martes, 26 de febrero de 2019

Low-cost......Francisco Palacio*

Finalista del III Concurso Litteratura de Poesía

Foto: Agustín Crespi, Cuéntame cómo pasó 
Cuerpos baratos enfundados en ropas baratas engullendo comida 
procesada barata mientras conducen coches baratos,
vidas baratas, trabajos baratos, relaciones baratas,
proliferación de no-lugares baratos con mercancía barata, dando igual 
que sea
Santander, Madrid, Casablanca, Buenos Aires, Tokio, Sídney.
Como el término barato es soez
e incluso alguien se podría ofender al despertar y darse cuenta
de ello,
se apadrina el anglicismo, más acorde con estos tiempos
globales en los que el español medio (la antigua y denostada clase media-baja) abraza
Europa, el mundo,
en un way of life low-cost,
en igualdad con sus congéneres europeos;
lo barato,
la mediocridad
es la verdadera unión de esta Desunión Europea. 
La generación millennial envuelta en un mundo low cost;
una forma de vivir que repta,
colapsa
todas las rendijas           todas las grietas.
Mi generación fue la última que supo lo que realmente significa la palabra
vacaciones,
que vivió en casas iguales en barrios creados en los sesenta en los cinturones de las ciudades,
barrios obreros donde siempre olía a puchero porque se comían legumbres
cinco días a la semana enfrente de un televisor con culo,
como los culos de las Mama Chicho que Telecinco nos obsequiaba
tras haber superado por y para siempre los dos canales y nosotros,
la infancia,
yendo los fines de semana a hacer la compra al Pryca y los domingos a misa
en un ritual que con perspectiva carecía de sentido pero enmarcaba algo llamado
familia,
y que en cierta manera se ha perdido, no ya el término, sino el significado
en estos tiempos baratos, de urgencia máxima ante el nuevo iPhone,
hiperconectados unos con otros pero nos hemos olvidado de besar
y de decir te quiero, de decir lo siento, términos difamados.
Nosotros
fuimos
la primera generación nacida en democracia,
hijos de hijos nacidos en la posguerra de hijos que hicieron la guerra,
úteros manchados de sangre y tierra,
         polvo de España,
hijos, unos, marcados por la ignominia,
hijos, los más, marcados por el hambre y las cartillas de racionamiento,
por eso era fundamental que nosotros,
la primera generación nacida en democracia
tuviéramos
hermosos y colorados papos,
como muestra palpable de comidas opíparas y frecuentes,
con nuestras madres (postguerra)           con nuestras abuelas (guerra)
señalándonos con el cazo de forma diaria y constante:
         —¿Estás seguro de que no quieres más…?,
con las alubias desbordando los platos Duralex
como los pantanos que aquél construyó con mano de obra esclava,
con filas de croquetas, todas ellas de carne, desfilando ante nuestros ojos,
misma masa, mismo armazón de nuestros pisos,
pisos de croquetas, pisos de vino con gaseosa,
pisos obreros en barrios obreros sin árboles en los cinturones de las ciudades
que engordaban sin control destrozando sus costuras,
donde nos hacinábamos           felices
seis, siete personas con un solo baño,
felices,
tuvimos de todo           incluso libertad.
El siglo cambió.
Aún no sé cómo llamar al decenio transitado y por el que transitamos y eso que estamos en el diez y ocho
(¿los cero?, ¿los diez?, ¿las decenas?, ¡sólo sé que no serán de nuevo felices los años veinte!).
Tuvimos hijos tras tocar con los dedos,
rozar,
el estado de bienestar que implosionó
de forma cruel con nosotros ingresando en él.
La generación millennial hizo su entrada.
Nos echamos a un lado, corteses.
Les dejamos pasar y ellos,
a cambio,
nos han impuesto este mundo low cost,
porque no sé cuándo ni cómo se fraguó el cambio a un mundo
barato,
mediocre,
que ha colapsado
todas las rendijas           todas las grietas
de la clase baja, de la clase media-baja, de la clase media,
que al fin tenemos después de tanto y tanto tiempo
nuestro propio espacio,
somos
cuerpos baratos enfundados en ropas baratas engullendo comida procesada barata mientras se conducen 
coches baratos,
vidas baratas, trabajos baratos, relaciones baratas.


Francisco Palacio
* Nació un 14 de julio de 1980, semanas después de que Félix Rodríguez de la Fuente encontrase la muerte en Alaska y Henry Miller en California. Recibió estudios en un colegio de jesuitas y ha estado juntando letras desde que tiene uso de razón, pero es en los últimos tiempos cuando se ha lanzado a presentarse a varios concursos, por influencia de su pareja, Mónica, y de su primer hijo, Mateo. En 2015 fue finalista del II Concurso Litteratura de Poesía por su poemario Blues del oficinista, y el premio Francisco Gijón incluyó su microrrelato Vindio en la antología bianual. En 2016, otro microrrelato suyo quedó finalista de la edición “El amor y sus máscaras” (Editorial Liceus), y su haiku fue el más votado en el Concurso de la Semana de Japón de la Librería Gil de Santander. En 2017 nació su segundo hijo y, bajo su brazo, el primer poemario, Geografías (Editorial Septentrión), y la participación en la antología comentada “Los Muertos”, dentro del Aula Poética José Luis Hidalgo. En 2018 participó en la Feria del Libro de Torrelavega, en los actos de la Biblioteca Central de Santander con la Fundación Gerardo Diego y en el X Spoken Word de Santander. Finalista del III Concurso Litteratura de Poesía.

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