martes, 4 de diciembre de 2018

Peces......Jordi Vallès Lois*

Finalista del III Concurso Litteratura de Relato

Foto: www.tiendanimalia.es
Lo conocí en Juanera, en el bar de Matilda, ¿dónde si no? Corría el año noventa y uno… ¿Noventa y dos…? Noventa y dos, sí, porque recuerdo que comentó las ganas que tenía de volver a Barcelona, que llevaba ya casi diez años fuera, y que el follón de las olimpiadas le podía dar un buen momento. Ya ves. En Juanera llevaría poco, un par de meses. Muchos venían a aquel rincón del Caribe escapando de algo, buscando qué sé yo, lo que fuera, y se quedaban por Matilda. Él no, claro. Matilda era… Era de otra pasta, algo fuera de lo normal. Nadie sabía de dónde había llegado. La única pista, tampoco muy fiable, que teníamos era que de Uruguay no. La pista nos la dio Darío, así que no es que fuera como para poner la mano en el fuego.
         Pues uruguaya seguro que no es.
         ¿Y eso?, ¿cómo tan seguro?
         Tá… Si hubiera hembras así en Uruguay, yo no habría salido de allí.
         Desde entonces se puso como de moda, y cada uno soltaba la suya:
         Dominicana, no.
         Argentina, ni hablar.
         Colombiana, ni de lejos.
         Y así con todos. Ya digo que Matilda era mucha Matilda. Pero eso es otra historia, y me salgo. La cuestión es que llevaría unos dos meses, y esa noche iba un poco más cargado de lo normal. Sólo un poco, pero en un mucho, claro, un poco hace demasiado. Y se puso a rajar:
         Por eso estoy aquí, ya te digo. Por él. Cabrón. Hijo de puta.
         ¿Él?
        Mi novio.
         ¿Novio?
         Novio, sí.
         Atiende. Eran otros tiempos, otro lugar… Otro mundo. Incluso hoy no cualquiera es así de franco con un casi desconocido. Seguro que fue el alcohol, claro. Pero… Ya ves. Tampoco es que esa fuera la confesión más impactante que le iba a escuchar aquella noche.
         Y mira que vivíamos bien, joder… Si es que lo teníamos todo. Todo. De verdad. Nos queríamos, teníamos buenos trabajos, una casa de puta madre… Incluso la familia nos había aceptado. Bueno… La mía. A la suya le estaba costando un poco más. Pero eso era normal, ¿no? Quiero decir que en aquella época, joder, ya te digo yo que…
         »Y entonces salió el tema de Alfonsito. Muchas veces habíamos hablado de tener un hijo, de lo increíble que sería poder formar una familia normal, una familia de verdad. A mí, los niños no me acaban de hacer el peso, pero como era en abstracto… Soñar es gratis. Total, que un día me suelta que Alfonsito se podía venir a pasar unos días con nosotros. Eran los primeros días de verano y la idea no me entusiasmaba, ya te he dicho que los críos, a mí… No es que los odie, nada, es que no me siento a gusto con ellos. Ya está. Me incomodan. Creo que es porque no los entiendo.
         »Es igual.
         »El caso es que la casa que habíamos pillado para aquel verano tenía piscina, y aquel… capullo pensó que el crío podría disfrutar si pasaba un par de semanas con nosotros. No es que se me viniese el mundo encima, al fin y al cabo es de la familia, ¿no?, carne de mi carne… Bueno, tampoco eso, pero va, las chorradas que dice la gente, ¿no? En fin… No era la idea del verano ideal que yo tenía. Y eso que al principio la cosa no fue tan mal como me había imaginado. El chaval no molestaba demasiado; se pasaba el día jugando en el agua, y ni siquiera se comportaba como esos niños insoportables que están todo el día con la peli de dibujos una y otra vez, sin dejarte ver ni un puto noticiero. Se podía sobrellevar.
         »Pero luego, un día Marcos vino con la idea de llevarlo al centro comercial. Lo habían inaugurado hacía poco. El primero de España, tú. Para que hiciese otras cosas. Que no estuviese todo el día nada más que dale que te pego con la piscina, que si esto, que si lo otro…
         »En fin, que acabamos en el centro comercial. Tú dirás.
         »Y allí fue donde el crío empezó a comportarse como tal. Se puso caprichoso. Ahora quería esto, ahora aquello. Cosas de niños, ya sé. No se lo reprocho; al fin y al cabo, el resto de los días se había portado más o menos bien. Pero una cosa no quita la otra; porque un crío se comporte bien, no hay por qué darle un premio, ¿no? Quiero decir que no estoy de acuerdo con esa forma de educar a los niños de: ¿Has dado los buenos días? Muy bien. Toma, un helado.
