martes, 20 de noviembre de 2018

La felicidad......Virginia Bazerque*

Finalista del III Concurso Litteratura de Relato

Foto: www.cerosetenta.uniandes.edu.co
¿Por qué no nos damos cuenta de que somos felices cuando lo somos y sólo lo descubrimos cuando ya no?”, se preguntó. Eran las seis y media de la mañana, 21 de junio, comenzaba el invierno, la mañana era oscura y el día corto. Se miró al espejo del baño. Tenía arrugas pronunciadas, comenzaba a entrar en la tercera edad. Una cicatriz oculta detrás de la oreja izquierda se asomaba en el cuello por debajo del mentón. Debía levantar un poco la cabeza para vérsela. Y en el rito matutino, lo hacía. Se quedaba unos instantes observándola. La recordaba todas las mañanas, la marca distintiva de la buena suerte o de la mala, según el punto de vista, de haber sobrevivido. También vio la otra mitad quemada. El lado derecho de su cuerpo parecía haber pasado por agua hervida, seguía rojo. Apagó la luz del baño luego de cepillarse los dientes y se quedó inmóvil en la oscuridad. Sintió su alrededor en una breve pausa. Odiaba las mañanas nocturnas, pero odiaba aún más su vida miserable.
          Tomó el café parada, mirando por la ventana el entorno helado. El frío apaciguaba el ruido; era silenciado por esa densa gasa de escarcha. Vio los campos blancos, el camino de barro, y el auto viejo. El Moncho ya se había despertado y la miraba expectante del otro lado. ¿Acaso él lo recordaba? “No te atrevas a morir, vos no”, le dijo en voz alta, señalándolo con un dedo. El perro movió la cola, contento de que su ama lo mirase. Apagó la luz de la cocina y de nuevo se quedó allí unos instantes, en esa oscuridad abrazadora. Era cálida, un momento de ser y no ser, un juego antes de salir y enfrentar la vida, como ella decía. Allí podía no pensar, pero sí sentir: el aroma del café recién hecho se mezclaba con la menta del dentífrico y el jabón de frutas, el cuarto caliente por la calefacción le entibiaba el cuerpo y le relajaba los músculos; aguzó el oído, bocinas y frenos lejanos, el ruido casi imperceptible de una fábrica en funcionamiento. Se imaginó a los trabajadores con botas pesadas y abrigos sobre los overoles azules.
Caminó a tientas, sin tropezarse ni una vez, hasta el dormitorio de los chicos. Ya no dormían allí, habían crecido. El lugar de las camas lo ocupaba un escritorio y un sofá. Había sido feliz con ellos, y con su esposo. El accidente fue culpa de ella. Quedarse dormida al volante después de una noche de fiesta; Alberto le había pedido que se quedaran a dormir allí. Una noche de hotel, por qué no gastar un poco de dinero, en cambio de estar ahorrando todo el tiempo. Pero se había negado. Necesitaban la plata y ella siempre tenía que hacerse cargo de todo, ella, la tan responsable. En ese tiempo, Enrique había comenzado la universidad privada y había que pagarla. A César todavía le estaban abonando la colegiatura. Era casi imposible llegar a fin de mes, y su marido quería dormir en un hotel. Le pareció una idea tan estúpida, hasta se lo dijo. Terminaron peleados. Fue la última vez que le dirigió la palabra.
Cuántos sueños malogrados por su culpa, pensó. Él había bebido de más, como siempre, y se recostó en la parte trasera, ella estaba enojada, siempre ella al frente de todo..., y luego cerró los ojos sólo un instante. La cegó una luz, cuántas vueltas había dado el coche no las supo contar ni en ese momento ni después. No recordaba más, solo el calor hirviente en su cara, los gritos desesperados. Gritaba como si fuera otra la persona, como si no estuviera en su cuerpo. Aún podía escuchar los chillidos en su cabeza, como el llanto de un animal inválido, no era ella, era otro ser que la había poseído en esos momentos. En cambio, su marido murió en silencio, tal vez nunca se dio cuenta de su agonía. Se fue en paz, dormido en un sueño tranquilo, sin percatarse de nada. Y ahora ella cargaba con todo, como siempre; pero esta vez era distinto: ella había sido la responsable. La muy idiota que se creía hacerlo todo bien había cometido un error imperdonable y pagaría su deuda. Pero no ese día. Pronto.
Decidió caminar hasta el pueblo, se puso las botas de lluvia y salió. El Moncho la siguió, fiel. En la esquina se cruzaron con doña Mirta, que salía para la fábrica. “Mire que hace frío hoy, ¿eh? ¿No le funciona el auto?”, preguntó, curiosa. Le dijo que no había querido arrancar, culpó a la helada. Y siguió de largo, pero luego retrocedió.
Me quiero ir unos días a ver a los chicos a Buenos Aires, ¿usted me cuidaría al Moncho?
Pero sí, cómo no, sabe que él es muy bueno. Y no se va de su casa. Está viejito.
Sí, ya tiene quince años. Y si fuera más de unos días, ¿usted podría?
Claro que sí. Todo lo que necesite, si Roberto le da los días en el trabajo, lo que sea. Usted ya sabe que puede contar conmigo.
