miércoles, 3 de febrero de 2021

El regreso de Lolita......Lauro Cruz Sánchez

Foto: Sue Lyon
Ella era mi nínfula. Representaba al contrincante más bello, siempre imaginado, en el juego de la corrupción, un descarado haz de perversión que ponía al descubierto mi lado más oscuro, la dosis perfecta de juventud que mi decrepitud necesitaba. Acariciar sus nalguitas preadolescentes primero y sus deliciosos pechos después se convirtió en una pérfida y asfixiante necesidad que nada ni nadie lograba satisfacer. Su fatídica hermosura era el alimento para mi lepra moral, un exquisito cáncer que alimentaba mi depravación.
          Me sumergía en la lectura con el único objetivo de apartarla de mi mente, pero a cada vuelta de hoja sus ojos claros se posaban sobre las páginas como fondo de agua, mirándome con morbo, retándome, de una manera sucia… deliciosamente grosera. Se cerraban tres segundos y se abrían poco a poco, abarcando toda la página con su brillo y esplendor, resucitando mi lujuria que, para muchos —y para mí, por supuesto—, ya era difícil sacar de su letargo. Luego aparecía su gran escote —inusual para una quinceañera­­— y el libro temblaba de emoción.
Sin ningún respeto por la caja, aquellos pechos se desparramaban sobre los medianiles, borrando folios y cornisas, imponentes, desvergonzados; con altivez de cortesanos, me obligaban a cerrar los ojos y acariciaba la página con la yema de mis dedos, evocando su aroma, atrayendo sus encantos, solazándome con su presencia lejana. Y así, con los ojos cerrados, su risa inundaba todos mis sentidos, “… y algo en mí se aroma y despereza”, como canta Serrat. Llenaba la habitación, circulaba por el pasillo con movimientos provocativos, riendo a carcajadas —elixir de vida, bálsamo de primavera—. Acto seguido, su recuerdo corría a sentarse en mis piernas con una “jicaleta” en la mano, dándome a probar:
          —Coma “jicaleta”, profe. —Me acercaba la jícama con su mano, para luego introducir sus dedos en mi boca—. ¡Ay, chúpeme el chilito, que ya me embarré toda! —Yo aprovechaba para sorber su alma; mi voluntad le pertenecía, manejaba a la perfección los hilos de su marioneta—. A ver, mueva ese horrible culo, que quiero revisar mi Face –con una secreta satisfacción, encontraba mi forma de hablar en la de ella. Qué rápido aprendes, preciosa, pensaba para mis adentros.

Alternaba la revisión de su Face con música de Luis Fonsi, Daddy Yankee, Nicky Jam, Maluma. Cantaba con mucho sentimiento. Escucharla me hacía sentir doblemente desdichado. Primero, porque odiaba esa clase de música, y luego porque su desafinada voz se convertía para mí, rockero de la vieja guardia, en apasionantes acordes de Patti Smith, deliciosos lamentos de Annie Lennox o exquisitos compases de Pink Floyd, pues me cantaba al oído, embriagándome con su fresco aliento. Rozaba sus labios contra mi oreja, mientras yo recorría su espalda con mis manos, apenas tocándola, como frágil figurilla de cristal. Sus incipientes piernas de piel blanca —formas imprecisas de la pubertad— eran acariciadas con devoción, recorría centímetro a centímetro de la ingle a la rodilla, de la nalga a la pantorrilla.

La vida nos había tendido una red de la cual yo sabía cómo escapar, pero no tenía ninguna intención de hacerlo. Ella parecía sentirse cómoda y gozar en esa trampa, que le otorgaba dividendos económicos, despreciando mis insinuaciones e ignorando mi angustia, burlándose de mi cara de imbécil al mendigarle una caricia.

Al llegar a visitarme, desde el momento que depositaba su mochila sobre un sillón, los sentidos se me embotaban, su presencia doblegaba mi voluntad, desapareciendo con la varita mágica de su fresca sonrisa cualquier sentimiento de culpa. Aquella rutina diaria era parte de un plan emergente y de seguridad. A la niña no le gustaba trasladarse a la secundaria en transporte público. Prefería hacerlo en taxi. Debido a que su madre, Doña Dolores, carecía de los medios necesarios para satisfacer sus excentricidades, me eligió a mí como su mecenas. Sin embargo, Lolita no sólo recibía caricias mías, también tenía aventuras con jóvenes de su edad. Carecía de un novio formal.

