jueves, 11 de julio de 2019

Antes me muero......Annabella Martínez Cejudo*

Finalista del III Concurso Litteratura de Relato


Tanatorio Sur. Madrid, enero 2018

Si el número de asistentes a tu entierro determina el número de personas que te apreciaban en vida, está claro que Enriqueta era una mujer poco estimada. Y no me extraña. Nadie en la familia entiende cómo Fernando, un hombre bueno, dulce, amable y educado, podía compartir genética con esa mujer. No obstante, era su madre y está muy afectado, imagino que porque de algún modo se siente culpable de su muerte. A fin de cuentas fue él quien le dio la invitación antes de ayer. Pero yo, que lo conozco bien, creo que su cara es una mezcla de pena y de alivio, diría incluso de alegría contenida, porque me recuerda mucho a su cara el día que lo conocí hace más de cuarenta años.

Colegio Mayor Santo Cristo. Villa de Colmenar, Madrid, 1976

Enriqueta medía escasamente metro y medio, era rechoncha y de formas curvas, aunque con sus trajes chaqueta parecía cuadrada. Nunca, nunca salía de casa sin sus gafas de pasta negra que ella consideraba de porte elegante, aunque al resto del mundo le parecieran, sin más, claramente masculinas. Enriqueta iba una vez a la semana a la peluquería porque “el pelo dice mucho de una señora” y había emprendido hace años una lucha tenaz contra las canas, a las que no tenía ninguna intención de exhibir nunca, más allá de la intimidad de su dormitorio. “Antes me muero”, solía decir. Aun así, en ocasiones, ante desconocidos, se permitía la desfachatez de señalar que, para su edad, podía presumir de un moreno natural.
         Enriqueta enviudó muy joven, porque su marido se mató en un accidente laboral en las minas de Ojos Negros, en Teruel, cuando apenas llevaban tres años casados. Esa pequeña y fría ciudad le resultó entonces un lugar inhóspito y sin futuro y, animada por sus aspiraciones de encontrar en la capital de España a un buen hombre, rico a poder ser, que quisiera a su Fernandito como si fuera su hijo, cogió sus enseres y sus ahorros, vendió su casa y se fue a Madrid en otoño de 1969, cargada con dos maletas y un niño de dos años.
        Enriqueta nunca consiguió su objetivo, pero la pensión de viudedad, unos ahorros bien administrados y sus habilidades para la costura en un barrio como Chamberí, le hicieron disfrutar de una vida relativamente cómoda en aquellos difíciles tiempos para otras personas. Nunca dejó de ser de clase media, pero un vestido auténtico de Balenciaga –o eso le dijo la vendedora de El Rastro y una desvergüenza insolente la habían elevado en su barrio, o así lo creía ella, al rango de señora de clase bien.
         Yo, en cuanto la vi, y a pesar de mi corta edad, supe que no era ni rica ni elegante, aunque tuviera la extraordinaria capacidad de creérselo, e incluso, aún más meritorio, llegar a convencer a algún incauto. Aún no sé muy bien por qué, detesté desde el primer minuto a aquella mujer melindrosa y tiránica.
         Enriqueta fruncía el ceño y la boca cuando algo la contrariaba, es decir, muy a menudo. Y si la rabia y la ira se apoderaban de ella, torcía el morrito a la derecha. Ella era muy del Generalísimo, hasta en las pequeñas cosas.
         La conocí un día de septiembre, cuando vino a traer a su hijo al internado. Vestía un traje claro de falda corta y chaqueta abierta de pura lana virgen de un diseñador muy famoso, “un tal Pertegaz”. O eso le dijeron cuando se lo compró en aquellos glamurosos Almacenes Arias de la Plaza del Ángel. Ella no admitiría jamás llevar imitaciones. “Antes me muero”, explicaba.
         Fernando era por aquel entonces un joven escuálido y feúcho que, según su madre, nunca hablaba en público. Tomó la decisión de internarlo porque había empezado a ver “cosas raras, pero nada que ustedes, con disciplina y con la ayuda de Dios, no puedan solucionar”, les dijo a dos padres salesianos que se encargaron del ingreso de Fernando. El día que llegó miraba únicamente al suelo, como si la cosa no fuera con él, y no articuló ni una sola palabra. Eso fue lo que hizo aquel día porque después, poco a poco, Fernando, sin el yugo de su madre, se descubrió como un joven locuaz, cariñoso y extrovertido. Y con los años fue poniendo distancia con su madre, espaciando las visitas vacacionales al hogar materno, que nunca había sido tal, y estrechando vínculos con otros jóvenes del colegio y con sus familias.

Tanatorio Sur. Madrid, enero de 2018

Fernando despide a los tres familiares llegados de Teruel, al médico cardiólogo que la trató sus últimos años y al portero de la finca. Sólo quedamos cuatro amigos y una vecina que se ha dormido en el sofá orejero de la sala, y a la que tendremos que llevar a casa. Fernando se sienta a mi lado y me coge la mano. “Marcos, me siento fatal, debo de ser un mal hijo, porque no solo no me sale ni una lágrima, es que estoy muy feliz.” No me equivocaba, Fernando se siente culpable y aliviado. Enriqueta ya no podrá arruinar nuestra boda el próximo sábado. Fernando le llevó la invitación por deferencia y me contó que cuando la leyó, entró en cólera y la dejó blasfemando. No esperábamos otra cosa. Fernando cree que justo antes de cerrar la puerta, la oyó mascullar: “Antes me muero”.


Annabella Martínez Cejudo
* Su madre dice que de pequeña le gustaba contar historias. Cuando aprendió a escribir, continuó haciéndolo, en papel. Luego con máquina de escribir, y con ordenador. De mayor pensó que sería bonito poder vivir de ello, así que es periodista. Ahora, cuando la realidad es dura o aburrida de contar, se sumerge en la escritura de pequeños relatos. Algo a lo que le dedica muy poco tiempo, que sólo puede hacer a ratos, porque vivir en una ciudad como Madrid, sin familia y con dos melliz@s de casi 8 años, no da para más. Desde aquí, queremos animarla a que siga. Finalista del III Concurso Litteratura de Relato.

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