domingo, 9 de junio de 2019

Gotas......Alberto Franco Fernández*

Finalista del III Concurso Litteratura de Relato

Foto: www.stock.adobe.com
Caía la noche. Arañaba paulatinamente los últimos reductos de claridad. Los pasillos, tan concurridos en el turno matutino, languidecían al aproximarse el crepúsculo. Tras la robusta puerta, accedió un sanitario para administrar la medicación por vía intravenosa. Ni siquiera dio las buenas noches. Nunca serían tal.
            Empujé con mi espalda aquel compacto sillón. Precisé de tres intentos para extender su mecanismo, denostado por el óxido. Una tumba ha de ser más confortable; sin lugar a dudas. Al disponer mi cuerpo en decúbito supino, y gracias al débil hilo de luz que penetraba por el quicio de la puerta, se volvió a cruzar en mi panorámica: el gotero.         
            Él y yo. La montaña rusa de la vida nos había traído hasta allí. Aquel hombre de hierro que yacía a mi lado portaba las cicatrices de su historia. Aquella bolsa suspendida sobre mi cabeza, y sobre la suya, mantenía el alma en vilo. Probablemente eran las últimas gotas que le quedaban.
            Caían lentamente. En ellas, veía una lluvia de recuerdos. De los recuerdos dulces que nos había deparado un tiempo pretérito. De evocar noches de verano mirando el cielo estrellado, trazando constelaciones con la punta de los dedos. Parecíamos eternos, y ahora me doy cuenta de nuestra insignificancia.            
            Han transcurrido treinta minutos. Tú duermes desde hace días y, sin embargo, yo sigo en vela. Se me figuran décadas las que he estado aquí, escudriñando gotas. Gotas de sudor que fluyen por tu frente. Son tantas que desbordarían un río. Postrado por tu enfermedad y aún luchando. Trabajando ayer por los tuyos desde la más tierna infancia; desgastándote hoy por vivir.
            Las gotas están desapareciendo: se desvanecen, alcanzando la invisibilidad. Se consumen desde su plastificada jaula para recorrer tu cuerpo y perderse en tu interior. Dudo si son capaces de brindar alivio a tanto sufrimiento. Cada mañana, el de la bata inmaculada así lo asegura con aires de soberbia. Día tras día, reitera su grandeza. La de su praxis, no la de las gotas. Si pudiera, con mis dientes desgarraría el gotero para darle un baño de humildad.
            Guiñando los ojos acierto a leer, con permiso de mis dioptrías, la hora que reza el reloj: las cuatro de la mañana. El leve abrazo de Morfeo debió durar minutos. Segundos, mejor dicho, porque el ruido de la puerta y los pasos fantasmagóricos del personal de enfermería apenas han cesado. Yo no cuento ovejas, ¿para qué? Es mejor contar gotas, o más bien indagar en ellas. Cristalinas, como si surgieran de un manantial, pero adulteradas por los fármacos. Drogas que conceden la posibilidad de continuar en este mundo o impulsan al abismo en paracaídas: flotando, pero absorbido por la inexorable gravedad.
Las implacables gotas resultan poderosas pese a su diminuta anatomía. Me retan en tono desafiante: ¡Tú no decides cómo morir! ¿Acaso creías que todo esto era un maldito sueño? ¡¿Eh, imbécil?! ¿Como el final de Los Serrano? ¡No cuentes con ello! Ciertamente llevan razón, y hasta la voz cantante. Ellas están más cerca del hombre que me dio la vida. Ellas son el último recurso: las definitivas. Son superiores a mí, y cuando parecen acabadas, siguen cayendo. Los tienen bien puestos.
La hospitalidad del querido enfermero, habida cuenta de mi entumecimiento, se hizo gala en forma de manta cuando habían transcurrido seis horas desde la medianoche.
Nunca es tarde, cabrón —mascullé. Celebré que no oyera mi protesta, dada la complexión de armario empotrado que poseía.
Quise imaginar el sonido de las gotas al chocar en su caída. Salpicarían como llovizna en los charcos: con delicadeza. No habría lugar a la rendición, y el torrente de suero fluiría para inmiscuirse en las venas de mi padre. Si la bolsa tocaba a su fin, llegaría otra. Y otra. Y después, otra más. Y así hasta el infinito.
Pero la dura realidad se resquebrajó como un seísmo, pues no existe el infinito para los mortales. No hay gotas que detengan el curso de la vida.
Ahora las que caían eran de dolor y arrepentimiento. De la angustiosa culpa del silencio. De no haberle dicho nunca a mi padre lo maravilloso que fue. De haber olvidado compartir la admiración que sentía por él. No sólo de pensamiento, sino haberla convertido en palabras que resonaran en su corazón. Que no fueran tan sigilosas como estas gotas al borde de enmudecer: las que llevan anunciando, aunque yo no lo quiera escuchar, el final de sus días.


* Nació en 1983 en Murcia. Se considera una persona sencilla, que disfruta enseñando en Educación Primaria. Desde siempre le ha interesado la escritura, incluso más que la lectura. Admira con fervor a Arturo Pérez-Reverte, pero también a cualquier persona capaz de hacer vibrar al lector. Para él, la escritura es eterna, basta con trasmitir su belleza de generación en generación. Finalista del III Concurso Litteratura de Relato.

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