—Los novios son una hueva, profe, prefiero los amigos con derechos, que sólo me sirven para un free, pero están… ¡mmmmh! Con ellos sí me siento mujer.

—Pero apenas eres una niña…

—Pues ellos me hacen sentir adulta.

—¿Y también les pides dinero “prestado”?

—¡Cómo cree, profe, no soy prosti… aún! —Manejaba la desfachatez de una manera tan natural que era imposible no postrarse a sus pies. Sus expresiones contenían una pesada carga de inmoralidad; sus ademanes incitaban al pecado.

—¿Por qué dices “aún”? Estás insinuando que…

—¿Quién sabe, profe? —me interrumpió— Esas señoras me llamaron mucho la atención, creo que desde los diez años —desvié la conversación hacia otro terreno, para no darle importancia a esas palabras.

Aún recuerdo la ocasión en que llamó con insistencia a mi puerta y, al abrir, de un empellón me hizo a un lado y entró a toda prisa al excusado. Pensé en un ataque de diarrea.
—¡Quítese, profe, déjeme pasar! —Noté algunas manchas blancas en su desordenada cabellera y en su ropa, a la altura de su pecho.

—¿Qué te pasó, pequeña? ¿Te madrearon o qué? —La seguí hasta el baño. No respondió a mi pregunta, como siempre. Sólo se ocupó de controlar el acceso de tos que la invadió y lavar su cara bajo el chorro de agua.

—‘Péreme… ‘péreme… —Ya había desenrollado papel higiénico y se limpiaba la cara, el cabello y las manchas sobre su cuerpo.

—¡Hijo de su puta madre! ¡Hijo de la chingada! —gritaba divertida, mientras se buscaba manchas, ahora sobre sus piernas; su rostro estaba encendido de malicia, su mirada, siempre alegre, ahora gozaba de un brillo malévolo.

—¡Bueno, cuéntamelo todo, me tienes aquí como tu pendejo!

—¡Ese pinche David! —escudriñaba su rostro frente al espejo—. ¡Se vino sobre mí!, ¡El muy cabrón me los echó en la cara, profe! ¡Menos mal que no había vecinas, si no...!

Dicha escena había tenido lugar en la azotea del edificio, entre los lavaderos, con el sol de las dos de la tarde como único testigo. Acostumbraba a aprovechar el manto negro de la noche para ocultar sus travesuras en esa parte del edificio, sólo que esta vez, al parecer, la calentura les ganó a los jóvenes.

En repetidas ocasiones, los muchachos le faltaban al respeto y le pedían una cita en la azotea, pero Lolita no se inmutaba. Simplemente les mostraba el dedo corazón, mirándolos fijamente: “Que te la dé tu puta madre, wey”, aunque más adelante, ya con las aguas más serenas, aquella solicitud era atendida debidamente.

—El hecho de coger a tan temprana edad no es lo grave, Lolita —en el barrio debía usar este lenguaje directo, para hacerme entender y derribar las barreras invisibles de las condiciones sociales—, lo cabrón es que te embaracen o vayan a contagiarte alguna enfermedad —me miraba un instante y volvía al monitor—, si lo haces con res-pon-sa-bi-li-dad —le remarcaba estas palabras—, no hay pedo. ¿Me estás oyendo, malvada?

—Relájese, profe, ya me lo ha dicho varias veces, a las “fiestas” hay que ir con “gorritos”, ¿o no? —sus respuestas estaban cargadas de fastidio y su atención se perdía en la inmensidad de las redes sociales. Instantes después, el malvado de la película —una figura amorfa que me nulificaba los sentidos— emergía de mis entrañas, abandonaba su oscuro escondite. La escena ya era un rito. La niña ante la computadora y yo atrás de ella, acariciando sus hombros desnudos, hablándole al oído, embriagándome con su púber aroma, ambas manos bajo la blusa, acariciando sus pechos. Ella guardaba silencio y aceleraba su respiración, la mirada fija en el monitor. La atmósfera se poblaba de lascivia y desenfado, y simulaba atender sus mensajes, para ponerse en pie de súbito ante mi absoluta desolación.