         »La vida no funciona así. La vida real, no. ¿Para qué engañarlos?
         »Total, que se encaprichó con unos peces de colores que vio en la tienda de mascotas del centro comercial. Yo no tenía la más mínima intención de comprar unos peces ni nada que se les pareciese. Al menos, vivos. Otra cosa es que se le hubiera antojado una lubina de tres kilos de la pescadería...
         »En fin, se encapricha de aquellos peces de colores. Yo no le hubiese hecho más caso al asunto, pero mi Marcos le dice: ¿Sí?, ¿te gustan los pececitos?
         »Increíble.
         »Luego resulta que los “pececitos” eran tropicales, de agua caliente: necesitaban un regulador de temperatura, cuidados especiales...
         »Se lo explico a Marco, se lo explico a Alfonsito, me faltó explicárselo al puto Cousteau si hubiese estado allí. Pero el vendedor nos enseña otros, de esos naranjas, como los que hay en los estanques de los parques. Carpas, creo que son.
        »Fíjese, estos son de agua fría, muy duros, muy resistentes. Podrían vivir incluso en agua medianamente contaminada.
         »Y mi chico le dice a Alfonsito: ¿Qué, te gustan estos?
         »Por favor... ¡Un crío de siete años!; ¿qué respuesta esperaba?
         »Intento hacerle ver que cualquier bicho, esos también, necesitarán unas atenciones, un mantenimiento, ¿no?, cambiarles el agua de tanto en tanto, echarles de comer, limpiar la pecera… ¡qué sé yo!
         »Él insiste: Alfonsito, ¿verdad que tú te encargarás de cuidar a los pececitos?
         »Joder... De pequeño quise tener un perro, como casi todos los chavales de mi edad. Y les juré a mis padres que me encargaría de él, que lo cuidaría y lo sacaría a pasear cada día... Pero mis padres no eran tan gilipollas: sabían que trataban con un niño. Y jamás tuve el perro.
         »Pero mi novio no se enteraba de nada. Dos horas más tarde estábamos en casa Marcos, Alfonsito, Flopy, Dune y yo.
         »Tres horas más tarde, Marcos estaba leyendo una novela, Alfonsito en la piscina y yo sentado en el sofá, mirando a aquellos estúpidos peces de los que nadie parecía acordarse ya.
         »Al día siguiente, el niño les puso de comer. Esa fue la primera y la última vez que lo hizo.
         »Intenté razonar con mi novio, hacerle ver que había sido un error comprar aquellos peces, pero no me hizo ni caso. “Podríamos devolverlos, aunque fuese a cambio de un vale... O de nada”, le dije. Pero él comentó que si las carpas eran muy decorativos, que si le daban un toque mediterráneo a la casa, que si bla, bla, bla…
         »Seguí insistiendo: había que darles de comer dos o tres veces al día, vigilar que el agua no estuviese demasiado sucia... ¿Dónde los dejaríamos cuando nos fuésemos de fin de semana?, ¿o en las vacaciones de verano?, ¿en Navidad? Pero él no parecía ver ninguno de estos problemas: los dejaríamos en casa de sus padres, o en casa de mi hermana; los peces no son como los perros o los gatos, no van por ahí subiéndose a los sofás o cagándose por toda la casa, no hay que sacarlos a pasear...
         »De verdad, no entiendo como no tiene todo el mundo un pez en casa, ¿no son la hostia?
         »El verano se acabó y volvimos a casa. Y con el verano, mis esperanzas de que los peces se fueran a tomar por culo con Alfonsito. Esa posibilidad ni siquiera se barajó y a él, desde luego, no pareció importarle lo más mínimo.
         »Al principio, mi novio se encargó de darles de comer. Un par de veces, creo recordar. Luego eso pasó a ser tarea mía.
         »Dicen que los peces no tienen memoria, que si les echas de comer mucha cantidad acaban reventando, que no conocen a sus dueños. Dicen muchas tonterías.
