miércoles, 17 de febrero de 2021

Lecturas que me salvaron la vida......Ur Olivero

Foto: www.telecajas.com
¿Mi amigo Paterson ocultaba más de un as en la manga? ¿Qué quería significar, semióticamente, con esa A y esa C en su Tesis hablando de Sociedades?... Que fuera, me dijo por correo electrónico, y me lancé para Holguín a buscar la caja. Llegué y no había nadie en la casa de la tía. Me senté a esperar debajo de una mata de mangos que había enfrente. Llegó una señora mulatona, de pelo rizo, con una jaba grande. Nos saludamos. Ya sabía.
Que pasara y me hacía enseguida una tacita de café, y que no me preocupara por mi regreso a Mayarí porque un primo suyo tenía que ir por la mañana en una máquina, Que gracias, le dije.
“No, hijo, si eres amigo de Paterson, eres de la familia.”
Lo era, y hacía mucho no nos veíamos personalmente, por Feisbu sí. Nos conocimos en la Universidad de Playa Manteca. Que ese sobrino suyo era el demonio, añadió, y sonrió.
“¿Viviste por allá por Barcelona mucho tiempo?”
“Algunos añitos.”
“A ver cuándo puede venir. Ahora trabaja de mensajero en un Bufete de Abogados. ¿Sabes que terminó allá la carrera?”
“Sí, lo sé.”
“¡Qué cosas tiene la vida! Ese sobrino mío es un escapista, ni el Joudini ese le hace sombra.”
“…”
Me la trajo y por una especie de pudor, no quería revisar nada en ese momento, y ella captó mi indecisión.
“Hijo, no te dé pena, mira lo que tengas que mirar. Siéntete como en tu casa. ¿Quieres un poquito más de café?”
Vaya, qué sorpresa encontrarme con estos libros. En aquellos días oscuros, fueron nuestro fiel y nuestra balanza. Era un fiñe con apenas diecisiete abriles, Paterson tenía veintitrés y quería estudiar Sociología, pero se complicó con dos más en un asunto de venta de marihuana y el embullo de la carrera se le fastidió. Sucede.
“Ay, muchacho, mi hermana creyó que no podíamos soportar aquello, y pasamos muchas noches tomando pastillas y sin pegar un ojo, porque de ese sitio se hablaban mil y una diabluras. Perdóname que te sea franca.”
“No se preocupe, Mercedes, mi madre también pensó lo mismo y fue hasta la casa de más de un santero, ya se figura. Yo no creo mucho en esos tejemanejes, pero cuando uno está desesperado se aferra a cualquier cosa.”
Una casita modesta en las afueras de la ciudad. En la sala, una mesa de formica en el medio con un búcaro de flores artificiales, y el sofá de la sala quizás no aguantaba otra reforma de las tantas veces que se intentó salvar con remiendos de otros vinilos y colores. En las paredes, unos pocos cuadros y una reproducción en tela de La última cena de Jesús, donde se presupone que no faltará nunca la hogaza de pan, ni en la peor de las escaseces, si se siente la fe. En paralelo a la litografía, la foto de una muchacha en la celebración de sus quince, la corona es plateada. A la derecha de la entrada, una escalera de caracol conduce hasta una barbacoa. La pared pintada de beige claro, y la meseta de la breve cocinita está por la mitad de azulejos. Se respiraba una atmósfera tranquila de quien intuye que no todo concluye en este lado de la orilla.
“Lo que nos costaba prepararle su jabita para las visitas. Ay, muchacho… ¡Qué tiempos aquellos, Dios mío! ¿Cómo pudieron sobrevivir?”
Ay, Mercedes, mejor ni me detengo en ese paisaje, ufff, no quiera usté imaginarse lo que inventé en mi cabecita para sortear según qué trampas. En aquellos años, hasta llegué a poner en duda la tan beatificada obra de la Revolución. No entendí al principio muchas cosas, dudé y dudé.”
La llamaron desde la calle. Salió y escuché retazos aislados. Que estaba con un amigo de su sobrino y que más tarde. La voz de una muchacha insistió en que le hiciera el turno por la noche, porque tenía que viajar a Cueto y no sabía si podía regresar el mismo día. Bueno, veré, dijo y se despidió.
“Ay, hijo, a veces una no puede negarse y tiene que hacer favores aunque ni le alcance el tiempo. Esa muchachita pasa un trabajo tremendo, con tres vejigos, y al marido lo metieron preso el mes pasado. Ya hoy las muchachitas no se cuidan, no usan preservativos, y luego son las lamentaciones y los apuros.”
Revisé. Varios libros, ediciones muy viejas de Colección Cocuyo, Huracán, Letras Cubanas. Dos tomos de la Editorial Ciencias Sociales de La rama dorada de Frazer, de años recientes, y con bolígrafo negro, una dedicatoria. Y el primer librito que me mandó mi amigo a la celda de castigo cuando me fajé con Mauricio El Palestino, Canción de Rachel. Oro molido en aquellos años, cuando la maldita soledad quiso construirnos su Gólgota, pero nosotros no le permitimos que se anotara ese punto y le tapiamos el camino.
Atardecía, y ya en un ratico nos comeríamos una sopa y unos plátanos maduros fritos, a ver cómo le había salido, porque los condimentos están perdidos y una tiene que hacer malabares como Rachel, figúrate, el jodido bloqueo ese nos tiene cansados ya, lo que pasa es que la gente se lo cree todo. Ay, hijo, un defecto de todos nosotros es que somos demasiado creyentes ¡y no se puede ser demasiado en nada porque el Señor castiga!
Vi una salamandra paseando por encima de la litografía, era medio tocola, y se esfumó por un agujerito que había en la jamba de la puerta. Eso me recordó a algunas que rondan las paredes de la casa de mi amiga la ingeniera allá en Lengua de Pájaro, acaso el mar y la ordenanza del salitre son un estímulo para infundirles tanta confianza, y sentirse como inquilinas naturales.
“Tengo que avisarle a mi sobrina”, señala a la quinceañera.
“Si tiene que salir no se preocupe, yo espero.” No veo teléfono por ningún lado. Entra en uno de los dos cuartos de la casita y sale con un celular de los que ya no se usan, de teclitas. Le enviará un mensaje.
“Ajá.”
“Este me lo mandó de allá Paterson, hasta que me pueda conseguir otro para poder vernos.”
Un Samsung, buena batería, parecido al que llevo conmigo. Se medio sorprende cuando le muestro el mío.
“Muchacho, mira pa eso, yo pensé que viniendo de la yuma tenías uno de los modernos.”
“No, Mercedes, yo soy un monje y la riqueza en la que creo sobrepasa todas esas modas pasajeras.”
“…”
De repente, sus ojos avellana, como una corriente en escorzo, me recordaron que la lluvia preexiste antes de…, y somos eso y es necesaria, basta invocarla sin el bisturí del temor para creer en ella, pero lo disimuló. Dijo que salía un momento a casa de la vecina, que ya casi comíamos.
Al poco regresó. Sacó un mantelito de la gaveta de la mesita y puso dos cucharas y dos tenedores y dos vasos de aluminio, que le perdonara, pero los de cristal tenía que conseguirlos porque se le habían roto días atrás. Que ahora en la choping del reparto se rumorea que llegarán y estaba para eso, que otra vez sería.
Nos acostamos como a las doce. Me contó varias cositas de mi amigo, y me enseñó fotos de cuando cursaba la primaria y estuvo en la secundaria. Y que a veces en esos trastos de cajas que hay arriba (apuntó con el índice para el cuartico de la barbacoa), me leo esas novelitas que hay ahí, para entretenerme y aprender. Me leí algunas de este encargo que te dejó, que agarrara la que quisiera, pero que luego la repusiera ahí porque eran para ti. Ah, ahí capté la alusión a Rachel.
“Muchacho ¿Qué se traen ustedes entre manos?” Sonrió con los ojos achinados, pícaramente.
“Nada Mercedes, nada del otro mundo. Quería que yo recuperara las primeras lecturas que me ayudaron a salvarme. Sólo eso.”
“Ah, como ustedes los artistas son tan extraños…”
“…”