—¡Bueno, ya, basta de arrumacos! —explotaba mi burbuja con un manotazo sobre la mesa. Me costaba trabajo regresar a la realidad—. Ya me voy, profe, ¿me presta 50 pesos para mi taxi?

¿No era la misma táctica que utilizan las mujeres en los puteros? Siempre te piden “para el taxi”… Así eran las reglas del juego y sus encantos las dictaban.

El caso de los albañiles también fue muy comentado en el vecindario. En la misma cuadra donde vivíamos se construía un conjunto habitacional, financiado por el INVI, y en esa obra laboraban algunos jóvenes con aspecto de provincianos, ayudantes de albañil, con escasos dieciocho años sobre sus espaldas. Lolita se enamoró de uno de ellos y no fueron pocas las veces que los vecinos la vieron salir de aquella obra negra a diferentes horas del día. En una ocasión —eran las nueve de la mañana, lo recuerdo muy bien—, salí a la tienda a comprar víveres, y en la calle me encontré a Lolita, vestida con un camisón blanco, sostenido apenas por delgados tirantes translúcidos, escotado de pecho y espalda. Venía de regreso a su casa.

—¡Chamaca malvada! ¿Qué andas haciendo a estas horas y en esas fachas? —Tuve que hacer esfuerzos sobrehumanos para no abrazarla a media calle. Todas sus virtudes de adulta precoz se magnificaban con aquel atuendo. Para mí, fue una aparición que mis genitales no pudieron ignorar y lo celebraron al instante, con un ligero cosquilleo.

—Te ves buenísima, recabrona —le dije en voz baja, y toqué con deseo ardiente uno de sus hombros desnudos. Fue apenas un instante. El tiempo se detuvo. Todo a mi alrededor desapareció. Me sentí flotar sobre una nube de lujuria… Su tersa piel, su cabellera desordenada y sus codos manchados con cal o cemento… Su electrizante mirada enmarcada con nuestros gestos de complicidad. Sus labios, húmedos aún por la intensa actividad con el estúpido ayudante de albañil… Mi angustia al imaginarme la escena… Mi enorme impotencia por la diferencia de edades, barrera invisible entre los dos…

—Nada. ¿Qué he de hacer? —Agachó la mirada y sonrió con picardía—. Le llevé un café a mi novio ¿Me presta veinte pesos? —Le entregué el billete embelesado, como autómata, y seguí mi camino volteando hacia atrás a cada tres pasos que daba. No era conveniente que los vecinos me vieran platicando con una chiquilla ataviada con prendas tan ligeras y a esa hora de la mañana.

—Señor… señor…, aquí tiene su cambio —hasta entonces reaccioné de mi sopor; y comprendí que el hecho de tener aquel acercamiento de intimidad con Lolita me situaba en un lugar privilegiado. “God knows I’m good”, repetía como una oración, parafraseando a David Bowie, y así me tranquilizaba, además de inyectarme ánimos.

Lolita encontraba en mí la figura paterna de la cual carecía y yo utilizaba su cuerpo como válvula de escape para mis sentimientos más obscuros, era el remedio contra el cáncer de perversión que carcomía mis entrañas. Al regresar de la tienda, descubrí con satisfacción que Lolita se encontraba en el umbral de la puerta del edificio donde vivíamos, con una pierna apoyada en la pared y recargando su figura de ninfa contra la misma, la cabeza gacha, sumergida en el celular. Me espera, pensé emocionado, y apresuré el paso, sólo para verla de cerca y saborear su piel nuevamente. Le voy a pedir que me lleve a la azotea, me dije, palpitante ya. A diez metros de llegar ante ella, un vecino me saludó desde la acera contraria. Respondí el saludo de mala gana y me distraje unos segundos. La pequeña ya no estaba. Aquella figura de femme fatal había desaparecido. No quise darle importancia a este hecho, pero algunas luces rojas se encendieron en mi interior.
 