         »La gente cree que los peces son tarados mentales o algo así. Supongo que es porque son unos animales muy diferentes a nosotros. Hay quien los pesca por diversión. Es curioso... Es gente amable, paciente, gente que está en contra del maltrato a los animales, que no hacen daño a nadie conscientemente. Sin embargo, torturan a un gusano para usarlo de cebo. Lo atraviesan con el anzuelo, que para ellos debe ser como para nosotros una barra de un palmo de diámetro. Pero los gusanos se parecen menos aún a las personas que los peces, ¿verdad? Luego los tiran al mar y esperan a que algún pez muerda el anzuelo, que aquel hierro se les clave en la boca cuando ellos piensan que van a llenar la panza. Ostia, cómo debe doler eso. Y después, muchos se limitan a arrancarles el anzuelo y devolverlos al mar. Si les preguntas, te dirán que lo hacen porque les gusta pescar. No hay más. Algunos, según qué peces, los aprovechan y se los comen. Podrían comprarlos iguales en la pescadería, pero se ve que hay que satisfacer al cromañón que aún llevan dentro. Qué más da, me estoy yendo otra vez... Marcos se encargó de darles de comer un par de veces, al principio. Luego era yo el que los alimentaba, les cambiaba el agua una vez por semana, limpiaba la pecera...
         »Un día se me olvidó ponerles la comida.
         »No fue nada premeditado, de verdad; sencillamente, salí con prisas por la mañana y ese día no volví para comer. Por la noche estaba tan cansado que me di una ducha y me fui a la cama sin pensar en nada más.
         »Hasta la mañana siguiente, mientras me preparaba el desayuno, no caí en la cuenta de que no les había dado de comer. Me acerqué a echarles su ración diaria, seguro de que subirían como cohetes en busca de lo que se les había negado el día anterior. Pero no parecieron estar más hambrientos ni más desesperados que en cualquier otra ocasión.
         »Y eso me hizo sentir… extraño. ¿Enfadado? No sé, ¿era rabia? No, no estoy tan loco. No les puedes tener rabia a unos peces. Estaba enfadado, sí, pero no con ellos, sino con Marcos, con mi novio. Era él el que se había empeñado en tenerlos, no yo. Y era yo el que se tenía que encargar de todo. Y si un día me olvidaba de ponerles de comer, ¿lo solucionaba él? No, en absoluto. Tanta lata con los peces, tanta decoración y tanta historia, y ahora los ignoraba por completo, tal y como había hecho Alfonsito. Pero Alfonsito tenía siete años: ahí está su excusa. Marcos, sin embargo, era una persona adulta, responsable. En fin... Está claro que eso era mucho suponer.
         »Se lo dije esa misma noche, que me había olvidado de echarles de comer. ¿Y qué me contestó?: ¡Bah, no pasa nada, los peces pueden aguantar sin comer un par de días perfectamente!
         »Ahí lo tienes.
         »No se había dignado a mirarlos una sola vez en los últimos cuatro o cinco meses; de hecho, en todo el tiempo que hacía que los teníamos. Y de repente, era un experto del carajo en vida acuática. Como si hubiese hecho un máster en “pezología”, o lo que sea. Si al menos hubiese mostrado el más mínimo interés… Si por lo menos hubiese tratado de excusarse, replicándome que de haberlo sabido, él mismo les habría puesto de comer... Pero no. Se limitó a desentenderse por completo.
         »Y ¿qué podía hacer yo? ¿Recriminarle que me había olvidado de echarles la comida?
         »Ante todo, puede que él no, pero yo sí soy una persona adulta. Y responsable. No podía cargarle con las culpas de mi descuido, pero me indignaba tanto su falta de interés... ¡Se trataba de unos seres vivos, al fin y al cabo! Y de unos seres que estaban allí por su voluntad, no por la mía. Esto es muy importante, hay que entenderlo: era él quien había decidido traer a casa a aquellos malditos peces.
         »No podía quitarme esa idea de la cabeza. ¿Y si hubiésemos tenido un hijo? ¿Habría sido igual de despreocupado?
         »A la mañana siguiente no fui a trabajar. Telefoneé diciendo que no me encontraba bien, y me pasé el día sentado en el sillón, observando a las carpas en su ir y venir, como idiotas, de un lado a otro de la pecera. A veces se detenían y parecían mirarme fijamente, como preguntándose qué hacía yo allí. Los peces tienen un movimiento casi hipnótico; te los quedas mirando y es... como cuando miras el fuego. Se te va la cabeza, divagas... Cuando quieres darte cuenta, estás ahí boqueando, como hacen ellos.
         »No les puse de comer en todo el día, esperando, intentando darle otra oportunidad a Marcos.
         »Cuando llegó de trabajar, me preguntó extrañado que qué hacía yo allí a esas horas, y todavía en pijama. Le expliqué que no me había encontrado bien por la mañana, y que había estado todo el día en casa. Se interesó por saber qué era lo que me sucedía, y si había tomado algo para remediarlo. Pero de las carpas, ni una palabra.
         »Al día siguiente sí fui a trabajar. Pero tampoco di de comer a los peces.
         »Y tampoco lo hice al otro día.
         »Ni al otro.
