martes, 22 de noviembre de 2016

Camino sin orillas......Ur Olivero

Foto: c7wwalmiracam, Nicaro puerto, Mayarí 2010
“Mierda de isla ésta”, afirma Javier, y alguien le dice que se calle, que por qué dice algo así. Y Javier vuelve a decir isla de mierda, pero ya con menos fuerza, como si acabara de aterrizar en ese momento de un viaje amargo y la voz que lo recriminó nos lo devolviera.
Miraba fijamente al barco que había fondeado en el puerto, y preguntó que de qué bandera era, no lo sabíamos. La noche antes le había oído a papá cosas de ese barco, pero no escuché bien de qué país era, sé que venía a buscar níquel, eso dijo papá, y papá se hacía mieles en la boca porque oí que se podía ganar unos cuantos dólares, y que si se ganaba el dinero que tenía pensado, se compraría el barco que Godiardo le quería vender, pero le exigía pagar una cantidad en dólares y la otra parte, menos de la mitad, en pesos.
          Los fines de semana me iba para Lengua de Pájaro con él, a pesar de que a mamá eso le ponía furiosa, porque decía que lo único que yo aprendía con papá eran ideas malas, que allí con aquella familia me corrompía. Mamá, que siempre exageraba las cosas, y cuando no era que me corrompían las ideas en casa de mis abuelos por parte de padre, era que en el colegio el maestro Canito no tenía la mano lo suficientemente recia para devolvernos al camino recto, según sus palabras.
Esa Isla de mierda se nos quedó allí dentro flotando en los pensamientos, a más de uno se nos quedó. Al llegar a casa, mamá me preguntó rabiosa que por dónde andaba. Le dije que estaba repasando las tareas en casa de Nereo, pero yo sabía que en el fondo no me creería lo que le dijera, porque ya desde por la mañana antes de salir de casa estaba echa una furia porque la noche anterior no ayudé a mi hermana con unos ejercicios de Geografía, ella se entretenía con sus amiguitas jugando por ahí, y luego mamá quería que yo la sacara de apuros cuando en el colegio la ponían en jaque.
No hice caso a lo que decía porque luego era peor. Me fui al río a bañarme. Abuelo me prestó su linterna y me fui al río, y allí me pasé un buen rato. Cuando regresaba de Lengua de Pájaro y estaba caliente, agarraba el jabón, abuelo me prestaba la linterna y me largaba para el río hasta que se me pasaba la fiebre.
No era un río muy caudaloso, pero en él fui feliz, cogí mis buenos camarones, pergeñé más de tres maldades, borré más de una huella cuando era conveniente borrarlas, esos momentos en que me perseguían y con sólo cruzarlo los perros que me caían detrás perdían el rastro, y yo muriéndome de risa, sentado por allá por lo de tío Eusebio, muertísimo de risa, y cuando lo contaba me decía el Jábico: “¿Los perros de Serafín? Presume que son pastores alemanes, pero esos perros son hueveros, esos perros no son capaces de matar ni a un ratón de campo”. Y nos reíamos todos y nos moríamos de risa juntos, mientras mi hermana nos miraba desde el portal con malas y enviándome miles de maldiciones, porque cuando la ponían en jaque yo no le echaba esa mano que mamá quería.
Llegué del río y comí de mala gana porque mamá no dejaba de lanzarme púas, que decían por ahí por Mayarí, el municipio cabecera de nosotros, que no sé qué de una ley contra los vagos y los maleantes y los que se dejaban el pelo largo, que eso no era bueno, que dejarse el pelo largo era provocar y estar de parte de los gusanos que vivían en Estados Unidos, esos desgraciados que querían montarnos una guerra, y abuelo se metía:
“No exageres, Sofía, no exageres.”
Pasado el chaparrón, me acosté pensando en la frase que dijo Javier, como si alguna fuerza de dentro lo empujara lejos, pero lo supe después, días más tarde, cuando dijo que echaba de menos a su padre y que no podía dormir bien por las noches, porque la imagen de su padre no se le iba de la cabeza. Y que esa isla de mierda no merecía tenerlo a él, lo dijo con convicción y muy triste, y sus palabras no eran condenatorias, eso noté, que no condenaban nada, sólo se sentía solo.
Las buenas ideas se me están amotinando, me decía, y a veces tengo miedo de hacer una locura y que me metan en la cárcel y no salga nunca más, y yo callaba porque tenía razón y casi sentía cosas parecidas, a pesar de esos nuestros pocos años en el portal de la razón, con causas que defender y justificar. Porque ya empezábamos a cuestionarnos cosas, lo poquito básico que pocos años antes nos tenía medio contentos, y medio dormidos, empezaba a rebelársenos. No era cuestión de volvernos egoístas y girar la cara para un lado y olvidar a los que estaba peor, esa no era la baza, no. Abuelo me contaba cosas de la guerra de los diez años, de cuando su padre peleó para que de una buena vez esto dejara de ser colonia, a pesar de su inamovible creencia de que siempre por desgracia habría los que mandaban y los mandados, los jefes y los esclavos, los pobres y los ricos, y que aquí en esta isla de mierda se dejó la piel para que avanzáramos en algo, mijo, para que ganáramos unos derechos que siempre nos pertenecieron, pero siempre hay quien voltea la tortilla y engaña con palabritas y promesas, mijo, así que tienes que cuanto más estudies mejor, cuanto más se te abran las ideas, será mejor para ti y para los que te sigan, mijo.