 

Su nombre verdadero era Laura. Yo me tomé la libertad de tergiversarlo para mis putrefactos intereses. Descubrí en ella las actitudes del personaje de Nabokov: el desenfado en su andar, la provocación en su mirada, la insinuación en el saludo y la promesa de algo inquietante en la despedida. Desde los primeros días que llegó a visitarnos, acompañada de su madre, Doña Dolores, decidí llamarla Laulita, jugando con su nombre y el personaje de la novela, sin embargo, más adelante, al observar que sus encantos no dejaban lugar a dudas, opté por llamarla Lolita, ya que, como un derivado del nombre de su madre, le correspondía ese apelativo y, curiosamente, por sus actitudes de putita precoz, también. Todos los elementos engranaban a la perfección; así, yo sería el feliz Humbert Humbert de “El regreso de Lolita”, “Lolita en la colonia Obrera” o “Lolita y yo”, en fin, algo así. Es obvio que no contaríamos con la excelencia narrativa del escritor original pero, como mi madre decía, diosito no da todo.

Condené a Laurita a ser la “Lolita” de la colonia Obrera que, con sus coqueterías y devaneos, aturdían a un servidor hasta el punto de hacerle perder la cordura.

Mi mujer y yo decidimos no tener hijos, por sanidad mental. Hacía un año que mi esposa había muerto víctima de una diabetes mellitus galopante, y en vida hizo muy buena amistad con doña Dolores. Constantemente llegaban ella y su hija a nuestra casa a pedir favores económicos —por lo general, a fin de mes, para completar la renta de su departamento—, a hacernos alguna consulta de tareas para Lolita, trámites en la Delegación o, simplemente, para conversar trivialidades de vecinos. Lolita era hija única. Doña Dolores y su marido se separaron cuando la niña tenía apenas seis años, y se fue a trabajar al extranjero. Perdió todo contacto con él, de tal manera que ella debía trabajar para mantener la nave del hogar a flote. En el vecindario se rumoraba que doña Lola y yo terminaríamos casándonos, como resultado de aquella situación. “Ella sola, yo solo, mi casa sola…”

La trataba con mucho respeto y la ayudaba en lo que podía en honor a la amistad que tuvo con mi mujer, pero no tenía ninguna intención de enamorarla. La madre de Lolita, de 54 años, era empleada en una tienda de autoservicio. Yo soy profesor de Literatura, jubilado, con 62 años en mi haber y he borrado de mi diccionario la palabra “matrimonio” Toda mi vida hice alarde de sabiduría ante propios y extraños por haber decidido no procrear hijos. Tal vez el hecho de haber convivido durante muchos años con nueve hermanos sea el motivo de mi aversión a los niños, aunque como se podrá apreciar, no es el mismo sentimiento hacia las niñas.

En varias ocasiones, cuando Lolita y su madre llegaban a visitarme, la niña pedía permiso para utilizar mi computadora y se dirigía hacia mi habitación ante los reclamos inútiles de la madre.

—No empieces con tus cosas, Laurita —la madre simulaba reprender a su hija—, por eso no me gusta que vengas, ¿qué tal si el maestro está ocupando su computadora?

—¡Es rápido, mamá, mientras ustedes platican! —La niña ya estaba instalada ante el monitor.

La doña y yo platicábamos escasos diez o quince minutos, con recuerdos de mi mujer y su marido como temas. Al momento de partir, la escena se repetía:

—¡Vámonos, niña, que el maestro tiene que trabajar! –La doña ya se había despedido de mí—. ¡Ay, esta niña! Perdone tantas molestias, maestro, pero ya sabe cómo es Laurita.

—¡Déjela!, en diez minutos la corro, mientras escombro un poco la alacena, que la tengo muy desordenada.

