aniversario de nuestro –y vuestro– blog. Hace diez años –¡parece que fue ayer!–, en el marco de la Asociación Cultural “La Lotteria” y bajo el lema “Por Amor al Arte”, junto con el amigo Germán Vieco y un grupo de escritor@s
que se convirtieron en colaborador@s habituales de Litteratura, comenzamos la andadura de esta apasionante aventura, que por aquel entonces aspiraba a “descubrir, degustar y daros a conocer a un puñado de nuevos
talentos”. Diez años después, ya llevamos a nuestras espaldas la
publicación de 365 entradas de más de ciento cincuenta escritor@s y la realización de cuatro
Concursos Litteratura de Relato y Poesía, y podemos decir que contamos con
un público fiel y consolidado: hemos alcanzado los mil seguidor@s ¡y las 222.000 visitas! ¡Gracias a
tod@s vosotr@s, autor@s y lector@s, por hacerlo posible!
Queríamos celebrar un
día tan especial como hoy con un gran escritor de la talla de Emerio Medina, uno de los autores más premiados de la Cuba actual, que ha tenido la gentileza de regalarnos un cuento suyo para la ocasión. En palabras de nuestro corresponsal caribeño U. R. Olivero, colaborador habitual de Litteratura, “Se pueden contar con
una mano, y quizás sobren dedos, los escritores cubanos que hoy alumbran el castillo
de If de la narrativa de la isla. Las novelas y cuentos de Emerio Medina
suman, dan esplendor y abren otros caminos donde nada es lo que aparenta y
donde todo es un gran yelmo, pero también bacía o baciyelmos varios.”
La lección
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| Foto: Los molinos de Cervantes en La Mancha (www.zicasso.com) |
—¡Ea, Pedro, muchacho! —dijo de pronto el Maestro—. Este personaje, este Alfonso, ¿no te parece
muy flaco?
—Sí, Maestro. Verá…
—Verá… Nada —dijo el Maestro con sequedad—. Un
personaje tan flaco sólo va a molestar en el texto. Ningún lector retendrá en
la memoria la figura de ese hombre alto y desgarbado que lleva un bacín en la
cabeza.
El
mocito bajó la mirada. Si bien el hombre flaco de su historia sería difícil de
recordar para un lector, la idea de llevar un bacín por sombrero no le pareció
tan descabellada. Pero aceptó la observación sin protestar y levantó los ojos
otra vez hacia las torres de piedra de los molinos.
El
Maestro acercó el candelabro. Carraspeó y habló sin mirar a su pupilo. Señaló
con el dedo una oración muy larga, una frase atrevida, alguna palabra
inadecuada que se podía sustituir por un sinónimo cualquiera.
—¡Ajá! —apartó
los ojos del papel—. Este
otro personaje, este Pancho, ¿no te parece muy gordo?
—Sí, Maestro. El problema es que…
—El problema es que… ¡nada! —el Maestro
golpeó la mesa con la palma de la mano—. No estaría bien que la atención de los
lectores se desviara hacia ese detalle tan poco importante. En general, los
personajes gordos molestan en cualquier historia. No es bueno comenzar tu
carrera creando personajes tan voluminosos. ¿Acaso crees que eso sería bueno
para ti? Dime sinceramente: ¿acaso lo crees?
El mocito no respondió. Por un momento
sus labios temblaron. Miró a los ojos del Maestro y escondió la cabeza.
—Veo que me entiendes. Y te lo repito
ahora: no sería bueno. Nunca debemos cometer ese tipo de errores. Y nunca
debemos comenzar la carrera escribiendo textos tan largos. Se lo hice notar a
tu madre cuando vino a hablar conmigo. Creo que la poesía es lo mejor para ti. Sí.
La poesía. Algunos sonetos. Algunas glosas. Recuerdas que te hablé de la
espinela? Bien. La espinela te funcionaría muy bien.
El mocito quedó callado. Otra vez fijó
la mirada en las aspas de los molinos. Se movían con lentitud en la distancia,
como grandes brazos empujados por el viento. Sí. Las aspas giraban en sus
torres de piedra como brazos enormes. Por momentos parecían lo s brazos de un
gigante al acecho, y por momentos le hacían evocar las alas abiertas de
terribles monstruos voladores.
El Maestro terminó de leer y apartó el
manuscrito. Carraspeó. Cruzó las manos bajo la barbilla. Suspiró y movió la
cabeza en señal negativa.
—No has avanzado nada. Todo este tiempo
has venido a mi casa por gusto. ¿Sabe tu madre que estás escribiendo ese tipo
de cosas? ¿Lo sabe? ¿Eh? ¿De verdad lo sabe? Y en general, Pedro, muchacho, ¿cómo
se te ocurrió esa historia tan loca? ¿Qué es eso de andar arremetiendo contra
los molinos?
El mocito secó una lágrima y escondió
el rostro entre las manos.
—Perdóneme, don Miguel. Yo sólo quería…
—Bien —dijo el Maestro—. Prueba con
otra cosa. Vuelve el año próximo y tráeme un par de sonetos. O quizá sea mejor
que trabajes las rimas de Espinel. Y déjame este manuscrito por aquí. Lo echaré
al fuego, así no te buscarás problemas con tu madre.
El
mocito se levantó sin mirarlo a los ojos y se fue con la cabeza baja. El
Maestro se acercó a la ventana y lo miró alejarse hasta verlo desaparecer en la
dirección que señalaban los molinos. Sonrió después, y cerró la ventana. Echó
las llaves a la puerta y acercó otro candelabro. Le brillaban los ojos cuando
se sentó a leer el manuscrito.
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| Emerio Medina |


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