En una de esas que tuve ganas de preguntarle si esta isla merecía que se la tratara como si fuera una vulgar prostituta. Ya me imagino defendiéndola con los dientes como un gato bocarriba, porque aquí moriría se pusiera esto como se pusiera. Que allí en aquel pedacito de tierra que con tanto esmero había cultivado y defendido se quedaba para siempre, y que ni con una grúa Kato podrían sacarlo de allí. Y veía las raíces de abuelo, las primeras raíces, desde que su abuelo llegó como quinto para defender a los españoles, a pelear con ellos, pero vio lo que vio y se pasó al otro bando, y se le buscó por desertor y no pudieron agarrarlo.
Él también perdía el rumbo de su emoción cuando hablaba de aquellos tiempos en que el analfabetismo era el rey, el dios y señor, y bastaba que cualquier caprichoso capataz se levantara con las ideas poco despejadas para castigar a un pobre infeliz que sólo intentaba llevar un poco de frijoles a los pichones de su nido, sin preocuparse ese hijo de puta, mijo, se emocionaba el abuelo, sin preocuparse de que rotas las ilusiones, roto todo, mijo, y las ilusiones empiezan por tener algo que llevarles a la boca a los que esperan en el nido sin poder valerse por ellos mismos, mijo.
Abuelo, en el fondo del fondo, y hasta en la misma superficie, era un romántico incorregible, y a mí me gustaba como decía las cosas y la pasión con que vestía las palabras, que se reflejaba en esa emoción que le bullía dentro. Cuando nos quedamos sin casa porque a papá se le ocurrió venderla y beberse toda la plata, fue al municipio y allí se peleó con no sé cuantos jefazos para que le dejaran un pedacito de tierra y hacernos una casa, ahí, cerca de la suya, para tenernos vigilados, según sus palabras, palabras sagradas del abuelo y que hoy recuerdo con alegre devoción.
Tenernos vigilados, pero nunca nos vigiló. Abuela en cambio sí, abuela no dejaba escapar una y siempre andaba chismorreando y aumentando el tamaño de las cosas, así era esa vieja gruñona, que cuando le contaban un chisme el muchacho del chisme ya era otro, y tenía antecedentes penales y era de una familia poco menos que criminal, que la policía buscaba por maleante y sinvergüenza.
De allí, de Mayarí, se trajo los papeles firmados, los permisos, y nos hicimos la casa a un tiro de ballesta de la suya. Ese fue uno de los momentos más felices de mi vida, porque me sentí muy dichoso construyendo la casa en la que pasaría los años más ricos de mi vida.
Es cierto que había ocasiones que cuando llovía fuerte, casi se podía decir que llovía más dentro que fuera, pero eso no era motivo lo bastante grande para sentirnos desgraciados, porque volvíamos a juntarnos cuatro y a arreglar el techo. El que más y el que menos se sumaba, y era un gozo saber que uno nunca estaba del todo solo cuando las mismas hambres eran amigas sin conocerse y sin haberse visto nunca los ojos, como aquel que dice. Era un gozo.
Nos quedamos sin casa por el capricho de papá, al que le importamos una mierda en esos momentos, éramos tres y mamá, y no le importamos, la bebida le confundía las ideas y obraba mal, pero nunca se lo reprochamos, yo por lo menos nunca lo hice.
Abuelo enseguida se presentó allí, pocos días antes de que ya tuviéramos que dejar aquella casa para siempre, y le cantó las cuarenta, y se lanzó para Mayarí a conseguir que por parentesco directo le permitieran construir una casa a su hija en un trocito de sus tierras. Y ahora venía Javier y decía lo que decía, él, que tuvo bastante porque su padre era ingeniero y un ingeniero al servicio de los rusos alcanzaba a conseguir lo que no podían otros, pero yo no lo juzgaba, no le dije ni esta boca es mía, ni le reproché que dijera lo que decía, pero sí que dejé que pasara el tiempo y que esa idea que tenía terminara por solidificarse en su cabeza, a ver si se atrevía a dar un paso que bien bien podía costarle la vida, y entendía que estaba triste, como muchos otros familiares que se quedaron esperando noticias de los que se habían ido prometiendo esto y aquello, y nunca se supo más de ellos. Lo entendía.
Me levanté temprano por la mañana y cogí el cubo para llenar el tanque de agua, así a mamá se le iba pasando la rabia y cuando llegara al mediodía de casa de mi tío Eusebio no estaría tan rabiosa, si bien insistiría una y otra vez en que tenía que ayudar a mi hermana con la Geografía para no desaprobar el sexto grado.