Al salir la madre, me dirigía hacia donde se encontraba la niña, trémulo, y me instalaba atrás de ella, colocando mis manos sobre sus hombros, ejerciendo una ligera presión, a manera de masaje. Eran unos minutos en que el tiempo se hacía eterno para ella, supongo, porque para mí significaban apenas un suspiro. Mis manos ya estaban bajo la blusa de la niña… La belleza de su piel… El encanto de su actitud… Mis manos recorriendo groseramente su pecho de lado a lado, espalda y hombros… Mi descomunal erección no pasaba desapercibida ante los ojos de la pequeña, pues ya rozaba mi sexo con el antebrazo, al escribir en el teclado. Esgrimiendo una indolente actitud, en silencio, sólo se dejaba hacer, y su belleza borraba todo en la habitación, desaparecía los objetos que nos rodeaban, y mi voluntad se esfumaba ante su malvada inocencia —¿era gozo?, ¿aceptación?—, cubriendo la habitación con una gruesa nube de lujuria. Y, como siempre, sin ningún preámbulo, se ponía de pie de un salto, haciendo explotar la lúbrica burbuja en que me transportaba.

—Ya me voy, profe ¿me presta cincuenta pesos? —Con los sentidos embotados, yo interpretaba aquellas palabras como: “¡Basta, pinche viejo demente, entrégame lo que me corresponde!”. El billete ya estaba preparado, es más, lo había dejado a un lado de la computadora y con una seña se lo hacía notar. Ella salía del apartamento, despidiéndose con un portazo. Yo corría al baño a finiquitar, con mi propia mano, la dosis de estupro que el guión exigía. Los ojos cerrados, evocando el aroma fresco de su cabellera ondulada, la alegría de sus pezones al saludar a mis manos, el tiempo interminable al recorrer su cuerpo… Mis deseos… Mi excitación…
 
 
Daniela y Laura no habían podido ser amigas, a pesar de identificarse como vecinas y profesarse una secreta simpatía. Asistieron a la misma Primaria, aunque cuando Daniela —la Dani, como la conocían en el barrio—cursaba el sexto año, Laurita apenas ingresaba. Es muy probable que, debido a la fama que gozaban tanto Lolita como la Dani, hayan estrechado su amistad, cuando la primera contaba apenas con dieciséis años y Dani, mayor de edad, con veintiuno. De la falsa Lolita ya conocemos su trayectoria; de la Dani, se sabía que trabajaba en un centro nocturno como teibolera y ejercía el oficio de meretriz desde los diecisiete años. Para estas fechas, Lolita ya había abandonado sus estudios en la secundaria, después de repetir el tercer año, ya que algunas materias le causaban horror, pero las matemáticas en particular la enfermaban sobremanera, y varias veces hubo necesidad de enviarla de regreso a casa debido al vómito y fuerte jaqueca que dicha materia le causaban. Cuando doña Lola descubrió que su hija no había asistido a clases durante los últimos treinta días, decidió suspender los estudios de la joven.

—¿Y ahora, a que te vas a dedicar, pequeña? —mis manos ya iniciaban el ritual acostumbrado.

—A puta, profe. Se gana buena lana y no tengo que batallar con las odiosas matemáticas ni lidiar con los maestros idiotas, que no’más están chingando. Sin ofender, ¿eh? –Me lanzó una simpática mirada de disculpa.

Lo dijo con tanta seguridad que todo mi bagaje pedagógico se fue por el caño de lo insólito. Los conocimientos acumulados durante treinta años al servicio de la educación no me alcanzaron para debatir aquel proyecto de vida. Tampoco pude reprimir una carcajada nerviosa.

—¿Ah, sí? –Suspendí el masaje. De repente, me sentí culpable de la creación de aquel pequeño monstruo. Jalé una silla a su lado, forzándola a un interrogatorio, sin tocarla, acariciándola sólo con mis palabras y la mirada. Intenté persuadirla de muchas maneras, utilizando el tono más gentil, pero todo fue inútil. Fiel a su costumbre, me ignoraba, hundiendo su mirada rencorosa un instante sobre mi rostro y atendiendo su Face después.

La amistad de la Dani y Lolita se hizo cada vez más estrecha, a tal grado que en el barrio se rumoraba que ésta última ya era parte del gremio de las sexo-servidoras.

La falsa Lolita ya era una putita consumada. Sus visitas a mi casa eran cada vez más esporádicas. Rehuía mi plática. Ya no necesitaba mi computadora, pues ahora usaba un celular con múltiples aplicaciones que superaba a mi viejo ordenador de escritorio.