         »Al principio, me pareció que estaban algo nerviosos. Nadaban con más rapidez de lo habitual de un lado a otro o, al menos, eso me parecía a mí; pero luego se fueron calmando. Cada día parecían más reposados.
         »Y al cabo de una semana, apenas sí se movían.
         »Llegué a pensar incluso que uno de ellos estaba muerto. Metí la mano en el agua y lo atrapé con facilidad, pero entonces empezó a colear con desesperación. Lo dejé encima de la mesa, junto a la pecera, en un charquito de agua en el que se retorcía, abriendo y cerrando la boca.
         »Tardó bastante en morir, no recuerdo cuánto, pero sí que me pareció demasiado. Más de lo que yo había supuesto.
         »Luego tiré su cuerpo al cubo de la basura. Me dio lástima. Se veía tan indefenso, sin tener otra forma de protestar o de hacer saber su opinión al resto del mundo... Pero así eran las cosas. Los caminos del señor de los peces son inescrutables. Seguro que, en el fondo, el bicho me lo agradecía; ¿quién preferiría pasarse un montón de años (o lo que sea, que ni puta idea de cuánto vive un pez), nadando en un recinto de un palmo y medio de largo por uno de ancho?
         »Marcos ni siquiera reparó en que faltaba una de las carpas; no dijo nada. ¿Cómo iba a hacerlo, si de todos modos nunca dirigía su mirada hacia la pecera?
         »Tres días después, encontré al otro pez flotando de costado, en la superficie del agua. Me dio lástima también; más que el otro, sin duda. Si mi novio se hubiese tomado la molestia de mirar una sola vez hacia allí, tal vez el pobre animal se habría salvado.
         »Pero no.
         »Al día siguiente, vacié la pecera en el inodoro, la limpié a fondo, saqué todas las piedrecitas, el pecio de escayola y el filtro purificador, lo metí todo junto en una bolsa de plástico y lo tiré a la basura. Pensé en volver a llenarla de agua y meter un par de zanahorias, a ver si el gilipollas de Marcos notaba la diferencia, pero me pareció de mal gusto.
         »Y es gracioso. Aún tardó casi cuatro días más en percatarse de que la pecera estaba vacía. No de que no hubiese peces, si no de que estaba vacía por completo: ni piedras, ni agua... Nada.
         »Cuatro días...
         »Y si al menos entonces hubiese permanecido callado, si hubiese hecho la vista gorda, como había venido haciendo hasta ese momento, quizás entonces no habría pasado nada.
         »Pero no. Habló. Y fue para decir: ¿Y los peces?
         »Sólo eso. Hay que entenderlo.
         »“¿Y los peces?”
         »Me levanté del sillón donde había pasado la mayor parte del tiempo desde que habían muerto los bichos; me levanté con la idea de salir a dar una vuelta, de abandonar aquella atmósfera opresiva que estaba acabando conmigo, aquella atmósfera tan parecida a una pecera de un palmo y medio de largo. Y él no quiso saber a dónde iba, no se molestó en intentar averiguar por qué no me había movido prácticamente del sillón en los últimos cuatro días.
         »Al pasar por su lado, simplemente repitió aquella absurda, aquella estúpida pregunta: ¿Y los peces?
         »Lo miré fijamente. Boqueaba como aquellos pobres animales mientras habían estado vivos. Tal vez era yo el que boqueaba y él se limitaba a imitarme, como había hecho yo cuando me pasaba horas observándolos. Pero no. No. Él boqueaba de verdad, por iniciativa propia, como si también le faltase el aire, como si necesitase urgentemente meter la cabeza bajo el agua para poder respirar.
         »“¿Y los peces?”
         »Al fin y al cabo, él ya era casi como otro pez. 
         »Quizás los dos éramos ya como peces.
         »Y por eso lo maté.»


Jordi Vallés Lois
* Nació en Barcelona un frío invierno de 1966. Impresionado por el visionado de "Los Chiripitifláuticos", se inicia en la vocación teológica, de la que acabará renegando pocos años después, tras ojear su primer consultorio de Charo Medina en la prestigiosa revista "Clímax". También le gustan los tebeos. Abducido por las formas humanas femeninas, estudia delineación, sin gran éxito laboral, por lo que se dedica a otros menesteres: auxiliar de ambulancias, administrativo, fotógrafo y cartero. Hoy en día, prejubilado y hastiado del mundanal ruido, colabora con Litteratura cuando puede o necesita reencontrarse consigo mismo. Ganó el Premio Especial al mejor poeta colomense en la VIII edición de los Juegos Florales de Santa Coloma (2002). Finalista del III Concurso Litteratura de Relato.

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