 
A las once, la máquina pasó por casa de Mercedes y me recogió. Me tomé un buen café con leche de vaca, y me abrazó, Vuelve cuando quieras, esta considérala tu casa, sin pena, y cuando hable con el sobrino le contaré.
A las tres ya estaba en Lengua de Pájaro. Como hacía un poco de calor, me animé a ir a la Puntica de Belquis a darme un chapuzón, esperaba que no hubiera tanta gente. Le pregunté a la ingeniera si quería venir conmigo un rato. Dijo que no, le dolía un poquito la pierna y mejor se quedaba para descansar un rato. Cualquier cosa me llamaba. Además, esperaba una llamada de su bebé, de Bolivia.
Un mensaje del mecánico en el celular, qué tal por allá, por la Ciudad de los Parques. Que me llegara por su casa este sábado si quería. Así conversábamos un rato sobre una novela que terminó, y quería que yo fuera uno de sus primeros lectores. Ok, le respondí.
La ingeniera hizo un arroz con pargo riquísimo y un buen batido de guanábana, por si quería después de la película Papillon. La tenía grabada y no estaba doblada con esas voces horribles del castellano demasiado estándar y limitador, uffff. Prefiero las pelis con subtítulos, uno lee y escucha, y pone dentro las voces que uno cree. El camino de dentro nunca es igual al de fuera, cuando las voces vienen impuestas, eso más tarde o más temprano resulta un peligro y una limitación. No son tiempos para inquisiciones, son tiempos para ventanas.
Dicen que al autor de esta obra al principio lo consideraban cierta clase media y alta un apestado, pero después que contó su verdadera historia, y se hizo muy famoso su libro y sus años en Cayena, hasta ministros y reyes le invitaban a palacio, le adulaban, le tendían alfombras. ¡Qué molestas y venenosas son ciertas hipocresías!!! ¡Cuántas mentiras pueden encerrar las esclavitudes y egoísmos de la famosa forma, de la tiránica y poco rentable apariencia!!!
“Me acuesto.”
“Ocá.”
Nos dimos un beso, y que menos mal que la pierna se le calmó por la tarde. Apagué la luz y la sombra de varias salamandras empezó a espejear por la pared, del mostradorcito de las botellas de ron a la puerta que comunica con la terraza portal, del tapiz del tigre con su hijito a las dos lamparitas que arbitran el ancla y el timón de madera, de la ventana de cortina al espacio del espejo. Han hecho sus escondrijos por la casa y rara vez se las puede avistar de día.
¿Qué quiso decirme realmente con que me diera un viajecito a la casa de su tía y recogiera esa cajita? Traté de leer más allá, pero no alcanzaba el eslabón que completara la cadena. Yo salí dos años antes, y luego supe que después que le dieron la libertad, se fue para la capital a trabajar, y en el 99 pudo salir del país con una invitación que le hizo una amiga catalana que conoció en Maisí, por ahí por el río Duaba.
Tenía poco saldo, ¿y si le mandaba un mensaje a su celular aunque me chupara lo poco que me quedaba?
Me animé. Lancé una estocada para provocarlo,
“Hola, la vi. Está protegida por La última cena. Te espera. No podemos ser demasiado creyentes. Abrazo”
 