Doña Lola llegaba a platicar conmigo, ya sin la hija, a expresarme sus penas y preocupaciones acerca del comportamiento de Laurita. No paraba de llorar. Me pedía consejos. Lolita ya faltaba a su casa muy seguido, haciendo caso omiso a las amenazas y advertencias de su madre. Algunos vecinos me confiaron que Lolita los había visitado, acompañada por la Dani, ofreciéndose para un acostón a cambio de cantidades ridículas, pues no tenían para pagar el hotel donde se hospedaban. Mi sentimiento de culpa iba en aumento. Me recriminaba mi actuar para con ella. Sólo me consolaba saber que desde tiempo atrás ya andaba cogiendo con los muchachos de su edad. Lo mío sólo era cachondeo, oleajes de caricias que desembocaban en cascadas de onanismo. Devaneos execrables de un viejo enfermo, frustrado y caduco.  Doña Dolores me pidió que buscara en internet alguna granja, asilo, internado o lo que fuera necesario para corregir los pasos equivocados de su hija, que tenía quince días fuera de casa, sin que nadie supiera su paradero.

En mi interior albergaba una falsa esperanza de que la muchacha me enviara un mensaje por Face, indicándome sus coordenadas, pero nada sucedía. Mis mensajes por Inbox se quedaban en “Visto” y no había respuesta. Acompañé a doña Dolores al CAPEA y dimos cuenta de su desaparición. Aunque yo estaba enterado de sus puterías, no fui capaz de confesarlo. Con lo que su imaginación le dictara era suficiente. ¿Para qué agregar sal y limón a las heridas?

Colocamos avisos tamaño carta con los datos generales y descripción de Lolita en varias colonias de la ciudad. “¿LA HAS VISTO? COMUNICATE CON NOSOTROS”, rezaba el cartel. Lolita aparecía bella, inocente, atractiva, con el dedo índice sobre sus labios. Pegué algunos a lo largo del departamento, evocando su piel a cada paso. Por supuesto, la doña nunca se enteró de mis maldades con su hija. Los anuncios por toda mi casa le causaron una sonrisa. A mí me provocaban angustia. Necesitaba su risa, sus bromas, sus desplantes altivos, su aroma, su presencia. Doña Lola y yo nos hermanamos en el sufrimiento. Ambos la necesitábamos. Aunque de diferente manera, los dos la amábamos. Las viejas dolencias en la columna se me recrudecieron, pero hice grandes esfuerzos para que la vecina no los notara. Me doblaba y me doblaba, pero no me rompía, como los grandes fajadores en el boxeo. Tenía el deber de mostrarme íntegro ante doña Lola, pues también su salud se debilitaba día con día. Las noches a duermevela comenzaron a hacer estragos en su interior. La presión se elevó, al contrario del ánimo. El insomnio y la falta de apetito estaban minando su salud.

Un sábado por la mañana, extrañado porque Doña Dolores no se presentaba en mi departamento, según lo convenido, llamé a su puerta con insistencia, la mente envuelta en graves presagios. No obtuve respuesta. Me preocupé doblemente. Intensifiqué la enjundia al llamar. La respuesta fue la misma. Con la ayuda de un cerrajero forcé la puerta y, al entrar, descubrí a la madre de Lolita de hinojos sobre la cama, sentada en el suelo, apoyando la cabeza sobre el colchón, aún con vida. Reaccionó hasta el tercer intento, después de leves cachetadas y alcohol que la hice inhalar.

—Ya no me alcanza la vida, maestro –la voz le pesaba, las palabras, entrecortadas, se negaban a salir de aquel cuerpo exánime—, encuéntrela… Usted ha sido muy bueno con nosotras… Gracias por su apoyo… No la desampare…

Murió con mi mano entre las suyas, apretándola con fuerza… La misma sucia y asquerosa mano que se masturbaba después de acariciar a su pequeña, la misma estúpida mano que había ofendido la inocencia de Lolita, de su Laurita… Y dejaba bajo mi custodia a una prostituta precoz, una encantadora jovencita con la cual había practicado juegos prohibidos… Una púber perversa. Todo mi ser lanzaba fuegos artificiales de gran colorido ante el majestuoso panorama que la vida me mostraba.