Me gustaba mucho la Historia y la Geografía, y en otras asignaturas era un desastre, según mamá porque no tenía interés ninguno en esas otras, y en aquello no le faltaba su cuenco de razón.
Cuando el tanque estuvo lleno, para coronar la obra y ganar unos puntos más de ñapa, llamé a mi hermana y le dije que nos fuéramos para debajo de la ceiba, que allí le aclararía un poco las ideas. Mi hermana fue de mala gana, eso es cierto, fue de mala gana porque le molestaba mucho tener, una vez más, que bajarse del caballo de su orgullo. Al principio miraba para el cuaderno y no decía nada, sin embargo luego se fue relajando y acabó por claudicar, pero no mentiré, no, me interesaba que le fuera poco a poco ablandando el carácter a Anabel, una de sus amiguitas, que me gustaba mucho y me tenía los nervios descalabrados de lo que me gustaba esa jebita.
Anabel era muy religiosa, pero eso no me importaba, ya podía ir si quería a todas las iglesias del mundo a rezar las misas que quisiera, que a mí de cierto, ni fú ni fá, como aquel que dice. Bueno, al final todo se quedó en un caprichoso espejismo de esos mis primeros lances. Hasta llegué a pensar que si le echaba una brujería, aquí que somos muy aficionados a esos asuntos, ella caería rendida, pero luego me acangrejé, y no, no pasé de aquella idea medio fuera de sintonía. Había una mujer por allá, por el Pilón, que rumoreaban que tiraba los cocos y era buena, pero nones, no me atreví. Aquí la gente es muy creyente, creen en todas esas cosas de santería, y yo no digo que no acierten los que se dedican a tirar los cocos o mandar remedios, vete a saber. A un tío mío una santera de esas le quitó el asma, fue tres veces a verla y le pronosticó que el último viernes le daría un asma muy fuerte, pero que después de aquel día ya se le iría y nunca más volvería, y así ocurrió, así que sabrá Dios qué corriente se mueve por dentro de esos territorios tan misteriosos.
Por la tarde, como el que no quiere la cosa, le dejé caer a mamá que tenía que ir a Lengua de Pájaro a casa de Nereo, que Nereo me estaba enseñando a jugar ajedrez, aquello le pareció bien, así aprendes algo bueno, y además los rusos eran buenos en eso, y que a lo mejor un día me hacía campeón y ganaba dinero por el extranjero y la ayudaba, me dijo medio riéndose, lo dijo como tratando de congraciarse conmigo, como recordándome que si un día pasaba por ese trance, no me olvidara de ayudarla. La miré como diciéndole: Sí, mamá, siéntate a esperar, anda, siéntate a esperar.
Le pedí dinero a abuelo y me fui a esperar yo a que pasara la guagua de los obreros de la Ramos Latour, que cuando pasaba y el chófer me reconocía, aunque no hubiera nadie en la parada, él se detenía y me llevaba, gran tipo Linen, tenía una hija de lo más buena, con un pelo y unos faros arrebatadores. Con esa estuve a puntito de llegar a mayores, pero por mi mala fama no se relajó del todo, o sea que también el asunto se quedó en un bosquejo.
En la guagua ya se venía comentando la noticia, pero yo no estaba para nada, mis oídos andaban por otros rumbos. Esa tarde pensábamos reunirnos un rato detrás de la Iglesia de los Adventistas del Séptimo Día, nada, un asunto ahí que nos traíamos entre manos con el almacén donde guardaban los guantes de boxeo y las pelotas y los guantes de béisbol.
Al llegar la guagua a la parada del Cinco, me llegaron retazos de voces que por un momento distrajeron mis pensamientos:
“No, no es de Grecia esa bandera, creo que no, eso no dijeron en la radio”, y otro que por allá al fondo se sumaba:
“Es de Turquía, esa bandera es de Turquía, pobre muchacho”. ¿A quién se le ocurre algo así?”, rezongó otro por allá, y manipulaba una emisora como si estuviera molestísimo de que nadie lo dejara escuchar una canción, Ballenas, de Robertos Carlos, al tipo se le notaba entusiasmado con la canción del carioca.
Llegué a la parada del Dos y me bajé. En la parada no estaba el Jábico ni nadie, ¿y estos embarcadores qué?, me dije, ya me oirán cuando los encuentre. Fui para la Iglesia de los Adventistas del Séptimo Día y allí tampoco había nadie. En el puerto había ajetreo de patrullas y bastante gente, y la bandera del barco la tenían a media asta. Lo del montón de pastillas que se tomó para llenarse de valor, como un camino sin orillas, lo supe más tarde.

2 comentarios:

  1. Un placer leerte de nuevo, Ubaldo. Besos desde Sabadell
    Esther

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    Respuestas
    1. Se los transmitimos de tu parte, Esther. Ubaldo está en Cuba, pero como podrás ver, vamos a ir publicando muchas cosas suyas...

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