 
Una semana sin decir al teléfono ni este pico es mío. Y otro correo, que venían unos amigos a Holguín y me traerían un regalito. Que me llamarían. Y de repente, varios mensajes que más parecían una confesión tipo salto al vacío que otra cosa.
“Men, tú te largaste primero. Te acordarás de nuestro amigo que mataron aquella noche en el albergue, dicen que el cocinero Ulloa estuvo detrás, no sé, amigo mío, no lo sé, pero hay muchas versiones sobre lo que pasó aquella noche cuando tú y Javier jugaban al ajedrez, y luego todo el jaleo de la puñalada. Oye, cumbia, al fin terminé Sociología en Barna, y aunque me costó porque tuve que pasar unas pruebas de nivel del carajo, lo logré. Seguro te acordarás del año y medio que estuviste aislado no, asilado en el cubículo, del janazo que le diste con el tubo al Palestino. A lo mejor ya se te habrá olvidado que me mandaste a decir que te aburrías y que te consiguiera un diccionario, y pude ayudarte con el Aristo, y con el Curso de Redacción de Gonzalo Martín, no es tan bueno ese diccionario, pero te sirvió para las cartas que nos hacías para las muchachas con que luego íbamos a pabellón. Eres un capo, Ubo.
»No sé si te acordarás que conocí a mi mujer en una visita y que con las cartas me ayudabas a camelarla, porque no sé cómo lo hacías, pero llenabas hojas y hojas de millones de mentiras y ella se creyó más de la mitad, y nos casamos cuando salimos y tenemos tres hijitos, amigo mío. Ahora curro bastante, y ahorro dinero para ir a verlos y comprarles una casa en Báguanos, de donde son los padres de mi mujer. Yo siempre le dejo claro aquello que dices, amigo mío, somos hijos de nuestras obras. No voy a ponerme sentimental, porque si ahora estuvieras acá en la Ciutat Condal te diría Oye, men, vamos a emborracharnos hasta caer en coma, pero sé que te sienta mal y mejor no.
»Me enteré de lo que te pasó con la mamá de tu hijo en Buenos Aires, no, men, la cagaste. Si dijiste lo que cuentan que dijiste, sabes que hay palabras que matan, o fotos, acuérdate lo que le pasó a Kevin Carter, dicen que no pudo soportar la presión de aquella foto que le hizo al niño de África al que se quería comer el buitre. Y mucho menos la presión del mundo, él informaba, sí, pero también hablaba en esas fotos de la jodida indigencia que tiene mucha gente dentro y la disimula para parecer otra cosa.
»Men, hablé con mi tía, le caíste bien y eso me alegra, pero sin ponerme sentimentaloide ni dramático, es mejor que cuando vuelvas por allí no le sigas la corriente cuando ella te sonsaque de aquellos años en PM, mejor hablen de atletismo o de alguna novela que hayan leído los dos, no sé, pero aléjala del tema, será mejor. Mi tía y mi mamá quedaron con secuelas terribles de aquellos años.
»Ah, te mandaré por DHL mi Tesis de Grado, Sociedades A, Sociedades C, no seas tan severo con tu ojo de halcón ni critiques tanto, sobrellévame. Recuerda que se trata de una Tesis y ya sabes que yo soy, en según qué contextos, hegeliano. Somos hoy, pero también podemos ser ayer o, en su defecto, no ser ni una cosa ni otra y vivir en el chaflán anti-deicidio de cualquier frontera, como dice tu admirado Cercas.
                                                                                »Un abrazo, tu hermano P»   

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