El regreso de Lolita fue toda una revelación. Su futurista corte de cabello nos dejó atónitos, a los vecinos y a mí: casi a rape del lado izquierdo, su cabeza enarbolaba la bandera gay con su correspondiente gama de colores, y se extendía hacia el lado derecho, donde el cabello le llegaba al brazo; tenía porte de cortesana, y mantuvo la mirada a los vecinos que le recriminaban su vileza al abandonar a su madre. No derramó una sola lágrima, lo cual me pareció muy honesto de su parte. Iba tomada de la mano de Dani, que lucía un cabello muy corto y chamarra de cuero negro, con estoperoles en las mangas. Ahora formaban una linda pareja, aunque la comunidad no estuvo de acuerdo conmigo. Después de las exequias, pedí hablar a solas con mi Lolita. Se negó de manera rotunda. Exigió la presencia de su amante, así que hablé con ambas en mi departamento y le comuniqué el último deseo de su madre. Ahora era su tutor, por voluntad de una moribunda. En su rostro se dibujó una mueca que pretendió ser sonrisa burlona y se quedó en gesto irónico. Se mostró muy agradecida por mi actitud, sin embargo, dijo, no necesitaba ninguna tutoría, pues ya gozaba de la protección de su Dani.

—Algún día regresaré a visitarte —ahora me mostraba su autoridad, al tutearme— para que me permitas checar mi Face en tu computadora, como antes lo hacíamos, sólo que ahora le vas a aumentar dos ceros, ¿eh, recabrón? —me envió un guiño encantador; yo lo recibí como la promesa de algo superior, un encuentro amoroso con todas las de la ley.

—Te esperaré toda la vida, bebé —respondí.

El beso de despedida fue en la comisura de los labios y me mesó los cabellos, sellando nuestra complicidad. Un gesto por demás prometedor, un “hasta luego” ilusorio que, de momento, sanaba mis heridas. Esa fue nuestra despedida. Me sentí reconfortado y satisfecho por su actitud hacia mí. Ya era ganancia que no me guardara rencor. Ahora podía morir en paz.
 

 

Años después, con la mayoría de edad en el bolso de mano, Lolita se presentó ante mí para cumplir su promesa. Dani la había abandonado. Se largó con un colombiano que distribuía droga en los barrios de la ciudad. El tipo tenía cinco mujeres. Dani sería la sexta, pero no le importó, pues tendría casa con coche a la puerta, una extraordinaria oferta imposible de rechazar. Llegó con el rostro desencajado, silenciosa, sin el brillo que la caracterizaba en su mirada. Aquel corte de cabello fashion había desaparecido tras una cascada enmarañada de pelos hirsutos. Su descuidada cabellera le llegaba hasta la espalda. Las ojeras ensombrecían su belleza. Lloró, deliciosamente apoyada en mi hombro, y yo gocé aquella cercanía. Agradecí a la vida sus exquisitas lágrimas que empapaban mi alegría. Al borde del paroxismo, le prometí hacerla mi heredera universal.

—Todo cuanto poseo pasará a tus manos. Cuando muera, hasta la Torre Latino será tuya —bromeé.

—¡No mames! —protestó—. ¿Qué dirán tus hermanos? —Me hablaba al oído, como antes me cantaba, sentía su respiración en el cuello, algo sublime.

—¡Naaahh! ¡Los hermanos, a callar! Ellos sólo son accidentes de la vida y tú eres mi novela favorita, mi patria, mi bandera, mi segunda piel, el lugar donde quiero volver —grité convencido, citando una canción de Víctor Manuel.

Esta vez la tenía en mis brazos, y recordé su manera de entregarse. Completamente olvidada de sí misma, desmayada sobre la silla, ebria de pasión, los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia un costado, entregándome su exquisito abandono de diosa púber, su interminable cuello, con los pechos al aire… Y, de la misma manera que años atrás lo hacía, de un salto se apartó de mí, secó sus lágrimas con un ademán rabioso y dijo con mucha gracia:

—¡Bueno, basta de arrumacos, mueve ese culo podrido que voy a revisar mi Face!

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