Caminaron juntas hasta la parada y ahí ella siguió. Necesitaba caminar los tres kilómetros que faltaban, ver el pueblo, recorrerlo. Así podría observarlo por última vez. Vio como las casas comenzaban a iluminarse. Otras seguían dormidas, pero no por mucho tiempo. Escuchó radios lejanas, noticieros, bebés en llanto por la mamadera, jóvenes que se preparaban para ir a la escuela y cómo el bullicio iba alentándose a su paso más cercano del centro. Hoy se tomaría un rico chocolate, pensó, con dos medias lunas de manteca y una de grasa.
Apenas entró a la panadería, pudo sentir ese delicioso aroma a levadura, único en esa hora de la mañana, el calor que la invadía, que le envolvía las manos y los pies, la invitaba a adentrarse hacia donde estaban los hornos.
Buenos días, Josefa, póngase el uniforme rápido que ya estamos listos.
Obedeció. Don Roberto era el jefe. Un hombre malo y asqueroso que la había perseguido en la escuela, de jóvenes. En una ocasión, la había arrinconado en el pasillo y la salvó un profesor. Varias veces ella le había hecho un desplante, y ahora él tenía el poder, disfrutaba de la situación. Estaba segura de que cuando fue a buscar trabajo después del accidente, con la cara como la tenía, él se lo dio por lástima y, al mismo tiempo, por venganza. Al principio no supo qué le afectaba más a ella, si la compasión de un hombre malo y mezquino, que lo llevaba a otro plano del ser, o la satisfacción que se le notaba cuando la miraba a la cara, nunca la parte sana. Pero ella aceptó la humillación, entendía que se la merecía.
El primer cliente que llegó fue Don Horacio, con su bastón y su insomnio. Le regaló una media luna porque sí. No tenía que darse la vuelta para saber que su jefe la estaba observando. Cuando se fue el cliente, ella dijo:
Yo la pago.
Usted sabrá lo que hace, como si le sobrara la plata le retrucó Roberto.
Al rato llegó María Luisa con su perro salchicha, y también le regaló una media luna. Luego llegaron los otros, todos conocidos por sus nombres o sus caras. Y ella les regaló a cada uno una media luna, de grasa o de manteca, según los gustos. Tuvo que hacer una nueva horneada, que no era habitual los martes. Y siempre sentía la presencia del jefe, mirándola, descontento.
Es mi dinero comentó ella.
Usted sabrá…
Todavía tenía tiempo, escribiría una nota para despedirse de los chicos y para que no se sintiesen culpables. También indicaría los trámites que había hecho y los que faltaban por hacer. Era poca la herencia que les tocaba, pero ella lo dejaría todo dividido como un favor a sus hijos, no quería que se pelearan por migajas. Por lo menos, les dejaría el regalo de la tranquilidad. 
Así se hizo la tarde, suave pero fría, cuando entró el doctor del pueblo. El jefe le tenía miedo, siempre se tocaba el huevo izquierdo cuando lo veía, y se retiró al fondo. El médico, como era su costumbre, llevaba un sombrero ridículo para esa época, pero él lo hacía con elegancia, como si saliera de una película. Tampoco a ella le gustaba verlo, había estado atendiendo a su marido un tiempo, y jamás supo por qué. Pidió lo de siempre, pagó y cuando abrió la puerta, Josefa se acordó de ofrecerle una media luna. “¿De manteca, verdad?” Él aceptó contento y la miró, recorrió tímido la parte quemada de su cara y se detuvo en la parte sana.
Sabe, Josefa, no sé si es un buen momento para decírselo. Al final, nunca se lo comenté porque no sabía si tenía algún sentido.
No me asuste, doctor.
No, no quiero alarmarla. Es simplemente una reflexión. Y ya que estamos solos, me doy el gusto de compartir este pensamiento con usted.
Dígame.
Su marido…, en fin, me dijeron que murió dormido. Quiero decir: sé que fue un accidente. Pero que no sufrió, ¿verdad?
Así es. Josefa se sostuvo de la bandeja. Se la llevó a la panza y la agarró fuerte con ambas manos.
Él no quería que le contara y creo que ahora, después de tanto tiempo, el secreto profesional no tiene importancia. Quiero decir: no creo estar violando nada de mi ética.
¿Qué me quiere decir?
Tal vez el accidente.., no sé cómo decirlo, tal vez el accidente le dio un buen final. No quiero decir que haya sido bueno para usted, pero para él, tal vez sí.
Josefa se aferró aún más a la bandeja.
No entiendo de qué habla.
—Él no quiso contarle. Y yo no podía por más que estaba en su contra, y se lo dije, que no me parecía correcto esconderle la verdad. Verá, tenía una metástasis muy avanzada, estaba en la última fase. No le quedaba mucho tiempo, y lo que le restaba no era vida, sino sufrimiento. Quiero decir que a veces las cosas se dan por un motivo. No sé si me explico, no quiero que me malentienda.
¿Y por qué me lo dice ahora?
No sé, yo… no sé. Pensé que usted debía saberlo después de todo.
Josefa no pudo hablar más, no pudo preguntar más, sentía la cara caliente y sudada, húmeda, no sabía bien qué estaba sucediéndole. El médico volvió a abrir la puerta, se arregló el sombrero y salió.


Ya en su casa, Josefa miró el retrato de recién casados. Alberto tenía esos ojos negros tan expresivos, llenos de asombro ante el mundo, como si todavía fuera un niño, y ella lo miraba con devoción. Lo tenían todo por delante, una vida llena de felicidad. Dejó el retrato sobre el escritorio y rompió la nota.
Esa noche se miró un largo rato en el espejo. Hizo el rito de levantar el mentón para mirarse la cicatriz. Tocó el espejo donde había llagas y rastros de quemadura. Se sonrió. “Todavía no”, dijo en voz alta. Apagó la luz y se quedó allí un rato, sintiendo el frío de las baldosas, el aroma del caldo caliente que provenía de la cocina mezclado con la menta del baño. Escuchó el ladrido de un perro lejano y cómo le contestaba el Moncho. Sintió que sonreía en la oscuridad. “Todavía no”, repitió.



Virginia Bazerque
Nacida en 1965 en Buenos Aires y asidua lectora, escribe desde una tierna edad. Licenciada en Filosofía y Letras y en Traductorado (Teoría literaria y traducción legal) por la Universidad de Buenos Aires, ha sido asistente sommelier, asesora de vinos, y actualmente trabaja como profesora de inglés. Participó en el taller literario "La Tricota" durante diez años y actualmente participa en el taller literario "Ave Maula", con el profesor y escritor Roberto Montaña. Finalista del III Concurso Litteratura de Relato. 

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